miércoles, 11 de enero de 2017

Physalis infinemundi, el farolillo del fin del mundo

El faro del fin del mundo es una novela del escritor francés Julio Verne. Debido a la forma de sus cálices, las especies del género Physalis son conocidas en el mundo anglosajón como “lanterns” (farolillos), de modo que un fósil descrito el pasado 6 de enero cuyos descubridores lo han bautizado como Physalis infinemundi es el “farolillo del fin del mundo”.

Physalis es un género de plantas nativo de las regiones templadas, cálidas y subtropicales de todo el mundo. El género (fotografiado arriba a la izquierda) se caracteriza por su fruto anaranjado, amarillento y pequeño, similar en tamaño, forma y estructura a un tomate cherry, pero envuelto en parte o completamente por una especie de inconfundible miriñaque papiráceo que deriva del cáliz. Aunque poco conocido en España donde se ha asilvestrado sobre todo en la fachada cantábrica, una de las principales características del fruto son sus excelentes cualidades nutricionales, especialmente sus propiedades de reducción de colesterol, su alto contenido de fibra, vitaminas A y C, caroteno y su bajo nivel de calorías. Rico en minerales, especialmente calcio, hierro y fósforo; contiene niveles importantes de proteínas. Fortalece el sistema inmunitario y la visión, además de funcionar como antioxidante. Es además una buena fuente de pectina. Todas esas cualidades hacen que las especies del género, en particular el alquequenje (P. alkekengi) sea muy apreciado en toda Suramérica, donde se cultiva al menos desde tiempos de los incas.

Tan miríficas propiedades no resultan extrañas en una planta perteneciente a las solanáceas, una familia de plantas con flores o angiospermas que comprende aproximadamente un centenar de géneros y algo menos de tres mil especies, entre las que se incluyen plantas alimenticias tan importantes como la patata (Solanum tuberosum), el tomate (Solanum lycopersicum), la berenjena (Solanum melongena) y los ajíes o pimientos (Capsicum annuum), por no citar al tabaco (Nicotiana tabacum).

Como la familia está especialmente diversificada en Suramérica, se piensa que allí estuvo su centro de origen, en concreto en la porción meridional o patagónica de Gondwana. En el Pérmico (hace más de 250 millones de años) todas las masas continentales estaban reunidas en un único supercontinente, al que llamamos ahora Pangea. Hace unos 200 millones de años, Pangea se había partido en dos supercontinentes: Laurasia, al norte y Gondwana, al sur. Los separaba entonces el océano Tetis, que se extendía desde el sur de Asia, por la actual cuenca del Mediterráneo, hasta la actual América, separada en dos por sus aguas, pues Norteamérica estaba unida a Europa y Sudamérica a África.

En una entrada anterior, en la que me ocupé del descubrimiento de una flor fósil, comentaba que el registro fósil de las angiospermas es fundamentalmente incompleto, lo que llevó a que Darwin considerara que la historia evolutiva de las angiospermas era un rompecabezas que el naturalista no dudaba en calificar de “abominable misterio". Las solanáceas no son una excepción: su registro fósil carece en absoluto de hojas, flores o frutos fosilizados, de manera que la filogenia de la familia descansa en especulaciones basadas en datos moleculares, en la comparación entre especies actuales y en la datación de algunos fósiles de semillas y leños, que cabrían sobradamente en una caja de cerillas. Dependiendo de unos u otros estudios paleobotánicos, el origen de la familia se situaba hasta ahora hace entre 30 y 51 millones de años, lo que quiere decir que antes de esa última datación se supone que las solanáceas no se habían desgajado de sus directas antecesoras, las convolvuláceas.

Los dos fósiles conservan el caliz inflado típico de Physalis.
Autor: Ignacio Escapa. Museo Paleontológico Egidio Feruglio.
De aquella rama surgiría el género Physalis, cuya antigüedad se creía que databa de hace 10 millones de años. El impresionante hallazgo de un fruto completo del género ha arrojado una luz iluminadora sobre el oscuro pasado de los farolillos. La revista Science nos hizo un inesperado regalo de Reyes. Ese día, el número 355 de la revista publicó el artículo Eocene lantern fruits from Gondwanan Patagonia and the early origins of Solanaceae (Frutos de farolillos del Eoceno procedentes de la Patagonia gondwaniana y los primitivos orígenes de las Solanáceas) en el que un equipo de investigación formado por científicos estadounidenses y argentinos exponía el descubrimiento de los fósiles más antiguos conocidos de Physalis y, por tanto, de las solanáceas, un hallazgo que obliga reconsiderar en profundidad la filogenia de la familia.

El hallazgo se produjo en el yacimiento de la Laguna del Hunco, en la provincia de Chubut, en la Patagonia argentina, en lo que fuera el extremo meridional de Gondwana. Para averiguar la edad de estos frutos, los autores del estudio recurrieron a datar la edad de las rocas de una caldera volcánica donde quedaron fosilizados cuando el clima era mucho más húmedo y cálido que en la actualidad y la hoy desolada región estaba cubierta por un frondoso bosque de lluvias. Usando un sistema de datación geológica que se apoya en la desintegración radiactiva del argón, estimaron que los fósiles de Physalis tienen una antigüedad de 52,22 millones de años, lo que los coloca a principios del Eoceno, cuando Gondwana se estaba resquebrajando y América del Sur se separaba de la Antártida, de África, de India y de Australia.


Entre estos dos frutos desecados de la actual Physalis angustifolia
los fosilizados de la imagen anterior han pasado 52 millones de años. 
Autor: Peter Wilf. Penn State University.
Gracias a este hallazgo, la antigüedad de Physalis ha aumentado en más de cuarenta millones de años. Como señala el profesor de Geología de la Universidad Estatal de Pensilvania y primer firmante del estudio, Peter Wilf, la datación obliga a reescribir la historia evolutiva de las plantas. Y es que los frutos del farolillo del fin del mundo retrasan la divergencia entre las plantas muchos millones de años atrás, lo que obliga a modificar el árbol filogenético de las angiospermas, las plantas más evolucionadas. Algo que confirma otro de los autores del artículo, el investigador argentino del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Rubén Cúneo: «Los hallazgos paleobotánicos en la Patagonia están probablemente destinados a revolucionar algunas visiones tradicionales sobre el origen y evolución del reino vegetal».