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sábado, 28 de enero de 2017

Trump en acción: la que se nos viene encima

Ya tenemos a Donald Trump en acción y, como no podía ser menos, empezando a actuar contra quienes cargó en su campaña electoral: inmigrantes, mujeres, personas de otras etnias o musulmanes, entre otras muchas cosas.
El electorado estadounidense demostró que ninguna sociedad, por próspera que sea y por más tradición democrática que tenga a sus espaldas, es inmune a la demagogia, que promete soluciones rápidas y sencillas a problemas complicados -como los efectos de la crisis económica o la gestión de la inmigración- a la vez que apunta su discurso de odio hacia cualquier minoría o colectivo que pueda servir de chivo expiatorio. Da igual que sean los mexicanos, rebajados a la categoría de violadores y traficantes de droga, las mujeres, tachadas de intelectualmente inferiores, o los musulmanes, catalogados sin excepción como terroristas.
En su primer día en la Casa Blanca decretó la retirada de su país del acuerdo comercial transpacífico (TPP) que Obama negoció y firmó con otros once países de aquella cuenca. Antes de tomar posesión, Donald Trump amenazó a las compañías automovilísticas norteamericanas para que cancelaran sus inversiones en México. A los ejecutivos de grupos automovilísticos con los que se reunió el pasado 24 de enero (General Motors, Ford y Fiat Chrysler), les prometió precisamente incentivos fiscales y una rebaja de la carga regulatoria a cambio de que potencien la producción estadounidense, sobre todo de los vehículos destinados a este mercado.
La nueva Administración ha comenzado también el desguace del programa sanitario que acercaba a ese país a la atención universal, el Obamacare, que incorporó a 20 millones de marginados al sistema de salud. La contundencia demuestra que las promesas del presidente serán muchas, contradictorias, cambiantes y hasta risibles, sí; pero también que al menos una de ellas iba en serio: el retorno al proteccionismo más estricto. Y con el medio ambiente la cosa va a peor.
En su campaña, el magnate republicano se había enfocado en asuntos relacionados con la migración, la economía, el comercio y las reformas internas. En su web oficial no existía ninguna referencia al medio ambiente ni muestra alguna de preocupación global por la contaminación y el cambio climático. Eso sí, cualquiera podíaleer en ella que Trump aseguraba que no le interesaba promover el uso de energías verdes por su excesivo costo, y que hasta podría eliminar la Agencia de Protección del Ambiente (EPA) y sus regulaciones porque entorpecen el buen funcionamiento de las empresas. Recordemos las cinco frases de Trump y su equipo que van a hacer difíciles los próximos cuatro años para quienes defendemos el planeta:
«El cambio climático es un invento de China para perjudicar a Estados Unidos». Trump es un claro negacionista del cambio climático, y como tal quiere cancelar el Acuerdo de París. Dice que «aún hay que investigar mucho en ese campo”, y que «Estados Unidos no debería malgastar dinero en el cambio climático».
Ahora, Europa, principal impulsora de los esfuerzos contra el calentamiento global, se prepara ante la retirada de Estados Unidos del acuerdo de París que entró en vigor el pasado noviembre. Bruselas pretende aliarse con China, el gran gigante de la contaminación junto con Estados Unidos (China es responsable de más de una cuarta parte de las emisiones mundiales) e intensificar las políticas internas para capear una eventual salida estadounidense del pacto global del clima. Aun así, los esfuerzos europeos no suplirán la falta de compromiso estadounidense.
Aunque Bruselas ya pretendía tejer alianzas con otras potencias emisoras de gases contaminantes, el cambio radical de escenario en Estados Unidos acelera esa estrategia. Y después de que Trump haya anunciado su retirada de uno de los principales símbolos de la política exterior de Barack Obama, el TPP, el Ejecutivo comunitario teme que el de París sea la próxima víctima. Afortunadamente para todos, la lucha contra el cambio climático no se libra solo en el ámbito de los jefes de Estado y de Gobierno. Como ejemplo, figuran los esfuerzos que realiza el Estado de California en la promoción de energías renovables o las alianzas de grandes urbes contra el calentamiento global.
Las condiciones del acuerdo del clima, el intento más ambicioso de luchar contra el calentamiento global —con la implicación, por primera vez, de China y Estados Unidos—, dificultan la retirada unilateral. Hay que esperar al menos hasta noviembre de 2019 para abandonar unos compromisos que buscan impedir que la temperatura global suba más de dos grados a finales de siglo. Pero dada la trayectoria de Trump, no es osado pensar que el dirigente pase de la letra pequeña y opte por una salida brusca del marco que suscribieron 195 países en diciembre de 2015.
Incluso si Washington no se retira, su inacción puede herir de muerte el acuerdo de París. Su texto recoge que los esfuerzos pactados no bastan para lograr los objetivos de reducción de gases y compromete a los firmantes a revisar al alza los programas de mitigación en 2018. Resulta dudoso que Trump acepte esa mayor ambición, así como los desembolsos que se exigen a los países más desarrollados, casi 93.000 millones de euros) desde 2020.
«Haré recortes en la Agencia de Protección Ambiental (EPA) porque es ridícula, cada día sacan nuevas normas. El medio ambiente está bien, lo que no puedes destruir es el negocio». Dicho y hecho, Trump ha nombrado a Scott Pruitt, negacionista y aliado de la industria de los combustibles fósiles, como máximo responsable de la Agencia de Protección Ambiental, la EPA. «El Plan de Energía Limpia es un intento ilegal de cerrar las centrales de carbón y con el tiempo otras fuentes de electricidad a partir de combustibles fósiles». Scott Pruitt denunció en 2015 a la EPA, la agencia que él mismo dirigirá a partir de mañana, por un histórico plan federal para potenciar las energías renovables.
Scott Pruitt
«Tengo que hacer lo que es mejor para los accionistas». El nuevo secretario de estado de Trump es Rex Tillerson, ex presidente de la petrolera Exxon. Es un caso gravísimo de puertas giratorias: si antes Exxon estaba muy cerca del Gobierno, ¡ahora es el Gobierno! La frase de Tillerson pone en juego el acuerdo entre Estados Unidos y Canadá que suspende las prospecciones petrolíferas en el Ártico de estos dos países. Mientras ese acuerdo se rompe, Trump ha pasado a la acción.
El pasado 24, firmó sendas órdenes ejecutivas para resucitar los proyectos de dos polémicos oleoductos (el Keystone XL y el Dakota Access), que la Administración de Barack Obama frenó con el daño medioambiental como argumento. Poco antes, en una reunión con ejecutivos de la industria automovilística, dijo que «el ecologismo está fuera de control». El argumento: la creación de empleo («Vamos a devolver al trabajo a un montón de trabajadores del acero.») y el proteccionismo («Vamos a construir nuestros propios tubos, como en los viejos tiempos.»): estos nuevos sistemas de tubos deben producirse en Estados Unidos, con material estadounidense. «Compra productos americanos, contrata a trabajadores americanos», dijo en su discurso inaugural, y en esa misma línea se expresó el día 24 mientras rubricaba los decretos.
El bloqueo del macroproyecto Keystone, que supone ampliar en 1.900 kilómetros (el tramo que uniría Alberta con Nebraska) la tubería hasta sumar más de 2.700 que servirían para transportar 830.000 barriles diarios desde Canadá hasta el Golfo de México, fue una victoria del movimiento ecologista tras años de batalla. La compañía TransCanada lo presentó en 2008 y salió adelante en el Congreso en 2014, gracias a la nueva mayoría republicana, pero Obama lo acabó vetando. El Dakota Access, que movilizó a la tribu sioux de Dakota del Norte porque afecta a su reserva, se frenó por decisión del presidente demócrata el pasado septiembre, a la espera de ver cómo avanzaba el caso en los tribunales. El proyecto uniría Dakota, un estado clave en el boom del fracking, con Illinois, pero, según los sioux, atravesaría tierras ancestrales y contaminaría sus aguas.
Trump cumple así en los primeros días de su presidencia otra de sus promesas electorales: impulsar este tipo de infraestructuras. El republicano se alinea en este caso con la filosofía de su partido, favorable al oleoducto, aunque se desmarca al poner como condición la producción doméstica del proyecto, en línea con ese giro proteccionista que sí rompe el credo conservador y que se hizo palpable con la retirada del TPP.
Cuando las personas más poderosas del planeta tienen pensamientos como estos, sabemos que es más importante que nunca posicionarse a favor del planeta. El pasado 20 de septiembre, 375 científicos prominentes de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, incluyendo entre ellos a treinta premios Nobel, decidieron publicar un manifiesto conjunto para explicarle a Trump que está equivocado. Los científicos lamentan que durante la campaña haya afirmado que la Tierra no se está calentando o que el calentamiento se debe a causas puramente naturales fuera del control humano. Para los científicos, elegir a alguien con la mentalidad de Donald Trump sería un punto de inflexión para el planeta que «no nos podemos permitir.»

Trump ha sido investido presidente y su equipo ha empezado a tomar decisiones; hay que estar ahí escrutando cada movimiento y luchando contra cada agresión al planeta. Si Occidente, con Estados Unidos al frente, se autoexcluye del timón liberal mundial, otros como China se aprestan a reemplazarlo, como su presidente ha querido propagar desde Davos. Pero esa globalización, sin derechos humanos ni instituciones internacionales, no representa una alternativa viable a la que conocemos. La inanidad de Trump conduce a un orden en el que perderemos todos, Estados Unidos incluido.