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viernes, 11 de mayo de 2018

El Principio de Incertidumbre y la africanización de España


“El clima de España se africanizará”. Con ese titular resumía en noviembre de 2007 el diario de mayor difusión de España el informe sobre cambio climático entregado al presidente Zapatero por un grupo de investigadores universitarios. El inquietante artículo dibujaba un panorama desolador: “Los veranos españoles serán tsunamis de calor, la costa norte se hará mediterránea, el sur se convertirá en un desierto, especies vegetales y animales se extinguirán, el agua será un bien escaso, el mar se comerá parte de la playa y los españoles desarrollaremos nuevas enfermedades relacionadas con la contaminación atmosférica y los climas subtropicales. En una palabra, España se africanizará” [las negritas son mías]. Distopía en estado puro. Ni que decir que el titular se popularizó, sobre todo a raíz de su uso en informes emitidos por diversas organizaciones ambientalistas.

No deja de ser curioso que el día anterior y en el mismo diario, el físico Manuel Toharia, que fue durante muchos años ‘hombre del tiempo’ en la televisión, criticara el "alarmismo inusitado" generado en torno al cambio climático, ya que, "siempre ha habido cambios climáticos en la Tierra" pero ahora quizás "estén más acelerados por una información alarmista y absurda". Toharia cargaba también con el futuro devastador presentado por Al Gore en su conocido documental Una verdad incómoda. Son dos posturas enfrentadas que me permiten acercarme al fondo de la cuestión: ¿Se africaniza o no el clima de España? Respondo a la gallega: depende de donde se mire. Ni utopía ni distopía.

Me apoyo ahora en un gallego, Mariano Rajoy. Para desacreditar las políticas de lucha contra el cambio climático anunciadas por Zapatero, Rajoy, que entonces era sólo presidente del PP, dijo no creer en el cambio climático porque un primo suyo, que era catedrático de Física, le había dicho que no era posible predecir "ni el tiempo que va a hacer mañana en Sevilla". El primo tenía razón, pero Rajoy cometió un error muy común: confundir “tiempo” con “clima”.

Por propia experiencia sabemos que factores meteorológicos tales como la temperatura, la presión, la humedad, la precipitación, la radiación solar, las nubes o el viento son factores meteorológicos cambiantes que constituyen lo que se llama tiempo atmosférico o, coloquialmente, el tiempo. El tiempo atmosférico, objeto de análisis de la Meteorología, se basa en el estudio diario de las fluctuaciones climáticas.

El clima, objeto de estudio de la Climatología, se refiere a condiciones generales de una zona más o menos amplia durante un período de tiempo prolongado, que la mayoría de los climatólogos establecen en un período de observación de al menos 30 años. Por lo tanto, las previsiones climáticas están basadas en cálculos matemáticos sencillos o relativamente complejos pero que, en cualquier caso, son variaciones sobre el mismo tema: el manejo de datos primarios como la temperatura, la precipitación, las heladas o las estaciones, unos datos muy elementales si se comparan con la enorme magnitud de las variables que determinan los climas, cuya complejidad llevó en 1960 al meteorólogo norteamericano Edward Lorenz, desesperado por obtener predicciones atmosféricas caóticas con los modelos calculados a través de incipientes sistemas informáticos, a decir que el aleteo de una mariposa en Brasil podía desencadenar un tornado en Texas.

Heisenberg estaría feliz comprobando como el Principio de Incertidumbre, ese que proclama la imposibilidad de que determinados pares de magnitudes físicas observables y complementarias sean conocidas con precisión arbitraria, escapa del ámbito de la Física Cuántica y se extiende a otros territorios de la Física. Pero, aunque los meteorólogos no puedan (de momento) decir con absoluta precisión si va llover dentro de 15 días en Sevilla, los climatólogos del IPCC (y la práctica totalidad de la comunidad científica) si tienen algunas certezas que apoyan no solo que hay un cambio climático natural tan antiguo como la Tierra, sino que hay otro inducido por las actividades humanas.

Las cosas han cambiado desde el comienzo de la Era Industrial.  Varias líneas de evidencia y numerosas pruebas muestran que los gases de efecto invernadero están causando una amplia gama de fenómenos globales que incluyen el aumento térmico, pero también cambios como la acidificación y el calentamiento oceánico, el aumento del nivel del mar, la pérdida de masas de hielo en Groenlandia, la Antártida y el Ártico, el retroceso de los glaciares de montaña en todo el mundo, o la reiteración cada vez más frecuente de fenómenos climáticos extremos, entre otros.

Es decir, la comunidad científica está segura de que hay una tendencia indiscutible al cambio global del clima. La alarma suscitada no surge en respuesta a la tendencia de ascenso observada en las temperaturas, sino como respuesta a la evolución constatada en las concentraciones de gases invernadero y sus posibles previsiones y consecuencias futuras. Ahora bien, cuando se aproxima a las previsiones regionales o locales, la lente es incapaz de enfocar con precisión.

Las previsiones para la Península Ibérica en el próximo siglo van dirigidas hacia un incremento de las temperaturas y una disminución de las precipitaciones medias anuales, aumentando los periodos sin precipitaciones, de igual manera que se espera ocurra en buena parte del resto del planeta. No obstante, los cambios a escala regional difieren de la media mundial y, por tanto, es difícil establecer modelos fiables a escala reducida, especialmente si estamos trabajando con las precipitaciones.

Hay que tener en cuenta que existe una gran incertidumbre sobre la forma en la que se producirán los cambios del clima. Esto se debe principalmente a la conocida debilidad de los modelos de circulación general (MCG) para evaluar los cambios climáticos regionales. Estos modelos presentan importantes limitaciones, incluso cuando se aplican a nivel global, ya que no describen adecuadamente las peculiaridades geográficas y las interacciones entre la atmósfera y la superficie ni tampoco los posibles cambios en el uso del territorio. Por tanto, hay que considerar que las variaciones naturales en el clima regional o local son mucho mayores que las del clima promediado de un continente o de escalas mayores.

A este respecto es preciso añadir que la evaluación detallada y pormenorizada de los efectos del cambio climático en nuestro país se enfrenta al problema general de la ausencia de previsiones climáticas mínimamente fiables a escala reducida y a la falta de estudios específicos sobre el tema en cuestión. Incluso, es necesario indicar que las previsiones de variación de temperatura realizadas bajo las mismas condiciones por diferentes modelos pueden oscilar de 1,5 a 5,5 ºC.

Mayores problemas se presentan para los científicos cuando se pronostica la evolución de las precipitaciones para el próximo siglo, pues las lluvias manifiestan una variabilidad espacial y temporal más acusada que las temperaturas, lo cual supone que sea más difícil el establecimiento de modelos suficientemente fiables. A pesar de las limitaciones de los MCG, estos son, según los expertos, la mejor herramienta con la se cuenta para establecer previsiones sobre el futuro cambio climático a nivel local y regional.

No abundan los estudios realizados en España sobre los efectos del cambio climático a escala regional o local. He elegido dos llevados a cabo en el norte y en el sur de nuestro país porque en uno de ellos los investigadores concluyen en la que, efectivamente, podríamos considerar una “africanización” relativa del clima, siempre que se tome la parte por el todo, porque quienes se refieren a ella lo hacen pensando en el avance del desierto del Sáhara (que, por cierto, en tiempos relativamente recientes se ha producido en dirección sur y no hacia el norte) y no de las selvas hiperhúmedas de Uganda, o de los encinares de Ceuta (donde llueve más que en Málaga, Cádiz o Sevilla), que también son África.

Un estudio realizado por WWWF/Adena en Doñana concluyó con un escenario de moderada a alta tendencia a la aridificación para finales de siglo. Esto se plasma en un aumento de las temperaturas medias diarias entre 2 y 4 ºC, y en una reducción de las precipitaciones anuales que pueden llegar a disminuir en 110 mm. Actualmente, en Doñana caen unos 550 mm, por lo que en el peor de los escenarios las precipitaciones descenderían hasta 440 mm, casi el doble que la capital española más árida, Almería (228 mm) y 22 veces más que la media del Sahara (20 mm). Por lo demás, el Sahara no crece, merma: las señales de satélite más recientes indican que el Sahel y las regiones circundantes están haciéndose cada vez más verdes como consecuencia de un aumento de las precipitaciones.

Por el contrario, otro estudio llevado a cabo en la Universidad de León, cuyo objetivo era evaluar la evolución con el cambio climático de la vegetación en Castilla León, concluyó en que se produciría una tendencia hacia un clima más oceánico debido al aumento de las precipitaciones estivales, lo que traerá un notable aumento de las áreas de carácter templado y, por tanto, de los bosques caducifolios centroeuropeos en detrimento de la vegetación mediterránea. Es decir, que los frondosos hayedos eurosiberianos irán reemplazando progresivamente a los sedientos bosques de quejigos y melojos mediterráneos. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinado.