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jueves, 17 de mayo de 2018

Orange City, Iowa: tulipanes en el maizal


«Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales». Me acuerdo de la canción infantil de Machado mientras conduzco bajo una tormenta de verano entre Cedar Rapids, Iowa, y Fargo, Dakota del Norte, 711 millas que hay que recorrer por las grandes llanuras del Corn Belt, el cinturón del maíz, el corazón agrícola del Midwest de Estados Unidos, la región donde, en palabras de Henry A. Wallace, se desarrolló la «civilización agrícola más productiva que el mundo haya visto jamás».

Con cerca de 94.000 granjas, que cubren más del 90% del estado (145.000 km cuadrados), Iowa es el mayor productor de maíz de Estados Unidos. Los agricultores no pierden el tiempo: unos 70 millones de toneladas al año, aproximadamente un quinto del maíz producido en el país, tres veces más de lo que produce Argentina y veinte veces lo que se produce en España, salen de los fértiles limos de Iowa. Pero quien piense que es un monocultivo, se equivoca. El olfato no engaña. Cuando se circula por Iowa es conveniente cargar bien el ambientador del coche. Uno conduce a través del mayor rebaño porcino del país. Entre los campos de maíz se crían unos 25 millones de cerdos, cerca de un cuarto de la cabaña porcina estadounidense y poco menos de los 28 millones que se crían en España, el tercer productor del mundo. Maíz y cerdos. A la hora de elegir paisajes para viajar, busquen otro estado.

Cuando uno conduce por Iowa se siente como se debe sentir una pulga recorriendo la palma de una mano. Un llano infinito. Si encima llueve a jarrazos, lo mejor es parar. Tomo un desvío y me dirijo a Orange City. Allí, en medio de un océano de maíz y soja, me sorprende toparme con una isla de tulipanes, con una pequeña Holanda.

Los casi seis mil habitantes de Orange City, la capital del despoblado Sioux County, viven rodeados de campos en todas direcciones. Sioux County es algo así como el Finisterre de Iowa: está en la esquina noroeste del estado y Orange City está aislada del mundo exterior. Una vez que dejo la Interestatal 20 tengo que conducir casi una hora por carreteras secundarias; los aeropuertos más cercanos, el de Omaha, Nebraska, a dos horas, y el de Des Moines, la capital estatal, a cuatro, están a distancias siderales si se tiene en cuenta el derroche aeroportuario americano.

Orange City nunca tuvo río o ferrocarril, y, hasta hace poco, ni una carretera de cuatro carriles, que es lo mínimo que por aquí se estila, por lo que su cultura pura y hermética se ha conservado. Orange City es pequeña y está aislada, pero, a diferencia de muchas ciudades del Midwest, a diferencia de la Vetusta de Clarín, la ciudad no se ha dormido en una siesta centenaria. A veinte millas de distancia, Hawarden, la ciudad más cercana, fue fundada como una estación ferroviaria en 1870, el mismo año en que se fundó Orange City, lo que la dotó de algún cosmopolitismo con su flujo constante de viajeros que entraban y salían, con hoteles para atenderlos, burdeles, garitos y casas de apuestas. Hoy, toda esa hojarasca se la ha llevado el viento y Hawarden, sumida en el olvido, languidece en las orillas del río Big Sioux.

Las calles de Orange City no son las calle vacías y muertas con sus hileras de casas desvencijadas que se acostumbran a ver en otros pueblos casi fantasmas del Midwest, que parecen no haberse recuperado ni de la Gran Depresión ni del polvoriento Dust Bowl. En tan solo dos manzanas de Central Avenue, la calle principal, cuento dos bufetes de abogados, una agencia inmobiliaria, una correduría de seguros, una cafetería, una tienda de costura, otra que vende biblias, libros y regalos, una más de antigüedades, un salón de belleza, y una boutique de decoración y ropa para el hogar, sin que falten las dependencias oficiales del condado de Sioux, el ayuntamiento, y el palacio de justicia, construido en un falso (sobra decirlo) románico de ladrillo rojo. No hay licorerías.

Hay dieciséis iglesias en la ciudad y al menos una biblioteca pública en la que me refugio para escapar de la lluvia. Allí me entretengo con el anuario de la ciudad y me entero de algunas cosas. No hay fracaso escolar: la tasa de graduación de la escuela secundaria es del noventa y ocho por ciento; el paro tampoco es un problema: la tasa de desempleo es del dos por ciento. Hay poco crimen. El precio medio de una vivienda unifamiliar de cuatro habitaciones, dos baños, garaje y jardín es de alrededor de ciento sesenta mil dólares en una ciudad donde el ingreso medio familiar es cercano a los sesenta mil. Para el veinte por ciento de los residentes que ganan más de cien mil al año, puede ser difícil encontrar maneras de gastarlos, al menos que se vayan a otra parte.

La ciudad fue fundada por inmigrantes de Holanda que buscaban tierras para cultivar. Hasta hace poco casi todos los que vivían allí eran de origen holandés. Esa es la justificación de que en mi breve (y húmedo) paseo por el centro hubiera anotado muchas tiendas con nombres holandeses: Bomgaars Farm-supply Store, Van Maanen’s Radio Shack, Van Rooyen Financial Group, DeJong Chiropractic y Acupuncture, Woudstra Meat Market. Los nombres de los integrantes de cuerpo de policía local no desmienten su origen holandés: Audley DeJong, Chad Van Ravenswaay, Wes Van Voorst y Bob Van Zee. Supongo que cuando un maestro de Orange City quiera dividir su clase por la mitad dirá: «de la A hasta la U en este lado, y de la V hasta la Z al otro».

Otro parroquiano del Orange City Super 8 Motel resultó ser un informador de primera. Me contó que aunque la mayoría de los residentes ya no hablaba holandés, acostumbraban a salpicar su inglés con frases que nadie había usado en los Países Bajos en los últimos cien años. Los chismes son la plaga de la mayoría de las ciudades pequeñas, pero en Orange City la cosa –dice- ha ido a mayores. Los descendientes de holandeses (que aquí son una mayoría abrumadora) tienen un comportamiento particular. Cortan el césped a menudo, pero nunca los domingos. El alcohol es considerado indecoroso; la gente generalmente lo compra en otro sitio, para que nadie la vea. Los niños están vigilados todo el tiempo. Los adultos se preocupan constantemente por las apariencias: ¿Están sus casas relimpias, su césped bien cortado y el patio trasero ordenado? Sus hijos, ¿se comportan bien en la escuela; se ofrecen como voluntarios para trabajos sociales; van a la iglesia tantas veces como resulta conveniente? Calvinismo en estado casi puro.

Conservar o no el holandés y hasta qué punto, causó un cisma en la ciudad a principios del siglo pasado: la Iglesia Reformada Estadounidense se separó de la Primera Iglesia Reformada porque querían celebrar los servicios religiosos en inglés. Pero, cuando los últimos hablantes holandeses comenzaron a morir, Orange City tomó medidas para preservar su herencia. Las tiendas en el tramo principal de Central Avenue están obligadas a embellecer sus fachadas con "frentes holandeses": juegos en forma de campanas y triángulos escalonados, colores tradicionales pintados de verde oscuro, gris claro y azul, con festones y encajes blancos. Al otro lado de la calle Bomgaars está Windmill Park, con sus macizos de flores y seis molinos de viento decorativos de diferentes tamaños a lo largo de un canal en miniatura.

Cada año, a finales de mayo, cuando caigo por allí, Orange City celebra su festival de tulipanes. Miles de bulbos son importados de los Países Bajos y plantados en hileras; durante tres días los habitantes se visten con trajes holandeses del siglo XIX cosidos por voluntarios, y bailan danzas tradicionales por la calle. Ha dejado de llover y hay una limpieza ceremonial en las calles: a base restregar escobones, niños con gorras marineras y niñas con delantal han despejado los charcos. Sigue un desfile, en el que la Reina Tulipán y su corte, estudiantes del último año de Secundaria, saludan desde su carroza y la banda escolar marcha tras ellos calzada con zuecos.

Nada del otro mundo, pero aquí, en Orange City, la gente parece feliz. Lástima que voten a Trump. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.