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jueves, 13 de diciembre de 2018

¿Chuletones sostenibles? Respuesta al libro Contribuciones del ganado al cambio climático: hechos y ficción.


El Dr. Frank Mitloehner, profesor en la Universidad de California, Davis, publicó en 2016 un libro blanco titulado Livestock’s Contributions to Climate Change: Facts and Fiction (Contribuciones del ganado al cambio climático: hechos y ficción), al que dos años después El PAÍS de anteayer, sin que sepamos por qué, le ha dado una especial relevancia muy en la línea del tartufismo del diario en lo que se refiere a cuidar el huerto de sus anunciantes. Como el tema de la contribución del ganado al cambio climático es algo que me preocupa y he tomado posición al respecto en alguna ocasión (1, 2)
Lejos de mí la intención de criticar a una universidad en la que tengo buenos amigos, pero conviene empezar diciendo que  Davis es un excelente campus especializado en temas de agricultura y ganadería que está situado en pleno valle del río Sacramento, una de las regiones agropecuarias más importantes del mundo. El campus se inició como una extensión de la Universidad de California (Berkeley) especializada para temas de agricultura. Desde su fundación, la universidad ha participado en gran parte del desarrollo agropecuario de California, uno de los sectores más importantes del estado y una de las regiones agrarias más importantes de Estados Unidos gracias a su investigación en semillas, fertilizantes, mejora animal, veterinaria y formación técnica para agricultores.
El entorno social de Davis es, pues, típicamente agropecuario y, como no podía ser menos, se preocupa por su entorno y por sus intereses sectoriales, y más aún si se tiene en cuenta que sus programas de investigación mantienen estrechos vínculos con asociaciones del sector, entre otras con la poderosa AFIA, que aglutina las principales industrias manufactureras de productos ganaderos y agrícolas de Estados Unidos. No puede, pues, sorprender que la AFIA se pronunciara totalmente a favor del libro del doctor Mitloehner, cuyo contenido, si algo favorece, son los intereses de sus asociados. Si uno no puede esperar que los matadores de toros se opongan a la Fiesta Nacional, ni que las facultades de Veterinaria digan una sola palabra crítica sobre la lidia de toros bravos, tampoco debería esperar que la Universidad de California, Davis, tire piedras contra su propio tejado. La historia está ahí: consulte la vinculación de algunas universidades americanas con la industria tabaquera en algunos de estos ejemplos de manipulación de la investigación.
Básicamente, el doctor Mitloehner usa en su libro estadísticas incompletas sobre la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) para minimizar los impactos ambientales de la ganadería. Afirma en su libro que la producción ganadera es responsable del 4,2% de las emisiones de GEI de los Estados Unidos (lo que tampoco es poco si tenemos en cuenta que estamos ante en el país co-líder en la emisión de GEI). Aunque en el libro reconoce que los métodos de evaluación del ciclo de vida (ACV) son la "regla de oro" para medir con precisión las contribuciones del ganado al cambio climático, extrae conclusiones basadas en datos que no reflejan el ciclo de vida completo de los productos animales. Su cálculo del 4,2% no tiene en cuenta varias fuentes de emisiones importantes. Cita las estimaciones de la EPA (la Agencia Medioambiental de los Estados Unidos) para la emisión derivada de la fermentación entérica y el manejo del estiércol, pero excluye las emisiones de (1) la producción de alimentos para animales y forrajes, incluidas las emisiones de óxido nitroso asociadas con la aplicación de fertilizantes; (2) la deforestación y los cambios en el uso del suelo; (3) el transporte de alimentos para animales, ganado y productos alimenticios; y (4), las emisiones asociadas a los productos alimenticios de origen animal.
El doctor Mitloehner confunde ¿interesadamente? las emisiones globales de GEI con aquellas relacionadas estrictamente con las emisiones de Estados Unidos. Por ejemplo, sostiene que quienes aseguran que las emisiones de GEI derivadas de la ganadería estadounidense son comparables a las del transporte están equivocados. Sin embargo, los datos que equiparan el sector ganadero y el transporte se refieren a las emisiones mundiales son muy precisos. La estimación más reciente de la FAO es que un 14,5% [7,1 gigatoneladas (GT)] de las emisiones mundiales de GEI son atribuibles a la agricultura animal, mientras que un volumen ligeramente menor (7 GT) son atribuibles al transporte según el IPCC.
El porcentaje de emisiones de GEI de Estados Unidos atribuibles a la agricultura animal no es comparable a las tendencias globales y no refleja la magnitud del problema, porque las emisiones de la energía y el transporte de ese país son excepcionalmente altas, y porque las emisiones debidas a la deforestación para abrir las tierras al pastoreo y a la producción de cultivos forrajeros se realizan en otros países. Mitloehner se centra en las emisiones de GEI y discute el uso de recursos, pero no se ocupa de los otros impactos ecológicos y de salud pública derivados de la ganadería industrial. No ofrece dato alguno sobre el consumo del agua, la contaminación de los recursos hídricos por la escorrentía agropecuaria, el uso masivo de insecticidas que está acabando con la biodiversidad natural, la contaminación del aire, la resistencia a los antibióticos, los impactos en las comunidades rurales y en los trabajadores, y otros efectos dañinos (3, 4).
El doctor Mitloehner afirma que «Las mejoras en la eficiencia de la producción ganadera están directamente relacionadas con las reducciones del impacto ambiental», pero para sostenerlo se centra en el aumento de la eficiencia por cabeza de ganado y no tiene en cuenta la escala de la producción animal de alimentos y la huella ambiental total de la agricultura animal en Estados Unidos. Aunque ha habido un progreso significativo realizado por las industrias ganaderas estadounidenses en términos de eficiencia, el impacto general de criar cada año unos 10.000 millones de animales destinados al consumo directo es enorme. Los beneficios de la mayor eficiencia de cría por cabeza se compensan si la producción animal de alimentos continúa aumentando y trae como resultado una huella ambiental total cada vez mayor. Por lo tanto, es irreal suponer que el sector agropecuario de Estados Unidos haya reducido su huella ambiental total porque haya reducido las emisiones de GEI por cabeza de ganado producida.
Aunque se reconozca –como es obvio- que las reducciones urgentes y radicales de emisiones de GEI son fundamentales en todos los sectores, incluidos el transporte, la energía y la agricultura, no es menor cierto que si las emisiones se reducen drásticamente en los sectores no agrícolas, pero continúan las tendencias pronosticadas en el consumo de productos animales, el aumento de la temperatura media mundial probablemente superará los 2 grados centígrados. La reducción del impacto ambiental de la agricultura exigirá drásticas disminuciones en la ingesta de carne y lácteos, particularmente en países como Estados Unidos que tienen los niveles más altos de consumo per cápita.
El estadounidense típico consume aproximadamente tres veces más carne, lácteos y huevos que la media mundial, lo que perjudica la salud humana y el medio ambiente. En comparación con la dieta mundial promedio, la dieta estadounidense provoca casi el doble del uso de la tierra agrícola y de las emisiones de GEI, el 80-90% de las cuales están relacionadas con el consumo de alimentos de origen animal.
El libro critica los esfuerzos de los consumidores para reducir la dieta de productos cárnicos, entre otras el Meatless Monday (lunes sin carne), que anima a los ciudadanos a comprender que las decisiones sobre su dieta afectan el medio ambiente y que deben comenzar a reducir (que no a suprimir) la ingesta de productos animales. Si bien el problema del cambio climático pueda parecer que sobrepasa la capacidad de cada uno de nosotros para marcar diferencias, cambiar nuestras decisiones del día a día, por pequeñas que sean, es una forma viable para que entre todos demos un paso hacia la reducción de nuestra huella ambiental. Pero si nos esforzamos en reducir las contribuciones antropogénicas al cambio climático, es preciso también que quienes se dedican a interpretar las estimaciones de emisiones empleen el máximo rigor y la mejor metodología disponible para evaluar los impactos ambientales de las actividades agropecuarias. En ese sentido, el libro blanco del doctor Mitloehner deja bastante que desear. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.