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lunes, 31 de diciembre de 2018

Biodiversidad: el desastre ecológico del muro fronterizo de Trump

Los lobos grises mexicanos son los lobos más amenazados del mundo. En 2016, solo había 113 en Estados Unidos y unas tres docenas al sur de la frontera. Foto de Don Bartletti.

Cuando redacto este artículo (31 de diciembre de 2018) una buena parte de la Administración Federal estadounidense está bloqueada por la paralización presupuestaria del gran juguete de Donald Trump: el muro de cemento que, desde el estuario del río Tijuana hasta el río Grande en Texas, pretende cercenar la frontera entre México y Estados Unidos. Se ha escrito mucho sobre los problemas migratorios que el muro planeado por Trump implica para las personas, pero poco se ha dicho sobre las desastrosas consecuencias ecológicas que puede acarrear su construcción.
En términos biogeográficos, la frontera entre Estados Unidos y México es una zona de ecotono, es decir, una zona de contacto entre floras y faunas muy diferentes. Entre la costa de California en San Diego, y el Golfo de México en Texas, confluyen ecosistemas regidos por tres de los cinco macrobioclimas del mundo; el Mediterráneo, el Templado y el Tropical. Los ecotonos, y más aún tan abruptos como los regidos por el clima, son zonas excepcionalmente ricas en biodiversidad. Desde 1989, mi trabajo de campo con biólogos de uno y otro lado de la frontera me ha familiarizado con los ecosistemas de la zona. En este artículo comento algunos, que no todos, de los problemas ecológicos que se derivarán de la construcción del insensato muro trumpiano.
La región fronteriza es ecológicamente rica y por eso gran parte de ella ha sido protegida por el Gobierno federal. El límite político entre los Estados Unidos y México se extiende a lo largo de unos 3.200 kilómetros millas desde el Golfo de México hasta el Océano Pacífico. En su trayecto hay tres cadenas montañosas, dos de los desiertos más grandes de Norteamérica (Sonora y Chihuahua), enormes pastos ganaderos, un puñado de ciudades y la sección meridional del caudaloso río Grande. Gran parte de la región nunca ha estado muy poblada y, a lo largo de los años, varias grandes franjas de tierra han sido designadas como áreas protegidas.
Hoy en día, hay más de 100.000 km2 de tierras públicas protegidas por Estados Unidos situadas a menos de cien millas de la línea. Esto incluye seis refugios de vida silvestre, seis parques nacionales y numerosas tierras tribales, áreas silvestres y áreas de conservación, todas ellas administradas por varias agencias federales y gobiernos tribales. En el lado mexicano, se encuentran áreas protegidas como El Pinacate, Cabeza Prieta y el Gran Desierto de Altar, y partes del Organ Pipe National Monument  y de las Barry M. Goldwater Mountains de Arizona.

Existe un largo debate sobre si las barreras físicas en la frontera frenan el flujo de personas y drogas. La Patrulla Fronteriza, que respalda el plan de Trump, dice que es una "herramienta vital". Los expertos en migración dicen que los efectos serán más simbólicos que efectivos. Pero lo que es innegable es que los más de mil kilómetros de muros y cercas que ya existen en la frontera entre Estados Unidos y México ya han causado un desastre medioambiental. Han cortado, aislado y reducido las poblaciones de algunos de los animales más raros y sorprendentes de Norteamérica, como el mayor felino de América, el jaguar (Panthera onca) y el ocelote (Leopardus pardalis). En el caso de El Pinacate y Cabeza Prieta, algunas especies del desierto como un pariente del antílope, el berrendo de Sonora (Antilocapra americana sonoriensis), han migrado secularmente de un lado a otro. Pero en los últimos años, la migración se ha vuelto más difícil con la construcción de largas secciones de barreras y cercas, como se puede ver en el mapa adjunto que, además, han provocado la creación de kilómetros de carreteras a través de zonas vírgenes y aumentado las inundaciones, porque vallas y muros se han convertido en represas cuando se desbordan los ríos.
Mapa del muro fronterizo entre Estados Unidos y México. Fuente.
Cuando se dibuja la frontera de oeste a este, se pueden observar núcleos de notable biodiversidad. En el extremo oeste se encuentra el estuario de Tijuana, un hábitat de marismas clave para unas 400 especies de aves migratorias. En el extremo opuesto, las aves y las mariposas se posan durante sus migraciones en el Valle bajo del río Grande, que también es la sede permanente para mamíferos, reptiles y anfibios, en cuyos cañones, convertidos en enclaves de vegetación tropical, viven especies endémicas migraron desde la costa del Golfo.
En 2011 se publicó un estudio sobre la biodiversidad animal de la frontera. Sus autores, encabezados por el biólogo Jesse Lasky, de Penn University, estimaron que 134 especies de mamíferos, 178 reptiles y 57 de anfibios viven en una franja de treinta millas a uno y otro lado de la frontera. De ellas, cincuenta especies y tres subespecies están amenazadas y protegidas por la legislación federal de México o de Estados Unidos. Y si sobreviven es porque instituciones públicas y grupos conservacionistas de ambos lados han trabajado duramente para conservarlos.
El ocelote está en peligro de extinción en Estados Unidos, pero aún se encuentra en partes del sureste de Texas. Los nuevos muros a través del valle bajo del Río Grande podrían aislar aún más las pocas poblaciones de ocelotes que quedan en los Estados Unidos. Foto de Ella Sanders.
Probablemente la región más impresionante desde el punto de vista biológico en la frontera son las “Islas del Cielo”, un conjunto de enclaves de montaña que se extienden desde Arizona y Nuevo México hasta México y albergan una mayor biodiversidad que cualquier otro lugar de Norteamérica. La mayoría forman parte del Coronado National Forest, el bosque nacional con mayor diversidad ecológica de Estados Unidos. El Coronado también alberga mayor número de especies amenazadas y en peligro de extinción que cualquier otro de los 154 bosques nacionales estadounidenses.
Viviendo en esas Islas del Cielo se encuentran búhos manchados (Strix occidentalis), jaguares, loros de pico grueso (Rhynchopsitta pachyrhyncha), salamandras tigre (Ambystoma tigrinum mavortium), ardillas rojas del monte Graham (Tamiasciurus hudsonicus grahamensis) y muchas otras especies amenazadas que cuentan con planes específicos de protección. Como ocurre con todas las áreas protegidas de la frontera, estas poblaciones están disminuyendo rápidamente. El cambio climático y la urbanización son factores decisivos. Pero la mayor amenaza de todas, según los investigadores y conservacionistas de la frontera, son las vallas que se han construido a lo largo de la frontera en las últimas dos décadas.
Desde 1994, el Gobierno estadounidense ha estado levantando barreras para mantener a las personas e impedir el tráfico de drogas desde México. En el año 2010, casi un tercio de la frontera había sido cercada con materiales de todo tipo. Además, el Departamento de Interior ha construido cientos de kilómetros de caminos para permitir que las patrullas fronterizas accedan a regiones remotas, tanto cercadas como sin cercar. Todas esas infraestructuras han cortado en pedazos una gran cantidad de tierras protegidas a lo largo de la frontera. Y desde la aprobación de la Real ID Act de 2005, en nombre de la seguridad nacional, el Departamento de Interior puede evitar todo tipo de estudios de impacto ambiental.
Por eso, a diferencia de la mayoría de los proyectos de infraestructura federal sometidas a evaluación de impacto, estas vallas y sus infraestructuras asociadas  escapan al escrutinio público. Los expertos no pueden evaluar qué impacto pueden tener en la fauna, las plantas y los ríos. Pero las evidencias a posteriori son alarmantes. Por ejemplo, Lasky y sus colaboradores encontraron que el mayor riesgo se produce cuando las vallas parten el área de distribución de una pequeña población de una especie con un hábitat especializado, cuyos miembros quedan aislados a uno y otro lado de la barrera artificial. En su artículo citan 45 especies y tres subespecies a las que han afectado de esa manera las vallas actuales.
Dividir las poblaciones animales de esta manera conduce a una reducción del flujo de genes y a la endogamia, lo que conlleva un mayor riesgo de extinción. Los grupos conservacionistas están particularmente preocupados por el lobo gris mexicano (Canis lupus baileyi); en 2016, solo había 113 ejemplares en los Estados Unidos y unas tres docenas al sur de la frontera. Un muro entre ellos podría hacer que la recuperación de la población sea insuperable. Las cercas también pueden restringir el acceso de los animales a las fuentes de agua, especialmente problemáticas en el semiárido suroeste. Y pueden dificultar la adaptación de los animales al cambio climático. A muchas especies les va mejor en el norte de México, pero con los cambios en los patrones de precipitación, tendrían que dispersarse a través de la frontera.
Las estructuras de las paredes también dañan a los animales e insectos de otras maneras. Algunas secciones tienen luces que atraen y achicharran a los polinizadores, como la mariposa monarca (Danaus plexippus), que migran a través de la frontera. Y cuánto más alta sea la cerca, más infranqueable será para algunos murciélagos y aves, como el búho pigmeo Glaucidium brasilianum.
El muro propuesto por Trump podría tener un gran impacto en áreas que permanecen vírgenes. Cerca de dos tercios, unos 2.200 km, de la frontera están todavía sin vallar. Trump dice que, en la primera fase, pretende construir un total de 700 a 900 millas de muro nuevo, lo que sería extremadamente difícil de ejecutar porque las estimaciones de los costes para proteger todo el límite de la frontera oscilan entre 21.000 y 40.000 millones de dólares, por lo que las 700 millas costarían al menos 12.000 millones.
Cuando pongo punto y final a este artículo, las agencias de noticias publican las palabras de John Kelly, el recién dimitido jefe de gabinete de Trump: «La idea del muro se abandonó hace tiempo». Ojalá. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.