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domingo, 9 de febrero de 2020

El osario de Vallés y otros ilustres huesos ambulantes


Grabado de Francisco Vallés, médico de Cámara de Felipe II y Protomédico de Castilla.
La Capilla San Ildefonso del Rectorado de la Universidad de Alcalá recoge estos días la exposición "Recuerdos y memorias del cine español". Rodeada de carteles y objetos cinematográficos, luce la urna mortuoria que guarda lo poco que queda de los restos del Divino Vallés.
Además de poner en evidencia que las eminencias médicas también mueren, el descubrimiento fortuito la década pasada de un cofre de plomo que contenía algunos de los venerables huesos (cráneo, fémur y pelvis) del Divino Vallés ha rescatado de mi memoria episodios similares que afectaron a otros dos personajes renacentistas: Galileo y Descartes. Como en el caso de Francisco Vallés, los mondos esqueletos aparecieron incompletos como consecuencia de los trajines de sus viajes postmortem y de la afición por las reliquias que manifiestan algunos por buena fe y otros por afán de lucro.
Francisco Vallés, médico de Felipe II y egregia figura de la medicina del Renacimiento español, fue discípulo del gran Vesalio, aquel médico genial que cayó en las garras de la Inquisición por deshacer en su Fábrica del cuerpo (1543) el mito de que los hombres, desde los tiempos de Adán, tenían una costilla menos que las mujeres, disparate urdido para sostener la machista creación de la mujer recogida en el Génesis. Vallés aprendió de tapadillo los secretos del cuerpo humano trabajando con cadáveres diseccionados, una práctica vetada por la Inquisición que no le impidió sentar cátedra en Alcalá de Henares, donde profesó durante 17 años, hasta 1572, cuando fue nombrado por Felipe II Médico de Cámara y Protomédico General de los Reinos y Señoríos de Castilla, máximo cargo al que un médico de su tiempo podía aspirar.
El rey Felipe II le testimoniaba así su agradecimiento por haberlo rescatado de una muerte segura cuando el monarca agonizaba tras devorar carne de perdiz casi putrefacta, como era costumbre en la época entre quienes se preciaban de ser buenos catadores de piezas cinegéticas. Vulnerando los venerados Cánones de Avicena, que impedían aplicar un purgante a los enfermos en algunas fases lunares, y después de haber sido desahuciado el rey por los médicos palaciegos, Vallés se encerró en la cámara real con el enfermo y con el duque de Alba, no sin antes anunciar cínicamente que, para ocultar a la Luna su clínica trapisonda, procedía a cerrar los postigos de la alcoba real. Perpetrado el oscurantista camelo, administró al rey una purga enérgica que lo salvó de una muerte segura.
En Alcalá, Vallés se adelantó casi dos siglos a lo que luego sería práctica normal en las facultades de Medicina: enseñar anatomía dictando las lecciones sobre cadáveres que diseccionaba in situ su ayudante, el habilísimo disector valenciano Pedro Gimeno evitando, eso sí, la trepanación, pues eso hubiera sido considerado un pecado mortal irredimible.
Los restos de Vallés en la caja de madera que encerraba el cofre.
En 1592 falleció Vallés en Burgos de tabardillo, el tifus exantemático propagado por los piojos. Fue solemnemente enterrado en la iglesia complutense por orden de su principal paciente y mentor, quien a su vez sufragó las solemnes exequias y las misas de rigor que acompañaron al cuerpo desde Burgos hasta Alcalá, donde, con gran pompa litúrgica, fue enterrado en la capilla complutense. El Divino permaneció sepultado hasta su exhumación en 1862, cuando lo que quedaba de sus restos, previamente esquilmados por profanadores anónimos, fue depositado en el cofre de plomo encontrado en 2011. El puñado de huesos que encerraba acompañaron al cofre hasta el Museo Arqueológico Regional, donde el cofre fue restaurado antes de que contenido y continente fueran depositados en su capilla de procedencia. Pese a su divino apodo, los mortales despojos combaten hoy en retirada contra la usura del tiempo.
Reconocido como uno de los padres de la ciencia moderna, Galileo Galilei (1564-1642) será recordado siempre por haber sido protagonista de uno de los primeros desencuentros entre ciencia y religión. Acusado de herejía por atreverse a afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol, Galileo, tras ser enjuiciado por la Santa Inquisición en 1633, pasó los últimos años de su vida bajo arresto domiciliario, tiempo que aprovechó para registrar por escrito su trabajo de décadas atrás, sentando las bases, entre otras cosas, de la física moderna.
Mucho menos conocido que sus logros y aportaciones al desarrollo científico y tecnológico de la humanidad, o que su famosa frase «y sin embargo se mueve», es el hecho de que una parte de su cuerpo se exhibe en el Museo di Storia della Scienza de Florencia. Se trata del dedo medio de su mano derecha, exhibido dentro de un ovoide cristalino al que acompañan unos versos de Tomasso Perelli compuestos específicamente para la exhibición pública: «Este es el dedo perteneciente a la ilustre mano que recorrió los cielos, señalando a la inmensidad del espacio y apuntando a nuevas estrellas, ofreciendo a los sentidos un maravilloso artefacto de cristales trabajados con un sabio atrevimiento para poder llegar más lejos de lo que Encelado o Tifón pudieron jamás llegar».
Dedo de Galileo en la urna del Museo di Storia della Scienza
El dedo, junto con un diente, la quinta vértebra lumbar y otro par de dedos, fue separado de los restos de Galileo en 1737 por un admirador, Francesco Gori, aprovechando el traslado desde la modesta cripta familiar al monumental mausoleo construido por Viviani en la Iglesia de la Santa Cruz. El dedo fue posteriormente adquirido por Bandini, responsable de la Biblioteca Laurentina, donde se exhibió mucho tiempo.
En 1841 fue trasladado a la Tribuna di Galileo, recién inaugurada en el Museo di Fisica e Storia Naturale, antes de que pasara a ser propiedad del Museo di Storia della Scienza, donde aún puede verse si uno deja de lado la senda de los elefantes que forman las masas de turistas y se dirige a ese precioso museo. Guardado en su relicario, tal si fuera el dedo de un santo, el largo y fino dedo está colocado apuntando a lo alto, como si quisiera mostrarnos las estrellas de nuevo. Pero no hay tal, el dedo no es el índice, sino el anular, lo que sugiere maliciosamente que el gran Galileo se mofa de la concurrencia propinando una peineta., que quizás, podría muy bien tomarse como un último y póstumo gesto de desafío a quienes terminaron por aceptar su error y reconocer su genio científico.
El 31 de octubre de 1992, Juan Pablo II proclamó la absolución del científico pisano. Habían tenido que pasar 359 años, 4 meses y 9 días de la sentencia de la Inquisición para que pidiera la Iglesia pidiera perdón por la injusta condena que no pudo remediar la amargura y la soledad de los últimos años de Galileo, transcurridos entre acusaciones, infamias, cárceles y arrestos domiciliarios. 
René Descartes, el pensador más influyente y controvertido de su tiempo, el francés considerado el padre de la filosofía y de la cultura modernas, fue enterrado lejos de su hogar, en Estocolmo, un crudo día de invierno de 1650. Dieciséis años más tarde, el embajador francés exhumó secretamente sus huesos y los transportó a Francia.
¿Por qué el embajador, un católico muy devoto, se preocupó tanto por los restos de un filósofo acusado de ateísmo? ¿Por qué los huesos de Descartes siguieron un tortuoso viaje durante los siguientes 350 años? La clave de este misterio se esconde en la famosa frase de Descartes: cogito ergo sum («pienso, luego existo»), con la que iluminó el eterno debate entre fe y razón, destruyendo dos mil años de creencias adquiridas para levantar el acta de nacimiento de la modernidad. 
La historia de las reliquias descartianas, que involucra a quienes usaron los huesos para sus estudios científicos, los robaron, los vendieron y los reverenciaron, pelearon por ellos y fueron pasándolos subrepticiamente de mano en mano, obsesionaron durante varios años a Russell Short, que elaboró con ella un interesantísimo libro, Los huesos de Descartes, relato histórico y detectivesco sobre la creación del pensamiento moderno que nos traslada hasta el presente, al Museo de las Ciencias de París, donde ahora, en un polvoriento archivador, descansan (¿para siempre?) los restos del gran filósofo.