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martes, 25 de febrero de 2020

Primavera, tiempo para las bulbosas


Los jardineros del hemisferio norte se disponen estos días a preparar sus bulbos. La primavera es la estación de las plantas bulbosas. A medida que el invierno da paso a días más cálidos y largos, algunas plantas que han permanecido el invierno enterradas (o dentro de sacos en las bodegas de los jardineros) comienzan a aflorar en busca de la luz solar. Funcionalmente, los bulbos son órganos de almacenamiento. Están formados por un tallo corto rodeado de capas de hojas carnosas, que contienen mucha energía para impulsar el rápido crecimiento.
Las plantas han resuelto de maneras muy diversas el problema de la supervivencia durante épocas adversas, como son los inviernos muy fríos y los veranos excesivamente cálidos y secos. Las plantas bulbosas han desarrollado órganos subterráneos de reserva que les permiten sobrevivir durante las estaciones desfavorables en estado de reposo y reiniciar el crecimiento cuando las condiciones ambientales vuelven a ser favorables.
Durante la primavera, cuando aparecen las hojas, las plantas bulbosas activan su metabolismo, fotosintetizan aprovechando las largas horas de insolación y movilizan los compuestos elaborados gracias a la luz hacia los bulbos subterráneos. Mientras lo hacen, producen flores, por lo general muy numerosas y muy vistosas, porque la mayoría de las bulbosas son polinizadas por insectos que liban el néctar de sus flores.
Cuando aprieta el calor del inicio del verano, las flores ya han producido frutos mientras que las hojas comienzan a desecarse. Durante el verano no queda más rastro de las bulbosas que un manojo de hojas secas (salvo en los jardines irrigados) y un puñado de frutos que, agitados, por el viento liberan decenas de semillas menudas.
Por debajo de tierra, la planta sobrevive gracias a los bulbos, que constituyen una reserva para pasar el invierno en estado de latencia, protegidos de las temperaturas extremas de la superficie gracias al poder atemperador de los suelos. Son increíblemente resistentes en esta etapa.
Flores del mataperros, Colchicum autumnale
Las adaptaciones y las estrategias de las plantas bulbosas pueden satisfacer exigencias ecológicas muy diversas. Por ejemplo, muchos tulipanes (Tulipa) de origen asiático están adaptados a un clima continental extremo, con veranos secos y tórridos, inviernos helados y primaveras con breves aguaceros, período en el cual desarrollan su ciclo completo. Existen, por otra parte, muchas especies de sotobosque, como algunos azafranes y similares (Colchicum, Crocus, Merendera), la escila (Scilla) y el diente de perro (Erythronium) que, gracias a sus reservas alimenticias, crecen muy rápido y cumplen su ciclo a principios de la primavera, antes de que las hojas de los árboles de hallan desarrollado y les quiten la luz del sol.
Muchas plantas bulbosas habitan comunidades adaptadas a incendios recurrentes durante la estación seca. En esos períodos, las plantas bulbosas y otras con raíces o tallos subterráneos (rizomas y tubérculos) están en reposo y de ese modo sobreviven al calor del fuego. Los incendios limpian de vegetación la superficie, eliminando la competencia y, además, aportan nutrientes al suelo a través de las cenizas. Cuando las primeras lluvias caen, los bulbos, libres de competencia y bien abonados, comienzan a brotar rápidamente iniciando un nuevo período de crecimiento y desarrollo sostenidos por las reservas acumuladas en sus tejidos durante la estación previa. Varias especies del género Cyrtanthus, por ejemplo, son reconocidas por su rápida capacidad de florecer después de incendios naturales de pastizales, de ahí que sean conocidas como "lirios de fuego". De hecho, varias especies de ese género (C. contractus, C. ventricosus y C. odorus), solo florecen después de que se produzcan los incendios naturales.
Lirio de mar, Pancratium maritimum
Como cabe suponer, los bulbos son una adaptación para temporadas de crecimiento cortas. Su capacidad para crecer rápidamente les otorga una ventaja competitiva durante cortos períodos de tiempo cuando las condiciones ambientales mejoran y el resto de las plantas todavía no han producido hojas. A pesar de los costes energéticos asociados con el suministro y mantenimiento de un órgano de almacenamiento voluminoso, la capacidad de desplegar rápidamente las hojas cuando las condiciones se vuelven favorables supone, sin embargo, una ventaja adaptativa.
Para la planta, producir bulbos es energéticamente costoso, así que muchas bulbosas han desarrollado defensas frente a los herbívoros en forma de potentes fitoquímicos. Los sulfóxidos de aminoácidos de ajos y cebollas son parte del arsenal químico que caracteriza a muchas bulbosas. Por ejemplo, los vistosos lirios de mar del género Pancratium, representados en las playas del Mediterráneo por el espectacular P. maritimum, tienen unos bulbos enormemente tóxicos para los humanos por contener varios alcaloides.
Los enormes bulbos de Boophone haemanthoides, una planta e los desiertos de Namibia, sobresalen del suelo.
Los lirios de mar son parientes cercanos de narcisos, tulipanes, lirios y azucenas, algunos de cuyos bulbos son tóxicos y suelen producir problemas de envenenamiento en las mascotas que juegan en los jardines. Una bulbosa muy común, Colchicum atumnale, lleva el significativo nombre de “mataperros”, aunque es también sea conocida como “azafrán bastardo” por su parecido con el azafrán (Crocus sativus), contiene un alcaloide, la colchicina, que inhibe las divisiones celulares y puede ser letal en función de la dosis y del peso del animal que lo ingiera.
Los bulbos han evolucionado independientemente en muchas familias de plantas con flores (angiospermas). Muchos casos de la aparición del hábito bulboso ocurrieron durante el Mioceno y se han asociado con una disminución global de la temperatura y un aumento de la estacionalidad en latitudes altas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.