Hace ciento cincuenta años, en 1876, la elección presidencial que no ganó quien más votos obtuvo, reveló que la democracia estadounidense podía sobrevivir al fraude siempre que este se negociara en silencio y desde arriba. Según Gore Vidal, allí nació la política moderna del imperio: estable, cínica y extraordinariamente eficaz.
Las democracias no suelen morir
de forma dramática. No caen con un golpe de Estado ni se desploman bajo el peso
de un dictador con uniforme. A menudo aprenden, más bien, a doblarse. A
sobrevivir a base de excepciones, apaños y acuerdos presentados como inevitables.
Según Gore Vidal, la democracia estadounidense aprendió esa elección decisiva en
1876, durante la elección presidencial más turbia del siglo XIX y,
probablemente, la más reveladora de todas.
Los hechos históricos son bien
conocidos, pero rara vez se cuentan con toda su crudeza. En noviembre de 1876,
el demócrata Samuel J. Tilden, gobernador reformista de Nueva York y enemigo
declarado de la corrupción política, obtuvo una clara victoria en el voto
popular. Para cualquier observador razonable, Tilden había ganado las
elecciones. Sin embargo, el resultado en cuatro estados —Florida, Luisiana,
Carolina del Sur y Oregón— quedó en disputa debido a acusaciones cruzadas de
fraude, intimidación y manipulación de votos.
Estados Unidos entró entonces en
una situación sin precedentes. Dos partidos proclamaban la victoria. Dos
candidatos se preparaban para asumir la presidencia. El país aún estaba
traumatizado por la Guerra Civil y exhausto tras una década de Reconstrucción.
Y la Constitución, sorprendentemente, no ofrecía un procedimiento claro para
resolver un conflicto de ese calibre. La joven república descubría que su
sistema democrático tenía agujeros peligrosos.
La solución no fue jurídica, sino
política. El Congreso creó una comisión electoral “independiente” formada por
senadores, congresistas y jueces del Tribunal Supremo. Su independencia duró lo
que tardaron en contarse los votos: por una mayoría estrictamente partidista,
la comisión otorgó todos los votos electorales en disputa al republicano
Rutherford B. Hayes. Hayes perdió el voto popular, pero ganó la presidencia.
Para que la operación fuera
aceptable, se selló un acuerdo tácito que la historia conoce como el Compromiso de 1877. Los republicanos conservarían la Casa Blanca; a cambio, retirarían las
tropas federales del Sur, poniendo fin a la Reconstrucción y devolviendo el
control político a las élites blancas sureñas. El acuerdo no se votó
públicamente ni se debatió de cara a los ciudadanos. Simplemente se ejecutó.
Desde el punto de vista
institucional, el sistema sobrevivió. No hubo guerra, ni secesión, ni colapso
del Estado. Desde el punto de vista moral, sin embargo, algo se quebró de forma
irreversible. Y es ahí donde Gore Vidal sitúa el verdadero significado de 1876.
En su novela 1876, Vidal no
describe aquel episodio como una anomalía corregida por la sensatez de los
líderes, sino como el momento fundacional del fraude político contemporáneo.
Para él, la lección aprendida por la clase dirigente fue devastadoramente simple:
cuando el resultado democrático amenaza el equilibrio del poder, puede ser
corregido desde arriba sin que el sistema deje de funcionar.
Lo verdaderamente inquietante, en
la lectura de Vidal, no es que hubiera fraude o manipulación —eso ha existido
siempre—, sino que no hubo consecuencias. Nadie fue castigado. Nadie pidió
perdón. Nadie cuestionó seriamente la legitimidad del nuevo presidente una vez
consumado el acuerdo. El sistema absorbió el golpe con una elegancia
escalofriante. La democracia estadounidense demostró ser extraordinariamente
resistente… precisamente porque era capaz de traicionarse a sí misma.
Vidal insiste en que 1876 marca
el paso definitivo de una república de principios a una república de intereses.
A partir de ese momento, las elecciones dejan de ser un mecanismo sagrado de
expresión popular y se convierten en un ritual negociable, administrado por
élites políticas, económicas y mediáticas que se consideran a sí mismas las
verdaderas guardianas del orden. La voluntad del pueblo importa, pero solo
hasta cierto punto. Cuando estorba, se reinterpreta.
El precio humano de esa
“estabilidad” fue enorme. El fin de la Reconstrucción significó abandonar a
millones de afroamericanos del Sur a un siglo de segregación, violencia y
privación de derechos civiles. Las leyes de Jim Crow, el terror del Ku Klux
Klan y la exclusión sistemática del sistema político no fueron errores
colaterales, sino consecuencias directas del pacto. Para Vidal, este detalle es
esencial: la democracia se salvó sacrificando deliberadamente a quienes no
tenían poder para defenderse.
En 1876, Vidal retrata a
políticos, periodistas y financieros como hombres que ya no creen en la
democracia como ideal, sino como herramienta. La política se convierte en una
gestión cínica del poder, donde lo importante no es ganar limpiamente, sino garantizar
la continuidad del sistema y de quienes lo controlan. La legalidad se vuelve
flexible; la moral, prescindible.
Esta visión resulta incómoda
porque rompe con el relato épico de la democracia estadounidense como una
historia de progreso continuo interrumpido solo por errores ocasionales. Vidal
propone lo contrario: que el sistema funciona precisamente porque sabe cuándo
traicionar sus propios principios sin que el edificio se derrumbe. El imperio
—en el sentido político y cultural— no nace de una ruptura violenta, sino de
una renuncia elegante a la verdad democrática.
Vista desde el presente, la
elección de 1876 adquiere un aire inquietantemente familiar. Elecciones
disputadas, recuentos interminables, comisiones “independientes” con mayorías
calculadas, pactos entre élites presentados como actos de responsabilidad nacional.
Todo estaba ya allí, en germen. Vidal no escribe historia para tranquilizar,
sino para señalar el origen del virus.
Quizá por eso 1876 sigue siendo
una novela tan perturbadora. No porque revele un fraude concreto, sino porque
explica cómo una democracia aprende a convivir con el fraude sin dejar de
llamarse democracia. A partir de ese aprendizaje, sugiere Vidal, ya no hay
marcha atrás. El sistema no colapsa; se adapta. Y en esa adaptación silenciosa
nace el imperio moderno: no como una tiranía explícita, sino como un consenso
tácito entre quienes deciden que la estabilidad vale más que la verdad.
En 1876, Estados Unidos no perdió su democracia. Aprendió algo mucho más peligroso: que podía perderla un poco… y seguir adelante como si nada hubiera pasado.

