Vistas de página en total

domingo, 8 de febrero de 2026

EL INCONSISTENTE PLEITO DEL POLLO ASADO

 

En Estados Unidos hay demandas que parecen escritas por guionistas con demasiado tiempo libre. En el famoso caso Pearson v. Chung, también conocido como el caso de los "pantalones de cincuenta y cuatro millones de dólares ", un caso civil de 2007 decidido en el Tribunal Superior del Distrito de Columbia en el que Roy Pearson, entonces juez de derecho administrativo , demandó a su establecimiento de limpieza en seco por cincuenta y cuatro millones millones de dólares en daños y perjuicios después de que la tintorería supuestamente hubiera perdido sus pantalones, lo que —según su propietario— le causó graves daños en su autoestima y en su vida vida profesional. Pearson perdió el caso y la posterior apelación.

Y también existió el litigio Stambovsky v. Ackley, en el que un comprador demandó porque la casa que había adquirido venía, según la dueña anterior, con fantasmas incorporados. El tribunal no entró en cuestiones paranormales, pero sí en algo más jurídico: si la vivienda había sido públicamente anunciada como encantada, no cabía alegar engaño.

Ese es el paisaje cultural en el que prosperan pleitos que, vistos desde fuera, suenan extravagantes pero que casi siempre giran en torno a algo concreto: la distancia entre lo que el consumidor cree estar comprando y lo que realmente compra. El último episodio tiene como protagonista al pollo asado de supermercado y a dos ingredientes —fosfatos y carragenina— señalados como supuestos “conservantes tóxicos”. Sin embargo, cuando uno abandona el folclore judicial y entra en el terreno de la química y la fisiología, la discusión cambia de foco: ni los fosfatos ni la carragenina son conservantes, ni son tóxicos en las cantidades autorizadas.

Dos mujeres en California han demandado a la cadena de supermercados Costco (unas 640 tiendas en Estados Unidos) alegando que su famoso pollo asado, etiquetado como “sin conservantes”, contiene fosfato de sodio y carragenina. Según la demanda, eso constituiría publicidad engañosa. Pero conviene empezar por lo básico: los conservantes son sustancias añadidas para inhibir el crecimiento de bacterias, mohos u hongos y prolongar la vida útil del alimento. Entre ellos se encuentran benzoatos, sorbatos, propionatos, nitritos, nitratos o sulfitos. Los fosfatos y la carragenina no desempeñan esa función antimicrobiana. No son, pues, conservantes.

De hecho, resulta curioso que la palabra “conservante” se haya convertido casi en sinónimo de veneno. Los conservantes no se añaden por capricho, sino para prevenir intoxicaciones alimentarias. Microorganismos como Salmonella, Listeria, Campylobacter, E. coli o Clostridium perfringens no son invenciones retóricas, sino causas muy reales de enfermedades. La seguridad alimentaria moderna se basa precisamente en equilibrar riesgos y beneficios.

¿Para qué se emplean entonces los fosfatos en el pollo asado? La respuesta es tecnológica, no conspirativa. Tras el sacrificio del animal, las proteínas musculares se contraen y expulsan agua. Los fosfatos estabilizan la red proteica, elevan ligeramente el pH y favorecen la retención de agua. El resultado es una carne más jugosa, con menor pérdida de peso durante la cocción y textura más tierna. No hay nada misterioso en ello.

Además, el fosfato no es una sustancia ajena al organismo. Es esencial para la vida. Participa en la formación de huesos y dientes, en la regulación del equilibrio ácido-base y en procesos celulares fundamentales. Las moléculas que sostienen nuestra existencia —ADN, ARN y ATP— contienen grupos fosfato. Sin ellos, no habría transmisión de información genética ni producción de energía.

Lo obtenemos de forma natural en carnes, lácteos, legumbres, frutos secos y cereales integrales. Es cierto que el fosfato añadido como aditivo se absorbe con mayor eficiencia que el fosfato natural ligado a proteínas o fitatos vegetales. Pero incluso una ración generosa de pollo asado que aporte 300 o 400 miligramos no supone un riesgo para personas con función renal normal. Los riñones regulan con notable eficacia la concentración de fosfato en sangre, eliminando el exceso por la orina.

La hiperfosfatemia —niveles elevados en sangre— es un problema real, pero se observa casi exclusivamente en pacientes con enfermedad renal crónica. En estos casos sí es necesario controlar la ingesta. Para la población general, el fosfato dietético no representa un peligro en el contexto de una alimentación equilibrada.

La carragenina, el segundo ingrediente cuestionado, es un polisacárido (es decir, una cadena de azúcares) extraído de algas rojas. Se utiliza como agente gelificante y estabilizante por su capacidad para retener agua y mejorar la textura. Su uso en alimentos tiene décadas de historia, aunque la tradición no sustituye a la evidencia científica. La seguridad de la carragenina alimentaria ha sido evaluada repetidamente por agencias reguladoras internacionales.

Desde el punto de vista fisiológico, la carragenina apenas se digiere en el intestino delgado. Se comporta de manera similar a una fibra dietética y llega en gran parte intacta al colon, donde puede ser parcialmente fermentada por la microbiota. No actúa como conservante ni como agente antimicrobiano.

¿De dónde surge entonces la acusación de que provoca inflamación o cáncer? De una confusión recurrente entre la carragenina alimentaria y los llamados poligeenanos. Los poligeenanos son fragmentos de bajo peso molecular obtenidos por degradación ácida de la carragenina en condiciones de laboratorio muy agresivas. Algunos de estos compuestos, administrados en altas dosis a animales de experimentación, han inducido inflamación intestinal y tumores. Pero los poligeenanos no están autorizados como aditivos y no son equivalentes a la carragenina alimentaria.

Lo fundamental es que la carragenina ingerida no se transforma en poligeenanos en el aparato digestivo humano en condiciones normales. La degradación que produce esos fragmentos ocurre bajo circunstancias experimentales específicas que no reproducen el entorno fisiológico. Confundir ambos compuestos es mezclar dos sustancias distintas bajo un mismo nombre.

Si hay un componente del pollo asado que merece atención nutricional, no es exótico ni químicamente complejo. Es el sodio. Una porción de un cuarto de kilo puede contener alrededor de mil miligramos, una cantidad significativa si se considera que muchas guías recomiendan no superar los 1 500–2 300 miligramos diarios. El exceso de sodio se asocia con hipertensión arterial y mayor riesgo cardiovascular, un problema de salud pública ampliamente documentado.

Retirar la piel puede reducir ligeramente la ingesta de sodio y también disminuir la exposición a compuestos formados durante el tostado intenso. Pero el debate relevante no está en los fosfatos ni en la carragenina, sino en la carga total de sal dentro de una dieta ya de por sí rica en alimentos procesados.

La demanda contra Costco probablemente se resolverá en el terreno de la semántica regulatoria: qué se entiende exactamente por “conservante” y si la etiqueta puede inducir a error. Desde el punto de vista toxicológico, la acusación carece de fundamento sólido. Ni el fosfato de sodio ni la carragenina cumplen la función de conservar el alimento evitando el crecimiento microbiano, ni representan un riesgo para la población general en las cantidades empleadas.

En última instancia, el episodio ilustra una tendencia contemporánea: el uso del lenguaje de la toxicología sin atender a la dosis, al contexto y a la evidencia acumulada. Se demonizan nombres químicos que suenan extraños mientras se ignoran factores dietéticos con impacto probado. Y así, entre etiquetas difíciles de leer, influencers ignorantes y alarmistas y demandas llamativas, el verdadero problema —la ingesta excesiva de sodio— queda relegado a un discreto segundo plano.