| Colchicum autumnale. Foto de Rafael Tormo. |
El género Colchicum
arrastra consigo una geografía remota y un eco mitológico que no es fácil de
ignorar. Su nombre latino es heredado del griego kolchikón, es decir,
“planta de la Cólquide”. Aquella Colchis, situada en la costa oriental del mar
Negro, no era un territorio cualquiera en la imaginación griega: era una tierra
fértil, húmeda y, sobre todo, peligrosa.
Allí situaron los mitos el reino
de Medea, la hechicera que conocía como nadie el lenguaje secreto de las
plantas. Medea no solo dominaba los filtros amorosos, sino también los venenos
capaces de detener el corazón o devolver la vida. Que el nombre de una planta
tóxica y medicinal a la vez proceda precisamente de su patria no parece una
coincidencia, sino más bien una advertencia.
En el mundo antiguo, la botánica
y la magia no estaban tan lejos. Nombrar una planta era, en cierto modo,
situarla en un mapa simbólico, y la Cólquide era el lugar donde la naturaleza
se volvía ambigua, poderosa y difícil de domesticar.
Si hay una especie que encarna
mejor que ninguna ese legado es la flor que llega cuando todo se va: Colchicum
autumnale, el cólquico otoñal, ampliamente distribuido por Europa. Su
biología tiene algo de desconcertante, casi de truco de ilusionismo.
A finales del verano o en pleno
otoño, cuando la mayoría de las plantas se retiran, emergen del suelo sus
flores rosadas o violáceas, solitarias, elegantes, sin hojas que las acompañen.
Parecen brotar de la nada, como si la planta hubiera olvidado completar su
anatomía. Las hojas, en cambio, aparecen meses después, en primavera. Son
largas, carnosas, de un verde intenso, y rodean el fruto en desarrollo. Este
desfase —flores sin hojas en otoño, hojas sin flores en primavera— ha
contribuido a su aura misteriosa desde muy antiguo.
No es extraño que en inglés se la
conozca como meadow saffron —el azafrán de los prados—, aunque no tenga
relación con el verdadero azafrán (Crocus sativus). Esa confusión, por
cierto, no ha sido inocua, porque en un ejemplo si no de magia, sí de la
química de la ambigüedad, en el corazón del Colchicum se encuentra una
molécula que resume perfectamente su naturaleza dual: la colchicina.
Este alcaloide, presente en toda
la planta, pero especialmente concentrado en el cormo (un tallo subterráneo
engrosado y macizo), es una sustancia de gran potencia biológica. Su mecanismo
de acción es elegante y devastador: interfiere con los microtúbulos celulares,
impidiendo la división celular. Es, en esencia, un veneno mitótico.
La "quitameriendas" Merendera pyrenaica
Un veneno mitótico es una
sustancia que detiene la división celular (mitosis) al interferir con el huso
mitótico, impidiendo que los cromosomas se separen. Actúan uniéndose a la
tubulina (una proteína esencial en células eucariotas que se polimeriza para
formar microtúbulos, componentes clave del citoesqueleto), lo que provoca la
detención del ciclo celular.
A pesar de su toxicidad, la
colchicina ha sido utilizada desde la Antigüedad en el tratamiento tanto de la
gota, porque reduce la inflamación causada por los cristales de ácido úrico, como
de ciertas enfermedades autoinmunes, además de sus aplicaciones en
investigación biológica y mejora genética. Su eficacia es indiscutible, pero
también lo es su estrecho margen terapéutico. La dosis eficaz está
peligrosamente cerca de la dosis tóxica. Y es que la ingestión de Colchicum
autumnale puede ser grave o mortal. Los síntomas incluyen náuseas, vómitos
y diarrea severa, fallo multiorgánico y alteraciones en la médula ósea.
Históricamente, ha sido tanto
remedio como veneno. En manos expertas, cura; en manos imprudentes, castiga. De
nuevo, la sombra de Medea parece alargarse sobre la planta.
El género Colchicum no
está solo. Da nombre a la familia Colchicaceae, un grupo de monocotiledóneas
que, en la flora española, ha incluido tradicionalmente cuatro géneros: Colchicum,
Merendera, Bulbocodium y Androcymbium. Sin embargo,
los estudios moleculares más recientes están desdibujando esas fronteras. El
análisis de ADN sugiere que esas diferencias morfológicas que sirvieron para
separar los géneros podrían no reflejar verdaderas líneas evolutivas
independientes.
La tendencia actual apunta hacia
una integración de los tres últimos dentro del género Colchicum,
ampliando así su concepto. Es un recordatorio de que la taxonomía, como la
propia ciencia, no es un sistema cerrado, sino una conversación siempre en
marcha.
Colchicum es una planta que
vive entre la ciencia y el mito, en el cruce de caminos entre la botánica, la
medicina y la mitología. Su nombre nos lleva a una costa lejana del mar Negro;
su química, a los límites de la farmacología; su ciclo vital, a una lógica que
parece deliberadamente desconcertante.
Hay plantas que se limitan a
crecer. Otras, como esta, cuentan historias. Y pocas historias son tan
apropiadas como la de una tierra —la Cólquide— donde las plantas podían sanar o
matar, y donde una mujer, Medea, conocía exactamente la diferencia.