Vistas de página en total

miércoles, 29 de abril de 2026

DE RATONES, TOSTADAS Y OTRAS EXAGERACIONES

 

Hace unos meses me dio por escribir sobre los supuestos peligros del café tostado, lo cual —como suele ocurrir cuando uno se mete en determinados jardines— terminó llevándome a un territorio donde la ciencia, la ansiedad colectiva y el sentido común conviven con notable incomodidad. El culpable de todo aquello era una molécula diminuta con nombre de villano de serie B: la acrilamida. La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer la ha colocado en su célebre categoría 2B, es decir, “posiblemente cancerígena para humanos”. Una etiqueta que, leída sin contexto, suena a algo que debería venir acompañado de sirenas, luces rojas y una retirada inmediata del producto del mercado. El problema es que, si uno se pone a mirar con un poco de calma, descubre que ese “posible carcinógeno” se encuentra en media despensa: papas fritas, cereales, chips, café y, en un giro especialmente cruel del destino, tostadas.

La acrilamida no aparece por generación espontánea ni por conspiración de la industria alimentaria. Se forma cuando un aminoácido bastante común, la asparagina, decide relacionarse con ciertos azúcares —glucosa, fructosa, galactosa— en condiciones de alta temperatura. Es decir, exactamente lo que ocurre cuando hacemos casi cualquier cosa que merezca la pena en la cocina: freír, hornear, tostar. Dado que estos ingredientes están presentes en una amplia variedad de alimentos y que la humanidad lleva milenios calentando cosas hasta que están ricas, la exposición a la acrilamida no es una posibilidad remota, sino una certeza cotidiana. La pregunta, por tanto, no es si la ingerimos, sino si deberíamos empezar a despedirnos de nuestras tostadas con un cierto tono de gravedad.

Y aquí es donde la historia se vuelve interesante, porque para responder a esa pregunta hay que hacer algo que a menudo olvidamos: mirar los números. Pero antes, por supuesto, hay que pasar por el ritual habitual de la toxicología moderna, que comienza invariablemente con ratones. A estos pobres animales se les administra la sustancia sospechosa —en este caso, acrilamida— en dosis crecientes hasta que algo sucede. Y, efectivamente, algo sucede. En los estudios clásicos, los ratones desarrollan tumores en varios órganos cuando se les expone a cantidades suficientemente elevadas. Además, existe una relación dosis-respuesta: cuanto más reciben, peor les va. Para completar el cuadro, los investigadores identifican un mecanismo plausible: la acrilamida se transforma en glicidamida en el hígado, y esta, con una falta de modales bastante notable, se une al ADN, provocando mutaciones. Caso cerrado: tenemos un carcinógeno en condiciones experimentales.

Hasta aquí, todo muy convincente, salvo por un pequeño detalle que suele pasar desapercibido entre titulares alarmistas: la dosis. En los ratones, los efectos empiezan a observarse cuando consumen alrededor de 0,5 miligramos por kilo de peso corporal al día. Miligramos. Retengamos esa unidad, porque en toxicología las unidades son la diferencia entre un problema y un titular.

Cuando se analiza cuánto acrilamida ingerimos los humanos a través de la dieta —algo que se hace con encuestas alimentarias y análisis de laboratorio—, los números cambian de escala de forma casi cómica. La exposición típica está en torno a 0,3 a 0,6 microgramos por kilo de peso corporal al día. Microgramos. Es decir, unas mil veces menos que la dosis en la que empiezan a verse efectos en los ratones. Dicho de otro modo: si la toxicología fuera una autopista, los ratones estarían circulando a 500 kilómetros por hora en dirección contraria, mientras que nosotros vamos en patinete por el arcén.

Este desfase entre dosis experimentales y exposición real explica por qué los estudios en humanos —y hay bastantes— no han encontrado una correlación clara entre la ingesta de acrilamida y el cáncer. Nuestro organismo, además, no es un espectador pasivo. Está equipado con enzimas que metabolizan sustancias extrañas y con mecanismos de reparación del ADN que corrigen daños antes de que se conviertan en problemas serios. No somos indestructibles, pero tampoco somos tan frágiles como a veces nos gusta pensar cuando leemos titulares en internet a las tres de la mañana.

Esto no significa, por supuesto, que podamos lanzarnos a una dieta basada exclusivamente en papas fritas y café oscuro con la tranquilidad de quien ha descubierto la inmunidad absoluta. Si uno se empeña en sobrepasar sistemáticamente los mecanismos de defensa del cuerpo —algo que la humanidad ha demostrado ser perfectamente capaz de hacer en múltiples contextos—, es concebible que aparezcan consecuencias. Las fuentes principales de acrilamida son bien conocidas: papas fritas, chips, galletas saladas, cereales tostados. Curiosamente, hay detalles casi poéticos en esta historia. Por ejemplo, si guardas las papas en el refrigerador, aumentas la probabilidad de que generen acrilamida al freírlas, debido a un fenómeno llamado “dulzor inducido por el frío”, en el que el almidón se descompone en azúcares más reactivos. Es decir, en un intento de conservar mejor tus papas, podrías estar haciéndolas químicamente más interesantes.

La solución, como suele ocurrir, no pasa por el dramatismo, sino por pequeños gestos de sentido común. Las papas hervidas o cocinadas en el microondas no producen acrilamida. Remojar las papas antes de freírlas reduce la cantidad de azúcares disponibles para reaccionar. Y, en general, cocinar a temperaturas más bajas no solo limita la formación de acrilamida, sino también la de otros compuestos menos recomendables, como los hidrocarburos aromáticos policíclicos, que sí tienen una reputación bastante más sólida como carcinógenos. En otras palabras: el guiso tranquilo de toda la vida sigue teniendo más ventajas de las que aparenta.

Y luego está la tostada, ese símbolo modesto de la civilización matinal. No hay que ser un experto para sospechar que cuanto más oscura está, más acrilamida contiene. Nadie, que yo sepa, ha organizado un congreso internacional para comparar tostadas doradas con tostadas carbonizadas, pero la intuición y la química coinciden en este punto. Así que el consejo de no quemar el pan no solo es estéticamente razonable, sino también científicamente defendible. No hace falta vivir con miedo a la tostadora, pero quizá conviene evitar convertir el desayuno en un experimento de geología volcánica.

Lo mismo ocurre con el café. Los granos más tostados contienen más acrilamida, aunque también es cierto que parte de ella se degrada durante el propio proceso de tostado. En cualquier caso, optar por tostados más suaves es una decisión que uno puede tomar sin sentir que está renunciando a los placeres fundamentales de la vida.

En el fondo, toda esta historia ilustra una lección que convendría recordar con más frecuencia: la toxicidad no es una propiedad absoluta, sino una cuestión de dosis. Casi cualquier sustancia puede ser peligrosa en cantidades suficientemente grandes, y casi cualquier sustancia puede ser inocua —o incluso beneficiosa— en cantidades pequeñas. La acrilamida no es una excepción, aunque su nombre invite a pensar lo contrario.

Así que, si después de todo esto alguien siente la tentación de abandonar el café, las tostadas y las papas fritas en nombre de la seguridad, quizá convenga hacer una pausa. La vida está llena de riesgos, algunos inevitables y otros voluntarios. Este, afortunadamente, parece pertenecer a la categoría de los manejables. Y si aun así la curiosidad persiste, siempre queda la opción de seguir investigando por cuenta propia. Yo, por mi parte, me retiro aquí, con la sensación de haber pasado demasiado tiempo pensando en una molécula que, en el peor de los casos, seguirá acompañándonos en el desayuno.