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miércoles, 2 de septiembre de 2026

MOUNT VERNON Y EL ESCUADRÓN ALADO DE BLAS DE LEZO

En Alexandria, Virginia, a unos treinta kilómetros al sur de Washington D. C., los bajíos del Potomac marcan la frontera entre Maryland y Virginia. Siguiendo el trazado de una antigua senda, la George Washington Parkway se ciñe a la orilla derecha hasta llegar a Mount Vernon, la mansión de George Washington, el primer presidente de los Estados Unidos, y de su esposa Martha.

Antes de convertirse en símbolo nacional, el lugar se llamaba Little Hunting Creek, por el arroyo que lo cruzaba. Su hermanastro, Lawrence Washington, heredó la propiedad y decidió cambiarle el nombre en honor de su antiguo comandante en la Marina Real británica, el vicealmirante Edward Vernon. Lo admiraba profundamente. Paradójicamente, Vernon pasaría a la historia no por sus victorias, sino por su espectacular derrota frente a un marino español cojo, tuerto y manco llamado Blas de Lezo.

Todo comenzó con una oreja. En 1738, un capitán inglés llamado Robert Jenkins compareció ante el Parlamento británico portando, dentro de un frasco, su propia oreja. Según relató, siete años antes su barco había sido interceptado en el Caribe por un guardacostas español que descubrió una carga de contrabando. El capitán, Juan León Fandiño, al ver su insolencia, le cortó una oreja (no consta la de qué lado) y lo despachó con un mensaje memorable: «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve».

La escena inflamó la imaginación británica. La prensa habló de barbarie española y el Parlamento, convenientemente azuzado por los intereses comerciales del momento, clamó venganza. El rey Jorge II declaró la guerra a España dando paso a un episodio que pasaría a la historia con un título macabro y algo cómico: la Guerra de la Oreja de Jenkins, o, en su versión más solemne, la Guerra del Asiento.

El mando de la flota recayó en el vicealmirante Edward «Old Grog» Vernon, un marino veterano de costumbres austeras —introdujo la mezcla de ron con agua que daría origen al grog— y fama de incorruptible. En Jamaica reunió una armada desmesurada: veintisiete navíos de línea, varias fragatas, bombardas, cañoneras y transportes. Era la mayor expedición enviada jamás al Caribe. El escritor escocés Tobias Smollett, que participó como cirujano, recordaría más tarde: «Nunca un contingente estuvo más completamente equipado, y nunca tuvo la nación más razón para la esperanza en un éxito extraordinario». El plan era sencillo y arrogante: tomar las plazas españolas de Portobelo y Cartagena de Indias, controlar el istmo y luego marchar sobre Perú. Portobelo cayó en dos horas. Vernon fue recibido en Londres como héroe nacional. La propaganda lo presentó como el azote del imperio español. Eufórico, el vicealmirante convenció al Gobierno de lanzar un ataque masivo contra Cartagena.

Cartagena era mucho más que una ciudad amurallada: era el principal puerto del virreinato de Nueva Granada, punto de salida de la Flota de Galeones de Tierra Firme, cargada de plata, oro, cacao, tabaco, maderas exóticas y quinina rumbo a Sevilla. Un intento británico anterior, en 1727, había terminado sin combate: la fiebre amarilla mató a más de cuatro mil hombres antes de que pudieran desembarcar. Pero la expedición de 1741 dejaba pequeña cualquier comparación.

Vernon reunió doscientos cuatro barcos, ciento treinta de transporte y setenta y cuatro de guerra, con veintinueve mil soldados a bordo, incluidos tres mil quinientos colonos norteamericanos reclutados en Virginia, descritos con cierta malicia como «todos los bandidos de las colonias». Uno de los oficiales era el joven Lawrence Washington, futuro hermano mayor y mentor de George. Frente a ellos, Cartagena apenas podía oponer seis navíos y tres mil hombres. Pero entre ellos estaba Blas de Lezo y Olavarrieta, marino guipuzcoano curtido en mil batallas. Había perdido una pierna, un ojo y el uso de un brazo; lo llamaban «Mediohombre». Sin saberlo, don Blas tenía un ejército aliado mucho más numeroso que el de Vernon: millones de mosquitos Aedes, transmisores de la fiebre amarilla.

A los pocos días de iniciarse el asedio, los mosquitos comenzaron su silencioso trabajo. Los británicos cayeron como espigas bajo el sol del Caribe. Primero fiebre alta, después hemorragias, orina negra, vómitos de sangre. En menos de tres semanas, tres mil quinientos soldados habían muerto sin disparo enemigo. Los cirujanos británicos, impotentes, lo registraron todo: «una muerte rápida, con un hedor dulzón, amarillento». Era la fiebre amarilla, el arma biológica de la naturaleza tropical. Vernon, confiado, había llegado a enviar una carta a Londres anunciando la inminente victoria. La noticia desató el júbilo: la Casa de la Moneda incluso acuñó una medalla conmemorativa que jamás se llegó a entregar. Cuando la flota británica logró bombardear la ciudad, los cadáveres ya se amontonaban en los navíos.

Los españoles resistieron desde el fortín de San Felipe de Barajas, una fortaleza casi inexpugnable. Vernon ordenó el asalto final el 20 de abril, pero los hombres estaban exhaustos y medio delirantes. El resultado fue una carnicería. Smollett escribió después: «Los cuerpos desnudos de nuestros compañeros flotaban arriba y abajo por el puerto, sirviendo de alimento a cuervos y tiburones». El campo de batalla era un cementerio. Los marineros se amotinaron, y cincuenta fueron fusilados por negarse a atacar. La epidemia y la descomposición habían hecho su trabajo. El escenario de la derrota más humillante de la marina británica estaba completo.

El 8 de mayo de 1741, Vernon ordenó replegar la flota. De sus veintinueve mil hombres, veintidós mil habían muerto, la mayoría aseteados por el escuadrón invisible del Caribe. Blas de Lezo, enfermo y exhausto, había salvado Cartagena con apenas tres mil defensores. Murió pocos meses después, probablemente de peste. Ni siquiera vivió para saborear su victoria. En cambio, Edward Vernon regresó a Inglaterra humillado. Su fracaso fue tan absoluto que la corte de Jorge II prohibió mencionar la palabra «Cartagena» en los informes oficiales. Sus medallas quedaron guardadas en los cajones del olvido. Y, sin embargo, su nombre sobrevivió, grabado no en el mármol de Westminster, sino en una colina del Potomac, en el nombre que un joven colono americano dio a su hacienda: Mount Vernon.

El destino tiene un sentido del humor peculiar. La mansión que lleva el nombre de un almirante derrotado por un vasco manco se convirtió en la residencia de George Washington, el padre fundador de la nación que un siglo más tarde heredaría la hegemonía que Inglaterra perdió en Cartagena. Quizá haya en ello una lección: la historia no siempre la escriben los vencedores, sino los supervivientes. En Cartagena, los héroes no llevaban uniformes ni banderas: eran invisibles, alados, zumbaban al atardecer sobre el fango. Y mientras Vernon agonizaba de orgullo, el pequeño escuadrón de Blas de Lezo y los mosquitos sellaba, sin saberlo, una de las mayores victorias de la biología sobre un imperio.