
En Alexandria, Virginia, a unos
treinta kilómetros al sur de Washington D. C., los bajíos del Potomac marcan la
frontera entre Maryland y Virginia. Siguiendo el trazado de una antigua senda,
la George Washington Parkway se ciñe a la orilla derecha hasta llegar a Mount
Vernon, la mansión de George Washington, el primer presidente de los Estados
Unidos, y de su esposa Martha.
Antes de convertirse en símbolo
nacional, el lugar se llamaba Little Hunting Creek, por el arroyo que lo
cruzaba. Su hermanastro, Lawrence Washington, heredó la propiedad y decidió
cambiarle el nombre en honor de su antiguo comandante en la Marina Real británica,
el vicealmirante Edward Vernon. Lo admiraba profundamente. Paradójicamente,
Vernon pasaría a la historia no por sus victorias, sino por su espectacular
derrota frente a un marino español cojo, tuerto y manco llamado Blas de Lezo.
Todo comenzó con una oreja. En
1738, un capitán inglés llamado Robert Jenkins compareció ante el Parlamento
británico portando, dentro de un frasco, su propia oreja. Según relató, siete
años antes su barco había sido interceptado en el Caribe por un guardacostas
español que descubrió una carga de contrabando. El capitán, Juan León Fandiño,
al ver su insolencia, le cortó una oreja (no consta la de qué lado) y lo
despachó con un mensaje memorable: «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si
a lo mismo se atreve».
La escena inflamó la imaginación
británica. La prensa habló de barbarie española y el Parlamento,
convenientemente azuzado por los intereses comerciales del momento, clamó
venganza. El rey Jorge II declaró la guerra a España dando paso a un episodio
que pasaría a la historia con un título macabro y algo cómico: la Guerra de la
Oreja de Jenkins, o, en su versión más solemne, la Guerra del Asiento.
El mando de la flota recayó en el
vicealmirante Edward «Old Grog» Vernon, un marino veterano de costumbres
austeras —introdujo la mezcla de ron con agua que daría origen al grog— y fama
de incorruptible. En Jamaica reunió una armada desmesurada: veintisiete navíos
de línea, varias fragatas, bombardas, cañoneras y transportes. Era la mayor
expedición enviada jamás al Caribe. El escritor escocés Tobias Smollett, que
participó como cirujano, recordaría más tarde: «Nunca un contingente estuvo más
completamente equipado, y nunca tuvo la nación más razón para la esperanza en
un éxito extraordinario». El plan era sencillo y arrogante: tomar las plazas
españolas de Portobelo y Cartagena de Indias, controlar el istmo y luego
marchar sobre Perú. Portobelo cayó en dos horas. Vernon fue recibido en Londres
como héroe nacional. La propaganda lo presentó como el azote del imperio
español. Eufórico, el vicealmirante convenció al Gobierno de lanzar un ataque
masivo contra Cartagena.
Cartagena era mucho más que una
ciudad amurallada: era el principal puerto del virreinato de Nueva Granada,
punto de salida de la Flota de Galeones de Tierra Firme, cargada de plata, oro,
cacao, tabaco, maderas exóticas y quinina rumbo a Sevilla. Un intento británico
anterior, en 1727, había terminado sin combate: la fiebre amarilla mató a más
de cuatro mil hombres antes de que pudieran desembarcar. Pero la expedición de
1741 dejaba pequeña cualquier comparación.
Vernon reunió doscientos cuatro
barcos, ciento treinta de transporte y setenta y cuatro de guerra, con
veintinueve mil soldados a bordo, incluidos tres mil quinientos colonos
norteamericanos reclutados en Virginia, descritos con cierta malicia como «todos
los bandidos de las colonias». Uno de los oficiales era el joven Lawrence
Washington, futuro hermano mayor y mentor de George. Frente a ellos, Cartagena
apenas podía oponer seis navíos y tres mil hombres. Pero entre ellos estaba
Blas de Lezo y Olavarrieta, marino guipuzcoano curtido en mil batallas. Había
perdido una pierna, un ojo y el uso de un brazo; lo llamaban «Mediohombre». Sin
saberlo, don Blas tenía un ejército aliado mucho más numeroso que el de Vernon:
millones de mosquitos Aedes, transmisores de la fiebre amarilla.
A los pocos días de iniciarse el
asedio, los mosquitos comenzaron su silencioso trabajo. Los británicos cayeron
como espigas bajo el sol del Caribe. Primero fiebre alta, después hemorragias,
orina negra, vómitos de sangre. En menos de tres semanas, tres mil quinientos
soldados habían muerto sin disparo enemigo. Los cirujanos británicos,
impotentes, lo registraron todo: «una muerte rápida, con un hedor dulzón,
amarillento». Era la fiebre amarilla, el arma biológica de la naturaleza
tropical. Vernon, confiado, había llegado a enviar una carta a Londres
anunciando la inminente victoria. La noticia desató el júbilo: la Casa de la
Moneda incluso acuñó una medalla conmemorativa que jamás se llegó a entregar.
Cuando la flota británica logró bombardear la ciudad, los cadáveres ya se
amontonaban en los navíos.
Los españoles resistieron desde
el fortín de San Felipe de Barajas, una fortaleza casi inexpugnable. Vernon
ordenó el asalto final el 20 de abril, pero los hombres estaban exhaustos y
medio delirantes. El resultado fue una carnicería. Smollett escribió después:
«Los cuerpos desnudos de nuestros compañeros flotaban arriba y abajo por el
puerto, sirviendo de alimento a cuervos y tiburones». El campo de batalla era
un cementerio. Los marineros se amotinaron, y cincuenta fueron fusilados por
negarse a atacar. La epidemia y la descomposición habían hecho su trabajo. El
escenario de la derrota más humillante de la marina británica estaba completo.
El 8 de mayo de 1741, Vernon
ordenó replegar la flota. De sus veintinueve mil hombres, veintidós mil habían
muerto, la mayoría aseteados por el escuadrón invisible del Caribe. Blas de
Lezo, enfermo y exhausto, había salvado Cartagena con apenas tres mil defensores.
Murió pocos meses después, probablemente de peste. Ni siquiera vivió para
saborear su victoria. En cambio, Edward Vernon regresó a Inglaterra humillado.
Su fracaso fue tan absoluto que la corte de Jorge II prohibió mencionar la
palabra «Cartagena» en los informes oficiales. Sus medallas quedaron guardadas
en los cajones del olvido. Y, sin embargo, su nombre sobrevivió, grabado no en
el mármol de Westminster, sino en una colina del Potomac, en el nombre que un
joven colono americano dio a su hacienda: Mount Vernon.
El destino tiene un sentido del
humor peculiar. La mansión que lleva el nombre de un almirante derrotado por un
vasco manco se convirtió en la residencia de George Washington, el padre
fundador de la nación que un siglo más tarde heredaría la hegemonía que
Inglaterra perdió en Cartagena. Quizá haya en ello una lección: la historia no
siempre la escriben los vencedores, sino los supervivientes. En Cartagena, los
héroes no llevaban uniformes ni banderas: eran invisibles, alados, zumbaban al
atardecer sobre el fango. Y mientras Vernon agonizaba de orgullo, el pequeño
escuadrón de Blas de Lezo y los mosquitos sellaba, sin saberlo, una de las
mayores victorias de la biología sobre un imperio.