Cuando Leonardo da Vinci
estudiaba el cuerpo humano escribió que «el pie es una obra maestra de
ingeniería y una obra de arte». Resulta curioso que uno de los mayores genios
de la historia eligiera precisamente esa parte del cuerpo para semejante
elogio. La mano pinta cuadros, escribe novelas y construye catedrales. El pie,
en cambio, suele pasar inadvertido, oculto dentro de un zapato, hasta que
aparece una ampolla o un esguince y nos recuerda que existe.
Sin embargo, imagine que un
ingeniero recibe un encargo casi imposible. Debe diseñar una estructura capaz
de soportar durante ochenta años el peso de una persona que camina, corre,
salta y tropieza miles de veces cada día. Tendrá que adaptarse a una playa, a
una montaña o a una acera, absorber impactos equivalentes a varias veces el
peso corporal y mantener el equilibrio sobre una superficie sorprendentemente
pequeña. Si además esa estructura pudiera autorrepararse parcialmente y
funcionar durante décadas sin mantenimiento, el ingeniero probablemente pediría
una aleación desconocida y un presupuesto astronómico.
La evolución resolvió ese desafío
utilizando únicamente hueso, cartílago, músculos, tendones, ligamentos y piel.
El resultado es tan eficaz que apenas pensamos en él mientras funciona
correctamente. Y eso que cada pie contiene veintiséis huesos, treinta y tres
articulaciones y más de un centenar de ligamentos. Entre ambos reúnen
aproximadamente una cuarta parte de todos los huesos del cuerpo humano. A lo
largo de una vida recorrerán más de ciento cincuenta mil kilómetros, casi
cuatro veces la circunferencia de la Tierra.
Todo ese trabajo descansa sobre
una estructura cuya genialidad reside menos en los huesos que en la forma en
que están organizados. El calcáneo recibe el primer impacto contra el suelo, el
astrágalo transmite el peso procedente de la pierna y los metatarsianos y las
falanges completan una compleja arquitectura flexible. Separados parecen piezas
sin importancia; unidos forman una máquina capaz de deformarse ligeramente para
amortiguar cada paso y recuperar inmediatamente su forma original.
La clave está en que el pie no es
plano. Si observamos su cara interna veremos que entre el talón y la base de
los dedos existe una zona elevada. En realidad, el pie posee tres arcos que,
trabajando conjuntamente, forman una auténtica bóveda tridimensional. Gracias a
ellos el peso se distribuye de manera uniforme y parte de la energía del
impacto se almacena en lugar de transmitirse directamente a las rodillas, las
caderas o la columna vertebral.
Pero la verdadera obra de
ingeniería permanece oculta bajo la piel. Se trata de la fascia plantar, una
resistente banda de tejido conjuntivo que une el talón con la base de los
dedos. Si los huesos constituyen el puente, la fascia es el gran cable que mantiene
tensada toda la estructura.
Cuando damos un paso y el talón
comienza a levantarse, los dedos se doblan ligeramente hacia arriba. Ese
sencillo movimiento tensa la fascia plantar, eleva el arco y transforma el pie,
que un instante antes era flexible para amortiguar el impacto, en una rígida
palanca preparada para impulsarnos hacia delante. Todo sucede automáticamente,
cientos de veces al día, sin que dediquemos un solo pensamiento a un mecanismo
que cualquier ingeniero contemplaría con admiración.
Esa combinación de resistencia y
elasticidad convierte al pie en un prodigioso sistema de ahorro energético.
Cada paso reutiliza parte de la energía del anterior, de modo que caminar exige
mucho menos esfuerzo del que cabría esperar. Sin esa solución anatómica
recorrer largas distancias habría sido mucho más costoso y, probablemente, la
historia de nuestra especie habría seguido un camino muy distinto.
Pero la arquitectura no basta
para explicar semejante prodigio. Un puente puede soportar enormes cargas, pero
no adaptarse instantáneamente a una roca, a la arena de una playa o a un suelo
resbaladizo. Para eso hacen falta músculos, tendones y una sensibilidad
extraordinaria, capaces de convertir el pie en un auténtico órgano de
precisión. Ahí reside la segunda mitad de esta fascinante historia.
La arquitectura, por sí sola, no bastaría para explicar semejante prodigio. Un puente puede soportar enormes cargas, pero no adaptarse instantáneamente a una roca, a la arena de una playa o a un suelo resbaladizo. Para eso hacen falta músculos, tendones y una sensibilidad extraordinaria.
El protagonista más conocido es
el tendón de Aquiles, el más grueso y resistente del cuerpo humano. Cuando
corremos puede soportar fuerzas equivalentes a más de siete veces nuestro peso
y funciona como un auténtico muelle biológico: almacena parte de la energía de
cada apoyo y la devuelve en el impulso siguiente. Gracias a esa sencilla
estrategia caminar y correr resultan mucho más eficientes de lo que cabría
esperar.
Menos conocidos son los pequeños
músculos escondidos en la planta del pie. Aunque apenas llaman la atención, son
ellos quienes estabilizan los arcos, ajustan continuamente la posición de los
dedos y realizan miles de diminutas correcciones que nos permiten mantener el
equilibrio sin esfuerzo aparente.
Todo ese trabajo está dirigido
por una extraordinaria red de sensores. La planta del pie figura entre las
regiones más sensibles del organismo y alberga cientos de miles de
terminaciones nerviosas capaces de detectar cambios mínimos de presión,
temperatura, textura o vibración. Gracias a ellas, el cerebro sabe en todo
momento cómo está repartido nuestro peso y puede corregir la postura casi
instantáneamente.
La eficacia de ese sistema
resulta asombrosa. Cuando pisamos una piedra escondida bajo la suela, los
receptores nerviosos detectan la deformación del pie y desencadenan una
respuesta refleja antes incluso de que seamos conscientes del obstáculo. En
unas pocas milésimas de segundo el cerebro redistribuye el peso para evitar una
caída. Es un proceso tan rápido que solemos atribuirlo al azar, cuando en
realidad constituye una compleja conversación entre los pies, la médula espinal
y el cerebro.
Hay otro protagonista al que rara
vez prestamos atención: el dedo gordo. Sin embargo, soporta alrededor del
ochenta por ciento de la fuerza de impulso durante la marcha. Basta perder
parcialmente su movilidad para que caminar se vuelva más lento, más inestable y
mucho más fatigoso.
Paradójicamente, ese dedo resume
toda nuestra historia evolutiva. Los chimpancés conservan un dedo gordo
separado de los demás que les permite agarrarse a las ramas como si fuera un
pulgar. Nosotros renunciamos a esa habilidad para alinearlo con el resto de los
dedos y convertirlo en una sólida columna de apoyo. Perdimos una mano
adicional, pero ganamos la posibilidad de recorrer largas distancias con un
gasto energético extraordinariamente reducido. Aquella modificación anatómica
fue una de las innovaciones que hicieron posible la expansión de nuestra
especie por casi todos los continentes.
Quizá por eso Leonardo da Vinci
definió el pie como una obra maestra de ingeniería. No porque sea especialmente
llamativo, sino porque consigue resolver un problema enormemente complejo con
una elegancia que hace olvidar su dificultad. Los mejores puentes parecen
desafiar la gravedad sin esfuerzo; los mejores relojes funcionan durante años
sin reclamar nuestra atención. El pie pertenece a esa misma categoría de
inventos discretos cuya perfección consiste precisamente en pasar inadvertidos.
Hace unas semanas dedicábamos un
artículo a la mano, ese extraordinario instrumento con el que escribimos,
pintamos, acariciamos o construimos telescopios. Pero quizá fuimos injustos con
su compañero inseparable. Ninguna de esas maravillas habría existido si antes
el pie no hubiera aprendido a sostener con firmeza el cuerpo que las hizo
posibles. La mano puede ser el instrumento de nuestra inteligencia; el pie es
el silencioso arquitecto de nuestra libertad.
Cada paso que damos pone en funcionamiento una maquinaria formada por veintiséis huesos, decenas de músculos, más de un centenar de ligamentos y una inmensa red de sensores nerviosos. Esa obra maestra trabaja para nosotros cientos de millones de veces a lo largo de la vida sin pedir apenas nada a cambio, salvo unos zapatos razonablemente cómodos. Quizá ese sea el mayor elogio que puede recibir cualquier prodigio de la ingeniería: realizar un trabajo extraordinario con tanta eficacia que casi nadie llegue a advertir su existencia.