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lunes, 5 de octubre de 2026

POR QUÉ LOS CICLISTAS AUSTRALIANOS LLEVAN BRIDAS EN EL CASCO

 

Un español que trabaja como repartidor ciclista en Australia ha descubierto una de esas peculiaridades del país que no aparecen en los folletos turísticos. Se llama Tomás y, en un vídeo difundido por HuffPost, enseña los cascos de algunos ciclistas australianos. De ellos sobresalen largas bridas de plástico, tiesas como las púas de un puercoespín. A primera vista parece una extravagancia local o quizá el resultado de que alguien haya confundido una tienda de bicicletas con una ferretería. Pero las bridas tienen una finalidad muy concreta: protegerse de los pájaros.

No de todos, naturalmente. El principal responsable es uno de los animales más familiares de Australia, la urraca australiana (Gymnorhina tibicen), un ave grande, blanca y negra que comparte parques, jardines, campos de golf y calles con los seres humanos. Durante la mayor parte del año la convivencia es pacífica. Pero llega la primavera austral, las urracas empiezan a criar y algunos machos deciden que cualquier peatón, corredor, perro, cartero o ciclista que pase cerca de su nido constituye una amenaza que debe ser expulsada inmediatamente.

Entonces comienza lo que los australianos llaman swooping season, la temporada de los ataques en picado. La escena tiene algo de película de Hitchcock. Uno pedalea tranquilamente por un parque cuando oye detrás de la cabeza un batir de alas. Antes de tener tiempo de volverse, un pájaro pasa rozando el casco, entrechoca el pico, grita y remonta el vuelo. El ciclista acelera. Mala idea. El ave vuelve a la carga. Puede limitarse a pasar a pocos centímetros de la cabeza, pero también puede golpear el casco o alcanzar una oreja con el pico. De ahí los cascos convertidos en erizos, los ojos falsos pintados en la nuca y los paraguas que aparecen cada primavera en las recomendaciones de las autoridades australianas.

La comparación con Los pájaros resulta inevitable, aunque biológicamente no podría ser más engañosa. En agosto de 1961, miles de pardelas grises aparecieron desorientadas en la bahía californiana de Monterey. Volaban torpemente, chocaban con edificios, regurgitaban anchoas y terminaban muriendo por las calles. Aquel episodio, recogido por la prensa local, probablemente contribuyó a inspirar a Alfred Hitchcock, que conocía bien la zona, cuando preparaba su película de 1963.

Décadas después se encontró una explicación bastante menos sobrenatural que la de Hitchcock. Las aves habían comido peces contaminados por ácido domoico, una potente neurotoxina producida por determinadas diatomeas del género Pseudo-nitzschia. El ácido domoico actúa sobre los receptores neuronales del glutamato y puede provocar graves alteraciones neurológicas. Las urracas australianas, en cambio, no están intoxicadas. Tampoco se han vuelto locas. Saben perfectamente lo que hacen.

La época reproductora de la urraca australiana se extiende aproximadamente de agosto a noviembre, aunque existen variaciones geográficas. Es precisamente entonces cuando aparecen los ataques. La explicación que mejor encaja con las investigaciones realizadas no es una supuesta agresividad general ni un exceso hormonal, sino algo mucho más sencillo: la defensa de la descendencia. El comportamiento se concentra cuando hay pollos en el nido o volantones especialmente vulnerables.

Y hay otro detalle que rehabilita considerablemente la reputación de la especie: la inmensa mayoría de las urracas no ataca a nadie. Las autoridades de Australia Meridional calculan que alrededor del 90% de los machos no realizan ataques en picado y que las hembras normalmente tampoco lo hacen. Es fundamentalmente cosa de una minoría de padres particularmente celosos.

La división del trabajo familiar ayuda a entenderlo. La hembra construye el nido e incuba los huevos; normalmente pone entre tres y cinco y la incubación dura unas tres semanas. Mientras ella permanece ocupada con la nidada, el macho se encarga en buena medida de la seguridad. Y algunos se toman el oficio muy en serio.

Para una urraca que tiene polluelos, un ciclista debe de ser especialmente inquietante. Es un animal enorme que aparece a considerable velocidad y atraviesa su territorio en pocos segundos. El Australian Museum señala que los ciclistas son objetivos particularmente propicios y que algunas urracas comienzan sus ataques cuando el intruso se encuentra todavía a decenas de metros del nido.

Pero la cosa se vuelve aún más interesante. Las urracas australianas son aves extraordinariamente inteligentes. Pueden distinguir personas y recordar rostros humanos. Eso explicaría por qué un individuo puede atacar repetidamente a determinadas personas y dejar tranquilas a otras que recorren exactamente el mismo camino. Para la urraca no somos simplemente «humanos»: algunos podemos ser vecinos conocidos y otros, sospechosos habituales.

La estrategia defensiva también está bastante refinada. La urraca suele atacar por detrás, precisamente desde donde resulta más difícil verla llegar. Puede pasar rozando la cabeza, golpearla o alcanzar una oreja. El folleto oficial del Departamento de Medio Ambiente de Australia Meridional que explica cómo convivir con estas aves recomienda algo que parece redactado por los Monty Python: colocar unos ojos artificiales en la parte posterior del sombrero. La lógica es impecable. Si el pájaro prefiere atacar cuando creemos que no lo vemos, hagámosle creer que tenemos ojos en la nuca.

Y llegamos a las famosas bridas. Las recomendaciones australianas han incluido colocar largas bridas de plástico en los cascos de ciclistas y usuarios de monopatín. El viejo folleto de Australia Meridional llegaba al delicioso grado de precisión de recomendar bridas de unos 300 milímetros en la parte delantera del casco y otras de unos 150 sobre las orejas. De ese modo el ciclista adquiere el aspecto de un equidna montado en bicicleta, comparación que las propias autoridades de Nueva Gales del Sur han utilizado con bastante sentido del humor.

Que las bridas sean realmente eficaces es otra cuestión. Algunas recomendaciones oficiales todavía las mencionan, pero los especialistas no están completamente de acuerdo sobre su utilidad. Hay medidas mucho menos pintorescas y probablemente más sensatas: evitar temporalmente el lugar donde sabemos que existe un nido, proteger los ojos con gafas, llevar sombrero o casco, caminar en grupo y utilizar un paraguas como protección. Y, si el atacado va en bicicleta, bajarse y atravesar andando la zona conflictiva.

Sobre todo, no conviene responder a la agresión con agresión. Correr, agitar los brazos, hostigar al pájaro o intentar golpearlo puede conseguir exactamente lo contrario de lo que pretendemos. Desde el punto de vista de la urraca, nuestra reacción confirma que tenía razón: aquel enorme primate que se aproximaba a sus polluelos era, efectivamente, peligroso.

Además, la temporada conflictiva dura poco. Los ataques se concentran durante unas semanas de la reproducción y desaparecen cuando los jóvenes dejan de ser vulnerables. La primavera siguiente, sin embargo, el problema puede reaparecer en el mismo sitio porque las urracas mantienen territorios durante años y reutilizan las zonas de nidificación.

La urraca no es, por cierto, la única protagonista de estas pequeñas guerras primaverales. La alondra urraca (Grallina cyanoleuca) también puede defender agresivamente su nido y tiene la curiosa costumbre de atacar su propia imagen reflejada en ventanas y retrovisores. Más espectacular todavía es la avefría enmascarada (Vanellus miles), que nidifica directamente en el suelo —a veces en campos deportivos, aeródromos o incluso tejados planos— y dispone de afilados espolones en las alas. Cuando cree amenazado el nido grita, extiende las alas mostrando los espolones y puede lanzarse contra personas y animales. También conoce el viejo truco de fingir un ala rota para atraer al supuesto depredador y alejarlo de sus huevos o polluelos.

Todo ello resulta pintoresco porque ocurre en las ciudades. Hemos aceptado que una osa defienda a sus oseznos o que un jabalí pueda reaccionar si nos acercamos demasiado a sus crías. Nos resulta más difícil aceptar que un pájaro instalado en el árbol situado junto al carril bici considere que ese pedazo de parque le pertenece y establezca durante seis semanas una pequeña zona de exclusión aérea.

Quizá por eso los australianos han acabado incorporándolo al calendario. Agosto: empiezan los nidos. Septiembre: cuidado con las urracas. Octubre: no olvide el casco. Primavera, flores, polluelos y algún padre malhumorado patrullando desde un eucalipto. BirdLife Australia resume el fenómeno cada año cuando comienza la temporada: las urracas no están declarando la guerra a la humanidad; están intentando mantener con vida a sus crías.

Los pájaros que sembraron el desconcierto en Monterey en 1961 estaban intoxicados. Los que persiguen a los ciclistas australianos están perfectamente cuerdos. Unos habían ingerido una neurotoxina; los otros tienen polluelos. Para quien pedalea y siente de pronto un picotazo junto a la oreja, la distinción puede parecer académica. Para un biólogo es enorme. 

Hitchcock necesitó una floración de algas tóxicas para convertir a sus pájaros en criaturas de pesadilla. A la urraca australiana le basta con ser un padre demasiado protector. Y al ciclista australiano, por lo visto, con un casco y un buen puñado de bridas.