Un español que trabaja como repartidor ciclista en
Australia ha descubierto una de esas peculiaridades del país que no aparecen en
los folletos turísticos. Se llama Tomás y, en un vídeo
difundido por HuffPost, enseña los cascos de algunos ciclistas
australianos. De ellos sobresalen largas bridas de plástico, tiesas como las
púas de un puercoespín. A primera vista parece una extravagancia local o quizá
el resultado de que alguien haya confundido una tienda de bicicletas con una
ferretería. Pero las bridas tienen una finalidad muy concreta: protegerse de
los pájaros.
No de todos, naturalmente. El principal
responsable es uno de los animales más familiares de Australia, la urraca
australiana (Gymnorhina tibicen), un ave grande, blanca y negra que
comparte parques, jardines, campos de golf y calles con los seres humanos.
Durante la mayor parte del año la convivencia es pacífica. Pero llega la
primavera austral, las urracas empiezan a criar y algunos machos deciden que
cualquier peatón, corredor, perro, cartero o ciclista que pase cerca de su nido
constituye una amenaza que debe ser expulsada inmediatamente.
Entonces comienza lo que los australianos llaman swooping
season, la temporada de los ataques en picado. La escena tiene algo de
película de Hitchcock. Uno pedalea tranquilamente por un parque cuando oye
detrás de la cabeza un batir de alas. Antes de tener tiempo de volverse, un
pájaro pasa rozando el casco, entrechoca el pico, grita y remonta el vuelo. El ciclista
acelera. Mala idea. El ave vuelve a la carga. Puede limitarse a pasar a pocos
centímetros de la cabeza, pero también puede golpear el casco o alcanzar una
oreja con el pico. De ahí los cascos convertidos en erizos, los ojos falsos
pintados en la nuca y los paraguas que aparecen cada primavera en las
recomendaciones de las autoridades australianas.
La comparación con Los pájaros resulta
inevitable, aunque biológicamente no podría ser más engañosa. En agosto de
1961, miles de pardelas grises aparecieron desorientadas en la bahía
californiana de Monterey. Volaban torpemente, chocaban con edificios,
regurgitaban anchoas y terminaban muriendo por las calles. Aquel episodio,
recogido por la prensa local, probablemente
contribuyó a inspirar a Alfred Hitchcock, que conocía bien la zona, cuando
preparaba su película de 1963.
Décadas después se encontró una explicación
bastante menos sobrenatural que la de Hitchcock. Las aves habían comido peces
contaminados por ácido domoico, una potente neurotoxina producida por
determinadas diatomeas del género Pseudo-nitzschia. El ácido domoico
actúa sobre los receptores neuronales del glutamato y puede provocar graves
alteraciones neurológicas. Las urracas australianas, en cambio, no están
intoxicadas. Tampoco se han vuelto locas. Saben perfectamente lo que hacen.
La época reproductora de la urraca australiana se
extiende aproximadamente de agosto a noviembre, aunque existen variaciones
geográficas. Es precisamente entonces cuando aparecen los ataques. La
explicación que mejor encaja con las investigaciones realizadas no es una
supuesta agresividad general ni un exceso hormonal, sino algo mucho más
sencillo: la
defensa de la descendencia. El comportamiento se concentra cuando hay
pollos en el nido o volantones especialmente vulnerables.
Y hay otro detalle que rehabilita
considerablemente la reputación de la especie: la inmensa mayoría de las
urracas no ataca a nadie. Las
autoridades de Australia Meridional calculan que alrededor del 90% de los
machos no realizan ataques en picado y que las hembras normalmente tampoco lo
hacen. Es fundamentalmente cosa de una minoría de padres particularmente
celosos.
La división del trabajo familiar ayuda a
entenderlo. La hembra construye el nido e incuba los huevos; normalmente pone
entre tres y cinco y la incubación dura unas tres semanas. Mientras ella
permanece ocupada con la nidada, el macho se encarga en buena medida de la
seguridad. Y
algunos se toman el oficio muy en serio.
Para una urraca que tiene polluelos, un ciclista
debe de ser especialmente inquietante. Es un animal enorme que aparece a
considerable velocidad y atraviesa su territorio en pocos segundos. El
Australian Museum señala que los ciclistas son objetivos particularmente
propicios y que algunas urracas comienzan sus ataques cuando el intruso se
encuentra todavía a decenas de metros del nido.
Pero la cosa se vuelve aún más interesante. Las
urracas australianas son aves extraordinariamente inteligentes. Pueden
distinguir personas y recordar rostros humanos. Eso explicaría por qué un
individuo puede atacar repetidamente a determinadas personas y dejar tranquilas
a otras que recorren exactamente el mismo camino. Para la urraca no somos
simplemente «humanos»: algunos podemos ser vecinos conocidos y otros, sospechosos
habituales.
La estrategia defensiva también está bastante
refinada. La urraca suele atacar por detrás, precisamente desde donde resulta
más difícil verla llegar. Puede pasar rozando la cabeza, golpearla o alcanzar
una oreja. El
folleto oficial del Departamento de Medio Ambiente de Australia Meridional
que explica cómo convivir con estas aves recomienda algo que parece redactado
por los Monty Python: colocar unos ojos artificiales en la parte posterior del
sombrero. La lógica es impecable. Si el pájaro prefiere atacar cuando creemos
que no lo vemos, hagámosle creer que tenemos ojos en la nuca.
Y llegamos a las famosas bridas. Las
recomendaciones australianas han incluido colocar largas bridas de plástico en
los cascos de ciclistas y usuarios de monopatín. El viejo folleto de Australia
Meridional llegaba al delicioso grado de precisión de recomendar bridas de unos
300 milímetros en la parte delantera del casco y otras de unos 150 sobre las
orejas. De ese modo el ciclista adquiere el aspecto de un equidna montado en
bicicleta, comparación que las propias autoridades
de Nueva Gales del Sur han utilizado con bastante sentido del humor.
Que las bridas sean realmente eficaces es otra
cuestión. Algunas recomendaciones oficiales todavía las mencionan, pero los
especialistas no están completamente de acuerdo sobre su utilidad. Hay medidas
mucho menos pintorescas y probablemente más sensatas: evitar temporalmente el
lugar donde sabemos que existe un nido, proteger los ojos con gafas, llevar
sombrero o casco, caminar en grupo y utilizar un paraguas como protección. Y, si
el atacado va en bicicleta, bajarse y atravesar andando la zona conflictiva.
Sobre todo, no conviene responder a la agresión
con agresión. Correr, agitar los brazos, hostigar al pájaro o intentar
golpearlo puede conseguir exactamente lo contrario de lo que pretendemos. Desde
el punto de vista de la urraca, nuestra reacción confirma que tenía razón:
aquel enorme primate que se aproximaba a sus polluelos era, efectivamente,
peligroso.
Además, la temporada conflictiva dura poco. Los
ataques se concentran durante unas semanas de la reproducción y desaparecen
cuando los jóvenes dejan de ser vulnerables. La primavera siguiente, sin
embargo, el problema puede reaparecer en el mismo sitio porque las urracas
mantienen territorios durante años y reutilizan las zonas de nidificación.
La urraca no es, por cierto, la única
protagonista de estas pequeñas guerras primaverales. La alondra urraca (Grallina
cyanoleuca) también puede defender agresivamente su nido y tiene la curiosa
costumbre de atacar su propia imagen reflejada en ventanas y retrovisores. Más
espectacular todavía es la avefría enmascarada (Vanellus miles), que
nidifica directamente en el suelo —a veces en campos deportivos, aeródromos o
incluso tejados planos— y dispone de afilados espolones en las alas. Cuando
cree amenazado el nido grita, extiende las alas mostrando los espolones y puede
lanzarse contra personas y animales. También conoce el viejo truco de fingir un
ala rota para atraer al supuesto depredador y alejarlo de sus huevos o
polluelos.
Todo ello resulta pintoresco porque ocurre en las
ciudades. Hemos aceptado que una osa defienda a sus oseznos o que un jabalí
pueda reaccionar si nos acercamos demasiado a sus crías. Nos resulta más
difícil aceptar que un pájaro instalado en el árbol situado junto al carril
bici considere que ese pedazo de parque le pertenece y establezca durante seis
semanas una pequeña zona de exclusión aérea.
Quizá por eso los australianos han acabado
incorporándolo al calendario. Agosto: empiezan los nidos. Septiembre: cuidado
con las urracas. Octubre: no olvide el casco. Primavera, flores, polluelos y
algún padre malhumorado patrullando desde un eucalipto. BirdLife
Australia resume el fenómeno cada año cuando comienza la temporada: las
urracas no están declarando la guerra a la humanidad; están intentando mantener
con vida a sus crías.
Los pájaros que sembraron el desconcierto en Monterey en 1961 estaban intoxicados. Los que persiguen a los ciclistas australianos están perfectamente cuerdos. Unos habían ingerido una neurotoxina; los otros tienen polluelos. Para quien pedalea y siente de pronto un picotazo junto a la oreja, la distinción puede parecer académica. Para un biólogo es enorme.
Hitchcock necesitó una floración de algas tóxicas para convertir a sus pájaros en criaturas de pesadilla. A la urraca australiana le basta con ser un padre demasiado protector. Y al ciclista australiano, por lo visto, con un casco y un buen puñado de bridas.