Salgo de Sídney hacia el oeste
siguiendo una carretera que parece condenada a no abandonar nunca la ciudad. El
área metropolitana se extiende por la llanura de Cumberland entre autopistas,
urbanizaciones y centros comerciales hasta que los edificios empiezan a
escasear, aparecen los eucaliptos y comienza la subida hacia las Blue
Mountains.
La ruta tiene bastante más
historia de la que su aspecto moderno permite sospechar. En 1813, Gregory
Blaxland, William Charles Wentworth y William Lawson emprendieron la búsqueda
de un paso a través de aquellas montañas que cerraban por el oeste la colonia
de Sídney. No fueron los primeros seres humanos que las recorrieron: los
pueblos aborígenes llevaban decenas de miles de años habitándolas. Fueron los
primeros europeos que consiguieron cruzar con éxito la barrera y alcanzar Mount
York. Tardaron dieciocho días.
La clave consistió en dejar de
buscar el camino por los valles. Los cursos de agua se internaban en gargantas
que acababan convertidas en trampas. Blaxland y sus compañeros siguieron las
crestas y divisorias. Al llegar a Mount York contemplaron hacia el oeste un
territorio abierto que prometía los pastos que la colonia necesitaba
desesperadamente.
Aquella ruta acabaría
transformándose en uno de los grandes corredores hacia el interior de
Australia. La actual Great Western Highway sigue aproximadamente el itinerario
de los exploradores y atraviesa Glenbrook, Blaxland, Springwood, Lawson,
Wentworth Falls, Leura y Katoomba. Los propios nombres convierten la carretera
en una especie de monumento geográfico a la expedición. En algunos tramos, el
espacio entre escarpes y laderas sigue siendo tan reducido que construir una
carretera moderna resulta un desafío.
Desde Sídney hasta Katoomba hay
unos cien kilómetros. Al llegar descubro que el nombre de «montañas» concedido
a las Blue Mountains resulta un tanto generoso. No encuentro una cordillera
como los Alpes, los Pirineos o nuestra Sierra de Guadarrama. Ante mí se
extienden enormes superficies elevadas terminadas bruscamente en precipicios,
plataformas de arenisca, gargantas y valles encerrados entre paredes casi verticales.
Las Blue Mountains son, en esencia, una meseta profundamente diseccionada por
la erosión. Su espectacularidad no procede tanto de lo que las fuerzas
geológicas levantaron como de todo lo que el agua consiguió llevarse después.
Para comprenderlas hay que
retroceder más de doscientos millones de años. Durante el Pérmico y, sobre
todo, el Triásico, enormes cantidades de sedimentos se acumularon en la cuenca
de Sídney. Antiguos ríos transportaron arenas que quedaron enterradas, compactadas
y cementadas hasta convertirse en las poderosas areniscas que hoy forman los
escarpes.
La región experimentó después
levantamientos relacionados con la evolución del margen oriental australiano.
Aquellas capas sedimentarias quedaron elevadas formando grandes plataformas.
Entonces comenzaron a trabajar los verdaderos escultores de las Blue Mountains:
los ríos.
Durante millones de años, el agua
aprovechó fracturas y zonas débiles, profundizó los cauces y excavó enormes
valles y cañones. Los materiales más blandos cedieron antes; las capas
resistentes de arenisca permanecieron formando cornisas y precipicios. Miramos
una plataforma aislada y pensamos que vemos una montaña levantada sobre el
paisaje cuando, muchas veces, contemplamos exactamente lo contrario: un
fragmento de la antigua superficie que la erosión todavía no ha conseguido
eliminar.
Tres agujas de arenisca constituyen, las Three Sisters, cerca de Katoomba, Nueva Gales del Sur
Las famosas Three Sisters, cerca
de Katoomba, son un magnífico ejemplo. Sus tres agujas de arenisca no fueron
empujadas desde abajo. Son restos de una masa rocosa recortada por el agua, las
fracturas y los derrumbes. Existen, en cierto sentido, porque todo lo que las
rodeaba ha desaparecido.
Algo semejante ocurre con las
cascadas. En Wentworth Falls, los cursos de agua recorren superficies
relativamente suaves hasta encontrarse con el borde de la meseta y precipitarse
hacia los valles excavados centenares de metros más abajo. De ahí esa combinación
de horizontales interminables y paredes verticales que define el paisaje.
Las alturas tampoco son
extraordinarias: los puntos más elevados apenas superan los 1 200-1 300 metros.
Basta asomarse, no obstante, desde Echo Point al Jamison Valley para comprender
que la altura absoluta importa poco cuando uno tiene ante sí centenares de
metros de precipicio y un bosque que parece no terminar nunca.
Ese bosque explica la segunda
mitad del nombre. Desde los miradores, las masas forestales lejanas adquieren
una tonalidad azul grisácea. La explicación popular atribuye el fenómeno a los
aceites volátiles liberados por millones de eucaliptos. El mecanismo es más
complejo. La vegetación emite compuestos orgánicos volátiles que contribuyen a
formar aerosoles; junto con el vapor de agua y otras partículas, dispersan la
luz y producen esa bruma azulada que parece llenar los valles.
Para un botánico, lo
verdaderamente extraordinario no es el color de los eucaliptos, sino su
diversidad. El Greater Blue Mountains alberga más de noventa especies en
sentido amplio. Los cambios de altitud, suelo, humedad, exposición y frecuencia
de incendios crean un mosaico que va desde bosques abiertos y secos hasta
comunidades húmedas protegidas en el fondo de las gargantas.
En los terrenos expuestos dominan
las formaciones esclerófilas. Las hojas duras, la resistencia a la sequía y las
adaptaciones al fuego son características recurrentes. Junto a los eucaliptos
aparecen Banksia, Grevillea, Hakea, Acacia y muchas otras plantas que
componen esa flora australiana reconocible incluso para quien no sepa ponerles
nombre.
El panorama cambia en los
barrancos húmedos. Allí disminuye la insolación, aumenta la humedad y el fuego
penetra con menor frecuencia. Aparecen helechos arborescentes, musgos, lianas y
bosques húmedos que conservan algo del aspecto de las antiguas formaciones
gondwánicas. En pocos kilómetros puede pasarse de un matorral seco expuesto al
sol a una garganta umbría que parece pertenecer a otro continente.
No entraré ahora en uno de los
habitantes vegetales más extraordinarios de la región, Wollemia nobilis.
Su descubrimiento en 1994 y la increíble supervivencia de su linaje merecen una
historia propia.
La fauna refleja la misma
diversidad. Canguros y wallabíes ocupan las zonas apropiadas para el pastoreo;
los wombats excavan sus madrigueras; los equidnas recorren el suelo buscando
hormigas y termitas. En los árboles viven possums y marsupiales planeadores,
entre ellos petauros. También sobreviven especies más difíciles de observar,
como el quol de cola moteada.
Las aves aportan una banda sonora
inequívocamente australiana. Cacatúas, loros, mieleros, pájaros lira y
cucaburras ocupan distintos estratos del bosque. El pájaro lira merece mención
aparte por su extraordinaria capacidad para imitar sonidos y por la cantidad de
hojarasca que remueve mientras busca pequeños invertebrados.
Toda esa comunidad vive bajo la
influencia de otro gran escultor australiano: el fuego. Muchos eucaliptos
rebrotan después de los incendios gracias a yemas protegidas bajo la corteza o
lignotubérculos subterráneos. En otras plantas, el calor o las sustancias
presentes en el humo favorecen la germinación. Eso no convierte cualquier
incendio en beneficioso: su frecuencia e intensidad determinan si el fuego
renueva el ecosistema o lo destruye.
Al final resulta difícil decidir
qué ha venido uno a ver a las Blue Mountains. La respuesta inicial serían las
montañas. Después de recorrerlas, ya no parece tan evidente. Hace más de
doscientos millones de años, antiguos ríos depositaron las arenas que acabarían
convertidas en roca. Mucho después, otros ríos comenzaron a excavar esa misma
roca. Entre ambos acontecimientos, el continente se desplazó, el clima cambió y
una flora dominada por eucaliptos colonizó plataformas, laderas y barrancos.
En 1813 Blaxland, Wentworth y
Lawson necesitaron dieciocho días para encontrar una ruta a través de aquel
laberinto. Yo he llegado desde Sídney cómodamente sentado en un coche,
siguiendo en buena parte el camino que ellos ayudaron a revelar a los europeos.
La carretera hace que el viaje parezca fácil. El paisaje explica por qué no lo
fue.
Porque las Blue Mountains no son
tanto una cordillera levantada hacia el cielo como una inmensa meseta que los
ríos llevan millones de años desmontando pieza a pieza. Cuando uno contempla
desde Katoomba aquel océano azul de eucaliptos encerrado entre paredes de
arenisca, comprende que todavía les queda mucho trabajo por hacer.