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martes, 3 de noviembre de 2026

AUSTRALIA: LAS MONTAÑAS QUE LOS RÍOS CONSTRUYERON AL REVÉS

 

Salgo de Sídney hacia el oeste siguiendo una carretera que parece condenada a no abandonar nunca la ciudad. El área metropolitana se extiende por la llanura de Cumberland entre autopistas, urbanizaciones y centros comerciales hasta que los edificios empiezan a escasear, aparecen los eucaliptos y comienza la subida hacia las Blue Mountains.

La ruta tiene bastante más historia de la que su aspecto moderno permite sospechar. En 1813, Gregory Blaxland, William Charles Wentworth y William Lawson emprendieron la búsqueda de un paso a través de aquellas montañas que cerraban por el oeste la colonia de Sídney. No fueron los primeros seres humanos que las recorrieron: los pueblos aborígenes llevaban decenas de miles de años habitándolas. Fueron los primeros europeos que consiguieron cruzar con éxito la barrera y alcanzar Mount York. Tardaron dieciocho días.

La clave consistió en dejar de buscar el camino por los valles. Los cursos de agua se internaban en gargantas que acababan convertidas en trampas. Blaxland y sus compañeros siguieron las crestas y divisorias. Al llegar a Mount York contemplaron hacia el oeste un territorio abierto que prometía los pastos que la colonia necesitaba desesperadamente.

Aquella ruta acabaría transformándose en uno de los grandes corredores hacia el interior de Australia. La actual Great Western Highway sigue aproximadamente el itinerario de los exploradores y atraviesa Glenbrook, Blaxland, Springwood, Lawson, Wentworth Falls, Leura y Katoomba. Los propios nombres convierten la carretera en una especie de monumento geográfico a la expedición. En algunos tramos, el espacio entre escarpes y laderas sigue siendo tan reducido que construir una carretera moderna resulta un desafío.

Desde Sídney hasta Katoomba hay unos cien kilómetros. Al llegar descubro que el nombre de «montañas» concedido a las Blue Mountains resulta un tanto generoso. No encuentro una cordillera como los Alpes, los Pirineos o nuestra Sierra de Guadarrama. Ante mí se extienden enormes superficies elevadas terminadas bruscamente en precipicios, plataformas de arenisca, gargantas y valles encerrados entre paredes casi verticales. Las Blue Mountains son, en esencia, una meseta profundamente diseccionada por la erosión. Su espectacularidad no procede tanto de lo que las fuerzas geológicas levantaron como de todo lo que el agua consiguió llevarse después.

Para comprenderlas hay que retroceder más de doscientos millones de años. Durante el Pérmico y, sobre todo, el Triásico, enormes cantidades de sedimentos se acumularon en la cuenca de Sídney. Antiguos ríos transportaron arenas que quedaron enterradas, compactadas y cementadas hasta convertirse en las poderosas areniscas que hoy forman los escarpes.

La región experimentó después levantamientos relacionados con la evolución del margen oriental australiano. Aquellas capas sedimentarias quedaron elevadas formando grandes plataformas. Entonces comenzaron a trabajar los verdaderos escultores de las Blue Mountains: los ríos.

Durante millones de años, el agua aprovechó fracturas y zonas débiles, profundizó los cauces y excavó enormes valles y cañones. Los materiales más blandos cedieron antes; las capas resistentes de arenisca permanecieron formando cornisas y precipicios. Miramos una plataforma aislada y pensamos que vemos una montaña levantada sobre el paisaje cuando, muchas veces, contemplamos exactamente lo contrario: un fragmento de la antigua superficie que la erosión todavía no ha conseguido eliminar.

Tres agujas de arenisca constituyen, las Three  Sisters, cerca de Katoomba, Nueva Gales del Sur

Las famosas Three Sisters, cerca de Katoomba, son un magnífico ejemplo. Sus tres agujas de arenisca no fueron empujadas desde abajo. Son restos de una masa rocosa recortada por el agua, las fracturas y los derrumbes. Existen, en cierto sentido, porque todo lo que las rodeaba ha desaparecido.

Algo semejante ocurre con las cascadas. En Wentworth Falls, los cursos de agua recorren superficies relativamente suaves hasta encontrarse con el borde de la meseta y precipitarse hacia los valles excavados centenares de metros más abajo. De ahí esa combinación de horizontales interminables y paredes verticales que define el paisaje.

Las alturas tampoco son extraordinarias: los puntos más elevados apenas superan los 1 200-1 300 metros. Basta asomarse, no obstante, desde Echo Point al Jamison Valley para comprender que la altura absoluta importa poco cuando uno tiene ante sí centenares de metros de precipicio y un bosque que parece no terminar nunca.

Ese bosque explica la segunda mitad del nombre. Desde los miradores, las masas forestales lejanas adquieren una tonalidad azul grisácea. La explicación popular atribuye el fenómeno a los aceites volátiles liberados por millones de eucaliptos. El mecanismo es más complejo. La vegetación emite compuestos orgánicos volátiles que contribuyen a formar aerosoles; junto con el vapor de agua y otras partículas, dispersan la luz y producen esa bruma azulada que parece llenar los valles.

Para un botánico, lo verdaderamente extraordinario no es el color de los eucaliptos, sino su diversidad. El Greater Blue Mountains alberga más de noventa especies en sentido amplio. Los cambios de altitud, suelo, humedad, exposición y frecuencia de incendios crean un mosaico que va desde bosques abiertos y secos hasta comunidades húmedas protegidas en el fondo de las gargantas.

En los terrenos expuestos dominan las formaciones esclerófilas. Las hojas duras, la resistencia a la sequía y las adaptaciones al fuego son características recurrentes. Junto a los eucaliptos aparecen Banksia, Grevillea, Hakea, Acacia y muchas otras plantas que componen esa flora australiana reconocible incluso para quien no sepa ponerles nombre.

El panorama cambia en los barrancos húmedos. Allí disminuye la insolación, aumenta la humedad y el fuego penetra con menor frecuencia. Aparecen helechos arborescentes, musgos, lianas y bosques húmedos que conservan algo del aspecto de las antiguas formaciones gondwánicas. En pocos kilómetros puede pasarse de un matorral seco expuesto al sol a una garganta umbría que parece pertenecer a otro continente.

No entraré ahora en uno de los habitantes vegetales más extraordinarios de la región, Wollemia nobilis. Su descubrimiento en 1994 y la increíble supervivencia de su linaje merecen una historia propia.

La fauna refleja la misma diversidad. Canguros y wallabíes ocupan las zonas apropiadas para el pastoreo; los wombats excavan sus madrigueras; los equidnas recorren el suelo buscando hormigas y termitas. En los árboles viven possums y marsupiales planeadores, entre ellos petauros. También sobreviven especies más difíciles de observar, como el quol de cola moteada.

Las aves aportan una banda sonora inequívocamente australiana. Cacatúas, loros, mieleros, pájaros lira y cucaburras ocupan distintos estratos del bosque. El pájaro lira merece mención aparte por su extraordinaria capacidad para imitar sonidos y por la cantidad de hojarasca que remueve mientras busca pequeños invertebrados.

Toda esa comunidad vive bajo la influencia de otro gran escultor australiano: el fuego. Muchos eucaliptos rebrotan después de los incendios gracias a yemas protegidas bajo la corteza o lignotubérculos subterráneos. En otras plantas, el calor o las sustancias presentes en el humo favorecen la germinación. Eso no convierte cualquier incendio en beneficioso: su frecuencia e intensidad determinan si el fuego renueva el ecosistema o lo destruye.

Al final resulta difícil decidir qué ha venido uno a ver a las Blue Mountains. La respuesta inicial serían las montañas. Después de recorrerlas, ya no parece tan evidente. Hace más de doscientos millones de años, antiguos ríos depositaron las arenas que acabarían convertidas en roca. Mucho después, otros ríos comenzaron a excavar esa misma roca. Entre ambos acontecimientos, el continente se desplazó, el clima cambió y una flora dominada por eucaliptos colonizó plataformas, laderas y barrancos.

En 1813 Blaxland, Wentworth y Lawson necesitaron dieciocho días para encontrar una ruta a través de aquel laberinto. Yo he llegado desde Sídney cómodamente sentado en un coche, siguiendo en buena parte el camino que ellos ayudaron a revelar a los europeos. La carretera hace que el viaje parezca fácil. El paisaje explica por qué no lo fue.

Porque las Blue Mountains no son tanto una cordillera levantada hacia el cielo como una inmensa meseta que los ríos llevan millones de años desmontando pieza a pieza. Cuando uno contempla desde Katoomba aquel océano azul de eucaliptos encerrado entre paredes de arenisca, comprende que todavía les queda mucho trabajo por hacer.