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jueves, 28 de marzo de 2024

La hipótesis de la abuela y la menopausia de las ballenas

 


La menopausia, es decir, la aparición de un período prolongado de vida después de que se termina la capacidad de tener descendencia, es una característica rara que comparten solo un puñado de especies y, aunque pueda resultar curioso, la mayoría de ellas son cetáceos.

¿Cómo y por qué varias especies de ballenas experimentan la menopausia? Además de contestar a esas preguntas, indagar en ese fenómeno podría arrojar alguna luz sobre por qué evolucionó la menopausia en los humanos.

La menopausia es, desde una perspectiva evolutiva y en apariencia, una anomalía. De hecho, es un fenómeno muy poco frecuente en el mundo animal. En casi todas las especies las hembras se mantienen fértiles a lo largo de toda su vida. Nuestra especie forma parte de un pequeño grupo de mamíferos en los que la capacidad reproductiva se deteriora de forma acelerada con relación al declive orgánico general.

Además de la especie humana, el grupo lo forman cinco especies de odontocetos, es decir, de ballenas dentadas (las que se alimentan de peces, mariscos y mamíferos marinos, a diferencia de las barbadas o mysticetos, que se alimentan de plancton), cuyas hembras pueden vivir décadas después de cesar de ovular y, por lo tanto, de poder procrear. Son las orcas (Orcinus orca), las falsas orcas (Pseudorca crassidens), los calderones tropicales (Globicephala macrorhynchus), las belugas (Delphinapterus leucas) y los narvales (Monodon monoceros). Muchos otros odontocetos, incluidos los delfines (familia Delphinidae) y las marsopas (familia Phocoenidae), son capaces de tener crías hasta que les llega la muerte.

Al comparar las características (Fig. 1) de las especies de ballenas dentadas que la experimentan y no la experimentan, caben dos hipótesis acerca de por qué evolucionó la menopausia. Una es que permite a las hembras posmenopáusicas ayudar a sus parientes más jóvenes; la otra es que, al reducir el número de bocas a las que alimentar, tener menos descendientes limita la competencia.

Reproducción y solapamientos generacionales en especies de ballenas con y sin menopausia.

Observe la gráfica. Si se comparan los datos de esperanza de vida (barra azul) y el período de reproducción de las hembras (barra roja) se comprueba que, mientras que la esperanza de vida reproductiva es similar, independientemente de si se produce o no la menopausia, las especies cuyas hembras son menopáusicas suelen vivir más tiempo que las que no lo son, lo que significa que la superposición intergeneracional es más prolongada en las primeras.

Gracias a ello, las hembras de más edad de las especies que tienen menopausia pueden ayudar a los miembros de la familia durante el período de superposición generacional, al tiempo que al restringir el tiempo de superposición reproductiva reduce la competencia intergeneracional por los recursos.

La evolución de la menopausia es un enigma biológico. Una suposición intuitiva es que reproducirse hasta el final de una vida debería significar un mayor éxito reproductivo (más genes que se transmiten a las generaciones futuras) que interrumpir la reproducción muchos años antes de la muerte.

La verdadera naturaleza del narval tardó tiempo en conocerse. Esta imagen reproduce un grabado de Archibald Thornburn para la obra Mamíferos Británicos, de 1920.


El supuesto es simplista, porque la transmisión de genes a las generaciones futuras no es sólo generar descendencia; también se trata de producir descendencia en términos de nietos, bisnietos, etc. Invertir en hijos y nietos para asegurarse de que unos y otros sobrevivan hasta la edad adulta y produzcan más descendencia por ellos mismos puede ser una estrategia mejor que continuar produciendo descendencia propia.

El gran biólogo y evolucionista norteamericano George C Williams propuso en 1957 la hipótesis de la abuela, que sostiene básicamente que la menopausia podría ser, en realidad, una adaptación. Desde el punto de vista evolutivo, teorizó que podría resultar más conveniente para las mujeres dedicar sus esfuerzos a apoyar a sus descendientes que tener ellas mismas una progenie mayor. Conforme envejecemos aumenta la probabilidad de morir, por lo que, si una mujer tiene descendencia a una edad avanzada, no resultaría improbable que sus últimos hijos no pudieran sobrevivir al morir ella. En tal caso, el esfuerzo que esa mujer hubiese dedicado a esos últimos hijos habría resultado baldío, pues sus genes no habrían podido replicarse y ser transmitidos a las siguientes generaciones a través de esos últimos descendientes.

Por otro lado, que en una población haya individuos que no se reproducen carece de sentido desde un punto de vista evolutivo, pues esos individuos consumen unos recursos que podrían utilizar otros en beneficio de su propia progenie. Por estas razones, Williams propuso que las mujeres de mayor edad contribuyen de una forma más efectiva a transmitir sus genes a las generaciones posteriores dedicando sus esfuerzos a los descendientes que ya forman parte del grupo, o sea, a sus nietos, en vez de hacerlo a sus hijos que a una edad avanzada pudieran llegar a tener ellas mismas.

Este planteamiento sostiene, pues, que a medida que las madres envejecen, los costes de reproducción aumentan y la energía dedicada a esas actividades se gastaría mejor en ayudar a su descendencia en sus esfuerzos reproductivos. Por tanto, sugiere que al redirigir su energía a la de sus descendientes, las abuelas pueden aumentar la garantía de la supervivencia de sus genes a través de las generaciones más jóvenes.

Una hipótesis alternativa, aunque no excluyente, es que la menopausia evolucionó para reducir la competencia por los recursos entre generaciones. Las especies que experimentan la menopausia tienden a tener una larga esperanza de vida y a vivir en grupos que contienen varias generaciones. Aunque la vida en grupo tiene muchos beneficios, exige tener que compartir recursos limitados. A veces, continuar produciendo descendientes que compitan con los nietos por los recursos puede traer como consecuencia menos descendientes que si se renunciara a la reproducción. Por lo tanto, se ha propuesto que tanto la cooperación como la competencia entre las hembras posmenopáusicas y sus parientes más jóvenes explican la evolución de la menopausia.

En conclusión, la evolución de la menopausia en las ballenas y los humanos puede considerarse un ejemplo de evolución convergente, una situación en la que presiones similares de la selección natural conducen a la evolución de la misma característica en especies notablemente diferentes.

Pero en realidad sabemos muy poco sobre la menopausia en los seres humanos. Estamos limitados en los análisis que podemos hacer para explorar la evolución de la menopausia en nuestra propia especie, dado que el análisis comparativo entre los primates no ha sido posible debido a la opinión establecida de que otros primates no experimentan la menopausia. Al menos eso se pensaba hasta el año pasado, cuando se publicó un artículo que demostraba una larga esperanza de vida posreproductiva para las hembras en una población de chimpancés.

En humanos, la evidencia directa de ayuda entre generaciones proporciona un apoyo limitado a las hipótesis sobre la evolución de la menopausia. Existen muchas otras hipótesis para explicarla. Una es que se trata simplemente de un artefacto de la disminución de la mortalidad que ha extendido la esperanza de vida en general, mientras que la esperanza de vida reproductiva se ha mantenido igual.

sábado, 28 de octubre de 2023

La menopausia de las chimpancés



Las hembras de un grupo de chimpancés salvajes (Pan troglodytes) son los primeros primates no humanos en los que se ha comprobado que experimentan la menopausia. Las ballenas dentadas como las orcas (Orcinus orca), son los únicos mamíferos salvajes de los que se sabe que las hembras viven mucho más allá de sus años reproductivos.

En animales criados en cautividad, ese es un hecho que parece ser más común: las hembras de seis de veinte órdenes de mamíferos sobre los que existen datos experimentan cese de la ovulación mucho antes de morir. Se incluyen entre ellos los tejones europeos (Meles meles), los ratones domésticos (Mus musculus) y los caballos. Sigue siendo misterioso por qué sólo algunos animales experimentan la menopausia.

Las hembras de un grupo de chimpancés salvajes (Pan troglodytes ) son los primeros primates no humanos documentados que experimentan la menopausia. El hallazgo, publicado esta semana en Science, incide en el misterio de por qué un puñado de mamíferos, incluidos los humanos y las ballenas dentadas (odontocetos), evolucionaron para que la esperanza de vida de las hembras vaya más allá de sus años reproductivos. Dicho de otra forma, hay muchas especies que se reproducen más o menos hasta que mueren, pero el enigma es por qué unas pocas escapan a esta tendencia y dejan de reproducirse mucho antes de morir.

De 1995 a 2016 los investigadores que han publicado el hallazgo de la menopausia entre chimpancés siguieron a 185 hembras de una comunidad del Parque Nacional Kibale, en Uganda. Los datos revelaron que, en un patrón similar al de otros chimpancés y entre humanos, el número de nacimientos disminuyó después de los treinta años y cesó por completo a los cincuenta.

Sin embargo, varias hembras continuaron viviendo tras dejar de reproducirse, a veces hasta bien entrados los sesenta años. Las hembras de Kibale pasan alrededor de una quinta parte de su vida adulta en este período posreproductivo, aproximadamente la mitad que el de los humanos cazadores-recolectores.

Las hembras de chimpancé experimentan un cambio hormonal similar a la que se observa en los humanos. Los científicos siguieron a las hembras posreproductivas para recolectar muestras de orina que caían de los árboles en los que estaban encaramadas las hembras. El equipo encontró una disminución en los niveles de estrógenos y progestinas, junto con niveles elevados de hormona estimulante del folículo y de hormona luteinizante en esas hembras; ambas son hormonas que controlan la ovulación y la renovación del revestimiento uterino después de la menstruación. Eso quiere decir que los chimpancés pasan por el mismo proceso fisiológico que los humanos.

Queda por saber si los chimpancés del Parque Nacional Kibale son un grupo excepcional. En otro artículo publicado el mismo día, la bióloga Angela Goncalves, del Centro Alemán de Investigación del Cáncer en Heidelberg, descubrió que, en animales cautivos en zoológicos, laboratorios y otros entornos de cautividad, el cese de la ovulación está muy extendido. Las hembras de seis de los veinte órdenes de mamíferos de los que había datos experimentan este cese, lo que lleva a una fase estéril de la vida.

Goncalves dice que investigar el cese de la ovulación entre especies podría permitir a los investigadores descubrir los mecanismos biológicos implicados. Respecto al cese de la ovulación, afirma que todavía no está claro exactamente dónde comienza, si los responsables son los ovarios, por ejemplo, o la glándula pituitaria productora de hormonas.

Al igual que los animales cautivos de su estudio, los chimpancés de Kibale también podrían vivir en circunstancias protegidas. Según el equipo que ha investigado en ese parque, el grupo de chimpancés vive aislado y están menos afectado por las enfermedades y las actividades humanas que otros grupos de chimpancés. En otras poblaciones de chimpancés, las hembras suelen morir poco después del final de su vida reproductiva.

La 'hipótesis de la abuela' recibe un contratiempo

Una hipótesis sobre la evolución de la vida más allá de la reproducción se llama hipótesis de la abuela, que sugiere que las hembras mayores podrían impulsar su legado genético ayudando a sus hijas a criar a sus hijos. Pero la hipótesis no funciona en los chimpancés, porque las hembras jóvenes abandonan su grupo familiar para aparearse y, por tanto, quedan separadas de su madre.

Una explicación evolutiva alternativa que podría explicar la menopausia en los chimpancés de Kibale es la hipótesis del conflicto reproductivo, que sugiere que, dentro de un grupo, las hembras mayores dejan de reproducirse para evitar la competencia reproductiva con las hembras más jóvenes, quienes, con el tiempo, tienen cada vez más probabilidades de ser sus nietas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 15 de febrero de 2026

BREVE RELATO DE LA LARGA HISTORIA DE LA TESTOSTERONA

 

En 1889, setenta y un años después de la publicación de Frankenstein, cuando la palabra “testosterona” todavía no existía y la endocrinología era poco más que una intuición con bigote victoriano, la revista médica The Lancet dedicó tres páginas a una historia que podría haber incitado a Mary Shelley a tomar notas si aún hubiera estado viva y que hoy habría terminado en TikTok con música épica y subtítulos fluorescentes.

El protagonista era Charles-Édouard Brown-Séquard, un fisiólogo respetable, miembro de sociedades científicas ilustres, descubridor de reflejos medulares y, a la sazón, un señor de 72 años que empezaba a notar que el cuerpo ya no obedecía con la diligencia de antaño.

Brown-Séquard estaba cansado. Débil. Un poco marchito. Y como buen científico del siglo XIX —una categoría humana que combinaba genialidad, temeridad y una relación muy relajada con la experimentación ética— decidió que el problema no era el paso del tiempo sino una carencia química. Si los jóvenes estaban llenos de vigor, ese vigor debía residir en algún fluido concreto. Y si residía en algún sitio, era razonable suponer que estuviera en los testículos.

Lo que vino después fue, en esencia, un batido. Nuestro fisiólogo trituró testículos de perro y de cobaya, los mezcló con agua, los filtró con un entusiasmo que uno imagina muy serio, y se inyectó el resultado. Acto seguido anunció al mundo que se sentía mejor. Más fuerte. Más despierto. Con mayor energía física y mental. Incluso —y aquí la cosa adquiría un brillo particular— con renovado ímpetu sexual.

La prensa se lo pasó en grande. La comunidad médica, no tanto. Aunque muchos se burlaron de aquel caballero que se inoculaba jugo testicular como quien se toma un tónico de zarzaparrilla, lo cierto es que Brown-Séquard había puesto el dedo en algo importante. Intuía que las glándulas internas secretaban sustancias capaces de modificar el organismo. No sabía aún cómo se llamaban, pero había olido la pista. La endocrinología, que hoy nos parece tan sobria y de bata impecable, nació en parte de ese gesto entre heroico y ligeramente disparatado.

En sus escritos, Brown-Séquard dejó caer una observación deliciosa. Afirmaba que los hombres que se abstienen del sexo y del “placer personal” entran en un estado de excitación que les proporciona una gran, aunque anormal, actividad física y mental. Traducido al castellano moderno: pensaba que no masturbarse generaba una especie de energía acumulada que el cuerpo podía redirigir hacia hazañas intelectuales o físicas. Es una idea tan victoriana que casi huele a biblioteca con cortinas pesadas, pero tiene su encanto. Para él, el semen no era solo una sustancia reproductiva; era, en cierto modo, una batería portátil de vigor.

Naturalmente, no tenía razón. Pero tampoco estaba completamente equivocado en el sentido amplio: de hecho, existen sustancias químicas que influyen de manera poderosa en el ánimo, la energía, la masa muscular y el deseo. Solo que no funcionan como un depósito que uno llena o vacía disciplinadamente.

La testosterona es una hormona que desempeña diversas funciones en el cuerpo. En el hombre adulto, casi toda la testosterona se produce en los testículos bajo el control de una hormona producida en el cerebro, y una pequeña cantidad se produce a partir de un precursor extraído de las glándulas suprarrenales, ubicadas sobre los riñones. La testosterona es una de las muchas moléculas que ayudan a regular la activación de los genes para producir proteínas, y desempeña un papel importante en la libido, la virilización, la musculatura, la densidad ósea y el estado de ánimo. Sin embargo, a medida que envejecemos, nuestros niveles de testosterona disminuyen lentamente.

La testosterona es la principal hormona androgénica, puesto que confiere la mayoría de los caracteres masculinos. No obstante, hay producción de testosterona tanto en el cuerpo del hombre como en el de la mujer. En el caso de los varones, la mayor parte de la testosterona se forma en los testículos y una menor cantidad en las glándulas suprarrenales. En cuanto a las mujeres, la testosterona se produce en los ovarios y una pequeña cantidad también en las glándulas suprarrenales. Su función en hombres y mujeres es diferente.

La testosterona como molécula no sería aislada hasta 1935. Cuando por fin se identificó, purificó y sintetizó, el entusiasmo encontró una base tangible. Ya no hacía falta recurrir a triturados animales; bastaba con una ampolla precisa, una dosis calculada, una aguja estéril. La hormona masculina —porque así se la empezó a llamar con una simplificación que la biología tolera con paciencia— podía administrarse de manera controlada.

Y aquí es donde la historia se vuelve peligrosamente moderna. Durante décadas, la testosterona se utilizó para situaciones claras: hombres con hipogonadismo verdadero, es decir, testículos que no producían suficiente hormona por daño primario o por fallos en la hipófisis; adolescentes con retrasos puberales, y algunos casos concretos de anemia. Indicaciones específicas, diagnósticos concretos. Pero a medida que avanzaba el siglo XXI, la narrativa empezó a ensancharse.

Apareció la “T baja”. Un concepto con la eficacia comercial de un eslogan bien afinado. ¿Cansado? ¿Con menos deseo que a los 25? ¿Algo irritable? ¿Te cuesta ganar músculo, aunque mires con intensidad las mancuernas? Tal vez tu problema tenga dos letras. Y lo mejor de todo: tiene solución inyectable.

Se popularizó incluso el término “andropausia”, como si los hombres atravesaran una versión masculina de la menopausia femenina. El paralelismo es tentador, pero biológicamente tramposo. En las mujeres, la menopausia implica una caída abrupta y universal de estrógenos. En los hombres, la testosterona desciende lentamente, aproximadamente un uno por ciento anual a partir de cierta edad. No hay un apagón hormonal repentino. Hay, más bien, un atardecer gradual.

Además, la testosterona es una hormona con hábitos caprichosos. Fluctúa a lo largo del día —más alta por la mañana—, baja con el sobrepeso, se altera con el mal sueño, el estrés crónico, la apnea nocturna o la depresión. Es decir, muchos de los síntomas que atribuimos a la “T baja” pueden ser causa y consecuencia de estilos de vida poco saludables. Y medir una cifra aislada no convierte automáticamente el cansancio en enfermedad endocrina.

Eso no significa que el déficit real no exista. Existe. Y cuando está bien documentado —con análisis repetidos, síntomas consistentes y evaluación médica adecuada— el tratamiento puede mejorar la calidad de vida, la densidad ósea, la masa muscular y la función sexual. Pero también tiene efectos secundarios: puede aumentar el hematocrito hasta niveles incómodos, suprimir la producción endógena, afectar a la fertilidad además de plantear interrogantes todavía debatidos sobre el riesgo cardiovascular en ciertos perfiles.

En otras palabras: no es el elixir mágico que Brown-Séquard soñó, pero tampoco es una superstición victoriana. Lo fascinante es que, más de un siglo después, seguimos atrapados en la misma pulsión. La idea de que el declive es una deficiencia química corregible. Que el envejecimiento es un problema técnico con solución farmacológica. Que la masculinidad —concepto ya de por sí resbaladizo— puede medirse en nanogramos por decilitro.

Hay algo profundamente humano en esa esperanza. El anciano fisiólogo que se inyecta extracto testicular no es tan distinto del ejecutivo contemporáneo que acude a una clínica de terapia hormonal porque se siente apagado. Ambos buscan recuperar una versión anterior de sí mismos. Ambos quieren creer que la energía no se pierde, solo se agota un depósito.

La diferencia es que ahora sabemos más. Sabemos que el cuerpo es un sistema de equilibrios delicados. Que añadir hormona exógena puede mejorar síntomas en ciertos casos y complicarlos en otros. Que el contexto —peso, sueño, ejercicio, salud mental— importa tanto como la cifra en un análisis. Y que la promesa de juventud perpetua ha sido siempre una industria floreciente.

Quizá la lección más útil de Brown-Séquard no sea su batido improbable, sino su audacia. Se atrevió a plantear que dentro de nosotros circulan mensajeros invisibles que gobiernan nuestra energía y nuestro ánimo. Acertó en la intuición, falló en la receta. La medicina moderna ha afinado la receta, pero todavía lucha contra la expectativa desmesurada.

La testosterona no es una metáfora del carácter ni un certificado de virilidad. Es una hormona con funciones precisas y límites claros. Puede ser terapia cuando hay déficit demostrado. Puede ser innecesaria —incluso perjudicial— cuando se usa para perseguir una versión idealizada del pasado.

Y sin embargo, cada vez que alguien habla de “T baja” con un suspiro resignado, resuena, muy al fondo, el eco de aquel laboratorio decimonónico. El anciano científico, la jeringa, el extracto filtrado con fe. La esperanza de que el tiempo sea una ecuación química soluble.

Tal vez no lo sea. Pero la tentación de creerlo sigue siendo extraordinariamente potente.

domingo, 9 de agosto de 2026

SHERE HITE: LA MUJER QUE PREGUNTÓ SOBRE SEXO A LAS MUJERES

 

Shere Hite en 1997

Durante buena parte de la historia de la sexología ocurrió algo bastante extraordinario: los hombres explicaban cómo funcionaba la sexualidad de las mujeres. Médicos, psiquiatras y psicoanalistas —casi todos varones— elaboraron teorías minuciosas sobre lo que ellas debían sentir y, sobre todo, de qué manera debían alcanzar el orgasmo. Si la experiencia real de una mujer no coincidía con la teoría, rara vez se concluía que la teoría estaba equivocada. Lo más probable era que el problema estuviera en la mujer.

En 1976 apareció un libro que tuvo la descortesía de alterar este cómodo procedimiento. Su autora, Shere Hite, hizo algo de una gran simplicidad: preguntó a las mujeres qué les ocurría realmente. El resultado fue The Hite Report: A Nationwide Study of Female Sexuality, conocido como El Informe Hite. Durante cinco años, Hite reunió y analizó cuestionarios en los que miles de mujeres hablaban con una franqueza poco habitual de masturbación, penetración, orgasmos, deseos, frustraciones y relaciones de pareja. Para el libro utilizó las respuestas de unas tres mil mujeres de entre 14 y 78 años.

Y apareció una realidad que no encajaba demasiado bien con los manuales. La mayoría no alcanzaba regularmente el orgasmo mediante la penetración vaginal, mientras que muchas podían conseguirlo sin demasiadas dificultades mediante la masturbación o la estimulación directa del clítoris. La conclusión parecía elemental: quizá las mujeres no fueran particularmente difíciles para alcanzar el orgasmo; quizá se esperaba que lo consiguieran mediante un procedimiento que, para muchas, no era el más eficaz.

Hoy parece casi trivial. En 1976 era dinamita. Hite atacaba una tradición formidable. Freud había contribuido a popularizar la distinción entre un orgasmo clitoriano considerado inmaduro y otro vaginal que correspondería a la sexualidad femenina adulta. Kinsey y, posteriormente, Masters y Johnson habían aportado datos que cuestionaban aquel modelo, pero sobrevivía una poderosa idea cultural: el acto sexual verdadero era el coito y el orgasmo satisfactorio debía producirse durante la penetración.

La anatomía femenina debía adaptarse al guion sexual y no al revés. Si una mujer podía alcanzar fácilmente el orgasmo masturbándose pero no durante el coito, durante décadas se buscaron explicaciones psicológicas: podía estar inhibida, bloqueada, angustiada o aquejada de algún conflicto inconsciente. Hite dio la vuelta al razonamiento. Tal vez aquellas mujeres no estuvieran averiadas. Tal vez lo estuviera el modelo.

El Informe Hite era además insólito porque estaba lleno de las propias palabras de las mujeres. Unas describían orgasmos; otras explicaban cómo se masturbaban; algunas confesaban fingir durante el coito; muchas relataban la presión que sentían para satisfacer sexualmente a sus parejas. La intimidad femenina, habitualmente traducida al lenguaje clínico por especialistas varones, aparecía expresada en primera persona.

El éxito fue gigantesco. El libro se convirtió en un fenómeno editorial internacional, fue traducido a numerosos idiomas y las estimaciones más repetidas sitúan sus ventas acumuladas en decenas de millones de ejemplares. También fue prohibido en diversos países. Pocos libros dedicados a averiguar cómo experimentaban realmente el sexo las mujeres podían aspirar a una carrera editorial más accidentada.

Pero el verdadero escándalo estaba en las consecuencias. Si el placer femenino no dependía necesariamente de la penetración, el pene dejaba de ocupar el centro obligatorio de la sexualidad. Y si una mujer podía proporcionarse un orgasmo con mayor facilidad que muchos de sus amantes, empezaban a resultar incómodas algunas certezas acerca de quién hacía qué por quién en la cama.

Hite fue acusada de odiar a los hombres. Sus adversarios hablaban del Hate Report, el «informe del odio», y aseguraban que pretendía demostrar que las mujeres podían prescindir de ellos. También utilizaron contra ella su pasado como modelo: había posado desnuda mientras estudiaba en Nueva York, dato cuya pertinencia científica para evaluar una investigación sociológica nunca estuvo demasiado clara.

Había, sin embargo, una crítica mucho más razonable. La muestra de Hite era enorme, pero no había sido obtenida mediante un muestreo aleatorio que permitiera considerarla representativa de todas las estadounidenses. Quienes decidieron responder podían diferenciarse de quienes no lo hicieron y, por tanto, sus porcentajes debían interpretarse con prudencia.

Pero aquí aparece una de las ironías de la historia. Las limitaciones estadísticas eran reales; las preguntas que planteaba también. Investigaciones posteriores con metodologías más rigurosas han confirmado el núcleo de su observación: para una gran proporción de mujeres la penetración vaginal aislada no constituye el camino más fiable hacia el orgasmo y la estimulación del clítoris desempeña un papel esencial.

Hite había puesto el dedo exactamente donde debía. Y había hecho algo más. Preguntaba quién decidía cuándo se practicaba sexo, qué esperaba el hombre, qué deseaba la mujer, por qué algunas fingían y hasta qué punto la dependencia económica y las convenciones sociales condicionaban lo que sucedía en un dormitorio.

Conviene recordar el mundo en que apareció el libro. En 1976 la violación dentro del matrimonio todavía no era reconocida como delito en buena parte de Estados Unidos y concepciones semejantes del llamado «débito conyugal» sobrevivían en numerosos países, entre ellos España. El sexo del que hablaba Hite no era solamente una cuestión de terminaciones nerviosas. También era una cuestión de poder.

Eso ayuda a comprender la violencia de la reacción contra ella. Durante los años ochenta, Estados Unidos vivió una fuerte contraofensiva conservadora frente a los cambios culturales de las décadas anteriores. Hite se convirtió en un blanco perfecto: feminista, sexualmente explícita y poco inclinada a suavizar sus conclusiones. Terminó marchándose de Estados Unidos, en 1995 renunció a la ciudadanía estadounidense y posteriormente adquirió la alemana. Murió en Londres en 2020, a los 77 años.

Hay algo particularmente extraño en su historia editorial. Un libro que llegó a decenas de millones de lectores resulta hoy sorprendentemente difícil de encontrar. En España lleva décadas fuera de los circuitos editoriales habituales. Uno de los grandes superventas del siglo XX fue desvaneciéndose discretamente de las estanterías.

Quizá merezca la pena recordarlo ahora, cuando se cumple medio siglo de su publicación. No porque todo lo que escribió Hite deba aceptarse sin discusión. La investigación sobre sexualidad ha avanzado enormemente y hoy disponemos de mejores métodos para distinguir entre una extraordinaria colección de testimonios y una muestra representativa de una población.

Pero algunas de sus preguntas siguen vigentes. Persiste una considerable brecha entre hombres y mujeres en la frecuencia con que alcanzan el orgasmo durante las relaciones heterosexuales y existen aspectos de la fisiología sexual femenina todavía comparativamente poco estudiados.

También podemos contemplar críticamente la revolución sexual que Hite ayudó a impulsar. Liberar a las mujeres de la obligación de alcanzar el orgasmo mediante la penetración fue un avance; convertir después el orgasmo en una nueva obligación quizá lo fuera menos. Una sexualidad concebida como una carrera hacia una descarga final puede reproducir precisamente el modelo del que aquella generación intentaba escapar.

Tal vez la siguiente revolución consista en dejar de establecer de antemano cómo debe ser el placer. Por eso resulta tentador imaginar un nuevo Informe Hite cincuenta años después: una gran investigación, metodológicamente más sólida, que preguntara por el deseo, el placer, la pornografía, los juguetes sexuales, las nuevas formas de pareja, la menopausia, el consentimiento y muchas otras experiencias que apenas aparecían en los mapas sexuales de 1976.

Pero debería conservar la pregunta fundamental: ¿qué sienten realmente las mujeres cuando nadie les dice lo que deberían sentir?

Porque la gran aportación de El Informe Hite no fue descubrir que muchas mujeres no alcanzaban el orgasmo mediante la penetración. Su verdadera revolución fue mucho más sencilla. Durante siglos, la ciencia había preguntado qué les ocurría a las mujeres cuando no respondían como las teorías decían que debían responder.

Hite cambió la pregunta. Les preguntó a ellas. Y se puso a escuchar.