En 1889, setenta y un años
después de la publicación de Frankenstein, cuando la palabra
“testosterona” todavía no existía y la endocrinología era poco más que una
intuición con bigote victoriano, la revista médica The
Lancet dedicó tres páginas a una historia
que podría haber incitado a Mary Shelley a tomar notas si aún hubiera estado
viva y que hoy habría terminado en TikTok con música épica y subtítulos
fluorescentes.
El protagonista era
Charles-Édouard Brown-Séquard, un fisiólogo respetable, miembro de sociedades
científicas ilustres, descubridor de reflejos medulares y, a la sazón, un señor
de 72 años que empezaba a notar que el cuerpo ya no obedecía con la diligencia
de antaño.
Brown-Séquard estaba cansado.
Débil. Un poco marchito. Y como buen científico del siglo XIX —una categoría
humana que combinaba genialidad, temeridad y una relación muy relajada con la
experimentación ética— decidió que el problema no era el paso del tiempo sino
una carencia química. Si los jóvenes estaban llenos de vigor, ese vigor debía
residir en algún fluido concreto. Y si residía en algún sitio, era razonable
suponer que estuviera en los testículos.
Lo que vino después fue, en
esencia, un batido. Nuestro fisiólogo trituró testículos de perro y de cobaya,
los mezcló con agua, los filtró con un entusiasmo que uno imagina muy serio, y
se inyectó el resultado. Acto seguido anunció al mundo que se sentía mejor. Más
fuerte. Más despierto. Con mayor energía física y mental. Incluso —y aquí la
cosa adquiría un brillo particular— con renovado ímpetu sexual.
La prensa se lo pasó en grande.
La comunidad médica, no tanto. Aunque muchos se burlaron de aquel caballero que
se inoculaba jugo testicular como quien se toma un tónico de zarzaparrilla, lo
cierto es que Brown-Séquard había puesto el dedo en algo importante. Intuía que
las glándulas internas secretaban sustancias capaces de modificar el organismo.
No sabía aún cómo se llamaban, pero había olido la pista. La endocrinología,
que hoy nos parece tan sobria y de bata impecable, nació en parte de ese gesto
entre heroico y ligeramente disparatado.
En sus escritos, Brown-Séquard
dejó caer una observación deliciosa. Afirmaba que los hombres que se abstienen
del sexo y del “placer personal” entran en un estado de excitación que les
proporciona una gran, aunque anormal, actividad física y mental. Traducido al
castellano moderno: pensaba que no masturbarse generaba una especie de energía
acumulada que el cuerpo podía redirigir hacia hazañas intelectuales o físicas.
Es una idea tan victoriana que casi huele a biblioteca con cortinas pesadas,
pero tiene su encanto. Para él, el semen no era solo una sustancia
reproductiva; era, en cierto modo, una batería portátil de vigor.
Naturalmente, no tenía razón.
Pero tampoco estaba completamente equivocado en el sentido amplio: de hecho,
existen sustancias químicas que influyen de manera poderosa en el ánimo, la
energía, la masa muscular y el deseo. Solo que no funcionan como un depósito
que uno llena o vacía disciplinadamente.
La testosterona es una hormona
que desempeña diversas funciones en el cuerpo. En el hombre adulto, casi toda
la testosterona se produce en los testículos bajo el control de una hormona
producida en el cerebro, y una pequeña cantidad se produce a partir de un
precursor extraído de las glándulas suprarrenales, ubicadas sobre los riñones.
La testosterona es una de las muchas moléculas que ayudan a regular la
activación de los genes para producir proteínas, y desempeña un papel
importante en la libido, la virilización, la musculatura, la densidad ósea y el
estado de ánimo. Sin embargo, a medida que envejecemos, nuestros niveles de
testosterona disminuyen lentamente.
La testosterona es la principal hormona androgénica, puesto que confiere la mayoría de los caracteres masculinos. No obstante, hay producción de testosterona tanto en el cuerpo del hombre como en el de la mujer. En el caso de los varones, la mayor parte de la testosterona se forma en los testículos y una menor cantidad en las glándulas suprarrenales. En cuanto a las mujeres, la testosterona se produce en los ovarios y una pequeña cantidad también en las glándulas suprarrenales. Su función en hombres y mujeres es diferente.
La testosterona como molécula no
sería aislada hasta 1935. Cuando por fin se identificó, purificó y sintetizó,
el entusiasmo encontró una base tangible. Ya no hacía falta recurrir a
triturados animales; bastaba con una ampolla precisa, una dosis calculada, una
aguja estéril. La hormona masculina —porque así se la empezó a llamar con una
simplificación que la biología tolera con paciencia— podía administrarse de
manera controlada.
Y aquí es donde la historia se
vuelve peligrosamente moderna. Durante décadas, la testosterona se utilizó para
situaciones claras: hombres con hipogonadismo verdadero, es decir, testículos
que no producían suficiente hormona por daño primario o por fallos en la
hipófisis; adolescentes con retrasos puberales, y algunos casos concretos de
anemia. Indicaciones específicas, diagnósticos concretos. Pero a medida que
avanzaba el siglo XXI, la narrativa empezó a ensancharse.
Apareció la “T baja”. Un concepto
con la eficacia comercial de un eslogan bien afinado. ¿Cansado? ¿Con menos
deseo que a los 25? ¿Algo irritable? ¿Te cuesta ganar músculo, aunque mires con
intensidad las mancuernas? Tal vez tu problema tenga dos letras. Y lo mejor de
todo: tiene solución inyectable.
Se popularizó incluso el término
“andropausia”, como si los hombres atravesaran una versión masculina de la
menopausia femenina. El paralelismo es tentador, pero biológicamente tramposo.
En las mujeres, la menopausia implica una caída abrupta y universal de
estrógenos. En los hombres, la testosterona desciende lentamente,
aproximadamente un uno por ciento anual a partir de cierta edad. No hay un
apagón hormonal repentino. Hay, más bien, un atardecer gradual.
Además, la testosterona es una
hormona con hábitos caprichosos. Fluctúa a lo largo del día —más alta por la
mañana—, baja con el sobrepeso, se altera con el mal sueño, el estrés crónico,
la apnea nocturna o la depresión. Es decir, muchos de los síntomas que
atribuimos a la “T baja” pueden ser causa y consecuencia de estilos de vida
poco saludables. Y medir una cifra aislada no convierte automáticamente el
cansancio en enfermedad endocrina.
Eso no significa que el déficit
real no exista. Existe. Y cuando está bien documentado —con análisis repetidos,
síntomas consistentes y evaluación médica adecuada— el tratamiento puede
mejorar calidad de vida, densidad ósea, masa muscular y función sexual. Pero
también tiene efectos secundarios: puede aumentar el hematocrito hasta niveles
incómodos, suprimir la producción endógena, afectar a la fertilidad y plantea
interrogantes todavía debatidos sobre el riesgo cardiovascular en ciertos
perfiles.
En otras palabras: no es el
elixir mágico que Brown-Séquard soñó, pero tampoco es una superstición
victoriana. Lo fascinante es que, más de un siglo después, seguimos atrapados
en la misma pulsión. La idea de que el declive es una deficiencia química
corregible. Que el envejecimiento es un problema técnico con solución
farmacológica. Que la masculinidad —concepto ya de por sí resbaladizo— puede
medirse en nanogramos por decilitro.
Hay algo profundamente humano en
esa esperanza. El anciano fisiólogo que se inyecta extracto testicular no es
tan distinto del ejecutivo contemporáneo que acude a una clínica de terapia
hormonal porque se siente apagado. Ambos buscan recuperar una versión anterior
de sí mismos. Ambos quieren creer que la energía no se pierde, solo se agota un
depósito.
La diferencia es que ahora
sabemos más. Sabemos que el cuerpo es un sistema de equilibrios delicados. Que
añadir hormona exógena puede mejorar síntomas en ciertos casos y complicarlos
en otros. Que el contexto —peso, sueño, ejercicio, salud mental— importa tanto
como la cifra en un análisis. Y que la promesa de juventud perpetua ha sido
siempre una industria floreciente.
Quizá la lección más útil de
Brown-Séquard no sea su batido improbable, sino su audacia. Se atrevió a
plantear que dentro de nosotros circulan mensajeros invisibles que gobiernan
nuestra energía y nuestro ánimo. Acertó en la intuición, falló en la receta. La
medicina moderna ha afinado la receta, pero todavía lucha contra la expectativa
desmesurada.
La testosterona no es una
metáfora del carácter ni un certificado de virilidad. Es una hormona con
funciones precisas y límites claros. Puede ser terapia cuando hay déficit
demostrado. Puede ser innecesaria —incluso perjudicial— cuando se usa para
perseguir una versión idealizada del pasado.
Y sin embargo, cada vez que
alguien habla de “T baja” con un suspiro resignado, resuena, muy al fondo, el
eco de aquel laboratorio decimonónico. El anciano científico, la jeringa, el
extracto filtrado con fe. La esperanza de que el tiempo sea una ecuación
química soluble.
Tal vez no lo sea. Pero la
tentación de creerlo sigue siendo extraordinariamente potente.