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martes, 8 de mayo de 2012

La generación de los sueños rotos





El síntoma más evidente de la enfermedad que está consumiendo el sistema bancario español (SBE) afloró hace ahora tres años, cuando se intervino Caja Castilla-La Mancha. Realizada la oportuna disección, los forenses del Banco de España levantaron acta: los niveles de morosidad de la entidad manchega superaban el 17%. Mientras tanto, el resto del sector declaraba una morosidad de tan sólo el 5% (que no es poco). Tamaña diferencia no era creíble. Como el tiempo se está encargando de demostrar, la caja intervenida no era un ejemplo aislado sino el único cadáver diseccionado de una pandemia que amenazaba a todo el SBE cuyos síntomas se enmascaraban con la manipulación contable. El canje de deuda impagada por activos inmobiliarios a precios ficticios permitía a las entidades ocultar sus niveles de morosidad.


Debilitado por la enfermedad que lo corroía a la vez que se oponía tercamente a una terapia efectiva, el renqueante SBE llegó hasta finales de 2011, cuando el anunciado ascenso del PP al poder debía restablecer al enfermo por vía de la aparición en escena de un taumaturgo llamado Mariano Rajoy. No hubo tal. El nuevo Gobierno adoptó en febrero unas medidas que han fracasado en su principal objetivo: “recuperar la credibilidad y la confianza en el sistema financiero español”. La prueba más palpable del fracaso es que la cotización bursátil de los bancos continúa cayendo y que la morosidad crece sin cesar y seguirá creciendo por la recesión y el paro.


¿Por qué falla la confianza? Sencillamente, porque a estas alturas de la crisis los inversores no confían más que una terapia de choque que sanee por completo la exposición inmobiliaria, lo que habrá que hacer anotando el suelo en los balances a valor prácticamente cero, porque todo el mundo está de acuerdo en que van a pasar muchos años antes de que se vuelva a construir en España. Asunto bien diferente es el de las viviendas, que deberían contabilizarse a su precio de mercado, que es menos de la mitad del tasado. Nadie se puede creer que con más de un millón de viviendas vacías los precios hayan caído tan solo un 13%, cuando en otros países el estallido de la burbuja inmobiliaria provocó caídas de los precios de hasta el 60% con respecto a su precio de tasación. Ni que decir tiene que la adquisición por particulares de este colosal parque de viviendas actuaría como locomotora dinamizadora de otros sectores productivos ahora paralizados por la falta de demanda. 


El saneamiento exigirá ampliaciones de capital generalizadas que los bancos españoles no están dispuestos a hacer ahora porque consideran que sus acciones se cotizan demasiado a la baja. Pero eso también lo decían hace un año y desde entonces han seguido bajando. Para hacerlos entrar en razón está el Gobierno, porque la estrategia bancaria de provisionar sus balances con activos inflados, no recortar los dividendos ni entrar en pérdidas, es la misma estrategia del avestruz que se siguió en Japón hace más de veinte años y el mejor ejemplo de que echar balones fuera no es la táctica más adecuada si se quiere ganar el partido. 


Japón atraviesa desde hace 20 años una crisis económica y social cuyo origen fue muy similar a la actual crisis española. A principios de los ochenta la economía japonesa iba como un misil, sus exportaciones crecían y sus compañías multinacionales invadían los mercados. En 1990 se produjo una explosión de la burbuja inmobiliaria y bursátil que hizo perder a los japoneses la mitad de sus ahorros y la riqueza acumulada. Tras innumerables medidas de política económica que nunca tomaron el toro por los cuernos, la economía japonesa sigue estancada, su población más joven está sumida en la deseperanza y considera con resignación que la austeridad es el valor predominante del tiempo que les ha tocado vivir.  


A partir de 1985, cuando el Gobierno japonés cedió ante la presión estadounidense para apreciar el yen con objeto de reducir el enorme déficit comercial de Estados Unidos, la economía japonesa, que crecía a una media aproximada del 6%, intentó afrontar el nuevo escenario bajando los tipos de interés con una política monetaria expansiva para incrementar la inversión interna. Es la misma estrategia que siguió el Banco Central Europeo cuando bajó los tipos de interés a principios de la década de los 2000. Los japoneses, como hicimos los españoles, compraron viviendas, cuyos precios empezaron a subir muy rápidamente, y canalizaron sus elevados ahorros hacia la compra de activos financieros, impulsando una fuerte subida de la Bolsa. Una vez que el precio de la vivienda y de los activos financieros fue subiendo, pidieron préstamos a los bajos tipos de interés existentes para aprovechar estas subidas especulativas. La doble burbuja, inmobiliaria y bursátil, empezó a inflarse. 


En 1990 estallaron las burbujas y se desplomaron el precio de la vivienda y la cotización de los activos financieros. Las familias y las empresas japonesas no pudieran devolver las deudas contraídas y el sistema financiero se tambaleó. La economía entró en crisis, aumentó el paro y se produjeron numerosos cambios de Gobierno con políticas muy expansivas que llevaron la deuda pública emitida del 3% del PIB en 1990 al 180% del PIB que tiene en la actualidad, casi tres veces la deuda pública española, y la deuda más alta de todos los países industrializados. 


La política monetaria siguió siendo muy expansiva con tipos de interés casi nulos. A pesar de ello, el pueblo japonés optó por ahorrar y no consumir. Los márgenes empresariales cayeron y las empresas no hicieron inversiones productivas. La Bolsa y el precio de las viviendas nunca se recuperaron. El Gobierno, presionado por la banca, fue aplazando afrontar la crisis del sistema bancario y el país entró en deflación, con bajas tasas de crecimiento y estancamiento de su PIB por habitante. Según los datos más recientes, mientras el PIB japonés en 1985 era la mitad del norteamericano, ahora es menos de la tercera parte. El resultado de los diversos intentos de recuperación ha dado lugar a la aparición de la generación de los sueños rotos, integrada por quienes piensan que consumir es de idiotas. 


¿Qué debemos aprender de la gestión de la crisis japonesa? En primer lugar, que es mejor afrontar la crisis con rapidez que intentar salir lentamente de ella por más que presionen los bancos. Un largo periodo de tiempo en crisis sin ofrecer un horizonte de futuro termina generando un cambio de expectativas y de comportamientos: se abandona el consumo y se fomenta el ahorro excesivo. En segundo lugar, que ocultar la crisis financiera hace que se pierda la eficacia de la política monetaria: por mucho dinero que se ponga en circulación, los bancos lo absorben ilimitadamente para mantener su propia liquidez y el crédito al consumo y a la inversión productiva no se restablecen. 


En tercer lugar, y por obtener una moraleja que deberíamos aprender de una vez por todas, es que debemos diferenciar tres tipos de inversión: en activos financieros, en vivienda e infraestructura, y en equipamientos, formación y tecnología. La política es muy libre de decidir en qué lo hace, pero debemos ser conscientes de que los efectos que producen cada una de ellas en la economía y en el empleo son distintos. Incentivar la inversión productiva de un país genera empleo sostenible, lo que no ocurre con la vivienda o la infraestructura. Las autoridades monetarias, al igual que vigilan que la moderación de los precios, deberían hacer lo mismo con los precios de las viviendas y de los activos financieros.