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domingo, 14 de octubre de 2012

Por un puñado de dólares: Meucci y la invención del teléfono



En el proceloso mundo de las patentes tecnológicas siempre han existido disputas por la paternidad de ciertos inventos. Si Antonio Meucci hubiese tenido un puñado de dólares, el iPhone-5 sería un teletrófono.

En un paseo sin rumbo, sin otra preocupación que recordar la dirección del hotel que abandoné al amanecer, cuando los primeros rayos solares apenas asomaban por las rojizas azoteas de Brooklyn Heights, después de tomar el ferry hasta Staten Island dejando a estribor la Estatua de la Libertad, el azar me lleva hasta una casita de madera de estilo neogótico que destaca en Tompkins Avenue, Rosebanks. Es una casa pintada de blanco, con techos negros a dos aguas que se alinean a ambos lados de una pequeña mansarda central, una de tantas casas que abundan en todos los suburbios residenciales norteamericanos de clase media. Lo que distingue a esta casa es el mástil que sostiene las banderas de Estados Unidos e Italia y el monumento en cuyo frente luce la poderosa cabeza de Giuseppe Garibaldi, el héroe del Risorgimento, el revolucionario que luchó hasta lograr la unificación de Italia en un sólo Estado-Nación.

La casa es el Garibaldi-Meucci Museum, aunque la utilización del nombre de Garibaldi, que residió en la casa unos pocos meses, es un cebo para los turistas italoamericanos que acuden al reclamo del “Eroe dei Due Mondi” como las moscas a la miel. Más allá de las habituales comparaciones hiperbólicas del francmasón italiano con sus correligionarios George Washington y Simón Bolívar, del desmesurado busto de la entrada, y de algunos objetos supuestamente garibaldinos (una camisa roja, un fez turco, un rifle y una bayoneta, armas poco usuales en un general), poco aporta el museo sobre el revolucionario nizardo. 

El tapado, el personaje que de verdad justifica la visita, el hombre que, pobre como las ratas, residió aquí durante más de treinta años, sumido en el dolor de ver consumirse a sus esposa y de sufrir la profunda decepción de verse plagiado y robado, es Antonio Meucci, el desconocido inventor del teléfono. La máscara mortuoria de Meucci, expuesta en el museo, parece reflejar el dolor y la amargura de un hombre que murió desesperado por un expolio fraudulento. El difunto Meucci está ahora oculto tras la figura histórica de Garibaldi como lo estuvo en vida tras la sombra del gran Alexander Graham Bell, al que la historia de las comunicaciones rinde todavía un homenaje inmerecido.

Si el registro de los grandes descubrimientos universales es La historia y cronología de la ciencia y  los descubrimientos de Isaac Asimov, en su índice resulta inútil buscar el nombre de Antonio Meucci. Como en tantos otros libros, en este “Gotha” de los inventores, en este catálogo de unos personajes cuyo ingenio cambió el mundo, la invención del teléfono se adjudica al escocés nacionalizado estadounidense Alexander Graham Bell, quien lo patentó en 1876; patentó –subrayo- que no inventó, porque hicieron falta 136 años para que se reconociera el plagio que había realizado Bell a partir del proyecto y los materiales inéditos que el ingenuo Meucci había depositado en las oficinas de la Western Union Telegraph Company. 

En la segunda mitad del siglo XIX un nutrido grupo de inventores, cada uno por su cuenta y con el mayor sigilo, estaban empeñados en lograr transmitir la voz humana a través de alambres y mediante impulsos eléctricos. Todo había comenzado en 1830, cuando se comenzó a hablar del telégrafo, una idea que se le había ocurrido a varios inventores, entre otros al británico Charles Wheaststone y al físico norteamericano Joseph Henry, el hombre de los electroimanes que había dejado estupefacto al mundo al levantar una tonelada de hierro utilizando la corriente de una pila eléctrica. La idea de ambos era bastante sencilla: se trataba de tender un cable a través del cual transmitir electricidad mediante impulsos producidos abriendo y cerrando un interruptor. Si se lograba combinar esos impulsos de una forma adecuada, podrían ser interpretados como sonidos. Wheaststone y Henry tropezaban con los mismos problemas: la energía eléctrica se disipaba a lo largo del alambre, lo que limitaba la distancia de propagación del sonido, y era necesario idear un sistema que transformara los sonidos en palabras.

En 1838 el pintor y profesor de dibujo de la Universidad de la Universidad de Nueva York Samuel Morse, que conocía las enormes posibilidades del telégrafo, elaboró una lista lógica de impulsos breves y largos (puntos y rayas) para las diversas letras del alfabeto. Era el Código Morse, una de cuyas sencillas combinaciones “..---..”, cuya traducción en letras es SOS, se ha convertido en la llamada internacional de auxilio. Además de inventar su código y de lograr el mantenimiento del impulso eléctrico gracias a la utilización de los relés inventados por Henry en 1835, Morse era un hombre tenaz que asedió al Congreso estadounidense hasta que los cansados congresistas accedieron a subvencionar con treinta mil dólares el tendido de la primera línea telegráfica entre Baltimore y Washington. En 1844 envió su primer texto: "¡Lo que ha hecho Dios!", la exclamación final de la bendición que Balaam, controlado por el Espíritu de Dios, profetizó a favor del pueblo de Dios (Números: 23:23). 

Comprobada la eficacia del sistema, Morse formó una compañía privada que pronto le haría rico y famoso. Cuando, gracias a Ezra Cornell y a su compañía la Western Union Telegraph Company, los textos viajaron de costa a costa hasta alcanzar el Pacífico en la mítica California, el telégrafo se convirtió rápidamente en una herramienta indispensable para el progreso de las comunicaciones y del interminable ferrocarril que acababa de enlazar el Atlántico y el Pacífico.

Si las palabras escritas podían enviarse mediante impulsos eléctricos, por qué no la voz, pensaron muchos inventores que se pusieron manos a la obra. Uno de ellos era Antonio Santi Giuseppe Meucci (1808-1889), el inventor del teletrófono, posteriormente bautizado como teléfono, entre otras innovaciones técnicas. Meucci estudió ingeniería industrial en la Academia de Bellas Artes de su ciudad natal, Florencia. Allí, desarrolló un teléfono neumático que todavía hoy se utiliza en el teatro Della Pergola de Florencia y que luego perfeccionaría en Cuba. Perseguido y encarcelado por su participación en el primer Movimiento de Unificación Italiana, en 1835 emigró junto a su mujer, Ester, con la intención de llegar a Estados Unidos, la tierra promisoria para todos los europeos que querían prosperar. Al llegar a la entonces española Cuba, Meucci aceptó un contrato en el teatro Tacón de La Habana, donde se ocupó de la dirección técnica y la tramoya del edificio. 

Como su esposa Ester estaba aquejada de un fuerte reumatismo, Meucci se dedicó al ensayo de la electroterapia, la disciplina entonces pionera que se ocupa del tratamiento de lesiones y enfermedades por medio de la electricidad, el fenómeno al que el gran William Gilbert –el hombre que en 1600 demostró que la Tierra era un imán- denominó así utilizando la palabra griega elektron, que significa ámbar, la “piedra imán” con la que Tales de Mileto, seis siglos antes del comienzo de la Era Cristiana, descubrió las propiedades magnéticas de los objetos que podían atraer a otros mediante frotamiento.

En las mansardas del teatro Tacón, Meucci montó un taller de galvanoplastia, uno de los primeros, si no el primero, que funcionaron en el continente americano. Las sesenta pilas Bunsen con que contaba le sirvieron para realizar experimentos de electroterapia que se hicieron bastante populares. En 1849, cuando preparaba uno de tales tratamientos un paciente emitió una exclamación que Meucci escuchó a distancia, en otra habitación, por transmisión eléctrica en un cable que unía a las dos habitaciones. A partir de este momento fue consciente de que había obtenido la transmisión de la voz humana por medio de un alambre conductor unido a varias pilas para producir electricidad, un esbozo de ingenio que bautizó inmediatamente como “telégrafo parlante". Aquel año, cuando Meucci construyó el primer prototipo de teléfono, un niño de dos años, Alexander Graham Bell, jugaba en el patio de su casa de Edimburgo.

La decadente España no era el lugar adecuado para desarrollar un invento que Meucci adivinaba extraordinario, así que el año siguiente él y su esposa emigraron a los Estados Unidos y se instalaron en la casita de Staten Island donde Meucci vivió el resto de su vida. Alrededor del año 1854 Meucci construyó un teléfono para conectar su oficina con el dormitorio ubicado en el segundo piso, donde yacía, parcialmente paralizada por el reumatismo, su querida esposa. Pero aquel teléfono embrionario, un artefacto mecánico, que no eléctrico, no era suficiente. Era necesario seguir gastando la vida y la escasa hacienda en mejorar el invento. Para obtener fondos intentó distintas aventuras comerciales como la fabricación de pianos, cerveza casera, velas de parafina, sombreros, barómetros, papel, pinturas. Todas sin éxito. 

Para atraer a posibles inversores en 1860 organizó una actuación con una cantante cuya voz fue escuchada a considerable distancia, una noticia apenas recogida en algunos periódicos neoyorquinos. En 1870 ya lograba transmitir la señal telefónica a una distancia de casi dos kilómetros. Había llegado el momento de patentar su “telégrafo parlante”. Entonces surgió un problema que resultaría irresoluble. Asegurar la patente definitiva costaba la astronómica (para Meucci) cantidad de 250 dólares; incapaz de conseguirlos, en 1871 presentó ante la Oficina de Patentes una patent caveats, una especie de patente provisional renovable anualmente. Si durante el tiempo que está en vigor dicha patente alguien presenta otro invento similar, la Oficina de Patentes se lo debía comunicar al primero y éste tenía un plazo de 3 meses para solicitar la patente definitiva; si transcurridos estos tres meses no se había solicitado la patente pasaba al segundo.

En 1874, Antonio Meucci no pudo pagar los 10 dólares para renovar la patent caveats. Vivía de la asistencia pública por estar convaleciente de unas quemaduras producidas por la explosión de la caldera del ferry que comunicaba Staten Island con Manhattan. Antes había cometido un grave error al presentar su prototipo a la poderosa Western Union Telegraph Company. Pese a sus reiteradas peticiones de respuesta, la compañía guardaba silencio. En 1874, fue informado de que sus planos y su prototipo se habían perdido. 

Dos años después, cuando se presentó con gran éxito una demostración en la Exposición del Centenario de Filadelfia, el italiano se enteró de la "invención" del teléfono por el investigador Alexander Graham Bell, patrocinado por la Western Union. El prototipo de Bell consistía en una bobina, un brazo magnético y una membrana tensada. Al llegar un sonido a la membrana se producía una vibración, transmitida al brazo magnético. Con ello, el movimiento del imán inducía en la bobina una corriente eléctrica variable que pasaba a un circuito. Mediante un aparato similar situado en el otro extremo del circuito la señal eléctrica se podía convertir de nuevo en sonido. Se trataba, algo mejorado, del mismo prototipo que el incauto Meucci había depositado en las instalaciones de la Western Union. 

Mientras Bell se paseaba por el mundo haciendo demostraciones de su invento y llenando sus bolsillos con la Bell Company, que no daba abasto para atender a las demandas exponenciales de nuevas instalaciones telefónicas, Meucci inició una larga batalla legal contra la poderosa compañía, Aunque en 1887 un tribunal de Nueva York le dio la razón, no pudo reclamar parte de los beneficios económicos del invento ya que su demanda de patente había caducado muchos años antes. En 1889 el Tribunal Supremo accedió a los recursos de Meucci e inició un procedimiento por fraude contra Bell. Meucci falleció ese mismo año. Su muerte enterró el procedimiento legal contra Bell. 

Pero la comunidad italiana de Nueva York no estaba dispuesta a rendirse. Tercamente, mantuvieron vivas las reclamaciones acerca de la paternidad del invento. El 16 junio de 2012, cuando el azar me llevó hasta la casita de Staten Island, se cumplían exactamente diez años desde que el Congreso de los Estados Unidos emitiese una resolución en la que se reconocía lo que habían afirmado durante más de un siglo los libros de texto en Italia, que el teléfono fue concebido por un desconocido inmigrante italiano llamado Antonio Meucci. La resolución del Congreso reconocía que, que, de haber contado con aquellos diez dólares, "Bell no hubiera podido patentar el invento del teléfono como suyo". 

Como un quimérico montón de espejos rotos que repiten mil veces el mismo rostro, la National Portrait Gallery de Londres es un hermoso y vano intento de recrear el paso del tiempo a través de los retratos de los grandes personajes que protagonizaron la historia británica. De existir, la Gran Pinacoteca del mundo debiera guardar sus mejores salas a quienes fueron grandes a pesar, y sobre todo, de que su grandeza no les fuera reconocida en vida. En la inexistente galería de los injustamente olvidados el retrato de Antonio Meucci, con Nueva York al fondo, debería ocupar un lugar de honor.