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jueves, 7 de septiembre de 2017

Brasier vs. Schopf: el debate entre dos cazadores de microfósiles

James William Schopf (1942-)
La Tierra se formó hace unos 4.500 millones de años, pero nadie sabe cuándo surgió la vida y, por las dificultades de demostrar que las estructuras fósiles son realmente biológicas, la búsqueda de testimonios que ayudarían a responder a esa pregunta ha sido un campo muy polémico.
Hasta 2002, el honor de haber encontrado el microfósil más antiguo había sido ostentado por J. W. Schopf, un paleobiólogo de la Universidad de California en Los Ángeles. En 1993, Schopf había publicado en Science su descubrimiento de estructuras microscópicas semejantes a gusanos en la formación Apex Chert, un afloramiento rocoso de 3.465 millones de años en Pilbara, Australia Occidental. Schopf describió como microfósiles once especies de microbios fotosintéticos similares a las cianobacterias. Como testimonio de su hallazgo, depositó una muestra de sus preparaciones microscópicas en el Museo de Historia Natural de Londres como ejemplos de los fósiles más antiguos de la Tierra.
Sin embargo, cuando el profesor Martin Brasier, un catedrático de Oxford experto en microfósiles, visitó el museo en 1999 para fotografiar los ejemplares e incorporarlos a un libro de texto, quedó sorprendido al ver las estructuras celulares descritas por Schopf, que le parecieron unas estructuras ramificadas y plegables complejas muy diferentes a las formas microbianas.
Brasier recolectó sus propias muestras de Apex Chert y se dedicó a estudiarlas pacientemente. Pronto se dio cuenta de que los "microfósiles" formaban parte de un amplio espectro de estructuras extrañas, la mayoría de las cuales eran demasiado caóticas para llamarse “fósiles". Concluyó que, en lugar de ser testimonios de las primeras formas de vida, las estructuras eran artefactos minerales y las "conchas" de los supuestos microfósiles eran de un vidrio volcánico emitido por una fumarola hidrotérmica. En 2002 Brasier y un grupo de colegas publicaron en la revista Nature un artículo sobre los fósiles de Schopf, en el que concluían que los "supuestos microfósiles” eran simples "artefactos secundarios formados de grafito amorfo".
Martin Brasier (1947-2014)
En su libro Génesis: La Búsqueda Científica del Origen de la Vida (2005), Robert Hazen describió una extraña confrontación entre Brasier y Schopf en un simposio científico celebrado en 2002 en el que compartieron una sesión. Mientras que Brasier exponía su ponencia, «un agitado Schopf se levantó y comenzó a pasear distraídamente una docena de pies detrás del podio. Caminaba de un lado a otro, encorvado, con las manos apretadas firmemente detrás de su espalda [...] Mientras que Brasier describía con calma sus argumentos, la escena cambió de torpemente tensa a totalmente extraña. Nos quedamos sorprendidos cuando Schopf se situó a a pocos metros a la derecha del podio del orador. Se inclinó bruscamente hacia Brasier mientras que clavaba sus ojos en el imperturbable orador».
Por suerte, la cosa no fue más allá, pero en 2011, cuando Brasier y un grupo de investigadores publicaron un artículo en Nature Geoscience describiendo microfósiles en rocas de 3.400 millones de años, a 20 millas del descubrimiento de Schopf, se esforzaron en dar pelos y señales para probar los orígenes biológicos y no minerales de sus fósiles. Los microfósiles de aparecieron en depósitos de arenisca entrecortados por capas de roca volcánica en una región árida conocida como Formación Strelley Pool, que data de una temprana era oxigenada del eón Arcaico. Los microfósiles eran los restos de antiguos microbios similares a bacterias que existen hoy en fumarolas hidrotermales y que viven y metabolizan el azufre en lugar de oxígeno para obtener energía.
Para descartar los procesos geológicos naturales, los científicos sometieron sus muestras a una batería de pruebas, en las que utilizaron los últimos equipos de microscopía electrónica y espectroscópica. Llegaron a la conclusión de que satisfacían tres pruebas cruciales que sostenían su origen biológico: eran estructuras bien definidas de tipo y tamaño celular; las células se aparecían en grupos unidas a granos de arena; y el revestimiento químico era consistente con un metabolismo basado en el azufre. La evidencia más convincente fue el descubrimiento de minúsculos depósitos de pirita férrico-sulfurada, conocida como "oro de los tontos", cerca y, en algunos casos, unida a los microfósiles. Brasier y Wacey sugiríeron que esos organismos ancestrales probablemente habían vivido en pirita y en sulfuro de hidrógeno arrojados desde fumarolas.
El artículo de Nature Geoscience no proclamaba el descubrimiento de los microfósiles más viejos de la tierra (aunque así lo haría una nota de prensa de la universidad de Oxford). Schopf, por su parte, mantuvo un silencio digno, aunque un colega le explicó que «defiende firmemente su hallazgo original y está trabajando para validarla». Hasta hoy, jubilado a los 75 años, no ha logrado demostrarlo. Fallecido en 2014 en un accidente de automóvil, Brasier, que este año hubiera cumplido los 70, no podría verlo. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.