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martes, 5 de febrero de 2019

“La favorita”: Trío de damas en la corte de la Reina Ana



La genética impuso sus reglas en los inicios del siglo XVIII. La decrepitud y la falta de descendencia de dos monarcas desgraciados –Carlos II de España y Ana de Inglaterra- puso punto y final a dos de las grandes casas reinantes en Europa, los Austrias y los Estuardo. Ambas fueron la mejor prueba de que las grandes dinastías están inexorablemente destinadas a la extinción cuando la endogamia trata de corregir los designios de la historia y de enfrentarse vanamente a los imperativos de la naturaleza.
La muerte del último Austria dio comienzo al período más turbulento del reinado de Ana de Inglaterra (1665-1714), la Guerra de Sucesión Española (1701-1713). La muerte de Ana puso punto y final a una dinastía escocesa, los Estuardo, reyes de Escocia desde 1371 hasta 1603 y desde entonces del Reino Unido hasta 1714. Ana, que asumió la triple corona en 1702, se convirtió en la primera soberana de Gran Bretaña y en la última Estuardo.
La reina a la que le cupo enviar a la dinastía Estuardo al desván de la historia fue una mujer desdichada, amargada e infeliz. Su infancia estuvo marcada por las luchas religiosas entre protestantes y católicos que acabaron por derrocar y exiliar a su padre. En su madurez de mujer casada con el príncipe Jorge de Dinamarca, gozó de una gran felicidad doméstica, porque el príncipe y la princesa eran de caracteres similares y preferían el retiro y la tranquilidad a la vida mundana en la corte. Pero la desgracia se cebó con el matrimonio: de él nacieron dieciocho hijos, de los cuales sólo uno sobrevivió más allá de los dos años. Coronada reina, su reinado absolutista fue desde el principio una lucha política constante entre tories y whigs, que se complicó extraordinariamente por el cruento enfrentamiento con los Borbones durante la Guerra de Sucesión Española.
Ana Estuardo en 1687, cuando era princesa de Dinamarca. Óleo de Willem Wissing. Dominio público.
Ana era hija de Jacobo II, rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda desde principios de 1685 hasta que perdió la corona en 1688. Fue el último monarca católico en reinar sobre lo que sería el Reino Unido. Sus políticas religiosas acabarían con su derrocamiento mediante la Revolución Gloriosa. No fue sustituido por su hijo también católico, Jacobo Francisco, sino por su hija mayor María I y su yerno Guillermo III, ambos protestantes, que fueron proclamados reyes conjuntos al modo del «tanto monta, monta tanto» de los Reyes Católicos.
Los reyes Guillermo y María no tuvieron hijos; cuando Guillermo III murió en marzo de 1702, su cuñada Ana, la única que quedaba en la línea de sucesión, fue coronada el 23 de abril en la abadía de Westminster. En ese momento había estallado la Guerra de Sucesión Española, en la que se dirimía el derecho de Felipe, nieto del rey Luis XIV de Francia, a subir al trono español.
Cuando fue coronada tenía 37 años y estaba agotada por los partos (el primero cuando tenía 19 años, el último cuando cumplió los 35), mentalmente debilitada por la muerte de todos sus hijos y cruelmente castigada por la gota, por la erisipela que quemaba sus piernas, probablemente por una enfermedad autoinmune y por algún tipo de artritis. Aquejada por un ictus cerebrovascular, Ana murió en el palacio de Kensington el 1 de agosto de 1714. Su cuerpo estaba tan hinchado que cuando fue enterrada en Westminster se tuvo que utilizar un féretro dos veces más ancho de lo normal
Hasta aquí lo que sabemos fidedignamente gracias la biografía escrita por la historiadora Anne Somerset (Queen Anne: The Politics of Passion. Harpers 2012). Tradicionalmente representada como una gobernante débil dominada por sus favoritas y obsesionada por el remordimiento por haber depuesto a su padre, la Reina Ana emerge de esa biografía como una mujer cuyo compromiso inquebrantable con el deber le permitió superar la tragedia privada y sus dolorosas discapacidades, dirigiendo a su reino por el camino de la grandeza.
Sarah Jennings, duquesa de Marlborough hacia 1700. Óleo de Charles Jervás. Dominio público.
Su reinado estuvo marcado por muchos triunfos, incluida la unión con Escocia y las gloriosas victorias en la guerra contra Francia. Sin embargo, mientras su gran general, el duque de Marlborough, realizaba proezas de genio militar dirigiendo las tropas inglesas en la Guerra de Sucesión, la relación de Ana con su esposa, Sarah Jennings, una mujer ingeniosa, mordaz, astutamente manipuladora y muy bella, se estaba volviendo cada vez más rencorosa. Las diferencias políticas explican en parte por qué la anterior adoración de la reina por Sarah se transformó en odio, pero la ruptura final fue provocada por la sorprendente afirmación de Sarah de que fue el enamoramiento lésbico de la reina con otra dama de honor, Abigail Hill, lo que destruyó su vieja amistad. En enero de 1711, la reina había nombrado a Abigail, una antigua camarera, para que se encargara del Monedero Privado, depositando en ella la confianza y la intimidad que antes había puesto en la duquesa de Marlborough.
Algunas investigaciones han sugerido que el carácter dominante de Sarah desembocó en algún tipo de romance entre ambas. A día de hoy todavía se conservan cartas que han sido definidas como "de profundo amor" entre la reina y su mano derecha. Pero el supuesto idilio se terminó cuando Ana se dio cuenta de que Sarah, a pesar de los sentimientos que tenía hacia ella, la estaba manipulando y la apartó de su corte. Para Somerset, las cartas que Ana escribió a Sara de joven son «apasionados desahogos de devoción», que inmediatamente te hacen pensar que tenían un romance. Pero también hay que tener en cuenta que las mujeres de aquella época mantenían amistades apasionadas sin matices eróticos. Somerset no duda de que su matrimonio con el príncipe Jorge era feliz y amoroso. Sin embargo, cuando la reina comenzó a apartarla de su lado, Sarah comenzó a difundir rumores de que Ana tenía una relación con la mujer que la expulsó como favor real, Abigail Hill.
Ese es el turbulento contexto histórico que sirve de trampantojo a los sucesos domésticos que sustentan La Favorita, la película de Yorgos Lanthimos, su nueva fábula amoral sobre la corrupción del poder y el precio del deseo articulada alrededor de un trío de damas, la reina y dos mujeres cortesanas, y de una corte con todas las degeneraciones del absolutismo barroco. La corte de Ana aparece poblada por criaturas vanas con pelucas rizadas hasta el cielo y caras elaboradamente pintadas. Sus pasatiempos incluyen chismes sexuales viciosos, carreras de pato en interiores y arrojar fruta podrida a personas desnudas.
Hampton House, junto al río Támesis. Foto.
Lo mejor, y también lo más preocupante, de La Favorita es su valoración rigurosamente sombría de las motivaciones y comportamientos humanos. Hampton Court House y Hartfield House, los palacios en los que se rodó la película, son como sendas placas Petri infestadas de patógenos cortesanos como el egoísmo, la crueldad y la codicia. La lucha doméstica entre Sarah y Abigail constituye la morbosa trama fundamental de la película, trufada también con la lucha política bipartidista entre el partido Tory, dirigido entonces por el primer barón Godolphin, entre cuyos miembros solía escoger Ana a su primer ministro, y los whigs, que se convirtieron en un partido mucho más influyente después de que el duque de Marlborough obtuviera una gran victoria en la batalla de Blenheim en 1704.
La trastienda de ese puñado de arcanos históricos es la base de La Favorita, una tragicomedia salvajemente cínica y entretenida, que debe mucho, en lo que a fotografía y traveling se refiere, al Barry Lindon del maestro Stanley Kubrick, y en lo literario a la biografía novelada de Sara Jennings escrita por Ophelia Field (The Favourite: Sarah, Duchess of Marlborough. Sceptre, 2003), sin olvidar, cómo no, a la monumental hagiografía del duque escrita por su descendiente, Winston Churchill (Marlborough: His Life and Times. RosettaBooks, 1933). ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.