La historia sagrada, vista de cerca, se parece menos a una revelación y más a una novela escrita a muchas manos, con capítulos añadidos, personajes reciclados y giros de guion oportunos. Desde los dioses solares nacidos de vírgenes hasta los Reyes Magos que llegan puntuales cada enero, la teología ha funcionado durante siglos como una poderosa fábrica de relatos. Borges lo sabía bien: donde otros veían dogma, él veía literatura. Y quizá tenía razón.
La teología, para Jorge Luis
Borges, no era una enfermedad infantil de la razón ni un error a corregir, sino
un territorio literario de primer orden. Le fascinaba como le fascinaban los
laberintos, los espejos y las paradojas: no por su verdad, sino por su potencia
imaginativa. Decía —con esa precisión engañosamente casual suya— que la
teología era la rama más frondosa de la literatura fantástica, y no lo decía
para provocar a los creyentes, sino para colocarlos en el sitio que más le
interesaba: el de los narradores involuntarios. Borges pensaba que ninguna
antología seria de lo fantástico podía prescindir de las construcciones
teológicas, esas ficciones colosales levantadas durante siglos con la
convicción de quien no sabe que está escribiendo literatura.
Desde el siglo XVIII, cuando Juan
Jacobo Brucker acuñó el término “sincretismo” para describir una conciliación
mal hecha de doctrinas incompatibles, la palabra arrastra una sombra de
sospecha. En filosofía primero y en religión después, el sincretismo pasó a
significar mezcla impura, origen dudoso, identidad falseada. En el ámbito
religioso, cualquier indicio de sincretismo suele interpretarse como una
amenaza: si una fe es resultado de muchas, ¿qué queda de su pretendida
revelación única?
El cristianismo institucional —el
catolicismo, para ser precisos— es un ejemplo casi de manual. No nació como una
religión de poder, pero se convirtió en una cuando el Imperio romano necesitó
una. En la época de Constantino, tras el experimento fallido de la tetrarquía
de Diocleciano, la unidad política exigía una unidad espiritual. Un solo Dios,
un solo emperador. El lema no era teológico, sino administrativo. Y funcionó.
El Jesús que emerge de ese
proceso no es sólo el predicador judío de Galilea, sino un arquetipo
cuidadosamente ensamblado. A su figura se le fueron adhiriendo mitos más
antiguos, muchos de ellos importados de Oriente desde los tiempos de Alejandro
Magno, cuando el Mediterráneo empezó a funcionar como una coctelera cultural.
El resultado fue eficaz, pero tuvo un coste: el mensaje original quedó
sepultado bajo capas de mitología precristiana.
Las similitudes no son discretas.
En las religiones anteriores al cristianismo, los dioses nacen con frecuencia
de vírgenes celestiales y están asociados al sol. El solsticio de invierno,
celebrado en Roma como el triunfo del sol invencible, coincide con el
nacimiento del Jesús cristiano. Ese mismo día habían nacido Atis, de la virgen
Nana; Buda, de la virgen Maya; Krishna, de la virgen Devaki; Horus, de Isis, en
un pesebre y en una cueva. Mitra también nació el 25 de diciembre, de una
virgen, en una cueva, y fue visitado por pastores con regalos. Zoroastro no se
quedó atrás.
Atis murió por la salvación de la
humanidad, clavado a un árbol, descendió al infierno y resucitó al tercer día.
Mitra tuvo doce discípulos, pronunció un sermón en la montaña, fue llamado el
Buen Pastor, la Verdad, la Luz, el Verbo y el Salvador. Su religión celebraba
una eucaristía con pan y vino y proclamaba, sin complejos, la comunión corporal
con la divinidad. El domingo era su día sagrado. El parecido no es sutil; lo
sutil es haberlo hecho pasar por único.
Buda fue bautizado con agua, con
el Espíritu presente, enseñó en el templo a los doce años, curó enfermos,
caminó sobre las aguas y multiplicó panes. Fue llamado Señor, Maestro, Luz del
Mundo y Redentor. Resucitó y ascendió. Dionisos también resucitó y acumuló
títulos que cualquier cristiano reconocería. Horus fue bautizado por Anup el
Bautista —que, como Juan, acabó decapitado—, enseñó en el templo, hizo
milagros, resucitó a un muerto llamado Azarus, caminó sobre el agua, fue
crucificado entre dos ladrones y resucitó tras tres días. Krishna nació
anunciado por una estrella, esperado por pastores, hijo de un carpintero, con
doce discípulos y una trinidad a la espalda. Zoroastro fue tentado por el
diablo en el desierto, predicó sobre el juicio final y expulsó demonios.
Nada de esto prueba que Jesús no
existiera. Lo que demuestra es que la historia que se contó sobre él fue
escrita con materiales reutilizados. Como toda gran construcción ideológica.
Y entonces llega la noche del 5
de enero. Los niños católicos —no todos los cristianos, conviene recordarlo—
dejan los zapatos preparados para que tres reyes depositen regalos con
nocturnidad y sigilo. Melchor, Gaspar y Baltasar llegan desde Oriente, guiados
por una estrella, para adorar al recién nacido rey de los judíos y ofrecerle
oro, incienso y mirra. La escena es entrañable. También es literaria.
Porque todo lo que sabemos de los
Reyes Magos cabe en un párrafo del Evangelio de Mateo, escrito hacia el año 50.
Un párrafo escueto, casi tímido: unos magos de Oriente llegan a Jerusalén
preguntando por el rey nacido, guiados por una estrella. Nada más. No eran
reyes. No eran tres. No tenían nombres. Todo lo demás es añadidura.
La cabalgata, los camellos, las
coronas, los pajes, los colores, las razas, los regalos personalizados: todo
eso es una elaboración posterior. Una leyenda paciente, tejida entre los siglos
IV y IX, mezclando elementos mazdeístas, mitraicos, gnósticos, judíos y
cristianos. Una ficción exitosa, incorporada a la tradición católica con la
misma lógica que otras: cohesionar, fidelizar y, de paso, mover la economía en
diciembre.
Borges habría sonreído ante todo esto. No con desprecio, sino con placer estético. Porque pocas cosas hay más literarias que una historia repetida tantas veces que acaba pareciendo verdad. Y pocas más humanas que necesitar creerla.