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lunes, 5 de enero de 2026

TRUMP Y EL ARTE DEL PROTECTORADO

Cuando los imperios dejaron de conquistar territorios, aprendieron a gestionarlos. Venezuela no está ocupada ni intervenida, solo administrada a distancia, sigue teniendo presidenta chavista y bandera, pero su economía estratégica se decide fuera y el petróleo fluye hacia donde conviene. Donald Trump no necesitó comprar el país: le bastó con protegerlo a su manera.

Venezuela no está en venta. Tampoco está ocupada. Y, sin embargo, no es del todo soberana. Ese es el tipo de situación que siempre ha fascinado a los imperios cuando aprenden a disimular. Donald Trump no necesitaba comprar Venezuela como soñó con Groenlandia. Con Venezuela bastaba algo más clásico, más probado, más colonial en el sentido elegante del término: un protectorado sin declararlo.

El protectorado es la fórmula preferida del imperialismo cuando ya no puede permitirse banderas, virreyes ni mapas coloreados. Es el sistema que permite mandar sin gobernar, extraer sin administrar, decidir sin asumir responsabilidades. Se inventó para eso y sigue funcionando sorprendentemente bien.

Europa lo perfeccionó a principios del siglo XX. La Conferencia de Algeciras de 1906 fue uno de esos momentos fundacionales en los que varias potencias se sentaron alrededor de una mesa para repartirse un país ajeno usando palabras como “estabilidad”, “protección” y “reformas”. Marruecos no fue colonizado del todo: fue protegido. El sultán siguió en su palacio, la bandera siguió ondeando, la soberanía siguió existiendo… en abstracto. En la práctica, Francia y España decidían lo importante.

Mapa del África colonial en 1914. Fuente.

Desde entonces, el modelo se repitió con variaciones. Egipto, Túnez, los emiratos del Golfo. Siempre la misma arquitectura: un poder local que gobierna lo cotidiano y una potencia externa que controla lo esencial. Defensa, comercio exterior, recursos estratégicos. El corazón del Estado.

Venezuela, salvando las distancias históricas y retóricas, encaja inquietantemente bien en ese esquema.

Trump nunca fue un gran lector de historia imperial, pero sí un buen instintivo del poder. Entendió rápido que el problema de Venezuela no era Nicolás Maduro, sino el petróleo. Y que el problema del petróleo no era ideológico, sino logístico. El chavismo podía seguir ahí —incluso convenía que siguiera— siempre que la extracción pudiera ordenarse, controlarse y, sobre todo, canalizarse.

La retórica fue la del enfrentamiento. “Dictadura”, “régimen ilegítimo”, “todas las opciones sobre la mesa”. Pero la práctica fue otra. Estados Unidos no invadió Venezuela. No derrocó al gobierno. No ocupó el territorio. Hizo algo más moderno: lo cercó económicamente, lo debilitó, lo aisló… y luego abrió excepciones.

Las sanciones funcionaron como un torniquete. Asfixiaron la economía venezolana hasta el colapso, empujaron a millones de personas a emigrar y dejaron al Estado sin margen de maniobra. Y cuando el país ya no podía respirar, Washington empezó a decidir cuándo aflojar. Licencias puntuales. Permisos selectivos. Empresas autorizadas a operar donde antes todo estaba prohibido.

La joya de ese sistema fue Chevron. Mientras el discurso oficial seguía hablando de democracia y derechos humanos, Chevron recibía luz verde para volver a extraer crudo venezolano. No para salvar al país, sino para asegurar suministro, estabilizar precios y mantener el flujo bajo control estadounidense. Extractivismo puro, con envoltorio diplomático.

El chavismo, por su parte, entendió el trato. Permanecer en el poder a cambio de aceptar una soberanía recortada. Gobernar lo interno mientras otros deciden lo externo. Exactamente el papel que jugaron tantos gobiernos “protegidos” a lo largo del siglo XX. No es una rendición, es una adaptación. No es una victoria, es una supervivencia.

En un protectorado, el gobierno local no es un error: es una pieza. Sirve para contener el descontento, administrar la pobreza y firmar lo que haga falta. La potencia protectora no quiere gestionar hospitales ni salarios públicos. Quiere estabilidad, acceso y previsibilidad. Todo lo demás es ruido.

Trump nunca habló de Venezuela como habló de Groenlandia. No dijo “comprar”. No dijo “anexionar”. No dijo “incorporar”. Dijo algo más ambiguo y, por eso mismo, más eficaz: presionar, castigar, negociar. El lenguaje del siglo XXI para lo que antes se llamaba dominación indirecta.

A diferencia de Groenlandia, Venezuela no podía decir “no estamos en venta” con tranquilidad. Estaba arruinada, sancionada, aislada. Y cuando un país llega a ese punto, la soberanía se convierte en un concepto negociable. No desaparece, pero se fragmenta. Un poco aquí, un poco allí. Hasta que ya no queda claro quién decide qué.

El resultado es un país formalmente independiente, con embajadas, himno y elecciones discutibles, pero con su principal recurso estratégico integrado de facto en un sistema de control externo. No hace falta un gobernador colonial cuando basta con una licencia de explotación.

Estados Unidos no necesita que Venezuela sea una democracia liberal. Necesita que sea predecible. Que no desestabilice la región. Que no entregue su petróleo a actores hostiles. Que produzca cuando conviene y se detenga cuando estorba. El resto es narrativa.

Como en Marruecos en 1912, como en Egipto en 1922, como en tantos protectorados disfrazados de transiciones, el poder real no se ejerce desde el palacio presidencial, sino desde fuera. Con contratos, sanciones, excepciones y silencios.

Trump, que parecía tan bruto cuando hablaba de comprar territorios, entendió perfectamente esto. Venezuela no se compra. Se gestiona. Se deja que el gobierno local cargue con el desgaste, mientras otros se reservan el beneficio. Es imperialismo sin épica, sin mapas nuevos, sin necesidad de justificarlo demasiado.

El mundo ya no tolera colonias. Pero sigue aceptando protectorados, siempre que no se llamen así.

Y Venezuela, hoy, se parece mucho a uno.