Cuando los imperios dejaron de conquistar territorios, aprendieron a gestionarlos. Venezuela no está ocupada ni intervenida, solo administrada a distancia, sigue teniendo presidenta chavista y bandera, pero su economía estratégica se decide fuera y el petróleo fluye hacia donde conviene. Donald Trump no necesitó comprar el país: le bastó con protegerlo a su manera.
Venezuela
no está en venta. Tampoco está ocupada. Y, sin embargo, no es del todo
soberana. Ese es el tipo de situación que siempre ha fascinado a los imperios
cuando aprenden a disimular. Donald Trump no necesitaba comprar Venezuela como
soñó con Groenlandia. Con Venezuela bastaba algo más clásico, más probado, más
colonial en el sentido elegante del término: un protectorado sin declararlo.
El
protectorado es la fórmula preferida del imperialismo cuando ya no puede
permitirse banderas, virreyes ni mapas coloreados. Es el sistema que permite
mandar sin gobernar, extraer sin administrar, decidir sin asumir
responsabilidades. Se inventó para eso y sigue funcionando sorprendentemente
bien.
Europa lo perfeccionó a principios del siglo XX. La Conferencia de Algeciras de 1906 fue uno de esos momentos fundacionales en los que varias potencias se sentaron alrededor de una mesa para repartirse un país ajeno usando palabras como “estabilidad”, “protección” y “reformas”. Marruecos no fue colonizado del todo: fue protegido. El sultán siguió en su palacio, la bandera siguió ondeando, la soberanía siguió existiendo… en abstracto. En la práctica, Francia y España decidían lo importante.
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Mapa del África colonial en 1914. Fuente.
Desde
entonces, el modelo se repitió con variaciones. Egipto, Túnez, los emiratos del
Golfo. Siempre la misma arquitectura: un poder local que gobierna lo cotidiano
y una potencia externa que controla lo esencial. Defensa, comercio exterior,
recursos estratégicos. El corazón del Estado.
Venezuela,
salvando las distancias históricas y retóricas, encaja inquietantemente bien en
ese esquema.
Trump
nunca fue un gran lector de historia imperial, pero sí un buen instintivo del
poder. Entendió rápido que el problema de Venezuela no era Nicolás Maduro, sino
el petróleo. Y que el problema del petróleo no era ideológico, sino logístico.
El chavismo podía seguir ahí —incluso convenía que siguiera— siempre que la
extracción pudiera ordenarse, controlarse y, sobre todo, canalizarse.
La
retórica fue la del enfrentamiento. “Dictadura”, “régimen ilegítimo”, “todas
las opciones sobre la mesa”. Pero la práctica fue otra. Estados Unidos no
invadió Venezuela. No derrocó al gobierno. No ocupó el territorio. Hizo algo
más moderno: lo cercó económicamente, lo debilitó, lo aisló… y luego abrió
excepciones.
Las
sanciones funcionaron como un torniquete. Asfixiaron la economía venezolana
hasta el colapso, empujaron a millones de personas a emigrar y dejaron al
Estado sin margen de maniobra. Y cuando el país ya no podía respirar,
Washington empezó a decidir cuándo aflojar. Licencias puntuales. Permisos
selectivos. Empresas autorizadas a operar donde antes todo estaba prohibido.
La
joya de ese sistema fue Chevron. Mientras el discurso oficial seguía hablando
de democracia y derechos humanos, Chevron recibía luz verde para volver a
extraer crudo venezolano. No para salvar al país, sino para asegurar
suministro, estabilizar precios y mantener el flujo bajo control
estadounidense. Extractivismo puro, con envoltorio diplomático.
El
chavismo, por su parte, entendió el trato. Permanecer en el poder a cambio de
aceptar una soberanía recortada. Gobernar lo interno mientras otros deciden lo
externo. Exactamente el papel que jugaron tantos gobiernos “protegidos” a lo
largo del siglo XX. No es una rendición, es una adaptación. No es una victoria,
es una supervivencia.
En
un protectorado, el gobierno local no es un error: es una pieza. Sirve para
contener el descontento, administrar la pobreza y firmar lo que haga falta. La
potencia protectora no quiere gestionar hospitales ni salarios públicos. Quiere
estabilidad, acceso y previsibilidad. Todo lo demás es ruido.
Trump
nunca habló de Venezuela como habló de Groenlandia. No dijo “comprar”. No dijo
“anexionar”. No dijo “incorporar”. Dijo algo más ambiguo y, por eso mismo, más
eficaz: presionar, castigar, negociar. El lenguaje del siglo XXI para lo que
antes se llamaba dominación indirecta.
A
diferencia de Groenlandia, Venezuela no podía decir “no estamos en venta” con
tranquilidad. Estaba arruinada, sancionada, aislada. Y cuando un país llega a
ese punto, la soberanía se convierte en un concepto negociable. No desaparece,
pero se fragmenta. Un poco aquí, un poco allí. Hasta que ya no queda claro
quién decide qué.
El
resultado es un país formalmente independiente, con embajadas, himno y
elecciones discutibles, pero con su principal recurso estratégico integrado de
facto en un sistema de control externo. No hace falta un gobernador colonial
cuando basta con una licencia de explotación.
Estados
Unidos no necesita que Venezuela sea una democracia liberal. Necesita que sea
predecible. Que no desestabilice la región. Que no entregue su petróleo a
actores hostiles. Que produzca cuando conviene y se detenga cuando estorba. El
resto es narrativa.
Como
en Marruecos en 1912, como en Egipto en 1922, como en tantos protectorados
disfrazados de transiciones, el poder real no se ejerce desde el palacio
presidencial, sino desde fuera. Con contratos, sanciones, excepciones y
silencios.
Trump,
que parecía tan bruto cuando hablaba de comprar territorios, entendió
perfectamente esto. Venezuela no se compra. Se gestiona. Se deja que el
gobierno local cargue con el desgaste, mientras otros se reservan el beneficio.
Es imperialismo sin épica, sin mapas nuevos, sin necesidad de justificarlo
demasiado.
El
mundo ya no tolera colonias. Pero sigue aceptando protectorados, siempre que no
se llamen así.