Donald Trump quiere comprar Groenlandia como quien señala un terreno vacío y pregunta cuánto cuesta. No es una broma, ni una excentricidad del todo: detrás hay mapas, misiles, minerales y una nueva guerra fría disfrazada de hielo. El problema es que Groenlandia ya no es un lugar al que se le pueda poner precio sin preguntar primero a quienes viven allí.
Donald
Trump descubrió Groenlandia como quien descubre un solar vacío en mitad de la
ciudad. Lo miró en el mapa, levantó una ceja y pensó: esto es grande, está mal
aprovechado y nadie parece sacarle rendimiento. A partir de ahí, todo fue
coherente dentro de su lógica. La incoherencia fue del resto del mundo, que se
empeñó en fingir sorpresa.
Dirán
ustedes, y con razón, que todos los solares tienen un título de propiedad y
están sujetos a normas urbanísticas, es decir, al Derecho. Y eso precisamente
ha aplicado Trump en Venezuela, el Derecho, pero el Derecho Romano que ya tiene
dos milenios. Aunque ya Darío el persa lo había explicado sin pelos en la
lengua, la doctrina la describieron de forma muy clara los romanos: Quien tiene
la fuerza dicta las leyes.
Groenlandia
es ese territorio que casi nadie sabe situar con precisión, pero que ocupa más
espacio en el imaginario geopolítico del que aparenta. Es enorme, helada, poco
poblada y estratégicamente extraordinaria. Está donde hay que estar si uno
quiere vigilar el Ártico, los movimientos rusos, los sueños chinos y el tráfico
futuro de barcos cuando el hielo termine de rendirse. Y, además, tiene
minerales. Muchos. De los que hacen funcionar móviles, misiles y transiciones
energéticas.
Trump
no quiso Groenlandia porque le gustaran los fiordos ni los inuit. La quiso
porque era útil y, porque, en su cabeza, los territorios útiles se compran y los
propietarios no están de acuerdo, se expropian por la fuerza. Si no, que
pregunten en Venezuela.
Estados
Unidos lleva más de un siglo mirando a Groenlandia con deseo contenido. Ya lo
intentó en el siglo XIX, cuando compró Alaska y se quedó con ganas de completar
el lote. Lo volvió a intentar tras la Segunda Guerra Mundial, ofreciendo dinero
contante y sonante a Dinamarca, que entonces ejercía de metrópoli colonial con
modales educados. Dinamarca dijo que no, con la cortesía de quien sabe que
tiene la sartén por el mango. Washington tomó nota y se quedó, al menos, con
una base militar: Thule, una pieza clave del sistema defensivo estadounidense.
Trump
no inventó nada. Lo que hizo fue quitar el barniz diplomático a una ambición
antigua. Donde otros hablaban de cooperación, él habló de compra. Donde otros
hablaban de alianzas estratégicas, él pensó en escrituras notariales. En el
fondo, era lo mismo, pero dicho sin corbata conceptual.
El
problema es que Groenlandia ya no es lo que era. Desde 1979 tiene autogobierno,
y desde 2009 aún más. Decide sobre su política interior, su economía y, lo más
importante, sobre su identidad. No se considera una colonia, sino una nación en
pausa. Su horizonte político no es cambiar de amo, sino dejar de tenerlo.
Cuando
la idea de Trump salió a la luz, la reacción en Nuuk fue rápida y seca. El
entonces primer ministro, Kim Kielsen, dijo lo que había que decir y nada más:
Groenlandia pertenece a los groenlandeses. No había ironía, ni enfado, ni
necesidad de elevar el tono. Era una obviedad expresada con la serenidad de
quien no se siente débil.
En
Groenlandia, la propuesta se interpretó como un anacronismo. No tanto una
amenaza como una falta de comprensión. Comprar un territorio en el siglo XXI
sonaba a imperio decimonónico, a mapas coloreados desde despachos lejanos, a
gente que no vive allí decidiendo el futuro de quienes sí. Precisamente lo que
los groenlandeses llevan décadas intentando dejar atrás.
Paradójicamente,
Trump les hizo un favor. De pronto, el mundo habló de Groenlandia. No como
paisaje exótico ni como bloque de hielo, sino como actor político. Muchos
jóvenes groenlandeses entendieron que, si el presidente de Estados Unidos los
quería, era porque valían algo. Y eso reforzó una idea que ya estaba ahí: la
independencia no es una fantasía, es una posibilidad lejana pero real.
En
Copenhague, la reacción fue distinta, pero no menos firme. La primera ministra
danesa, Mette Frederiksen, calificó la idea de absurda. No fue un insulto, sino
una descripción técnica. Dinamarca no puede vender Groenlandia porque
Groenlandia no es suya. No en el sentido inmobiliario que parecía interesar a
Trump.
Dinamarca
juega un papel incómodo. Quiere seguir siendo un reino unido, pero no quiere
parecer una potencia colonial. Defiende la soberanía groenlandesa, pero sabe
que su propia relevancia internacional depende, en buena medida, de esa isla
gigantesca y despoblada. Es un equilibrio delicado, y el episodio Trump obligó
a reafirmarlo públicamente.
Cuando
Trump canceló una visita oficial a Dinamarca tras el rechazo, en Copenhague se
encogieron de hombros. Se interpretó como un berrinche presidencial, no como
una crisis diplomática. Nadie tenía intención de escalar el conflicto por una
idea que nunca fue viable.
Mientras
tanto, en segundo plano, estaba el verdadero motivo de todo: el Ártico. El
hielo se derrite, las rutas marítimas se abren y los viejos mapas dejan de
servir. Rusia militariza su costa norte. China se autoproclama potencia casi
ártica y financia infraestructuras, minas y estudios científicos con la
paciencia de quien piensa a treinta años vista. Estados Unidos observa y no
quiere quedarse atrás.
Groenlandia
es el punto de apoyo perfecto. Controlarla —o al menos influir decisivamente en
ella— significa vigilar el nuevo tablero global. Trump lo entendió de la manera
más simple posible: si es importante, mejor que sea mío. Otros presidentes lo
habían pensado con frases más largas.
Hoy,
el triángulo sigue ahí. Estados Unidos refuerza su presencia diplomática y
militar en la isla. Dinamarca protege el statu quo sin cerrarle la puerta al
futuro. Groenlandia aprovecha el interés ajeno para negociar desde una posición
menos periférica. Nadie habla ya de comprarla, pero todos hablan con ella.
Trump
no consiguió Groenlandia. Ni siquiera estuvo cerca. Pero logró algo inesperado:
sacarla del congelador mental del planeta. La convirtió en noticia, en debate,
en sujeto político. Y eso, para una nación que aspira a decidir su destino, no
es poca cosa.
Quizá
dentro de unas décadas Groenlandia sea independiente. Quizá siga ligada a
Dinamarca. Quizá se convierta en un actor ártico de primer orden con voz propia
en los foros internacionales. Lo que parece claro es que no será propiedad de
nadie.
Trump,
al final, confundió el mapa con el catastro. Y el mundo se lo recordó con
educación, hielo y una sonrisa ligeramente incómoda.
Primero
vinieron a por los judíos, pero como yo no lo era, no me importó..., ¿quién nos
defendería si el dictador de Washington decidiese intervenir? ¿von der Leyen?
