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lunes, 5 de enero de 2026

TRUMP, GROENLANDIA Y EL DERECHO ROMANO

Donald Trump quiere comprar Groenlandia como quien señala un terreno vacío y pregunta cuánto cuesta. No es una broma, ni una excentricidad del todo: detrás hay mapas, misiles, minerales y una nueva guerra fría disfrazada de hielo. El problema es que Groenlandia ya no es un lugar al que se le pueda poner precio sin preguntar primero a quienes viven allí.

La mujer del ultranacionalista asesor de la Casa Blanca Stephen Miller ha desatado un roce diplomático con Dinamarca al publicar en su cuenta de X un mapa de Groenlandia, territorio convertido en la ambición de  Donald Trump, con un mensaje amenazador: "Pronto" y bajo la bandera estadounidense.

Donald Trump descubrió Groenlandia como quien descubre un solar vacío en mitad de la ciudad. Lo miró en el mapa, levantó una ceja y pensó: esto es grande, está mal aprovechado y nadie parece sacarle rendimiento. A partir de ahí, todo fue coherente dentro de su lógica. La incoherencia fue del resto del mundo, que se empeñó en fingir sorpresa.

Dirán ustedes, y con razón, que todos los solares tienen un título de propiedad y están sujetos a normas urbanísticas, es decir, al Derecho. Y eso precisamente ha aplicado Trump en Venezuela, el Derecho, pero el Derecho Romano que ya tiene dos milenios. Aunque ya Darío el persa lo había explicado sin pelos en la lengua, la doctrina la describieron de forma muy clara los romanos: Quien tiene la fuerza dicta las leyes.

Groenlandia es ese territorio que casi nadie sabe situar con precisión, pero que ocupa más espacio en el imaginario geopolítico del que aparenta. Es enorme, helada, poco poblada y estratégicamente extraordinaria. Está donde hay que estar si uno quiere vigilar el Ártico, los movimientos rusos, los sueños chinos y el tráfico futuro de barcos cuando el hielo termine de rendirse. Y, además, tiene minerales. Muchos. De los que hacen funcionar móviles, misiles y transiciones energéticas.

Trump no quiso Groenlandia porque le gustaran los fiordos ni los inuit. La quiso porque era útil y, porque, en su cabeza, los territorios útiles se compran y los propietarios no están de acuerdo, se expropian por la fuerza. Si no, que pregunten en Venezuela.

Estados Unidos lleva más de un siglo mirando a Groenlandia con deseo contenido. Ya lo intentó en el siglo XIX, cuando compró Alaska y se quedó con ganas de completar el lote. Lo volvió a intentar tras la Segunda Guerra Mundial, ofreciendo dinero contante y sonante a Dinamarca, que entonces ejercía de metrópoli colonial con modales educados. Dinamarca dijo que no, con la cortesía de quien sabe que tiene la sartén por el mango. Washington tomó nota y se quedó, al menos, con una base militar: Thule, una pieza clave del sistema defensivo estadounidense.

Trump no inventó nada. Lo que hizo fue quitar el barniz diplomático a una ambición antigua. Donde otros hablaban de cooperación, él habló de compra. Donde otros hablaban de alianzas estratégicas, él pensó en escrituras notariales. En el fondo, era lo mismo, pero dicho sin corbata conceptual.

El problema es que Groenlandia ya no es lo que era. Desde 1979 tiene autogobierno, y desde 2009 aún más. Decide sobre su política interior, su economía y, lo más importante, sobre su identidad. No se considera una colonia, sino una nación en pausa. Su horizonte político no es cambiar de amo, sino dejar de tenerlo.

Cuando la idea de Trump salió a la luz, la reacción en Nuuk fue rápida y seca. El entonces primer ministro, Kim Kielsen, dijo lo que había que decir y nada más: Groenlandia pertenece a los groenlandeses. No había ironía, ni enfado, ni necesidad de elevar el tono. Era una obviedad expresada con la serenidad de quien no se siente débil.

En Groenlandia, la propuesta se interpretó como un anacronismo. No tanto una amenaza como una falta de comprensión. Comprar un territorio en el siglo XXI sonaba a imperio decimonónico, a mapas coloreados desde despachos lejanos, a gente que no vive allí decidiendo el futuro de quienes sí. Precisamente lo que los groenlandeses llevan décadas intentando dejar atrás.

Paradójicamente, Trump les hizo un favor. De pronto, el mundo habló de Groenlandia. No como paisaje exótico ni como bloque de hielo, sino como actor político. Muchos jóvenes groenlandeses entendieron que, si el presidente de Estados Unidos los quería, era porque valían algo. Y eso reforzó una idea que ya estaba ahí: la independencia no es una fantasía, es una posibilidad lejana pero real.

En Copenhague, la reacción fue distinta, pero no menos firme. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, calificó la idea de absurda. No fue un insulto, sino una descripción técnica. Dinamarca no puede vender Groenlandia porque Groenlandia no es suya. No en el sentido inmobiliario que parecía interesar a Trump.

Dinamarca juega un papel incómodo. Quiere seguir siendo un reino unido, pero no quiere parecer una potencia colonial. Defiende la soberanía groenlandesa, pero sabe que su propia relevancia internacional depende, en buena medida, de esa isla gigantesca y despoblada. Es un equilibrio delicado, y el episodio Trump obligó a reafirmarlo públicamente.

Cuando Trump canceló una visita oficial a Dinamarca tras el rechazo, en Copenhague se encogieron de hombros. Se interpretó como un berrinche presidencial, no como una crisis diplomática. Nadie tenía intención de escalar el conflicto por una idea que nunca fue viable.

Mientras tanto, en segundo plano, estaba el verdadero motivo de todo: el Ártico. El hielo se derrite, las rutas marítimas se abren y los viejos mapas dejan de servir. Rusia militariza su costa norte. China se autoproclama potencia casi ártica y financia infraestructuras, minas y estudios científicos con la paciencia de quien piensa a treinta años vista. Estados Unidos observa y no quiere quedarse atrás.

Groenlandia es el punto de apoyo perfecto. Controlarla —o al menos influir decisivamente en ella— significa vigilar el nuevo tablero global. Trump lo entendió de la manera más simple posible: si es importante, mejor que sea mío. Otros presidentes lo habían pensado con frases más largas.

Hoy, el triángulo sigue ahí. Estados Unidos refuerza su presencia diplomática y militar en la isla. Dinamarca protege el statu quo sin cerrarle la puerta al futuro. Groenlandia aprovecha el interés ajeno para negociar desde una posición menos periférica. Nadie habla ya de comprarla, pero todos hablan con ella.

Trump no consiguió Groenlandia. Ni siquiera estuvo cerca. Pero logró algo inesperado: sacarla del congelador mental del planeta. La convirtió en noticia, en debate, en sujeto político. Y eso, para una nación que aspira a decidir su destino, no es poca cosa.

Quizá dentro de unas décadas Groenlandia sea independiente. Quizá siga ligada a Dinamarca. Quizá se convierta en un actor ártico de primer orden con voz propia en los foros internacionales. Lo que parece claro es que no será propiedad de nadie.

Trump, al final, confundió el mapa con el catastro. Y el mundo se lo recordó con educación, hielo y una sonrisa ligeramente incómoda.

Primero vinieron a por los judíos, pero como yo no lo era, no me importó..., ¿quién nos defendería si el dictador de Washington decidiese intervenir? ¿von der Leyen?