Durante años se repitió que la presión de Estados Unidos sobre Venezuela tenía una causa noble: frenar las drogas que matan a miles de estadounidenses cada año. Era una explicación cómoda, fácil de vender y difícil de discutir. El problema es que los datos cuentan otra historia. Como ocurrió con las armas de destrucción masiva en Irak o con el hundimiento del Maine en Cuba, la razón invocada no explica la intervención: solo la hace presentable.
Durante
años Trump y sus palmeros repitieron que la presión de Estados Unidos sobre
Venezuela respondía a una urgencia moral: frenar el narcotráfico que envenena a
su sociedad. Era un argumento impecable. Nadie quiere aparecer defendiendo a
los traficantes. Nadie cuestiona una cruzada que se presenta como sanitaria y
protectora. Precisamente por eso funcionó. Como funcionan siempre las buenas
coartadas.
La
frase que inspiró el título de este artículo se atribuye a James Carville,
asesor de Bill Clinton. “¡Es la economía, estúpido!” servía para recordar que,
por debajo del ruido, había una causa real. Con Venezuela ocurre algo parecido,
pero a la inversa. Se habló de drogas para no hablar de lo que importaba. Y lo
que importaba no era la droga.
La
“guerra contra las drogas” es una idea cómoda. Permite señalar hacia fuera un
problema que nace dentro. Permite militarizar fronteras, sancionar países,
tutelar economías y presentarlo todo como una defensa de la vida. Es una
retórica con décadas de rodaje. Y, como todas las retóricas exitosas, resiste
mal el contraste con los datos.
Si
uno mira las cifras con un mínimo de serenidad, el argumento se derrumba. La
sustancia que más mata hoy en Estados Unidos no es la cocaína que cruza selvas
ni la heroína de viejas películas. Es el fentanilo, un opioide sintético que
provoca decenas de miles de muertes al año. No se cultiva en Venezuela. No se
refina en Venezuela. Ni siquiera necesita grandes territorios rurales. Es un
producto industrial, químico, fácil de transportar, que responde a una lógica
muy distinta a la del narcotráfico clásico.
Tampoco
la metanfetamina —otro de los grandes problemas actuales— tiene en Venezuela su
origen ni su ruta principal. Ni siquiera la cocaína, cuyo viaje hacia el norte
lleva décadas trazado, encuentra en Caracas un punto decisivo. El relato que
convierte a Venezuela en nudo central del envenenamiento estadounidense no es
falso por completo: es irrelevante.
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| Rutas principales de entrada de drogas en Estados Unidos, según el National Drug Threat Assessment de la DEA, la Agencia antidrogas de Estados Unidos. Elaboración propia. |
La
mayor parte del fentanilo, la metanfetamina y la cocaína que llegan al mercado
estadounidense se producen o procesan fuera de Venezuela y entran por rutas
dominadas por organizaciones criminales en México.
La
gráfica, basada en informes de la DEA, no acusa a nadie. Solo muestra flujos. Y
los flujos dicen otra cosa. Dicen que el problema no está donde se señaló con
más énfasis político. Dicen que la presión sobre Venezuela no guarda proporción
con su papel real en la tragedia.
Si
el objetivo fuese salvar vidas, el enemigo prioritario estaría en otro sitio.
Estaría en el alcohol y el tabaco. El alcohol provoca en Estados Unidos más
muertes anuales que todas las drogas ilegales juntas. El tabaco, muchas más.
Son sustancias legales, reguladas, fiscalizadas, anunciadas en horarios
protegidos. No generan guerras ni sanciones porque están integradas en la
economía y en la cultura. No sirven como coartada porque no permiten
externalizar la culpa.
Las sustancias legales matan más, pero no sirven como coartada.
El
alcohol mata despacio, con elegancia social. El tabaco mata con contratos
largos y rentables. El fentanilo mata rápido y sin glamur, y por eso
escandaliza. Pero incluso ese escándalo se administra con cuidado. Se habla de
traficantes, de fronteras, de países problemáticos. Mucho menos de sistemas de
salud, de desigualdad, de desesperación social o de decisiones regulatorias.
Venezuela
aparece ahí como un escenario útil. Un país debilitado, sancionado, aislado, al
que se puede señalar sin coste interno. Decir “Venezuela” permite no decir
“Detroit”, “Ohio” o “Filadelfia”. Permite convertir una crisis social en un
problema de seguridad exterior.
No
es un mecanismo nuevo. En 1898, Estados Unidos necesitó una razón para
intervenir en Cuba. La encontró en la explosión del USS Maine. Aquello bastó.
Años después se supo que las causas eran, como mínimo, dudosas. Pero la
intervención ya estaba hecha y el relato había cumplido su función.
En
2003, la excusa fueron las armas de destrucción masiva en Irak. No aparecieron
nunca. No hizo falta. La operación se justificó igual. La lógica es la misma:
una amenaza presentada como indiscutible, una intervención presentada como
inevitable, y una rectificación que llega cuando ya no importa.
Con
Venezuela, las drogas cumplen ese papel. No son la causa real, pero son una
causa aceptable. Nadie protesta cuando se invoca la protección de los jóvenes y
la salud pública. Nadie pide demasiadas pruebas cuando se habla de
narcotráfico.
Mientras
tanto, lo esencial ocurre en otro plano. Estados Unidos no necesitaba cambiar
el gobierno venezolano para lograr sus objetivos. Le bastaba con algo más
sutil: mantenerlo, presionarlo y administrarlo. Sanciones duras primero.
Asfixia económica después. Y, cuando conviene, excepciones selectivas.
Licencias. Permisos. Ventanas abiertas para quien interesa.
Ese
esquema se parece mucho a lo que antes se llamaba un protectorado. Un gobierno
local que gestiona el desgaste y una potencia externa que controla lo
estratégico. No hace falta ocupar el territorio ni izar banderas. Basta con
decidir cuándo se vende, cuándo se compra y quién puede hacerlo. Es
imperialismo de bajo perfil, sin épica ni desfiles.
En
ese contexto, la lucha contra las drogas no es una política sanitaria, sino un
lenguaje. Un idioma que permite intervenir sin decir “intervenir”, controlar
sin decir “controlar” y extraer sin decir “extraer”. Un idioma que oculta mejor
que explica.
Lo
irónico es que, mientras se dramatiza la amenaza externa, el daño interno sigue
su curso. El alcohol continúa matando a razón de cientos de miles. El tabaco
sigue siendo el principal asesino prevenible del país. Y el fentanilo, que sí
merece alarma, exige soluciones que no pasan por sancionar a Caracas.
Nada
de esto convierte a Venezuela en inocente ni a su gobierno en ejemplar. No va
de eso. Va de entender por qué se elige una explicación y no otra. Va de
observar cómo ciertas causas se exageran porque son útiles y otras se minimizan
porque son incómodas.
Las
drogas no explican Venezuela. Venezuela explica cómo funcionan las coartadas.
Como el Maine, como las armas inexistentes, como tantas otras razones que
sirvieron para actuar sin decir del todo por qué.
No eran las drogas. Como
casi nunca es lo que se dice.
