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lunes, 5 de enero de 2026

VENEZUELA: NO ERA CHINA, COMO TAMPOCO ERAN LAS DROGAS

Durante años se explicó la presión sobre Venezuela con dos argumentos difíciles de discutir: el narcotráfico y la amenaza china. Ambos sonaban convincentes, ambos apelaban al miedo y ambos desviaban la mirada de lo esencial. Como en otras ocasiones de la historia, las razones invocadas no explicaban la intervención: la hacían aceptable.

Durante mucho tiempo se insistió en que Venezuela estaba en peligro de caer en manos de China. No como socio comercial, no como acreedor exigente, sino como algo más inquietante: una colonia encubierta, una avanzada del dragón en el hemisferio occidental, una cabeza de puente a dos pasos de Florida. La idea funcionó. Como funcionan siempre las ideas simples cuando se aplican a mapas complejos.

China apareció así como la amenaza definitiva: “comunista”, lejana, opaca y enorme. Un enemigo perfecto. El problema es que, una vez más, los datos, la geografía y la logística cuentan otra historia. Mucho menos cinematográfica y bastante más aburrida. Y por eso mismo, más verosímil.

China es, sin duda, una potencia colosal. Pero no todas las potencias saben —ni quieren— colonizar. Y China es un ejemplo casi de manual de poder grande con limitaciones estructurales.

La primera es geográfica. China mira al mundo desde el Pacífico, un océano que no controla. Toda su salida marítima está constreñida por un rosario de estrechos, archipiélagos y aliados de Estados Unidos. Japón, Corea del Sur, Filipinas, Taiwán. Cada ruta comercial importante pasa por puntos fácilmente vigilables y, llegado el caso, bloqueables. No es casualidad que Pekín hable tanto de seguridad marítima: su prosperidad depende de que otros no cierren la puerta.

En eso, China se parece más a Rusia de lo que suele admitirse. Un país enorme, con ambiciones globales, pero con accesos al mundo exterior frágiles. Rusia solo sale a los océanos por estrechos controlados por otros o por mares que se congelan medio año. China sale por mares llenos de banderas ajenas. Ninguna de las dos es una potencia oceánica cómoda. Y sin océanos seguros, colonizar lejos es una fantasía cara.

La segunda limitación es cultural, y suele ignorarse. China no tiene tradición colonial de poblamiento. No envía millones de ciudadanos a asentarse en tierras lejanas, no exporta su lengua como instrumento de dominio, no crea administraciones coloniales. El chino medio no sueña con vivir en Caracas, Luanda o Lima. Sueña con prosperar en Shenzhen, Shanghái o Chengdu.

Donde China llega, no gobierna: contrata. Construye infraestructuras, presta dinero, firma acuerdos, compra materias primas. Su presencia es económica, no demográfica. Técnica, no sentimental. Puede ser dura como acreedor, oportunista como socio y cínica como potencia, pero no actúa como imperio clásico. No ocupa territorios ni administra sociedades. Externaliza riesgos y minimiza compromisos.

La tercera limitación —la decisiva— es demográfica. China tiene que alimentar y sostener a 1 400 millones de personas. No solo darles de comer, sino ofrecerles una vida razonablemente estable, con expectativas, consumo y futuro. Eso convierte cualquier aventura exterior en un riesgo interno. Cada crisis comercial es una amenaza social. Cada guerra lejana, un lujo peligroso.

China lo sabe. Por eso su ejército, pese a su tamaño, es fundamentalmente defensivo y disuasorio, no expedicionario. No está diseñado para ocupar países a diez mil kilómetros, sino para evitar que otros se acerquen demasiado a casa. Muy distinto del modelo estadounidense, construido durante décadas para proyectar fuerza lejos, mantener bases, sostener alianzas militares y asumir costes externos.

Con ese panorama, la idea de una China “colonizando” Venezuela resulta, como mínimo, exagerada. Venezuela está en el hemisferio occidental, a pocas horas de vuelo de Estados Unidos, integrada histórica, económica y culturalmente en su órbita. Pensar que Pekín podría sustituir a Washington como poder estructurante allí implica ignorar algo elemental: la logística manda más que la ideología.

¿Qué ha sido entonces China en Venezuela? Un acreedor paciente, un comprador de petróleo, un socio alternativo cuando el acceso a Occidente se cerró. También una carta que el chavismo agitó para demostrar que no estaba solo. Pero nunca un tutor político real, nunca un garante de seguridad, nunca un sustituto imperial.

La narrativa de la “amenaza china” ha cumplido otra función: completar el cuadro de coartadas. Primero fueron las drogas. Luego la democracia. Después los derechos humanos. Finalmente, China. Cada argumento, tomado por separado, tiene algo de verdad. Juntos forman una explicación demasiado conveniente.

Es el mismo mecanismo que funcionó otras veces. En Cuba fue el hundimiento del Maine. En Irak, las armas de destrucción masiva. En Venezuela, las drogas y el dragón. La excusa cambia; la arquitectura permanece. Se identifica una amenaza externa clara, se simplifica el conflicto y se presenta la intervención —o la presión— como una necesidad moral.

Pero cuando uno baja al terreno de los números y los flujos reales, el relato se resquebraja. Las drogas que más matan en Estados Unidos no vienen de Venezuela. La potencia extranjera que más influye en su entorno inmediato no es China. Y los problemas que desgarran su tejido social no se explican desde Caracas ni desde Pekín.

China tampoco sirve bien como villano absoluto cuando se la mira con calma. Es demasiado prudente, demasiado dependiente del comercio global, demasiado concentrada en sí misma. No es una potencia misionera. No exporta revoluciones ni modelos políticos. Exporta contratos.

Nada de esto convierte a China en benévola ni a Venezuela en víctima inocente. No va de absolver, sino de entender. De separar los intereses reales de los relatos útiles. De asumir que, en geopolítica, las explicaciones más repetidas suelen ser las menos importantes.

Venezuela no era un campo de batalla entre imperios. Era —y es— un país en crisis, con un recurso estratégico fundamental y una posición simbólica potente. Estados Unidos no necesitaba invadirlo ni derrocar a su gobierno para proteger sus intereses. Le bastaba con presionar, sancionar, administrar y, cuando convenía, abrir excepciones. Un control sin ocupación. Un tutelaje sin bandera.

China, mientras tanto, observó, negoció y cobró cuando pudo. Sin soldados, sin bases, sin colonos. Como lo que es: una potencia enorme, sí, pero profundamente consciente de sus límites.

No eran las drogas. No era China. Nunca suele ser lo que se dice. Y quizá esa sea la única constante de la geopolítica que realmente merece la pena recordar.