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domingo, 15 de marzo de 2026

HEZBOLÁ, EL PARTIDO DE DIOS

 

Las banderas de Hezbolá ondean en el sur de Beirut

La huida de sus hogares de cientos de miles de civiles libaneses no es un simple daño colateral del enfrentamiento militar de Estados Unidos e Israel con Irán, sino que supone un nuevo y trágico fracaso en el respeto al derecho internacional y un peligroso factor de desestabilización para un país de cinco millones de habitantes, muy fragmentado política y religiosamente, que no acaba de sacudirse el estigma de la guerra.

La población libanesa es rehén del nuevo enfrentamiento a gran escala entre Hezbolá e Israel, que no parecen tener miramiento alguno con una ciudadanía extenuada tras años de hostilidades. Esta vez, al control férreo de los milicianos islamistas se le suman las órdenes israelíes de evacuación, que vulneran claramente el derecho internacional humanitario. Si la milicia se opone al desplazamiento forzoso de civiles no es por cuestiones morales sino porque pierde una cobertura de la que se ha aprovechado durante décadas.

Ocho países en el mundo entre ellos Estados Unidos han incluido a toda la organización de Hezbolá o Hizbulá dentro de la lista de grupos terroristas. Otros, como los veintiocho de la Unión Europea, Australia o Argentina lo han hecho solo con el brazo armado. No obstante, el propio Hezbolá no establece diferencia entre sus distintas ramas y la consideran parte de un todo. Para muchos observadores, la compleja organización a veces parece un “estado dentro de un Estado”. Quizá por eso se ha convertido en un actor de vital importancia en toda la región: forma parte del llamado “creciente chií”.

Desde sus inicios, el movimiento ha mantenido un gran secretismo sobre sus estructuras. Hezbolá, que en árabe significa el Partido de Dios, surgió en un contexto de guerra civil como el gran movimiento de protección de la comunidad chií libanesa bajo el patrocinio del Irán del ayatolá Jomeini. Treinta y cuatro años después, la organización libanesa se ha convertido en un actor determinante en la vida del país.

Su origen se fecha en 1982, como resultado de la unión de varios grupos religiosos chiís de Líbano, la mayoría de ellos financiados por Irán, y la incorporación de algunos desencantados del popular y más moderado grupo chií, Amal. Sin embargo, no se formalizó hasta que en febrero de 1985 estos grupos publicaron la “Carta Abierta a los Oprimidos en el Líbano y el Mundo” en la que afirmaba que su razón de ser era la expulsión de los ocupantes israelíes de Líbano, Palestina y Jerusalén. El manifiesto se revisó en 2009 para eliminar la parte que reclamaba un Estado islámico y afirmar el compromiso de Hezbolá de trabajar dentro del marco de un Estado libanés multisectario, dando lugar al autoproclamado Partido de Dios.

Desde su creación, Hezbolá ha mantenido tres pilares ideológicos que inspiran sus decisiones estratégicas: La resistencia contra Israel, el Islam como sistema absoluto y la obediencia al líder espiritual de Irán (Waly al Faquih) que en sus inicios fue el ayatolá Jomeini y ahora es Alí Jamenei hijo. La organización fue asesorada y formada por las tropas de élite de Irán, los Guardianes de la Revolución, y aún siguen recibiendo su asesoramiento, entrenamiento y apoyo. De hecho, el escudo de Hezbolá y el de las tropas de elite iraní guardan una gran similitud.

La cadena de mando del Partido de Dios está construida a modo y manera de la iraní. Los máximos dirigentes forman el Consejo Consultivo, compuesto por siete miembros, la mayoría de ellos clérigos formados en escuelas coránicas chiíes de Irán e Irak. Entre ellos hay un primus inter pares, el secretario general, con atribuciones especiales, y un vicesecretario general. De este Consejo dependen todas las decisiones estratégicas y sólo rinde cuentas al líder espiritual de Irán, aunque en la práctica lo combina con su propia hoja de ruta doméstica.

Bajo el Consejo Consultivo se organiza un Departamento político y administrativo que coordina a cinco consejos —el judicial, el parlamentario, el ejecutivo, el ‘politburó’ y el de la ‘Jihad’—con atribuciones en las respectivas materias.

La mayor fuerza de Hezbolá reside en el fuerte apoyo social con el que cuenta. En buena medida, esa influencia la logra por su capacidad de ofrecer las asistencias propias de un Estado allí donde no llega (o no se lo permiten) el Estado libanés. Los beneficiados son las clases más humildes, nutridas en su mayoría por chiíes. Allí, su presencia política, social o militar es constante y tenaz.

La organización tiene escuelas, hospitales, centros de salud, cadenas de televisión y servicios policiales con los que ofrece asistencia a los sectores de la población que habitan los territorios que dominan. Por eso se acostumbra a calificar a Hezbolá como un “estado paralelo”, que, como si fueran ministerios, se organiza en ocho unidades (social, sanitaria, educación, sindical, finanzas, relaciones exteriores, información y coordinación) desplegadas en tres regiones: los suburbios de Beirut, el Valle de la Beqaa y el sur de Líbano.

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Hezbolá cuenta con un Consejo Militar que solo rinde cuentas al Consejo Consultivo, y que coordina otras dos estructuras: un órgano de seguridad interna y un ejército miliciano llamado Resistencia Islámica. El órgano de seguridad interna actúa como una suerte de servicio secreto tentacular. Su composición es alto secreto y la desconocen incluso para algunos mandos de máximo nivel de la organización. Según varios autores, depende directamente del secretario general de Hezbolá, actualmente Naim Qassem.

La Resistencia Islámica es el poderoso ejército guerrillero de la organización. Ha sido la única fuerza militar capaz de plantar cara a Israel desde que las tropas jordanas llegaran a las puertas de Jerusalén en 1948. Lo hizo en la guerra de Líbano de 2006, que terminó con la retirada israelí. Se desconoce el número de milicianos con los que cuenta. Según el Gulf Research Centre de Catar, entre 6.000 y 15.000 milicianos. Según la agencia de noticias iraní Fars, son más de 65.000. Realmente es difícil de saber ya que ambas cifras proceden de fuentes interesadas.

La Resistencia Islámica es disciplinada y altamente cualificada. Maestra en la guerra de guerrillas, cuenta con todo tipo de batallones y divisiones, desde soldados rasos o francotiradores entrenados por Irán, a divisiones especializadas en el lanzamiento de misiles y cohetes. La organización cuenta además con un sofisticado armamento que consigue adaptar a las circunstancias. Desde cohetes Katyusha (una versión del Grad) hasta misiles Fajr-3, Fadjr 5 y Zelzal 1 de fabricación iraní, con un alcance de 150 kilómetros.

Junto con Irán, Hezbolá es uno de los actores que conforman lo que algunos expertos han llamado ‘el “creciente chií”. Aunque la organización trata de marcar independencia en cuestiones estratégicas y apuesta más por la “agenda doméstica”, su obediencia al líder supremo iraní le compromete en estrategia regional con Irán, su gran patrocinador.

El cordón umbilical que le une a Teherán era la desaparecida Siria de Asad, socio y aliado que le concedía una continuidad territorial entre Irán y Líbano. De ahí que el compromiso de la organización en la guerra siria fuera también una cuestión de supervivencia. Con la caída del régimen de Bachar Al Asad, ese vínculo tan estrecho ha mermado mucho y la relación ha enfrentado tensiones recientes y cambios significativos.

A principios de 2026 han surgido enfrentamientos directos en la zona fronteriza sirio-libanesa, con el ejército sirio tomando medidas contra el contrabando y milicianos de Hezbolá en áreas como Al-Qusayr. En marzo de 2026, el ejército sirio ha acusado a Hezbolá de disparar proyectiles contra su territorio. A pesar de estos choques de intereses en la frontera, ambos siguen siendo parte de la alianza estratégica contra Israel en la región.