| Las banderas de Hezbolá ondean en el sur de Beirut |
La huida de sus hogares de cientos de miles de civiles
libaneses no es un simple daño colateral del enfrentamiento militar de Estados
Unidos e Israel con Irán, sino que supone un nuevo y trágico fracaso en el
respeto al derecho internacional y un peligroso factor de desestabilización
para un país de cinco millones de habitantes, muy
fragmentado política y religiosamente, que no acaba de sacudirse el estigma
de la guerra.
La población libanesa es rehén
del nuevo enfrentamiento a gran escala entre Hezbolá e Israel, que no parecen
tener miramiento alguno con una ciudadanía extenuada tras años de hostilidades.
Esta vez, al control férreo de los milicianos islamistas se le suman las
órdenes israelíes de evacuación, que vulneran claramente el derecho
internacional humanitario. Si la milicia se opone al desplazamiento forzoso de
civiles no es por cuestiones morales sino porque pierde una cobertura de la que
se ha aprovechado durante décadas.
Ocho países en el mundo entre
ellos Estados Unidos han incluido a toda la organización de Hezbolá o Hizbulá
dentro de la lista de grupos terroristas. Otros, como
los veintiocho de la Unión Europea, Australia o Argentina lo han hecho solo
con el brazo armado. No obstante, el propio Hezbolá no establece diferencia
entre sus distintas ramas y la consideran parte de un todo. Para muchos
observadores, la compleja organización a veces parece un “estado dentro de un
Estado”. Quizá por eso se ha convertido en un actor de vital importancia en
toda la región: forma parte del llamado “creciente chií”.
Desde sus inicios, el movimiento
ha mantenido un gran secretismo sobre sus estructuras. Hezbolá, que en árabe
significa el Partido de Dios, surgió en un contexto de guerra civil como el
gran movimiento de protección de la comunidad chií libanesa bajo el patrocinio
del Irán del ayatolá Jomeini. Treinta y cuatro años después, la organización
libanesa se ha convertido en un actor determinante en la vida del país.
Su origen se fecha en 1982, como
resultado de la unión de varios grupos religiosos chiís de Líbano, la mayoría
de ellos financiados por Irán, y la incorporación de algunos desencantados del
popular y más moderado
grupo chií, Amal. Sin embargo, no se formalizó hasta que en febrero de 1985
estos grupos publicaron la “Carta
Abierta a los Oprimidos en el Líbano y el Mundo” en la que afirmaba que su
razón de ser era la expulsión de los ocupantes israelíes de Líbano, Palestina y
Jerusalén. El manifiesto se revisó en 2009 para eliminar la parte que reclamaba
un Estado islámico y afirmar el compromiso de Hezbolá de trabajar dentro del
marco de un Estado libanés multisectario, dando lugar al autoproclamado Partido
de Dios.
Desde su creación, Hezbolá ha
mantenido tres pilares ideológicos que inspiran sus decisiones estratégicas: La
resistencia contra Israel, el Islam como sistema absoluto y la obediencia al
líder espiritual de Irán (Waly al Faquih) que en sus inicios fue el
ayatolá Jomeini y ahora es Alí Jamenei hijo. La organización fue asesorada y
formada por las tropas de élite de Irán, los Guardianes de la Revolución, y aún
siguen recibiendo su asesoramiento, entrenamiento y apoyo. De hecho, el escudo
de Hezbolá y el de las tropas de elite iraní guardan una gran similitud.
La cadena de mando del Partido de
Dios está construida a modo y manera de la iraní. Los máximos dirigentes forman
el Consejo Consultivo, compuesto por siete miembros, la mayoría de ellos
clérigos formados en escuelas coránicas chiíes de Irán e Irak. Entre ellos hay
un primus inter pares, el secretario general, con atribuciones
especiales, y un vicesecretario general. De este Consejo dependen todas las
decisiones estratégicas y sólo rinde cuentas al líder espiritual de Irán,
aunque en la práctica lo combina con su propia hoja de ruta doméstica.
Bajo el Consejo Consultivo se
organiza un Departamento político y administrativo que coordina a cinco
consejos —el judicial, el parlamentario, el ejecutivo, el ‘politburó’ y el de
la ‘Jihad’—con atribuciones en las respectivas materias.
La mayor fuerza de Hezbolá reside
en el fuerte apoyo social con el que cuenta. En buena medida, esa influencia la
logra por su capacidad de ofrecer las asistencias propias de un Estado allí
donde no llega (o no se lo permiten) el Estado libanés. Los beneficiados son
las clases más humildes, nutridas en su mayoría por chiíes. Allí, su presencia
política, social o militar es constante y tenaz.
La organización tiene escuelas,
hospitales, centros de salud, cadenas de televisión y servicios policiales con
los que ofrece asistencia a los sectores de la población que habitan los
territorios que dominan. Por eso se acostumbra a calificar a Hezbolá como un “estado
paralelo”, que, como si fueran ministerios, se organiza en ocho unidades
(social, sanitaria, educación, sindical, finanzas, relaciones exteriores,
información y coordinación) desplegadas en tres regiones: los suburbios de
Beirut, el Valle de la Beqaa y el sur de Líbano.
Ver
Hezbolá en un mapa más grande
Hezbolá cuenta con un Consejo
Militar que solo rinde cuentas al Consejo Consultivo, y que coordina otras dos
estructuras: un órgano de seguridad interna y un ejército miliciano llamado Resistencia
Islámica. El órgano de seguridad interna actúa como una suerte de servicio secreto
tentacular. Su composición es alto secreto y la desconocen incluso para algunos
mandos de máximo nivel de la organización. Según varios autores, depende
directamente del secretario
general de Hezbolá, actualmente Naim Qassem.
La Resistencia Islámica es el
poderoso ejército guerrillero de la organización. Ha sido la única fuerza
militar capaz de plantar cara a Israel desde que las tropas jordanas llegaran a
las puertas de Jerusalén en 1948. Lo hizo en la guerra de Líbano de 2006, que
terminó con la retirada israelí. Se desconoce el número de milicianos con los
que cuenta. Según el Gulf Research Centre de Catar, entre 6.000 y 15.000
milicianos. Según la agencia de noticias iraní Fars, son más de 65.000.
Realmente es difícil de saber ya que ambas cifras proceden de fuentes
interesadas.
La Resistencia Islámica es
disciplinada y altamente cualificada. Maestra en la guerra de guerrillas,
cuenta con todo tipo de batallones y divisiones, desde soldados rasos o
francotiradores entrenados por Irán, a divisiones especializadas en el
lanzamiento de misiles y cohetes. La organización cuenta además con un
sofisticado armamento que consigue adaptar a las circunstancias. Desde cohetes
Katyusha (una versión del Grad) hasta misiles Fajr-3, Fadjr 5 y Zelzal 1 de
fabricación iraní, con un alcance de 150 kilómetros.
Junto con Irán, Hezbolá es uno de
los actores que conforman lo que algunos expertos han llamado ‘el “creciente
chií”. Aunque la organización trata de marcar independencia en cuestiones
estratégicas y apuesta más por la “agenda doméstica”, su obediencia al líder
supremo iraní le compromete en estrategia regional con Irán, su gran
patrocinador.
El cordón umbilical que le une a
Teherán era la desaparecida Siria de Asad, socio y aliado que le concedía una
continuidad territorial entre Irán y Líbano. De ahí que el compromiso de la
organización en la guerra siria fuera también una cuestión de supervivencia.
Con la caída del régimen de Bachar Al Asad, ese vínculo tan estrecho ha mermado
mucho y la relación ha enfrentado tensiones recientes y cambios significativos.
A principios de 2026 han surgido enfrentamientos directos en la zona fronteriza sirio-libanesa, con el ejército sirio tomando medidas contra el contrabando y milicianos de Hezbolá en áreas como Al-Qusayr. En marzo de 2026, el ejército sirio ha acusado a Hezbolá de disparar proyectiles contra su territorio. A pesar de estos choques de intereses en la frontera, ambos siguen siendo parte de la alianza estratégica contra Israel en la región.