Nuestro sistema nervioso central (SNC)
está dividido en dos. El SN somático controla de forma voluntaria los
movimientos y la sensación consciente. El SN autónomo regula funciones
involuntarias (cardíacas, respiratorias, digestivas, glandulares) que escapan
al control de nuestra voluntad. En ambos casos, la vía de transmisión de los
impulsos nerviosos son unas células especializadas, las neuronas.
En el siglo XVIII, los
anatomistas habían desarrollado experiencia en la disección de cadáveres e
identificado dos pares de nervios que provenían de la médula espinal y se
conectaban con el corazón, los pulmones y los riñones. Esos pares son fibras (prolongaciones
largas de las neuronas) simpáticas que salen de la médula para formar los nervios
cardiopulmonares (ramas cardíacas y pulmonares derecha e izquierda que inervan
corazón y pulmones) y los nervios renales (ramas simpáticas renales) que inervan
los riñones.
Dado que no controlamos
conscientemente estos órganos, desde los primeros hallazgos de los anatomistas estos
nervios se denominaron «autónomos», a diferencia de los nervios «somáticos» que
controlan nuestros movimientos musculares voluntarios. La primera pista sobre
el funcionamiento de los nervios autónomos provino del descubrimiento clásico
de Luigi Galvani, un médico y fisiólogo italiano quien, en la
década de 1780, comprobó que la chispa de un generador electrostático hacía que
la pata amputada de una rana se contrajera al tocarla con metales conductores,
lo que sugería que la electricidad circulaba por un nervio; Galvani atribuyó el
fenómeno a una “electricidad animal” inherente a los tejidos, sentando así las
bases de la bioelectricidad y dirigiendo el desarrollo de la electrofisiología
y la comprensión de señales eléctricas en nervios y músculos en la medicina
moderna.
En la década de 1840, el
anatomista alemán Eduard Weber usó una batería, que había sido desarrollada por
Alessandro Volta, para estimular el nervio vago en perros. El nervio vago es un
nervio mixto del sistema autónomo cuyos principales componentes motores son la inervación
de los músculos de la faringe y laringe, del tórax y el abdomen superior (produce
broncoconstricción y aumenta la secreción y motilidad gastrointestinal) y la
del corazón (reduce la frecuencia cardíaca y modula la contractilidad cardíaca.
Lo que Weber comprobó por primera
vez es que la estimulación del vago ralentizaba la actividad del corazón. Unos
años más tarde, Moritz Schiff, en un experimento similar, estimuló otro
conjunto de nervios que hicieron que el corazón se acelerara. En ese momento quedó
claro que un mensaje viajaba por un nervio a través de una corriente eléctrica,
pero había un enigma.
En la década de 1880, cuando Santiago Ramón y Cajal, con una paciencia y una habilidad infinitas, observó al microscopio células nerviosas teñidas comprobó que las prolongaciones
de las neuronas vecinas no contactaban directamente, sino que estaban separadas
por un pequeño espacio que el neurofisiólogo británico Charles Sherrington
llamó más tarde la "sinapsis", del griego para "unir". Si
existía ese espacio, ¿cómo pasaba el mensaje eléctrico de una célula nerviosa a
otra? La hipótesis que parecía más racional era que de alguna manera desconocida
un impulso eléctrico circulaba a través del espacio.
El desmantelamiento de esa hipótesis comenzó cuando en 1901 el químico japonés Jokichi Takamine logró extraer adrenalina de las glándulas suprarrenales. John Langley, en Cambridge, hizo entonces la fascinante observación de que inyectar adrenalina en el cuerpo tenía el mismo efecto que estimular el nervio que acelera el corazón. Su discípulo Thomas Elliott conjeturó que quizás el mensaje entre las células nerviosas que hace que el corazón se acelere se transmite por una célula nerviosa que libera adrenalina para estimular a la siguiente célula nerviosa y así sucesivamente.
En 1907, el farmacólogo Walter Dixon, también en Cambridge, estimuló el nervio vago de una rana, extrajo el
corazón, lo trituró e hizo un extracto que luego aplicó al corazón palpitante
de otra rana y demostró que se ralentizaba. Pero extrañamente Dixon no
relacionó su observación con la actividad nerviosa. Casi al mismo tiempo, Henry Dale demostró que la acetilcolina, un compuesto que se encuentra de forma
natural en el hongo del cornezuelo del centeno que había sido sintetizado por
Adolf von Baeyer en 1867, ralentizaba el corazón exactamente igual que la
estimulación del nervio vago.
Y ahora hagamos una digresión. En
la madrugada del 12 de marzo de 1938, un brutal asalto de unos agentes de la
Gestapo sacó de la cama a Otto Loewi, un científico alemán, y lo arrastraron a
la cárcel. ¿Su delito? Era judío. Poco importaba que dos años antes le
hubieran concedido el Premio Nobel por un experimento histórico destinado a
cambiar el curso de la medicina. Tras pasar meses encarcelado por los nazis,
durante los cuales sufrió una pérdida de peso extrema, Loewi fue liberado con
la condición de que entregara todas sus posesiones, incluido el dinero del
Premio Nobel, a los nazis. Terminó en Estados Unidos como inmigrante y continuó
contribuyendo a la ciencia hasta su muerte en 1961.
Mucho antes de ser apresado por
los nazis, Loewi había abandonado la medicina clínica para dedicarse a la
bioquímica y la farmacología, y había alcanzado un considerable reconocimiento
con su demostración de que el cuerpo podía utilizar los aminoácidos del
metabolismo de las proteínas ingeridas en la dieta para sintetizar las
proteínas que necesita. En 1909, Loewi aceptó un puesto en la Universidad de
Graz, Austria, donde se centró en comprender el sistema nervioso. Sus estancias en Inglaterra, donde aprendió al lado de Elliot y Dale, le habían despertado el
interés sobre los neurotransmisores.
Según él mismo cuenta en su
autobiografía, el 2 de abril de 1921 se despertó en plena noche y tomó
notas sobre un sueño sobre él mismo realizando un experimento pionero.Al día siguiente no recordaba el sueño ni podía leer la nota que había
garabateado. La noche siguiente, se despertó de nuevo de madrugada después de
haber soñado con diseñar un experimento para comprobar una hipótesis que había
formulado sobre la transmisión química nerviosa. Excitado, saltó de la cama y
corrió al laboratorio.
Como había descubierto Dixon, por
entonces se sabía bien que el corazón de una rana seguía latiendo durante un
breve periodo si se sumergía en una solución que aportaba los iones necesarios
para mantener la actividad eléctrica y mecánica. Loewi extrajo el corazón de
una rana, pero dejó parte del nervio vago adherido. Colocó el corazón de una
segunda rana en un recipiente aparte, pero en este caso extirpó completamente
el nervio vago.
A continuación, estimuló el
corazón de la primera rana aplicando corriente de una batería y, tras unos
minutos, transfirió parte de la solución en la que estaba sumergido el primer corazón
al segundo. El latido de este se ralentizó, como si hubiera experimentado
estimulación vagal. Este asombroso experimento demostró claramente que los
nervios no influyen directamente en el corazón, ya que el segundo corazón no
tenía nervios adheridos. En palabras de Loewi: «Los nervios deben liberar de
sus terminales sustancias químicas específicas, que, a su vez, provocan las
conocidas modificaciones de la función cardíaca características de la
estimulación de su nervio».
Loewi había descubierto el primer
"neurotransmisor", una sustancia química que una célula nerviosa
estimulada eléctricamente libera en la sinapsis, la cual se acopla a un
receptor en una célula adyacente, de forma similar a como una mano se acopla a
un guante. Cuando el acoplamiento es perfecto, la célula se "activa",
lo que significa que una señal eléctrica se desplaza rápidamente hasta su
extremo, donde se libera más neurotransmisor, lo que estimula a la siguiente
célula y, de esta manera, la señal se propaga.
El neurotransmisor del
experimento de Loewi resultó ser acetilcolina, la misma sustancia química que
Dale había descubierto que ralentiza la actividad cardíaca al inyectarse en un
animal. Dale y Loewi compartieron el Premio Nobel de Medicina de 1936 «por
sus descubrimientos relacionados con la transmisión química de los impulsos
nerviosos».
El concepto de neurotransmisores
transformó la práctica médica al presentar la posibilidad de fármacos que
pueden potenciar, bloquear o imitar su acción. La enfermedad de Parkinson se
debe a una deficiencia del neurotransmisor dopamina en el cerebro y puede
contrarrestarse con levodopa, un fármaco que puede atravesar la barrera
hematoencefálica y liberar dopamina. Los inhibidores selectivos de la
recaptación de serotonina aumentan la concentración en la sinapsis de este
neurotransmisor que mejora el estado de ánimo, y la atropina bloquea los
receptores de acetilcolina y puede acelerar el ritmo cardíaco. Actualmente, se
han identificado más de cien neurotransmisores, muchos de ellos con importancia
terapéutica.
Tras pasar meses encarcelado por
los nazis, durante los cuales sufrió una pérdida de peso extrema, Loewi fue
liberado con la condición de que entregara todas sus posesiones, incluido el
dinero del Premio Nobel, a los nazis. Terminó en Estados Unidos como inmigrante
y continuó contribuyendo a la ciencia hasta su muerte en 1961. Muchos otros que
oyeron a la Gestapo llamar a la puerta en plena noche, no tuvieron tanta
suerte.
