Lo que empezó como una operación
militar puntual se ha convertido en cuestión de horas en una guerra regional de
dimensiones imprevisibles. La que Trump llamó Operación Furia Épica, lanzada
por Estados Unidos e Israel contra Irán, no solo no ha producido el colapso del
régimen iraní que algunos estrategas esperaban, sino que ha actuado como el
detonante de una espiral de violencia que ya desborda Oriente Próximo y empieza
a rozar directamente a Europa. El asesinato del ayatolá Alí Jameneí, lejos de
provocar descomposición interna, ha funcionado como un catalizador emocional,
político y simbólico que ha encendido todos los frentes, alimentados también
por el asesinato de cuarenta niñas inocentes.
Siempre que hay guerra con Irán vuelvo
a rescatar este texto para explicar el origen del conflicto: En 1908 un geólogo británico
encontró petróleo en Persia, hoy Irán. Para explotar este recurso, persas y
británicos se unieron para crear la Anglo-Persian Oil Company (la predecesora
de BP, una de las petroleras más grandes del mundo). Al
poco tiempo el gobierno británico adquirió la mayoría de la empresa, con
ganancias exorbitantes para los anglosajones y migajas para los persas.
En ese momento de la historia
Irán era una monarquía constitucional con mucho poder del rey y poca
democracia, sin embargo, en 1951 Mohammad Mosaddegh fue electo primer ministro
y llevó a cabo fuertes reformas en las que incluyó la nacionalización de la
industria petrolera. Esto no le gustó a los británicos y norteamericanos, por
lo que la CIA y el MI6 planearon y efectuaron un golpe de Estado para acabar
con la democracia en Irán e instalar todo el poder en el Sha Mohammad Reza
Pahlavi.
Con Reza Pahlavi los iranís
sufrieron un régimen marcial, pocas libertades políticas y una tremenda
desigualdad social. El país estuvo sumido en pobreza mientras que el Sha y las empresas
extranjeras (de Estados Unidos y Reino Unido) se llenaban los bolsillos. Las
imágenes de la "buena vida" del Irán "occidentalizado" son
de una minoría.
Esto generó un sentimiento
antioccidental en la población, especialmente contra Estados Unidos. Este
descontento contra el régimen explotó en 1979 con la revolución islámica. Un
movimiento social con el que se terminó la monarquía y se estableció una
república islámica; una teocracia donde el líder supremo tiene la última
palabra.
Desde entonces Irán opera bajo
una visión del mundo anticolonial donde Reino Unido, Estados Unidos y también
Israel (visto como una extensión de EEUU en Oriente Medio), son Estados
opresores con los que hay que acabar. Por eso no habrá paz jamás en la región.
Por eso EEUU e Israel han atacado Irán,
por el temor del desarrollo de bombas atómicas por parte de un país que les
guarda enorme resentimiento.
Ambos acaban de dar uno de los
pasos más imprudentes de su historia reciente: terminar con la vida del
principal líder religioso chiita durante el Ramadán, el mes más sagrado del
calendario musulmán, lo que es el equivalente a ejecutar al Papa en Cuaresma. A
esto se suma otro detonante: un misil israelí que cobró la vida de decenas de jóvenes
iraníes.
La combinación de ambos hechos no
generará rabia pasajera, sino algo mucho más profundo y duradero: décadas, si
no generaciones, de enemistad del pueblo iraní hacia Estados Unidos, incluso
entre quienes siempre rechazaron al régimen islámico. En otras palabras, Trump
no solo no ha debilitado a sus enemigos, sino que los ha multiplicado.
Hay que ser categóricos para
desmantelar la narrativa oficial de Washington: la idea de que esta guerra
podría transformar positivamente las relaciones entre EEUU e Irán, o incluso
provocar una rebelión popular que derrumbe al régimen, es pura fantasía.
¿Por qué Reino Unidos y Francia
se están comprometiendo más en el conflicto? Porque en el origen del desastre político
iraní están las maniobras de la CIA y del M15 británico para derrocar en 1953
al régimen democrático de Mohammad Mosaddegh y porque Francia es la responsablede la creación política del Líbano que ha resultado en un Estado fallido.