Hay algo especialmente
perturbador en descubrir que uno ha estado comiendo insectos sin saberlo. No
insectos de esos que aparecen en documentales africanos y que alguien mastica
con entusiasmo tribal, sino insectos discretos, civilizados, perfectamente integrados
en yogures de fresa, caramelos y bebidas rosadas. Insectos que, por decirlo de
algún modo, han conseguido infiltrarse en nuestra dieta con más éxito que
muchos superalimentos.
Todo empezó —como empiezan ahora
tantas revelaciones modernas— con un vídeo en internet.
Una voz indignada, un tono de denuncia, y una afirmación que parecía diseñada
para provocar un pequeño colapso emocional: ese rojo tan apetitoso de algunos
alimentos podría venir de insectos triturados. Uno siente en ese momento la
necesidad inmediata de revisar retrospectivamente todas las meriendas de su
vida.
Y, para desconcierto general,
resulta que es verdad.
El proceso, descrito sin
demasiados adornos, consiste en recolectar estos insectos, secarlos y
triturarlos para extraer un compuesto llamado ácido carmínico, responsable de
ese rojo intenso y notablemente estable. Lo verdaderamente impresionante es la
escala del asunto: se
necesitan decenas de miles de insectos para producir una cantidad modesta
de colorante. Es decir, detrás de cada tonalidad rosada perfectamente uniforme
hay una pequeña multitud que, por así decirlo, dio lo mejor de sí misma.
Lo curioso es que, a diferencia
de lo que cabría esperar, esto no es una extravagancia moderna, sino todo lo
contrario. El carmín se utiliza desde hace siglos. Civilizaciones precolombinas
ya lo empleaban para teñir tejidos, y durante mucho tiempo fue uno de los
tintes más valiosos del mundo. En ese sentido, el yogur de fresa contemporáneo
no es más que el heredero inesperado de una larga tradición textil.
Por supuesto, el hecho de que
algo tenga historia no lo hace automáticamente tranquilizador. Comer insectos
—aunque sea de forma indirecta— despierta en muchas personas una mezcla de
fascinación y repulsión que suele resolverse en una firme decisión de mirar
hacia otro lado. Sin embargo, desde el punto de
vista científico, el carmín es un aditivo bastante bien conocido y
estudiado.
Las autoridades alimentarias
llevan décadas evaluándolo y han establecido una ingesta diaria aceptable que,
traducida a lenguaje cotidiano, significa que habría que hacer un esfuerzo
considerable para consumirlo en cantidades problemáticas. No es tóxico, no está
asociado a efectos graves en condiciones normales, y su uso está regulado con
la meticulosidad propia de quienes preferirían evitar titulares alarmantes.
Eso no significa que sea
completamente irreprochable. Se han descrito casos de
reacciones alérgicas en personas sensibles, lo que ha llevado a exigir un
etiquetado claro. Además, presenta un pequeño inconveniente filosófico: no es
apto para veganos, ni para quienes prefieren que sus alimentos no tengan pasado
entomológico.
Pero más allá de estas
consideraciones, el carmín tiene una cualidad que lo ha hecho casi
insustituible durante siglos: funciona
extraordinariamente bien. Produce un rojo brillante, estable al calor, a la
luz y al paso del tiempo. Y esto, en la industria alimentaria, es prácticamente
un superpoder.
De hecho, si uno empieza a
investigar el mundo de los colorantes, descubre que el carmín no es una
excepción, sino parte de una tradición bastante más amplia de soluciones
imaginativas. Hay colores que vienen de semillas tropicales, otros de raíces,
otros de algas microscópicas. La naturaleza, en este terreno, se muestra
generosa hasta el exceso. Pero pocos casos resultan tan narrativamente eficaces
como el de la cochinilla, quizá porque introduce un elemento narrativo
irresistible: el insecto invisible.
Lo interesante no es tanto que
estos colorantes existan, sino que los hayamos incorporado con tanta
naturalidad a nuestra vida cotidiana. El color, al fin y al cabo, es una
expectativa. Esperamos que un yogur de fresa sea rosado, que una bebida de
frutos rojos sea intensamente roja, que ciertos dulces tengan un aspecto casi
luminoso. Y cuando la naturaleza no proporciona exactamente ese resultado,
intervenimos con entusiasmo.
Aquí es donde la historia
adquiere un matiz ligeramente irónico. Muchos de estos colorantes son, en
sentido estricto, naturales. El carmín lo es, sin duda. Pero su uso responde a
una lógica profundamente artificial: hacer que los alimentos se ajusten a nuestra
idea de cómo deberían ser.
Quizá por eso los vídeos virales
funcionan tan bien. Nos ofrecen la ilusión de haber descubierto un engaño,
cuando en realidad lo que descubrimos es algo más sutil: la distancia entre la
naturaleza y nuestras expectativas.
Así que la próxima vez que
observe ese tono perfecto en un alimento, puede elegir entre dos actitudes
igualmente válidas. Puede sentirse traicionado por la existencia de insectos en
su postre, o puede admirar, con una cierta curiosidad científica, la extraordinaria
capacidad humana para transformar criaturas diminutas en colores irresistibles.
Y, si opta por lo segundo, es
posible que la experiencia resulte incluso más interesante. Porque pocas cosas
hay más reveladoras que descubrir que, en el fondo, llevamos siglos comiendo
colores… y que algunos de ellos, discretamente, empezaron su vida sobre un
cactus.