Vistas de página en total

jueves, 9 de abril de 2026

EL DISCRETO ENCANTO DE COMERSE UN INSECTO SIN SABERLO

 

Hay algo especialmente perturbador en descubrir que uno ha estado comiendo insectos sin saberlo. No insectos de esos que aparecen en documentales africanos y que alguien mastica con entusiasmo tribal, sino insectos discretos, civilizados, perfectamente integrados en yogures de fresa, caramelos y bebidas rosadas. Insectos que, por decirlo de algún modo, han conseguido infiltrarse en nuestra dieta con más éxito que muchos superalimentos.

Todo empezó —como empiezan ahora tantas revelaciones modernas— con un vídeo en internet. Una voz indignada, un tono de denuncia, y una afirmación que parecía diseñada para provocar un pequeño colapso emocional: ese rojo tan apetitoso de algunos alimentos podría venir de insectos triturados. Uno siente en ese momento la necesidad inmediata de revisar retrospectivamente todas las meriendas de su vida.

Y, para desconcierto general, resulta que es verdad.

El responsable de este pequeño giro argumental gastronómico se llama carmín, también conocido como E120, un nombre que suena a modelo de droide pero que en realidad designa uno de los colorantes más antiguos y eficaces que conoce la humanidad. Su origen es un insecto diminuto llamado cochinilla (Dactylopius coccus), que vive tranquilamente en los cactus, probablemente sin sospechar que su destino es convertirse en el rubor de un yogur industrial.

El proceso, descrito sin demasiados adornos, consiste en recolectar estos insectos, secarlos y triturarlos para extraer un compuesto llamado ácido carmínico, responsable de ese rojo intenso y notablemente estable. Lo verdaderamente impresionante es la escala del asunto: se necesitan decenas de miles de insectos para producir una cantidad modesta de colorante. Es decir, detrás de cada tonalidad rosada perfectamente uniforme hay una pequeña multitud que, por así decirlo, dio lo mejor de sí misma.

Lo curioso es que, a diferencia de lo que cabría esperar, esto no es una extravagancia moderna, sino todo lo contrario. El carmín se utiliza desde hace siglos. Civilizaciones precolombinas ya lo empleaban para teñir tejidos, y durante mucho tiempo fue uno de los tintes más valiosos del mundo. En ese sentido, el yogur de fresa contemporáneo no es más que el heredero inesperado de una larga tradición textil.

Por supuesto, el hecho de que algo tenga historia no lo hace automáticamente tranquilizador. Comer insectos —aunque sea de forma indirecta— despierta en muchas personas una mezcla de fascinación y repulsión que suele resolverse en una firme decisión de mirar hacia otro lado. Sin embargo, desde el punto de vista científico, el carmín es un aditivo bastante bien conocido y estudiado.

Las autoridades alimentarias llevan décadas evaluándolo y han establecido una ingesta diaria aceptable que, traducida a lenguaje cotidiano, significa que habría que hacer un esfuerzo considerable para consumirlo en cantidades problemáticas. No es tóxico, no está asociado a efectos graves en condiciones normales, y su uso está regulado con la meticulosidad propia de quienes preferirían evitar titulares alarmantes.

Eso no significa que sea completamente irreprochable. Se han descrito casos de reacciones alérgicas en personas sensibles, lo que ha llevado a exigir un etiquetado claro. Además, presenta un pequeño inconveniente filosófico: no es apto para veganos, ni para quienes prefieren que sus alimentos no tengan pasado entomológico.

Pero más allá de estas consideraciones, el carmín tiene una cualidad que lo ha hecho casi insustituible durante siglos: funciona extraordinariamente bien. Produce un rojo brillante, estable al calor, a la luz y al paso del tiempo. Y esto, en la industria alimentaria, es prácticamente un superpoder.

De hecho, si uno empieza a investigar el mundo de los colorantes, descubre que el carmín no es una excepción, sino parte de una tradición bastante más amplia de soluciones imaginativas. Hay colores que vienen de semillas tropicales, otros de raíces, otros de algas microscópicas. La naturaleza, en este terreno, se muestra generosa hasta el exceso. Pero pocos casos resultan tan narrativamente eficaces como el de la cochinilla, quizá porque introduce un elemento narrativo irresistible: el insecto invisible.

Lo interesante no es tanto que estos colorantes existan, sino que los hayamos incorporado con tanta naturalidad a nuestra vida cotidiana. El color, al fin y al cabo, es una expectativa. Esperamos que un yogur de fresa sea rosado, que una bebida de frutos rojos sea intensamente roja, que ciertos dulces tengan un aspecto casi luminoso. Y cuando la naturaleza no proporciona exactamente ese resultado, intervenimos con entusiasmo.

Aquí es donde la historia adquiere un matiz ligeramente irónico. Muchos de estos colorantes son, en sentido estricto, naturales. El carmín lo es, sin duda. Pero su uso responde a una lógica profundamente artificial: hacer que los alimentos se ajusten a nuestra idea de cómo deberían ser.

Quizá por eso los vídeos virales funcionan tan bien. Nos ofrecen la ilusión de haber descubierto un engaño, cuando en realidad lo que descubrimos es algo más sutil: la distancia entre la naturaleza y nuestras expectativas.

Así que la próxima vez que observe ese tono perfecto en un alimento, puede elegir entre dos actitudes igualmente válidas. Puede sentirse traicionado por la existencia de insectos en su postre, o puede admirar, con una cierta curiosidad científica, la extraordinaria capacidad humana para transformar criaturas diminutas en colores irresistibles.

Y, si opta por lo segundo, es posible que la experiencia resulte incluso más interesante. Porque pocas cosas hay más reveladoras que descubrir que, en el fondo, llevamos siglos comiendo colores… y que algunos de ellos, discretamente, empezaron su vida sobre un cactus.