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jueves, 7 de mayo de 2026

EL ESTRECHO DE ORMUZ Y LA GASOLINERA DE OHIO

 

Estados Unidos no funciona políticamente como Europa. Y probablemente ahí reside buena parte de la dificultad para entender el futuro de Donald Trump.

En la vieja Europa los partidos son estructuras pesadas. Tienen memoria, cuadros, doctrina, aparato territorial, familias ideológicas reconocibles y una relación casi sentimental con parte de su electorado. Son organizaciones concebidas para durar. El votante europeo suele heredar una cierta cultura política, incluso cuando decide rebelarse contra ella.

Estados Unidos, en cambio, funciona de otro modo. Los partidos son máquinas electorales intermitentes. Se activan para competir y se repliegan después. El Partido Demócrata y el Partido Republicano son, en realidad, grandes plataformas de agregación temporal de intereses muchas veces contradictorios. Menos liturgia y más marketing. Menos militancia y más movilización puntual.

Eso explica una paradoja que desde Europa cuesta comprender: el país vive una de las épocas de mayor polarización política de su historia reciente y, sin embargo, mantiene niveles de participación relativamente modestos. En las presidenciales de 2024, las elecciones que devolvieron a Donald Trump a la Casa Blanca, votaron más de 154 millones de personas, un récord histórico. Pero aun así la participación apenas rozó el 58% de la población en edad de votar. Por tanto, según los datos, y a pesar del récord de participación apuntado, la abstención, con casi 113 millones, es en realidad la primera fuerza política en Estados Unidos, muy por encima de los 77 y 75 millones de votos para Trump y K. Harris, respectivamente.

Ese dato es fundamental para entender el trumpismo. Porque Trump nunca construyó una mayoría ideológica compacta. Construyó una coalición emocional y coyuntural. Una alianza heterogénea unida más por el malestar que por un proyecto doctrinal coherente.

En Estados Unidos, además, los partidos apenas tienen afiliados en el sentido europeo del término. Existen votantes registrados, simpatizantes, donantes, activistas ocasionales. Pero no una militancia orgánica comparable a la española, francesa o italiana. Millones de estadounidenses cambian de preferencia electoral con enorme facilidad. Otros se registran como independientes. Muchos votan únicamente según la situación económica del momento. El precio de la gasolina puede pesar más que un debate ideológico.

Y ahí aparece el gran electorado decisivo norteamericano: los independientes, los despolitizados intermitentes y los votantes pendulares de los suburbios. Gente que puede votar a Obama y después a Trump. O a Biden y después volver al Partido Republicano. No son revolucionarios culturales. Son consumidores políticos pragmáticos. Trump entendió eso mejor que nadie.

Mientras buena parte de la prensa internacional observaba fascinada los mítines del movimiento MAGA, el trumpismo real se construía sobre una suma mucho más amplia y contradictoria. El núcleo duro nacional-populista nunca fue suficiente para ganar unas presidenciales. Trump necesitó añadir republicanos tradicionales preocupados por los impuestos, conservadores movilizados por la agenda cultural antiwoke y una derecha moderada que desconfía de él, pero que termina votándolo cuando percibe debilidad económica o caos internacional bajo administraciones demócratas.

Era una coalición improbable, pero eficaz. Funcionó porque Trump simplificó brutalmente el mensaje político norteamericano en tres ideas muy comprensibles: fronteras seguras, economía nacional protegida y menos guerras exteriores. “America First” no era únicamente un eslogan. Era una síntesis psicológica del cansancio estadounidense tras décadas de globalización, deslocalización industrial y aventuras militares interminables.

El problema es que las coaliciones heterogéneas son muy difíciles de mantener cuando aparece una crisis internacional seria. La intervención estadounidense en Irán ha abierto precisamente esa grieta. Dentro del universo MAGA han comenzado a escucharse críticas muy poco habituales contra Trump. Sectores aislacionistas le reprochan haber subordinado la prioridad nacional estadounidense a los intereses estratégicos de Israel. Figuras mediáticas de la nueva derecha populista norteamericana empiezan a preguntarse si Trump está abandonando la doctrina antiintervencionista que le permitió diferenciarse del viejo establishment republicano.

Mientras tanto, los votantes independientes observan otro fenómeno mucho más tangible: la economía empieza a deteriorarse. El estrecho de Ormuz no es una abstracción geopolítica para la clase media estadounidense. Es gasolina más cara, inflación importada, nerviosismo bursátil y sensación de incertidumbre. Y ahí Trump entra en terreno peligroso.

Porque el votante que lo devolvió a la Casa Blanca no esperaba una gran cruzada ideológica internacional. Esperaba estabilidad económica. Esperaba menos inflación. Esperaba orden. Esperaba una presidencia menos costosa que la de Joe Biden.

Las elecciones de medio mandato suelen funcionar en Estados Unidos como un mecanismo de corrección. El electorado castiga al presidente cuando percibe desgaste, arrogancia o fracaso. Ha ocurrido muchas veces. Y podría volver a ocurrir.

Quedan todavía meses para noviembre y en política estadounidense seis meses equivalen a una eternidad. Trump conserva una enorme capacidad de movilización, el Partido Demócrata sigue sin encontrar un liderazgo verdaderamente sólido y el nacionalismo económico continúa siendo una fuerza poderosa en amplias capas sociales del país.

Pero la situación ha cambiado. Si la crisis con Irán se prolonga, si el petróleo sigue tensionando los precios y si la sensación de desorden internacional termina contaminando la vida cotidiana de la clase media norteamericana, la heterogénea coalición trumpista puede empezar a deshilacharse. Primero en los suburbios. Después entre los independientes. Finalmente, dentro del propio Partido Republicano.

Y entonces el estrecho de Ormuz podría terminar teniendo consecuencias políticas inesperadas a miles de kilómetros de distancia. Porque quizá el futuro del trumpismo no se esté decidiendo en Washington. Quizá se esté decidiendo en las gasolineras de Ohio.