Estados Unidos no funciona
políticamente como Europa. Y probablemente ahí reside buena parte de la
dificultad para entender el futuro de Donald Trump.
En la vieja Europa los partidos
son estructuras pesadas. Tienen memoria, cuadros, doctrina, aparato
territorial, familias ideológicas reconocibles y una relación casi sentimental
con parte de su electorado. Son organizaciones concebidas para durar. El votante
europeo suele heredar una cierta cultura política, incluso cuando decide
rebelarse contra ella.
Estados Unidos, en cambio,
funciona de otro modo. Los partidos son máquinas electorales intermitentes. Se
activan para competir y se repliegan después. El Partido Demócrata y el Partido
Republicano son, en realidad, grandes plataformas de agregación temporal de
intereses muchas veces contradictorios. Menos liturgia y más marketing. Menos
militancia y más movilización puntual.
Eso explica una paradoja que
desde Europa cuesta comprender: el país vive una de las épocas de mayor
polarización política de su historia reciente y, sin embargo, mantiene niveles
de participación relativamente modestos. En las presidenciales de 2024, las
elecciones que devolvieron a Donald Trump a la Casa Blanca, votaron más de 154
millones de personas, un récord histórico. Pero aun así la participación apenas
rozó el 58% de la población en edad de votar. Por tanto, según los datos, y a
pesar del récord de participación apuntado, la abstención, con casi 113
millones, es en realidad la primera fuerza política en Estados Unidos, muy por
encima de los 77 y 75 millones de votos para Trump y K. Harris, respectivamente.
Ese dato es fundamental para
entender el trumpismo. Porque Trump nunca construyó una mayoría ideológica
compacta. Construyó una coalición emocional y coyuntural. Una alianza
heterogénea unida más por el malestar que por un proyecto doctrinal coherente.
En Estados Unidos, además, los
partidos apenas tienen afiliados en el sentido europeo del término. Existen
votantes registrados, simpatizantes, donantes, activistas ocasionales. Pero no
una militancia orgánica comparable a la española, francesa o italiana. Millones
de estadounidenses cambian de preferencia electoral con enorme facilidad. Otros
se registran como independientes. Muchos votan únicamente según la situación
económica del momento. El precio de la gasolina puede pesar más que un debate
ideológico.
Y ahí aparece el gran electorado
decisivo norteamericano: los independientes, los despolitizados intermitentes y
los votantes pendulares de los suburbios. Gente que puede votar a Obama y
después a Trump. O a Biden y después volver al Partido Republicano. No son
revolucionarios culturales. Son consumidores políticos pragmáticos. Trump
entendió eso mejor que nadie.
Mientras buena parte de la prensa
internacional observaba fascinada los mítines del movimiento MAGA, el trumpismo
real se construía sobre una suma mucho más amplia y contradictoria. El núcleo
duro nacional-populista nunca fue suficiente para ganar unas presidenciales.
Trump necesitó añadir republicanos tradicionales preocupados por los impuestos,
conservadores movilizados por la agenda cultural antiwoke y una derecha
moderada que desconfía de él, pero que termina votándolo cuando percibe
debilidad económica o caos internacional bajo administraciones demócratas.
Era una coalición improbable,
pero eficaz. Funcionó porque Trump simplificó brutalmente el mensaje político
norteamericano en tres ideas muy comprensibles: fronteras seguras, economía
nacional protegida y menos guerras exteriores. “America First” no era
únicamente un eslogan. Era una síntesis psicológica del cansancio
estadounidense tras décadas de globalización, deslocalización industrial y
aventuras militares interminables.
El problema es que las
coaliciones heterogéneas son muy difíciles de mantener cuando aparece una
crisis internacional seria. La intervención estadounidense en Irán ha abierto
precisamente esa grieta. Dentro del universo MAGA han comenzado a escucharse
críticas muy poco habituales contra Trump. Sectores aislacionistas le reprochan
haber subordinado la prioridad nacional estadounidense a los intereses
estratégicos de Israel. Figuras mediáticas de la nueva derecha populista
norteamericana empiezan a preguntarse si Trump está abandonando la doctrina
antiintervencionista que le permitió diferenciarse del viejo establishment
republicano.
Mientras tanto, los votantes
independientes observan otro fenómeno mucho más tangible: la economía empieza a
deteriorarse. El estrecho de Ormuz no es una abstracción geopolítica para la
clase media estadounidense. Es gasolina más cara, inflación importada,
nerviosismo bursátil y sensación de incertidumbre. Y ahí Trump entra en terreno
peligroso.
Porque el votante que lo devolvió
a la Casa Blanca no esperaba una gran cruzada ideológica internacional.
Esperaba estabilidad económica. Esperaba menos inflación. Esperaba orden.
Esperaba una presidencia menos costosa que la de Joe Biden.
Las elecciones de medio mandato
suelen funcionar en Estados Unidos como un mecanismo de corrección. El
electorado castiga al presidente cuando percibe desgaste, arrogancia o fracaso.
Ha ocurrido muchas veces. Y podría volver a ocurrir.
Quedan todavía meses para
noviembre y en política estadounidense seis meses equivalen a una eternidad.
Trump conserva una enorme capacidad de movilización, el Partido Demócrata sigue
sin encontrar un liderazgo verdaderamente sólido y el nacionalismo económico
continúa siendo una fuerza poderosa en amplias capas sociales del país.
Pero la situación ha cambiado. Si
la crisis con Irán se prolonga, si el petróleo sigue tensionando los precios y
si la sensación de desorden internacional termina contaminando la vida
cotidiana de la clase media norteamericana, la heterogénea coalición trumpista
puede empezar a deshilacharse. Primero en los suburbios. Después entre los
independientes. Finalmente, dentro del propio Partido Republicano.
Y entonces el estrecho de Ormuz
podría terminar teniendo consecuencias políticas inesperadas a miles de
kilómetros de distancia. Porque quizá el futuro del trumpismo no se esté
decidiendo en Washington. Quizá se esté decidiendo en las gasolineras de Ohio.