La historia de los compuestos
perfluorados, los PFAS, recuerda a la del amianto o el DDT: durante décadas
parecían materiales casi milagrosos porque resolvían muchos problemas
industriales. Solo después se comprendió el coste ambiental de crear moléculas
tan resistentes que la naturaleza no sabe cómo desmontar.
Hoy los compuestos perfluorados
aparecen en análisis de sangre realizados en poblaciones de casi cualquier país
industrializado. También se detectan en ríos, peces, aves marinas y aguas
subterráneas. Se han encontrado restos de estas sustancias en el Ártico y en
regiones donde nunca existió una fábrica química. El hallazgo sorprendió a
muchos investigadores, aunque quizá no debería haberlo hecho. Los PFAS fueron
diseñados precisamente para resistir el calor, la oxidación, los ácidos y el
desgaste. Lo inesperado fue descubrir hasta qué punto también resisten el paso
del tiempo.
Las siglas PFAS corresponden a Per-
and Polyfluoroalkyl Substances, una amplia familia de compuestos sintéticos
desarrollados a partir de una característica química muy concreta: el enlace
entre carbono y flúor. Se trata de uno de los enlaces más estables de la
química orgánica. Esa estabilidad impide que muchos microorganismos o procesos
naturales puedan degradarlos con facilidad. Desde el punto de vista industrial
era una propiedad magnífica. Desde el punto de vista ambiental empezó a parecer
otra cosa.
El origen de esta historia se
remonta a 1938. Un químico llamado Roy Plunkett trabajaba para DuPont buscando nuevos refrigerantes cuando observó
un comportamiento extraño en un cilindro de tetrafluoroetileno. El gas no
salía, aunque el recipiente seguía pesando lo mismo. Al abrirlo descubrió una
sustancia blanca y cerosa adherida al interior. Aquel material resultó ser
politetrafluoroetileno, el
compuesto que más tarde se comercializaría como Teflon.
El descubrimiento llamó
inmediatamente la atención porque el nuevo polímero soportaba condiciones que
destruían otros materiales. Resistía ácidos corrosivos, altas temperaturas y
numerosas reacciones químicas. Durante la Segunda Guerra Mundial se utilizó en
instalaciones relacionadas con el Proyecto Manhattan, donde hacía falta
manipular sustancias extremadamente agresivas. Después de la guerra comenzaron
las aplicaciones comerciales y la química fluorada se expandió con rapidez.
En pocos años aparecieron tejidos
impermeables, envases resistentes a la grasa, alfombras antimanchas, espumas
contra incendios y utensilios de cocina antiadherentes. Muchos productos
domésticos incorporaban compuestos fluorados sin que el consumidor supiera
siquiera que existían. La industria química veía aquellas sustancias como un
avance técnico notable. Y en cierto sentido lo eran. El problema es que casi
nadie se preguntó qué ocurría con ellas después de ser utilizadas.
Empresas como 3M desarrollaron
algunos de los compuestos más conocidos, entre ellos el PFOS, empleado en
espumas antiincendios y tratamientos textiles. DuPont utilizó ampliamente el
PFOA en la fabricación del Teflón. Durante años ambos compuestos se produjeron
en grandes cantidades. Parte acababa en residuos industriales, vertidos o
emisiones atmosféricas. Otra parte terminaba dispersándose lentamente por el
entorno.
Los primeros indicios serios
aparecieron en estudios toxicológicos realizados con animales. Algunos
investigadores observaron alteraciones hepáticas y acumulación de fluorados en
tejidos biológicos. Más tarde comenzaron a detectarse concentraciones elevadas
en trabajadores de fábricas químicas. Sin embargo, la alarma pública tardó en
llegar.
Uno de los episodios decisivos
ocurrió en Virginia Occidental, donde un abogado llamado Robert Bilott
investigó las denuncias de un ganadero cuya explotación estaba situada cerca de
una planta de DuPont. Varias reses enfermaban o morían en circunstancias
extrañas. La investigación acabó revelando documentos internos y datos sobre
contaminación por PFOA en aguas cercanas. También mostró que la sustancia
llevaba tiempo presente en análisis de sangre realizados a empleados y
habitantes de la zona.
Aquello provocó una oleada de
estudios epidemiológicos. Los resultados no describían un tóxico agudo capaz de
causar síntomas inmediatos, sino algo más difícil de interpretar: una
exposición continua y acumulativa. Algunos PFAS permanecen años en el organismo
antes de eliminarse parcialmente. Diversos trabajos científicos relacionaron
determinadas exposiciones prolongadas con aumento del colesterol, alteraciones
hormonales, hipertensión durante el embarazo, problemas hepáticos y ciertos
tipos de cáncer, especialmente renal y testicular. También aparecieron
investigaciones sobre posibles efectos en la respuesta inmunitaria y en la
eficacia de algunas vacunas.
No todos los PFAS presentan el
mismo comportamiento ni la misma toxicidad. Existen miles de variantes y muchas
siguen estudiándose. Ese es precisamente uno de los problemas: la regulación
avanza más despacio que el desarrollo de nuevos compuestos. Cuando algunos
fluorados comenzaron a prohibirse o restringirse, muchas empresas los
sustituyeron por otros similares sobre los que todavía existían pocos datos.
El agua potable se convirtió en
uno de los principales focos de preocupación. Las espumas utilizadas durante
décadas en aeropuertos y bases militares contaminaron acuíferos en distintos
países. Y eliminar PFAS del agua resultó complicado. Las depuradoras
convencionales apenas consiguen retenerlos. Para reducir su presencia se
necesitan sistemas avanzados como carbón activado, resinas especiales u ósmosis
inversa, tecnologías costosas y difíciles de aplicar a gran escala.
La paradoja es evidente. Los PFAS
se desarrollaron porque ofrecían soluciones eficaces a problemas técnicos
reales. Muchos siguen teniendo aplicaciones industriales importantes, sobre
todo en electrónica, medicina o aeronáutica. Pero la misma estabilidad química
que los hacía útiles terminó convirtiéndose en su principal inconveniente
ambiental.
La química del siglo XX produjo
materiales extraordinarios y también residuos inesperadamente persistentes. Los
PFAS forman parte de esa herencia. Son moléculas diseñadas para durar más de lo
que entonces parecía imaginable. Ahora el desafío consiste en entender hasta
qué punto esa durabilidad puede gestionarse sin dejar una contaminación que
permanezca durante generaciones.