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jueves, 7 de mayo de 2026

LOS QUÍMICOS ETERNOS

 

La historia de los compuestos perfluorados, los PFAS, recuerda a la del amianto o el DDT: durante décadas parecían materiales casi milagrosos porque resolvían muchos problemas industriales. Solo después se comprendió el coste ambiental de crear moléculas tan resistentes que la naturaleza no sabe cómo desmontar.

Hoy los compuestos perfluorados aparecen en análisis de sangre realizados en poblaciones de casi cualquier país industrializado. También se detectan en ríos, peces, aves marinas y aguas subterráneas. Se han encontrado restos de estas sustancias en el Ártico y en regiones donde nunca existió una fábrica química. El hallazgo sorprendió a muchos investigadores, aunque quizá no debería haberlo hecho. Los PFAS fueron diseñados precisamente para resistir el calor, la oxidación, los ácidos y el desgaste. Lo inesperado fue descubrir hasta qué punto también resisten el paso del tiempo.

Las siglas PFAS corresponden a Per- and Polyfluoroalkyl Substances, una amplia familia de compuestos sintéticos desarrollados a partir de una característica química muy concreta: el enlace entre carbono y flúor. Se trata de uno de los enlaces más estables de la química orgánica. Esa estabilidad impide que muchos microorganismos o procesos naturales puedan degradarlos con facilidad. Desde el punto de vista industrial era una propiedad magnífica. Desde el punto de vista ambiental empezó a parecer otra cosa.

El origen de esta historia se remonta a 1938. Un químico llamado Roy Plunkett trabajaba para DuPont  buscando nuevos refrigerantes cuando observó un comportamiento extraño en un cilindro de tetrafluoroetileno. El gas no salía, aunque el recipiente seguía pesando lo mismo. Al abrirlo descubrió una sustancia blanca y cerosa adherida al interior. Aquel material resultó ser politetrafluoroetileno, el compuesto que más tarde se comercializaría como Teflon.

El descubrimiento llamó inmediatamente la atención porque el nuevo polímero soportaba condiciones que destruían otros materiales. Resistía ácidos corrosivos, altas temperaturas y numerosas reacciones químicas. Durante la Segunda Guerra Mundial se utilizó en instalaciones relacionadas con el Proyecto Manhattan, donde hacía falta manipular sustancias extremadamente agresivas. Después de la guerra comenzaron las aplicaciones comerciales y la química fluorada se expandió con rapidez.

En pocos años aparecieron tejidos impermeables, envases resistentes a la grasa, alfombras antimanchas, espumas contra incendios y utensilios de cocina antiadherentes. Muchos productos domésticos incorporaban compuestos fluorados sin que el consumidor supiera siquiera que existían. La industria química veía aquellas sustancias como un avance técnico notable. Y en cierto sentido lo eran. El problema es que casi nadie se preguntó qué ocurría con ellas después de ser utilizadas.

Empresas como 3M desarrollaron algunos de los compuestos más conocidos, entre ellos el PFOS, empleado en espumas antiincendios y tratamientos textiles. DuPont utilizó ampliamente el PFOA en la fabricación del Teflón. Durante años ambos compuestos se produjeron en grandes cantidades. Parte acababa en residuos industriales, vertidos o emisiones atmosféricas. Otra parte terminaba dispersándose lentamente por el entorno.

Los primeros indicios serios aparecieron en estudios toxicológicos realizados con animales. Algunos investigadores observaron alteraciones hepáticas y acumulación de fluorados en tejidos biológicos. Más tarde comenzaron a detectarse concentraciones elevadas en trabajadores de fábricas químicas. Sin embargo, la alarma pública tardó en llegar.

Uno de los episodios decisivos ocurrió en Virginia Occidental, donde un abogado llamado Robert Bilott investigó las denuncias de un ganadero cuya explotación estaba situada cerca de una planta de DuPont. Varias reses enfermaban o morían en circunstancias extrañas. La investigación acabó revelando documentos internos y datos sobre contaminación por PFOA en aguas cercanas. También mostró que la sustancia llevaba tiempo presente en análisis de sangre realizados a empleados y habitantes de la zona.

Aquello provocó una oleada de estudios epidemiológicos. Los resultados no describían un tóxico agudo capaz de causar síntomas inmediatos, sino algo más difícil de interpretar: una exposición continua y acumulativa. Algunos PFAS permanecen años en el organismo antes de eliminarse parcialmente. Diversos trabajos científicos relacionaron determinadas exposiciones prolongadas con aumento del colesterol, alteraciones hormonales, hipertensión durante el embarazo, problemas hepáticos y ciertos tipos de cáncer, especialmente renal y testicular. También aparecieron investigaciones sobre posibles efectos en la respuesta inmunitaria y en la eficacia de algunas vacunas.

No todos los PFAS presentan el mismo comportamiento ni la misma toxicidad. Existen miles de variantes y muchas siguen estudiándose. Ese es precisamente uno de los problemas: la regulación avanza más despacio que el desarrollo de nuevos compuestos. Cuando algunos fluorados comenzaron a prohibirse o restringirse, muchas empresas los sustituyeron por otros similares sobre los que todavía existían pocos datos.

El agua potable se convirtió en uno de los principales focos de preocupación. Las espumas utilizadas durante décadas en aeropuertos y bases militares contaminaron acuíferos en distintos países. Y eliminar PFAS del agua resultó complicado. Las depuradoras convencionales apenas consiguen retenerlos. Para reducir su presencia se necesitan sistemas avanzados como carbón activado, resinas especiales u ósmosis inversa, tecnologías costosas y difíciles de aplicar a gran escala.

La paradoja es evidente. Los PFAS se desarrollaron porque ofrecían soluciones eficaces a problemas técnicos reales. Muchos siguen teniendo aplicaciones industriales importantes, sobre todo en electrónica, medicina o aeronáutica. Pero la misma estabilidad química que los hacía útiles terminó convirtiéndose en su principal inconveniente ambiental.

La química del siglo XX produjo materiales extraordinarios y también residuos inesperadamente persistentes. Los PFAS forman parte de esa herencia. Son moléculas diseñadas para durar más de lo que entonces parecía imaginable. Ahora el desafío consiste en entender hasta qué punto esa durabilidad puede gestionarse sin dejar una contaminación que permanezca durante generaciones.