Durante la mayor parte de la
historia de la medicina los médicos han contemplado el sistema inmunitario con
una mezcla de admiración y resignación. Admiración porque es una de las
máquinas más complejas jamás construidas por la naturaleza. Resignación porque,
cuando decide estropearse, resulta extraordinariamente difícil convencerlo de
que vuelva a comportarse.
El sistema inmunitario es algo
así como un ejército de varios billones de soldados que patrullan nuestro
cuerpo día y noche. Reconocen bacterias, virus, hongos y cualquier otro intruso
que parezca sospechoso. Lo hacen con una eficacia asombrosa. En condiciones
normales, uno puede pasar años sin pensar en ellos, del mismo modo que rara vez
piensa en el alcantarillado de una ciudad mientras todo funciona correctamente.
El problema aparece cuando
algunos de esos soldados empiezan a disparar contra sus propios ciudadanos. Eso
es, en esencia, una enfermedad autoinmune.
En el lupus, por ejemplo, el
sistema inmunitario ataca articulaciones, piel, riñones o prácticamente
cualquier órgano que encuentre a su paso. En la enfermedad de Graves, dirige
sus armas contra la glándula tiroides. En la esclerosis sistémica puede provocar
cicatrices internas. Hay más de ochenta enfermedades autoinmunes conocidas y,
en conjunto, afectan a cientos de millones de personas en todo el mundo.
Durante décadas, el tratamiento
consistió en una estrategia relativamente simple: bajar el volumen del sistema
inmunitario. Si el ejército se había vuelto loco, la solución parecía ser
suministrar fármacos que lo adormecieran. Corticoides, inmunosupresores,
anticuerpos monoclonales... Todos ellos han salvado innumerables vidas. Pero
tienen un inconveniente evidente. Reducen la actividad de las células
problemáticas, sí, pero también la de muchas células perfectamente inocentes.
Es como apagar la electricidad de una ciudad entera porque una farola parpadea.
Por eso, cuando algunos
investigadores empezaron a plantear la posibilidad de reiniciar completamente
el sistema inmunitario, la idea sonó más a ciencia ficción que a medicina. Y
sin embargo, en eso estamos ahora.
La historia comenzó en un lugar
inesperado: los cánceres de la sangre. A principios de este siglo, varios
grupos de investigación desarrollaron una tecnología denominada CAR-T. El
nombre parece el de un personaje de ciencia ficción, pero sus siglas responden
a las siglas en inglés de “linfocito T con receptor antigénico quimérico”. La
palabra “quimérico” (chimeric) no tiene nada que ver con las quimeras en
el sentido de "ilusiones", sino con la criatura mitológica griega, la
Quimera, que estaba formada por partes de distintos animales.
En biología, un elemento
"quimérico" es aquel que combina componentes procedentes de orígenes
diferentes. Y eso es exactamente lo que ocurre aquí. El receptor CAR es una
construcción artificial diseñada por ingenieros genéticos que combina una parte
externa inspirada en los anticuerpos (que reconoce una molécula concreta) y una
parte interna procedente de los mecanismos de activación de los linfocitos T. Es,
por decirlo de alguna forma, una especie de híbrido biológico construido con
piezas que la evolución nunca había reunido por su cuenta.
El término sintetiza un proceso extraordinario.
Los médicos extraen linfocitos T del propio paciente, los envían a un
laboratorio y allí los modifican genéticamente. Después los devuelven al
organismo convertidos en una especie de fuerzas especiales capaces de reconocer
y destruir células concretas.
En algunos tipos de leucemia y
linfoma, los resultados fueron tan espectaculares que muchos pacientes
considerados incurables entraron en remisión. Era uno de esos momentos en que
la medicina consigue algo que, pocos años antes, habría parecido un milagro.
Entonces ocurrió algo aún más
interesante. Los investigadores observaron que las células CAR-T eran
particularmente eficaces eliminando ciertos linfocitos B, unas células
inmunitarias responsables de fabricar anticuerpos. Y aquí es donde aparece el
giro argumental. Muchas enfermedades autoinmunes están impulsadas precisamente
por linfocitos B defectuosos que producen anticuerpos contra el propio
organismo.
De repente, alguien formuló una
pregunta aparentemente sencilla: ¿Y si utilizamos las células CAR-T para
eliminar esos linfocitos equivocados? La respuesta resultó sorprendente. En los
primeros pacientes con lupus grave, las células CAR-T destruyeron prácticamente
toda la población de linfocitos B. Durante un tiempo, el organismo quedó casi
vacío de ellos. A primera vista, aquello parecía una mala noticia. Pero
entonces sucedió algo inesperado.
Meses después comenzaron a
aparecer nuevos linfocitos B que parecían comportarse normalmente. Ni atacaban
los riñones, ni las articulaciones, ni la piel. Era como si el sistema
inmunitario hubiera olvidado sus antiguas malas costumbres. Los investigadores
empezaron a utilizar una expresión que hasta entonces parecía reservada a los
informáticos: «reinicio inmunológico».
La comparación es bastante
adecuada. Todos hemos tenido alguna vez un ordenador que funciona de manera
extraña. Las ventanas se bloquean. Los programas dejan de responder. Aparecen
errores absurdos. Finalmente, alguien sugiere la solución universal: apagarlo y
volverlo a encender.
En ocasiones, para sorpresa de
todos, funciona. Lo que las células CAR-T parecen estar haciendo es algo
parecido. No intentan corregir cada error individual. No persiguen cada
anticuerpo defectuoso. No buscan una por una todas las células problemáticas. Simplemente
eliminan una parte importante del sistema y permiten que vuelva a construirse
desde cero.
Lo asombroso es que los primeros
resultados sugieren que el nuevo sistema puede ser más sensato que el anterior.
Por supuesto, la realidad es más complicada que una metáfora informática. El
procedimiento sigue siendo caro, complejo y potencialmente peligroso. Las
células deben extraerse del paciente, modificarse en instalaciones
especializadas y reintroducirse semanas después. Además, las CAR-T pueden
provocar efectos secundarios graves, incluyendo tormentas inflamatorias capaces
de requerir cuidados intensivos.
Nadie está sugiriendo que esta
terapia sea una solución sencilla, pero sí podría convertirse en una solución
profunda, lo que significa una diferencia enorme. Hasta ahora, la mayoría de
los tratamientos autoinmunes funcionaban como un contrato de alquiler. Mientras
el paciente tomaba el medicamento, la enfermedad permanecía razonablemente
controlada. Cuando dejaba de hacerlo, los problemas reaparecían.
Las CAR-T aspiran a algo más
parecido a una reforma estructural. Los médicos empiezan a preguntarse si una
única intervención podría proporcionar años de remisión, o quizá incluso
décadas. Todavía no lo sabemos, porque os estudios son escasos, el seguimiento
es relativamente corto. Los científicos son, por naturaleza, prudentes cuando
algo parece demasiado bueno para ser cierto, pero los resultados obtenidos
hasta ahora han sido suficientemente impresionantes como para generar una
enorme expectación.
Además, el interés no se limita
al lupus. La enfermedad de Graves, ciertas formas de artritis, la
esclerodermia, diversas miopatías inflamatorias y otras patologías autoinmunes
están empezando a entrar en el radar de los investigadores.
La lógica es siempre la misma. Si
la enfermedad depende de células inmunitarias que han aprendido una lección
equivocada, quizá sea posible expulsar a esos alumnos problemáticos del aula y
dejar que una nueva generación empiece de nuevo. Es una idea
extraordinariamente ambiciosa.
Durante siglos, la medicina ha
avanzado añadiendo herramientas. Más fármacos, más procedimientos, más
intervenciones. Las CAR-T representan algo diferente, porque no intentan añadir
una nueva pieza a la maquinaria, sino que tratan de convencer a la maquinaria
de reconstruirse a sí misma.
Si los resultados actuales se
mantienen durante la próxima década, es posible que los historiadores de la
medicina recuerden este momento como el inicio de una nueva era en el
tratamiento de las enfermedades autoinmunes. Una era en la que los médicos
dejaron de preguntarse cómo silenciar un sistema inmunitario rebelde y
comenzaron a preguntarse algo mucho más audaz:
¿Y si simplemente lo reiniciamos?