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lunes, 20 de julio de 2026

PORFIRIO DÍAZ, CIENTO CINCUENTA AÑOS DESPUÉS

 El hombre que impuso orden en México... y olvidó marcharse.

Durante más de un siglo, los escolares mexicanos aprendieron que Porfirio Díaz fue poco menos que el villano oficial de la historia nacional. No deja de ser curioso. Los villanos rara vez construyen ferrocarriles, equilibran las cuentas públicas, atraen inversiones extranjeras y mantienen en paz un país durante tres décadas. Tampoco los héroes suelen amañar elecciones, encarcelar opositores y convencerse de que la patria no puede sobrevivir sin ellos. Díaz hizo ambas cosas. Por eso, ciento cincuenta años después de su llegada al poder, sigue siendo uno de los personajes más discutidos de la historia de Latinoamérica.

El 28 de noviembre de 1876, tras el triunfo del Plan de Tuxtepec, el general Porfirio Díaz entró victorioso en Ciudad de México. Comenzaba un régimen que, con un breve paréntesis entre 1880 y 1884, se prolongaría hasta 1911 y acabaría dando nombre a toda una época: el Porfiriato.

Para comprender por qué los mexicanos aceptaron durante tanto tiempo que un solo hombre gobernara el país conviene olvidarse por un momento de la Revolución y observar el México que encontró Díaz. La independencia de 1821 no había traído la estabilidad prometida. Durante más de medio siglo el país vivió una sucesión casi ininterrumpida de pronunciamientos militares, guerras civiles, bancarrotas, invasiones extranjeras y gobiernos efímeros. La política giraba alrededor de caudillos más que de instituciones, y la autoridad del Estado apenas alcanzaba muchas regiones del territorio.

A esa inestabilidad se añadió un intenso enfrentamiento entre liberales y conservadores. Hasta que Benito Juárez impulsó las Leyes de Reforma y separó definitivamente la Iglesia del Estado, durante décadas la Iglesia católica había conservado un enorme poder económico y político. La Reforma resultó imprescindible para construir un Estado moderno, pero también desencadenó una guerra civil que dejó al país exhausto. Poco después llegó la intervención francesa y el efímero Imperio de Maximiliano. Cuando los republicanos recuperaron el poder, México era una nación soberana, sí, pero también empobrecida, dividida y profundamente cansada.

En ese escenario apareció Porfirio Díaz. Nacido en Oaxaca en 1830, combatió junto a Juárez durante la Guerra de Reforma y alcanzó fama como uno de los héroes de la resistencia contra los franceses. Su prestigio no procedía de la retórica ni de los salones políticos, sino del campo de batalla. Había contribuido a salvar la República y millones de mexicanos le veían como un militar capaz de garantizar algo que el país llevaba décadas buscando sin éxito: estabilidad.

La ironía histórica quiso que aquel héroe liberal se levantara inicialmente contra la reelección de Juárez y, pocos años después, contra la de Sebastián Lerdo de Tejada. El primero de esos intentos fracasó. El segundo lo condujo a la presidencia. En noviembre de 1876 comenzó un régimen que había nacido en nombre de la no reelección y que terminaría convirtiéndose en la reelección más prolongada de la historia moderna de México.

Sin embargo, la mayoría de los mexicanos no recibió a Díaz como a un dictador, sino como al hombre que podía poner fin al desorden. Hoy solemos juzgar aquel momento desde la comodidad de los sistemas constitucionales actuales, pero para muchos ciudadanos del siglo XIX el principal problema no era la falta de democracia. Era la ausencia de seguridad. Los caminos estaban infestados de bandoleros, los caciques dominaban extensas regiones y la administración apenas funcionaba. Antes que libertad política, buena parte del país reclamaba paz.

Díaz entendió perfectamente aquella demanda. Su lema, «Poca política y mucha administración», resumía una manera de gobernar que perseguía reducir los conflictos y favorecer el desarrollo económico. Mientras otros países latinoamericanos continuaban atrapados en guerras civiles, México empezó a ofrecer una imagen de estabilidad que atrajo capitales nacionales y extranjeros.

Los resultados fueron espectaculares. Cuando Díaz llegó al poder apenas existían unos centenares de kilómetros de ferrocarril. Treinta años después, la red ferroviaria superaba los diecinueve mil kilómetros y conectaba las principales ciudades con los puertos y la frontera estadounidense. Se ampliaron las líneas telegráficas, crecieron la minería y la industria, mejoraron las finanzas públicas y el país comenzó a integrarse en la economía internacional como nunca lo había hecho.

Detrás de esa modernización se encontraba un grupo de colaboradores conocidos como los Científicos, un nombre que puede inducir a error. No eran hombres de laboratorio, sino políticos y economistas influidos por el positivismo, convencidos de que el progreso material acabaría resolviendo los problemas nacionales. Durante algunos años pareció que tenían razón. México crecía, las inversiones llegaban y el Estado empezaba, por fin, a funcionar con cierta eficacia.

Pero el progreso, como ocurre con frecuencia en la historia, llevaba escondida su propia contradicción. La prosperidad, sin embargo, no había alcanzado a todos por igual. Mientras las ciudades crecían y el comercio florecía, la riqueza se concentraba en pocas manos. Grandes haciendas absorbían tierras comunales, millones de campesinos seguían atrapados por las deudas con sus patronos y numerosos pueblos indígenas perdían las propiedades que habían conservado durante generaciones. En Yucatán continuaba la larga Guerra de Castas y, en el norte, miles de yaquis fueron deportados para trabajar en condiciones miserables en plantaciones de henequén y caña de azúcar. El país avanzaba, pero no todos viajaban en el mismo tren.

A esa desigualdad se sumaba otra limitación aún más peligrosa: la política permanecía inmóvil. Díaz nunca necesitó instaurar un régimen de terror comparable al de otras dictaduras posteriores. Le bastó con controlar las elecciones, mantener sometida a la prensa más crítica y recordar periódicamente que la paz tenía un precio. Gobernadores, jueces y parlamentarios comprendían perfectamente que su permanencia en el cargo dependía de la confianza del presidente.

La gran paradoja del Porfiriato es que cuanto más eficaz se mostraba el Estado, más innecesario parecía el propio Porfirio Díaz. Las instituciones comenzaban a funcionar, la administración era más sólida y la economía crecía, pero el régimen seguía descansando sobre una única persona. El héroe liberal que había combatido la reelección de Benito Juárez terminó convencido de que solo él podía garantizar la estabilidad de México.

Aquella convicción acabó convirtiéndose en su mayor error. Los regímenes personalistas suelen creer que confunden su propia supervivencia con la del Estado. Mientras todo funciona, la diferencia parece irrelevante. El problema aparece cuando el gobernante envejece y nadie sabe cómo sustituirlo sin poner en riesgo todo el edificio político.

Eso fue exactamente lo que ocurrió. En 1908, durante una entrevista concedida al periodista estadounidense James Creelman, Díaz dejó entrever que México estaba preparado para celebrar elecciones libres y que él no tendría inconveniente en retirarse. Probablemente pensó que controlaría la transición igual que había controlado el país durante treinta años. Calculó mal.

Un rico hacendado coahuilense llamado Francisco I. Madero tomó aquellas palabras al pie de la letra. Fundó el Partido Antirreeleccionista y convirtió una consigna aparentemente sencilla en un poderoso programa político: «Sufragio efectivo, no reelección». La ironía era evidente. El lema que derribó al Porfiriato era, en esencia, el mismo con el que el propio Díaz había justificado su rebelión contra Juárez casi cuarenta años antes.

Cuando el anciano presidente decidió volver a presentarse, la maquinaria empezó a resquebrajarse. No fue únicamente una rebelión de los pobres contra los ricos, ni una simple explosión de hambre. Fue también la protesta de una sociedad que había cambiado más deprisa que su sistema político. El México de 1910 era mucho más moderno que el de 1876, pero seguía gobernado con las mismas reglas.

La Revolución convirtió a Porfirio Díaz en el villano perfecto. Durante décadas apenas se habló de los ferrocarriles, del saneamiento de las finanzas públicas o de la consolidación del Estado. Del mismo modo, algunos de sus admiradores actuales parecen olvidar la represión política, la desigualdad social o la ausencia de libertades. Ni unos ni otros hacen justicia a la historia.

Ciento cincuenta años después de su llegada al poder, quizá sea posible contemplar al personaje con mayor serenidad. Porfirio Díaz no fue el monstruo que describieron los manuales revolucionarios, pero tampoco el gobernante providencial que algunos reivindican hoy. Fue un extraordinario constructor de Estado que nunca aprendió a construir instituciones capaces de sobrevivirle. Pacificó un país agotado por medio siglo de guerras, impulsó su modernización y lo incorporó a la economía mundial, pero acabó creyendo que la estabilidad dependía exclusivamente de su permanencia en el poder.

Ese fue, probablemente, su mayor fracaso. Los países pueden necesitar, en determinados momentos, dirigentes fuertes capaces de imponer orden donde reina el caos. Lo que nunca deberían necesitar es hombres imprescindibles. Cuando una nación llega a esa conclusión, el problema ya no es el gobernante. Es el propio sistema. 

Y quizá sea esa, más que cualquier otra, la lección que sigue dejando Porfirio Díaz siglo y medio después: construir un Estado es una hazaña; conseguir que funcione sin depender de un solo hombre es una obra mucho más difícil.