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domingo, 19 de julio de 2026

EL ENIGMA DEL ORGASMOTRÓN

 

Si hubiera que confeccionar una lista de los científicos más extravagantes del siglo XX, Wilhelm Reich ocuparía sin duda uno de los primeros puestos. Competiría con quienes aseguraban haber descubierto la Atlántida o inventado máquinas de movimiento perpetuo. La diferencia era que Reich había comenzado siendo un investigador brillante.

Nacido en 1897, estudió Medicina en Viena y fue uno de los discípulos más prometedores de Sigmund Freud. Sin embargo, pronto comenzó a desarrollar ideas cada vez más heterodoxas sobre la sexualidad. Convencido de que muchas neurosis eran consecuencia de una vida sexual insatisfactoria, publicó en 1927 La función del orgasmo, obra que marcó el inicio de su ruptura con el psicoanálisis ortodoxo.

Exiliado primero de los círculos psicoanalíticos y después de Europa por el ascenso del nazismo, Reich se instaló en Estados Unidos, donde sus teorías tomaron un rumbo todavía más sorprendente. Afirmó haber descubierto una misteriosa "energía orgónica" presente en todos los seres vivos y diseñó un aparato destinado a acumularla: una sencilla cabina formada por capas alternas de madera y metal en cuyo interior los pacientes permanecían sentados durante un tiempo determinado. Según Reich, aquel dispositivo podía aliviar trastornos psicológicos, aumentar la potencia sexual e incluso combatir el cáncer.

Las autoridades sanitarias estadounidenses no compartieron semejante entusiasmo. Acusado de fraude y desacato por seguir comercializando sus acumuladores de orgón, Reich fue condenado a prisión, donde murió en 1957.

Su extravagante invento habría caído probablemente en el olvido de no ser porque Woody Allen lo inmortalizó en Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo (pero nunca se atrevió a preguntar). Allí aparecía una gigantesca máquina capaz de provocar orgasmos instantáneos, bautizada con un nombre mucho más memorable que el original: el orgasmotrón. La historia resulta divertida, pero detrás de ella se escondía una pregunta extraordinariamente seria:

¿Para qué sirve realmente el orgasmo?

En el hombre la respuesta parece evidente. El orgasmo culmina una compleja secuencia de respuestas nerviosas, hormonales y musculares que termina con la eyaculación. Sin ese mecanismo, los espermatozoides no alcanzarían el aparato reproductor femenino y la reproducción sexual sería imposible. Desde el punto de vista evolutivo, su utilidad parece incuestionable.

Con el orgasmo femenino ocurre algo muy distinto. Las mujeres ovulan de forma espontánea durante su ciclo menstrual, independientemente de que mantengan relaciones sexuales. Pueden quedarse embarazadas sin experimentar orgasmo alguno y tener hijos perfectamente sanos. Entonces, ¿por qué la selección natural ha conservado durante millones de años un mecanismo fisiológico tan complejo como el que desencadena un orgasmo femenino?

Durante siglos nadie se planteó seriamente esta cuestión porque predominaba una idea equivocada. Desde la Antigüedad hasta bien entrado el siglo XIX se creyó que el orgasmo femenino era imprescindible para la concepción. El historiador de la medicina Thomas Laqueur recuerda que médicos tan influyentes como Galeno sostenían que tanto hombres como mujeres aportaban durante el clímax una especie de "semilla" necesaria para formar un nuevo ser.

La fisiología moderna demostró que aquello era falso. Los estudios de William Masters y Virginia Johnson confirmaron que el orgasmo femenino no es indispensable para la fecundación. Además, revelaron un dato anatómico decisivo: el principal órgano responsable del orgasmo femenino no es la vagina, sino el clítoris, una estructura extraordinariamente rica en terminaciones nerviosas cuya función conocida es proporcionar placer.

La cuestión, lejos de resolverse, se volvió todavía más intrigante. Uno de los primeros en ofrecer una explicación convincente fue el paleontólogo Stephen Jay Gould. Según él, no todo cuanto existe en un organismo tiene necesariamente una función adaptativa. Algunas características aparecen simplemente porque forman parte del mismo programa de desarrollo embrionario.

El ejemplo clásico son los pezones masculinos. Los hombres no los necesitan para alimentar a sus hijos, pero los poseen porque durante las primeras semanas del desarrollo los embriones masculinos y femeninos siguen exactamente el mismo plan de construcción. Con el orgasmo femenino podría ocurrir algo parecido. El clítoris y el pene proceden del mismo tejido embrionario y conservan una organización nerviosa muy similar. Si el pene produce orgasmos, el clítoris también. El orgasmo femenino sería así un subproducto del desarrollo, igual que los pezones masculinos.

La hipótesis era sofisticada y convincente, pero dejaba algunas dudas. El orgasmo femenino implica una respuesta fisiológica extraordinariamente compleja: aumenta la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la respiración; intervienen numerosas hormonas y neurotransmisores y se producen intensas contracciones de la musculatura pélvica. Resultaba difícil aceptar que un mecanismo tan elaborado hubiera permanecido durante millones de años sin desempeñar ninguna función.

Durante las décadas siguientes aparecieron diversas explicaciones. Una de las más conocidas fue la propuesta por Robin Baker y Mark Bellis, quienes sugirieron que las contracciones del orgasmo favorecerían la retención del semen dentro del aparato reproductor femenino. La hipótesis alcanzó cierta popularidad en los años noventa, aunque las pruebas experimentales nunca llegaron a ser concluyentes y hoy se considera una posibilidad entre varias.

El verdadero cambio de perspectiva llegó en 2016. Ese año, los biólogos evolutivos Mihaela Pavličev y Günter P. Wagner publicaron en la revista Journal of Experimental Zoology un artículo que proponía una explicación completamente distinta. Su objetivo no era averiguar para qué sirve hoy el orgasmo femenino, sino cuál fue su origen evolutivo. La clave consistía en mirar más allá de la especie humana.

Las mujeres ovulan espontáneamente, pero muchas hembras de mamíferos —como las conejas, las gatas, las huronas, las llamas o los camellos— solo liberan el óvulo después de la cópula. Son especies de ovulación inducida. En ellas, el apareamiento desencadena una cascada hormonal que culmina con la ovulación.

Pavličev y Wagner observaron que esa respuesta neuroendocrina presenta sorprendentes semejanzas con los cambios fisiológicos que acompañan al orgasmo femenino humano. A partir de esa comparación propusieron una hipótesis tan sencilla como sugerente: el orgasmo femenino sería el vestigio evolutivo de aquel antiguo reflejo que en nuestros antepasados desencadenaba la ovulación. Cuando los primates evolucionaron hacia una ovulación espontánea, el mecanismo perdió su función original, pero no desapareció. Permaneció incorporado a la respuesta sexual femenina.

La idea resultaba especialmente atractiva porque explicaba el origen del orgasmo, algo distinto de las posibles funciones que pudiera desempeñar en la actualidad, como reforzar el vínculo de pareja o aumentar el placer asociado a la actividad sexual. Naturalmente, una hipótesis tan ambiciosa necesitaba ser puesta a prueba.

Tres años después, los mismos investigadores publicaron en Proceedings of the National Academy of Sciences un ingenioso experimento utilizando conejas, una especie de ovulación inducida. Administraron a algunos animales fluoxetina, el principio activo del conocido antidepresivo Prozac, uno de cuyos efectos secundarios en las personas consiste precisamente en dificultar el orgasmo.

Si el orgasmo femenino y el antiguo reflejo ovulatorio compartían mecanismos neuroendocrinos, interferir con ellos debería afectar también a la ovulación de las conejas. Y eso fue exactamente lo que observaron. Los animales tratados con fluoxetina presentaron una reducción significativa de la ovulación inducida por la cópula. El experimento no demostraba definitivamente la hipótesis, pero proporcionaba el primer apoyo experimental importante a la idea de que ambos fenómenos podrían compartir un origen evolutivo común.

Como ocurre con frecuencia en ciencia, el debate continúa abierto. Otros investigadores han señalado que todavía existen aspectos por aclarar y que ninguna explicación resuelve por completo un fenómeno tan complejo. Pero precisamente ahí reside el interés de esta historia: en mostrar cómo avanza la ciencia. Las hipótesis no se aceptan porque resulten ingeniosas, sino porque sobreviven a los intentos de refutarlas.

Quizá nunca lleguemos a conocer toda la historia del orgasmo femenino. La evolución no deja manuales de instrucciones y los biólogos deben reconstruir el pasado a partir de comparaciones anatómicas, estudios fisiológicos y experimentos cuidadosamente diseñados. Lo verdaderamente fascinante es que una pregunta que comenzó entre las extravagancias de Wilhelm Reich y terminó inspirando una de las escenas más divertidas de Woody Allen haya acabado convirtiéndose en un problema central de la biología evolutiva.

Reich estaba completamente equivocado acerca de la energía orgónica y de sus supuestos acumuladores. Pero acertó, sin proponérselo, al llamar la atención sobre un fenómeno cuya complejidad seguimos intentando comprender.

Tal vez esa sea la mejor lección de esta historia. Incluso una idea disparatada puede contener una buena pregunta. Y, en ciencia, las buenas preguntas suelen ser mucho más valiosas que las respuestas precipitadas.

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Este artículo es una actualización de otro titulado "Orgasmotrón", que publiqué el 30 de abril de 2011.