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jueves, 3 de septiembre de 2026

CEUTA: PEDRO SÁNCHEZ Y LA OBLIGADA DIPLOMACIA DEL SILENCIO

 

Escribió Lord Palmerston que «las naciones no tienen aliados perpetuos ni enemigos permanentes; lo único permanente son nuestros intereses, y nuestro deber es defenderlos».

El informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras ha introducido un elemento de gravedad en la crisis de Ceuta. Según el documento remitido a la Audiencia Nacional, agentes marroquíes habrían guiado activamente a miles de personas hacia los puntos de entrada los días 30 y 31 de julio. Las imágenes analizadas por la Policía apuntan a una operación que difícilmente puede explicarse como un desbordamiento espontáneo de la frontera. El informe, sin embargo, no atribuye formalmente la autoría intelectual al Gobierno marroquí. Es una distinción importante, aunque no elimina el problema político.

Pedro Sánchez ha optado por no acusar a Rabat. En su entrevista en la Cadena SER sostuvo que Marruecos cooperó desde el primer momento y atribuyó el desencadenamiento de la crisis a campañas de desinformación y a redes criminales. La posición del presidente ha irritado a Ceuta, ha dado munición a la oposición y ha desconcertado también a sectores de la izquierda. La reacción más inmediata consiste en preguntar: si la Policía encuentra indicios de participación de agentes marroquíes, ¿por qué el Gobierno no alza la voz?

La respuesta corta es que la diplomacia no suele consistir en decir en público todo lo que un Estado sabe, sospecha o teme. Y la respuesta larga exige mirar al otro lado del Estrecho sin los prismáticos de la política de tertulia.

En Política entre naciones, Hans Morgenthau, el gran formulador del realismo político, escribió que el estadista debe pensar el interés nacional en términos de poder. No estaba recomendando el cinismo, ni justificando cualquier cosa en nombre de la razón de Estado. Advertía de algo más serio: las decisiones públicas deben medirse por sus consecuencias, no por su capacidad de arrancar aplausos. La prudencia, decía, es la virtud suprema de la política exterior porque obliga a comparar males, calcular riesgos y distinguir entre el gesto satisfactorio y la decisión útil.

Eso no convierte automáticamente en acertada cualquier cautela del Gobierno. Pero permite entender por qué un presidente español puede considerar más peligroso abrir una crisis diplomática con Marruecos que soportar durante unos días o unas semanas el coste político de parecer excesivamente complaciente.

España y Marruecos no mantienen una relación bilateral convencional. No son dos países que intercambian notas verbales y celebran cumbres cuando conviene a ambos ministros de Exteriores. Son vecinos unidos por una interdependencia áspera: comercio, seguridad, terrorismo, pesca, transporte, energía, inversiones, el Sáhara Occidental y, sobre todo, una frontera cuya llave física está en manos marroquíes.

Robert Keohane y Joseph Nye explicaron hace casi medio siglo, en Power and Interdependence, que la dependencia mutua no elimina el poder: lo redistribuye. La pregunta decisiva no es quién necesita más al otro en términos generales, sino quién tiene más que perder si un determinado vínculo se rompe. Marruecos no puede prescindir sin coste de España y de la Unión Europea. Pero España tampoco puede ignorar que Rabat controla, en la práctica, la intensidad de la vigilancia en Castillejos, Nador y buena parte de las rutas atlánticas.

La experiencia de 2021 lo dejó al descubierto. En apenas dos días entraron en Ceuta unas 8 000 personas, después de que los controles marroquíes se relajaran de forma ostensible en plena crisis por la acogida en España de Brahim Ghali. El precedente fue interpretado por numerosos analistas como un recordatorio de poder: Marruecos podía teatralizar el caos fronterizo y trasladar a Madrid una factura política inmediata. La frontera no era sólo una frontera; era también un tablero de negociación.

La politóloga Kelly Greenhill llamó a esto «migración coercitiva diseñada». Su tesis es incómoda porque obliga a separar dos cosas que en el debate público suelen confundirse: las personas desplazadas no son armas, pero pueden ser utilizadas como instrumentos por quienes controlan su salida, sus rutas o su llegada a una frontera. El objetivo no tiene por qué ser conquistar territorio. Puede ser obtener ayuda, reconocimiento, una rectificación diplomática o simplemente recordar al vecino que la estabilidad tiene precio.

Esa es la primera razón para evitar afirmaciones rotundas cuando la investigación judicial está abierta. Acusar oficialmente al Gobierno de Marruecos sin una prueba concluyente obligaría a exigir una respuesta. Y si Rabat respondiera reduciendo su cooperación migratoria, España se encontraría de nuevo ante una frontera convertida en mecanismo de presión. No es una hipótesis extravagante: es lo que ya ocurrió, a menor escala, en 2021.Y quies olvidan esto, que recuerden la Marcha Verde de 1975.

La segunda razón se llama seguridad. España y Marruecos sostienen desde hace años una cooperación intensa contra el terrorismo, las redes de trata, el narcotráfico y la delincuencia organizada. El acuerdo bilateral de seguridad incluye precisamente intercambio de información y apoyo en investigaciones sobre terrorismo e inmigración irregular. El marco de cooperación no es una cortesía diplomática: es una pieza de la seguridad nacional española.

La tercera razón es económica. Marruecos es el principal socio comercial de España fuera de la Unión Europea y España sigue siendo el primer proveedor y cliente europeo del reino alauí. La automoción, la logística, el textil, la agricultura y las infraestructuras han tejido durante años una red de intereses que no desaparece porque un portavoz decida elevar el tono. ICEX resume esa posición central. También Inditex mantiene en Marruecos uno de sus grandes clústeres de producción. La diplomacia no se hace para proteger balances empresariales, pero una ruptura o una escalada comercial tampoco la pagan los ministros: la pagan empresas, trabajadores y consumidores.

Queda el Sáhara Occidental, la cuestión que gravita sobre todo lo demás. En 2022 Sánchez avaló el plan marroquí de autonomía como «la base más seria, realista y creíble» para resolver el conflicto. Aquel giro cerró la crisis con Rabat, pero abrió otra en la política española y deterioró la relación con Argelia. No fue una decisión inocua ni indiscutible. Tampoco se puede presentar como una cuestión liquidada: la Unión Europea continúa remitiendo formalmente la salida del conflicto al proceso de Naciones Unidas y el Tribunal de Justicia de la UE ha subrayado el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui. La sentencia europea sobre los acuerdos comerciales es un recordatorio de que la geopolítica tiene también límites jurídicos.

La diplomacia del silencio, por tanto, sólo es defendible si no se convierte en diplomacia de la indefensión. España debe preservar los canales con Rabat, porque sería absurdo prescindir de ellos; pero debe hacerlo desde una posición europea, con capacidad de documentar los hechos, reforzar Ceuta, mejorar los dispositivos de acogida y reducir la ventaja que proporciona a Marruecos el control de la frontera. La petición española de ayuda a Frontex va en esa dirección, aunque llega después de una crisis de enormes dimensiones. La asistencia solicitada a la agencia europea no resuelve el problema de fondo, pero evita que Ceuta quede sola.

Hay una forma infantil de entender la firmeza: elevar la voz, retirar al embajador y exigir una humillación pública del vecino. Suele ser la firmeza de quienes no tendrán que administrar las consecuencias. Y hay una forma igual de infantil de entender la prudencia: callar indefinidamente, negar los indicios y confundir la buena relación con la subordinación.

La política exterior adulta discurre entre esos dos precipicios. No exige a Sánchez que convierta cada informe policial en una crisis de Estado. Le exige que no utilice la razón de Estado como una cortina detrás de la cual desaparezcan la transparencia, la responsabilidad y la defensa de Ceuta. La prudencia puede ser una virtud; la opacidad permanente, no. En ese sentido, la intervención de Pedro Sánchez en el Congreso, que estoy escuchando mientras escribo, ha venido a iluminar el escenario.

Marruecos sabe que España necesita cooperación. España debe demostrar que esa necesidad no equivale a vulnerabilidad. Esa es la verdadera tarea de la diplomacia.