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sábado, 15 de septiembre de 2018

Granjas ancestrales de plumas sagradas

Guacamayos escarlatas como este vuelan en las selvas tropicales de México, América Central y el Amazonas. ¿Qué están haciendo sus esqueletos en yacimientos arqueológicos en los desiertos del suroeste de los Estados Unidos, al menos a 2000 kilómetros al norte y en un ecosistema completamente diferente? TIM FITZHARRIS/MINDEN PICTURES

Entre los años 900 y 1200 un grupo de nativos americanos vivía en ChacoCanyon, en lo que ahora es el noroeste de Nuevo México, que por entonces se llamaba Yootó Hahoodzo, un topónimo navajo. Eran parte de los amerindios conocidos como Pueblo Ancestral. Esos pueblos comerciaron ampliamente con comunidades del lejano sur de América: artículos como cacao en grano, campanas de cobre y joyas hechas de conchas marinas se han encontrado en Pueblo Bonito, una gran casa de varios pisos situada en Chaco, un cañón en el que hay más de 600 viviendas. Pero ninguno de esos restos presentaba a los arqueólogos un dilema tan grande como el de los restos de guacamayos.
En varios sitios del yacimiento arqueológico se han encontrado huesos de 35 guacamayos escarlatas (Ara macao). Las aves desempeñaban un papel importante en la mitología nativa de América, y los guacamayos se convirtieron en parte de la cultura de algunos grupos. Se mantenían como mascotas y sus plumas eran muy apreciadas. Pero dado que la población natural más cercana de estas aves está -y estaba- a unos 2.000 km de distancia, la pregunta era cómo los guacamayos podían haber terminado sus días en ese cañón teniendo por medio uno de los desiertos más inhóspitos de Norteamérica, el de Chihuahua.
En aquellos tiempos antiguos, la gente del suroeste de Estados Unidos no tenía caballos, vagones o canales de agua para comunicarse con las regiones distantes del sureste de México, donde viven los guacamayos escarlatas silvestres. Los arqueólogos habían supuesto que esas aves habían sido llevadas a pie por comerciantes a través del desierto de Chihuahua, que conforma gran parte del centro de México. Sin embargo, es muy dudoso que muchos guacamayos sobrevivieran a un viaje tan duro. Douglas Kennett, de la Universidad Estatal de Pensilvania, y Stephen Plog, de la Universidad de Virginia, y un grupo de colegas se pusieron manos a la obra para investigar si había pistas genéticas en los restos de los loros.
Este cráneo de Ara macao fue excavado en Pueblo Bonito por investigadores del American Museum of Natural History en 1897. Foto.
Los investigadores recolectaron muestras de ADN de los huesos de las aves de Chaco Canyon, junto con una muestra más pequeña de huesos de guacamayos contemporáneos de la región de Mimbres en el sur de Nuevo México. En total, pudieron reconstruir completamente los genomas mitocondriales de catorce guacamayos. Sorprendentemente, encontraron una diversidad genética excepcionalmente baja entre las aves. Como informaron en un artículo publicado el pasado mes de agosto en la revista científica PNAS, todos los guacamayos que vivieron en la región de Chaco entre los años 900 y 1200 estaban muy relacionados entre sí: los genomas de todos ellos son extraordinariamente parecidos, mucho más de lo que ningún fenómeno de migración natural podría explicar. Y también se parecen mucho a las poblaciones actuales de guacamayos de la zona tropical del golfo de México.
Aunque es posible que una pequeña población que vivía a lo largo del límite septentrional del área de distribución natural de los guacamayos fuera visitada por comerciantes recolectores de aves, y que esto tuviera como consecuencia que los loros de Chaco fueran sus parientes, los investigadores piensan que eso es algo extremadamente improbable. Su hipótesis alternativa es que algunos guacamayos fueron cuidadosamente alimentados y mimados durante un arduo viaje a través del centro de México y luego se utilizaron para establecer una granja de cría en algún lugar del suroeste de los Estados Unidos o del norte de México. Dónde pudo haber estado la primera de las granjas de cría sigue siendo un misterio, pero que podría haber existido es un testimonio más de lo apreciados que eran los guacamayos como símbolos de las clases acomodadas.
De esos datos se desprende una conclusión deslumbrante. Durante aquel periodo de la historia precolombina, unos tres siglos, las poblaciones nativas de los trópicos mexicanos domesticaron al guacamayo, lo criaron en granjas y crearon una industria basada en sus colores provocativos y vanidosos. Algunos científicos lo definen como una “granja de plumas”, otros hablan de un negocio de rituales y símbolos de estatus. Puede que encontrarlos allí sea algo deslumbrante para la historia americana, pero no lo sería tanto de saber que las granjas de cría de aves sagradas era un fenómeno extendido en el antiguo Egipto, como Adrian Burton y yo mismo pusimos de relieve en nuestro libro Life Lines (Líneas de Vida) que los interesados pueden descargar gratuitamente en este enlace, uniéndose así a los miles de lectores que ya lo han hecho por cortesía de la Ecological Society of America.
Pirámide Djoser en Saqqara. Foto.
Al sur de El Cairo se encuentra la enigmática necrópolis de Saqqara. Este complejo de pirámides, tumbas y catacumbas guarda los secretos de más de 3.000 años de ceremonias religiosas y funerarias egipcias. Recibir sepultura en Saqqara no solo era privilegio de los faraones o de los altos funcionarios; allí también se enterraban muchos animales. Probablemente para servir como exvotos, se disecaron halcones, gatos, babuinos, toros y otros animales, aunque ninguno de ellos en cantidades tan grandes como los ibis sagrados africanos (Threskiornis aethiopicus). Un cálculo aproximado cifra en cuatro millones el número de ibis momificados de Saqqara. Durante los 400 años de ceremonias celebradas en el período grecorromano, estas aves fueron enterradas a un ritmo de diez mil por año. Se cree que hay enterrados otros cuatro millones en la necrópolis Tuna al Gebel de Hermópolis. Unas cifras tan enormes sugieren que alguna vez Egipto debió producir ibis a escala industrial.
Ibis sagrado, Threskiornis aethiopicus. Foto
Ciertamente, no faltan pruebas de que los animales fueron criados en santuarios por los antiguos egipcios para fines religiosos. Incluso los sacerdotes criaron cocodrilos en algunos lugares consagrados. Pero la reproducción y la cría de 10.000 ibis sagrados al año para una ceremonia fúnebre sería una enorme tarea. Dado que los ibis sagrados producen entre dos y cinco huevos al año, aunque supongamos que prosperaran cuatro de ellos en promedio, se requieren criar en cautiverio 2.500 parejas (es decir, 5.000 aves parentales) y atender a un total de 15.000 aves.
Hasta ahora no se ha descubierto ninguna evidencia física de unas instalaciones que pudieran haber albergado una empresa de ese tipo. Podría haber sido una iniciativa a escala industrial, pero lamentablemente no estamos seguros de que exista algún lugar físico donde se hubiera llevado a cabo la cría a gran escala a menos que fuera en las orillas del lago Abusir, una zona que aún no se ha excavado. Cabe la posibilidad que esa gente tuviese pequeñas instalaciones de cría de ibis, como tienen hoy las familias rurales que crían gallinas. Si ese fuera el caso, tan solo mil familias avicultoras que criaran diez polluelos al año podrían satisfacer la demanda anual de Saqqara.
Algunas fuentes escritas antiguas apuntan, sin embargo, hacia la existencia de grandes explotaciones de ibis a escala industrial que están aún por descubrir. Por ejemplo, el Archivo de Hor recoge la cantidad de comida que se requería para alimentar a 60.000 ejemplares y habla de un portero cuya tarea era guardar a las aves y sus polluelos.
¿Unos corrales perdidos del Nilo? Quizás. Cualquiera que sea la respuesta, es difícil sustraerse a la ironía de que, en el Egipto moderno, ni un solo ibis sagrado pasea por las orillas del gran río. Claro que tampoco hay guacamayos asilvestrados en los alrededores de Chaco Canyon. Y es que a los loros no les gusta el desierto. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.