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miércoles, 11 de febrero de 2026

EL AZÚCAR, UN VILLANO TAN DAÑINO COMO EL TABACO

 

Hubo un tiempo en que el azúcar era un lujo casi exótico. En la España de la posguerra, las cartillas de racionamiento mantenían a raya los dulces y un caramelo podía tener el valor simbólico de un anillo de compromiso. Cuando en 1952 desaparecieron las restricciones, el país se lanzó a la repostería con el entusiasmo de quien ha pasado años mirando escaparates. El consumo se duplicó en poco tiempo.

Décadas más tarde, la ciencia empezó a mirar atrás. Aquellos niños —los que crecieron soñando con pasteles y los que nacimos poco después, ya entre montañas de chuches— se convirtieron sin saberlo en participantes de un experimento nutricional a escala continental. Un estudio publicado en Nature analizó a los británicos que, por pura circunstancia histórica, habían pasado sus primeros mil días de vida —desde el embarazo hasta los dos años— bajo estrictas restricciones de azúcar tras la Segunda Guerra Mundial. Resultado: un 14% menos de insuficiencia cardiaca en la edad adulta. No es una cifra pequeña. Es la diferencia entre una vida con marcapasos y otra con paseos tranquilos.

Antes, Science ya había revelado que esos mismos niños presentaban, décadas después, un 35% menos de diabetes tipo 2 y un 20% menos de hipertensión. El British Medical Journal añadió datos cardiovasculares: menos infartos, menos ictus. Otros equipos han observado beneficios en hígado graso y enfermedades respiratorias. En otras palabras: lo que comiste antes de aprender a hablar puede estar negociando hoy con tu cardiólogo.

De dulce capricho a problema global

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha decidido tratar el azúcar con la misma severidad retórica que antes reservaba al tabaco. En 2025 lanzó la iniciativa “3 by 35”, proponiendo gravar con impuestos contundentes el tabaco, el alcohol y las bebidas azucaradas para evitar millones de muertes prematuras.

En Europa, el sistema Nutriscore endureció su algoritmo contra el azúcar añadido. En Estados Unidos, las nuevas guías dietéticas 2026–2030 desaconsejan por primera vez cualquier cantidad de azúcar añadido en menores de diez años. La ofensiva política es clara: el dulce ha dejado de ser inocente.

Y el problema es que está en todas partes. El adulto europeo medio consume entre 90 y 100 gramos diarios de azúcares totales. De ellos, unos 35–45 gramos son azúcares libres o añadidos. Traducido a cucharaditas: entre ocho y once cada día. La OMS recomienda idealmente no superar los 25 gramos. Es decir, la mayoría vamos un par de cucharadas por delante de lo prudente.

En Estados Unidos la cifra es aún mayor; en Alemania y Países Bajos ronda los cien gramos diarios; España se queda algo por debajo (76 g/día de azúcares totales), pero no tanto como para tirar cohetes. Somos golosos discretos.

El azúcar invisible

Reducir las ingestas sería más fácil si el azúcar no practicara el arte del camuflaje. Se esconde bajo más de sesenta alias: dextrosa, maltosa, jarabe de maíz, concentrado de zumo de fruta, néctar de agave, melaza…. Si un fabricante reparte el dulzor en cuatro nombres distintos, ninguno aparece en primer lugar en la etiqueta.

El consumidor lee “harina de trigo” y se siente a salvo. Mientras tanto, el azúcar camuflado sonríe desde el tercer, cuarto y quinto puesto. Está en el pan de molde, en las salsas de tomate, en embutidos, en aliños, en sopas instantáneas. Es el polizón con más éxito de la industria alimentaria.

Fuentes de fructosa

Glucosa y fructosa: primos desiguales

Conviene aclarar un detalle bioquímico. El azúcar de mesa, la sacarosa, está formado por glucosa y fructosa a partes iguales. La glucosa es el combustible universal de nuestras células. El cerebro la adora. Nuestro cuerpo sabe fabricarla a partir de casi cualquier carbohidrato. Es, por decirlo así, el combustible estándar del organismo.

La fructosa, en cambio, es otra historia. No es esencial. Durante la mayor parte de nuestra evolución la obteníamos en pequeñas cantidades de la fruta o de la miel. El hígado es quien debe procesarla, y lo hace con un entusiasmo parecido al que muestra frente al alcohol: puede manejarla, sí, pero ni indefinidamente ni en exceso.

Cuando la industria añade azúcar a todo —desde yogures hasta kétchup— está añadiendo también fructosa innecesaria en cantidades que ninguno de nuestros ancestros cazadores-recolectores habría imaginado.

La vieja batalla científica

Que el azúcar no fuera tan inocente se sospechaba desde hace medio siglo. En el Londres de los años setenta, el nutricionista John Yudkin publicó Pure, White and Deadly: How Sugar Is Killing Us and What We Can Do to Stop It (Puro, blanco y mortal. Cómo el azúcar nos está matando y qué podemos hacer para detenerlo), un libro en el que señalaba al azúcar como motor de obesidad, diabetes y enfermedad cardiaca. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Ancel Keys defendía que las grasas saturadas eran el gran enemigo, apoyándose en su influyente Estudio de los Siete Países.

Keys ganó la batalla mediática. Las guías dietéticas estadounidenses de 1980 recomendaron reducir la grasa. La industria respondió con entusiasmo creativo: si quitamos grasa, añadamos azúcar para que el yogur no sepa a cartón mojado. Así nacieron los productos “low fat” rebosantes de fructosa enmascarada en jarabe de maíz.

Años después se supo que el lobby azucarero había financiado informes que minimizaban los riesgos del azúcar y desviaban la atención hacia las grasas. Yudkin quedó relegado durante décadas. La historia tiene algo de tragedia griega, con azúcar en vez de coro.

Hoy el consenso científico es bastante claro: un consumo elevado de azúcares añadidos contribuye de forma significativa a obesidad, diabetes tipo 2, hígado graso no alcohólico y enfermedad cardiovascular. No es el único factor —la vida moderna ofrece un generoso menú de sedentarismo y exceso calórico—, pero es uno de los más consistentes.

Calorías que no llenan

Las bebidas azucaradas son el ejemplo más contundente. Un refresco aporta una cantidad formidable de azúcar sin producir saciedad. El cuerpo no registra esas calorías líquidas como comida real. En 2020 se atribuyeron globalmente millones de casos nuevos de diabetes y enfermedad cardiovascular al consumo de estas bebidas.

Estudios recientes indican además que el azúcar líquido es más dañino que el sólido. Un zumo de naranja, despojado de la fibra de la fruta entera, se comporta metabólicamente más como un refresco que como una naranja. Sin fibra que frene la absorción, la glucosa irrumpe en sangre como una ola que obliga al páncreas a responder con descargas repetidas de insulina. Con el tiempo, el sistema se vuelve menos sensible. Es lo que llamamos resistencia a la insulina, antesala de la diabetes.

Hay indicios también de que el exceso de azúcar promueve procesos inflamatorios y altera la respuesta inmunitaria. Algunos especialistas recomiendan moderarlo en enfermedades como psoriasis o trastornos intestinales crónicos. No es una panacea inversa, pero tampoco un actor neutral.

¿Podríamos vivir sin azúcar añadido?

La respuesta rotunda es sí. Durante la mayor parte de la historia humana, el azúcar refinado era un lujo escaso. Nuestro organismo no necesita azúcar añadido para funcionar. Necesita energía, que puede obtener de carbohidratos complejos, proteínas o incluso grasas.

El problema es cultural y económico. El azúcar es barato, mejora el sabor, prolonga la vida útil de los productos y genera fidelidad gustativa desde edades tempranas. Es un aliado formidable para la industria. Pero los datos del “experimento del racionamiento” con el que comencé este artículo nos recuerdan algo casi herético en tiempos de pastelitos fluorescentes: menos azúcar en los primeros años de vida se asocia con menos enfermedad décadas después. No es una teoría conspirativa ni una moda pasajera. Es epidemiología con paciencia histórica.