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miércoles, 11 de febrero de 2026

VÓRTICE POLAR Y TREN DE BORRASCAS: POR QUÉ EL ÁRTICO ESTÁ INFLUYENDO EN LAS LLUVIAS EN ESPAÑA

 

En meteorología hay pocas expresiones tan sugerentes como “tren de borrascas”. Evoca puntualidad ferroviaria, orden, casi disciplina atmosférica. Pero lo que estamos viendo este invierno no tiene nada de apacible: una sucesión de sistemas profundos cruzando la Península, dejando lluvias persistentes, ríos crecidos y paraguas en fatiga crónica. Y, en medio del parte del tiempo, aparece un invitado aparentemente lejano: el vórtice polar. La pregunta es inevitable. ¿De verdad lo que ocurre sobre el Polo Norte puede estar influyendo en que en España no deje de llover?

España vive una de esas temporadas en que las borrascas no vienen solas, sino en cadena. No es un episodio aislado. Es un patrón. Las bajas presiones atlánticas encuentran una autopista abierta hacia la Península y la recorren una tras otra. Para entender por qué, hay que levantar la vista muy por encima de las nubes.

El vórtice polar ártico no es una tormenta gigantesca, ni un ciclón permanente. Es una vasta banda de vientos del oeste que se forma cada invierno en la estratosfera, entre 16 y 48 kilómetros de altura, sobre el Polo Norte. Allí arriba, encierra el aire más frío del hemisferio. Cuanto más rápido gira, más aislado queda ese aire helado. Cuando el vórtice es fuerte y compacto, el frío permanece confinado en el Ártico. El sistema es estable.

Figura 1. Imagen de los cambios experimentados por el vórtice polar de enero tomada por un satélite de la NASA. Observa en la barra de abajo que las temperaturas más frías (por debajo de 0 ºC) corresponden a los colores que van del blanco al azul intenso. Las más cálidas aparecen de colores ocres.

Conviene no confundirlo con la corriente en chorro. El jet stream circula mucho más abajo, en la troposfera, entre 8 y 14 kilómetros sobre la superficie. Es la gran autopista de vientos rápidos que separa el aire polar del aire templado. Y es la que guía las borrascas. El vórtice vive arriba. El chorro, más abajo. Pero están conectados.

Si el vórtice está fuerte, el chorro tiende a ser más recto y rápido. Circula de oeste a este con menos ondulaciones. Las borrascas siguen trayectorias más septentrionales. España puede quedar al margen. En cambio, cuando el vórtice se debilita, la historia cambia.

Ese debilitamiento no ocurre por capricho. Grandes ondulaciones atmosféricas, llamadas ondas planetarias, pueden ascender desde la troposfera hasta la estratosfera y perturbar el vórtice. Si el empujón es intenso, el sistema se deforma, se desplaza o incluso se divide. En los casos más llamativos se produce un calentamiento súbito estratosférico: en pocos días, la temperatura en la estratosfera polar aumenta de forma abrupta. El vórtice pierde fuerza. Empieza a tambalearse.

Los efectos no se notan de inmediato en superficie. Pueden tardar días o semanas. Pero cuando la perturbación desciende hacia capas más bajas, la corriente en chorro suele volverse más sinuosa. Aparecen grandes meandros, profundas vaguadas y dorsales persistentes. Bajo esas vaguadas, el aire frío se desplaza hacia latitudes medias. Y las borrascas encuentran nuevas rutas.

Figura 2. Cuando el vórtice polar ártico es especialmente intenso y estable (globo de la izquierda), impulsa la corriente en chorro polar, en la troposfera, a desplazarse hacia el norte. El aire polar más frío permanece en el Ártico. Cuando el vórtice se debilita, se desplaza o se divide (globo de la derecha), la corriente en chorro polar suele ondularse considerablemente formando meandros, que permiten que el aire cálido inunde el Ártico y que el aire polar descienda hacia las latitudes medias. Gráfico de NOAA Climate.gov, adaptado del original de NOAA.gov.

Eso es lo que ha sucedido este invierno. Tras un episodio de calentamiento súbito estratosférico en enero, el vórtice se debilitó y se desplazó. El chorro adoptó un trazado más ondulado. En ese nuevo dibujo atmosférico, la península ibérica quedó en la senda de las bajas presiones atlánticas.

No es que el vórtice “mande” una borrasca concreta hacia España. No funciona como un mando a distancia. Lo que hace es modificar la configuración general de la circulación atmosférica. Cambia el tablero. Y en ese tablero inclinado, las borrascas tienden a descender de latitud.

Cuando una vaguada del chorro se instala cerca de la península, el flujo húmedo del Atlántico tiene vía libre. Las bajas presiones se suceden. La inestabilidad se prolonga. Así nace el llamado tren de borrascas: no como un fenómeno aislado, sino como la consecuencia de un patrón atmosférico favorable a su repetición.

La relación entre el vórtice polar y las lluvias en España es, por tanto, indirecta pero poderosa. Vórtice fuerte, chorro más recto, borrascas al norte. Vórtice alterado, chorro ondulado, borrascas más al sur. Lo que ocurre a treinta kilómetros de altura puede terminar influyendo en algo tan cotidiano como decidir si hoy toca paraguas.

La siguiente pregunta es inevitable: ¿estos episodios serán más frecuentes en el futuro?

Aquí la respuesta exige prudencia. Sabemos que el Ártico se está calentando más rápido que la media global, un fenómeno conocido como amplificación ártica. Al reducirse el contraste térmico entre el ecuador y el polo, algunos investigadores sostienen que la corriente en chorro podría debilitarse y ondularse con mayor facilidad. Un chorro más ondulado favorecería bloqueos persistentes y episodios extremos en latitudes medias.

Sin embargo, los modelos climáticos no muestran una señal inequívoca. Algunos estudios apuntan a que los calentamientos súbitos estratosféricos podrían volverse algo más frecuentes. Otros no encuentran cambios significativos. La estratosfera es compleja. Y la variabilidad natural —oscilaciones como la Oscilación del Atlántico Norte o fenómenos como El Niño y La Niña— sigue desempeñando un papel importante.

Donde sí hay mayor consenso es en otro aspecto: en un clima más cálido, los impactos pueden intensificarse. Un aire más templado contiene más vapor de agua. Un océano más cálido aporta más energía a las borrascas. Aunque no aumente la frecuencia de las perturbaciones del vórtice, las lluvias asociadas a determinados patrones podrían ser más abundantes o persistentes.

El debate científico no enfrenta creencias, sino mecanismos. ¿Está la amplificación ártica alterando de forma sistemática la dinámica del chorro? ¿O seguimos observando sobre todo la variabilidad natural de un sistema caótico? La respuesta definitiva aún no está cerrada.

Mientras tanto, el resultado es tangible. El vórtice se debilita. El chorro se ondula. Las borrascas descienden de latitud. Y España se moja. El Polo Norte puede parecer remoto, pero cuando su equilibrio atmosférico se altera, el eco llega hasta nuestras calles, convertido en lluvia constante y cielos grises.

La atmósfera no es un dominó que cae en línea recta. Es una red de conexiones invisibles. Y a veces basta un pequeño desequilibrio en el Ártico para que, semanas después, tengamos que volver a buscar el paraguas.