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domingo, 29 de marzo de 2026

EL FALSO BAMBÚ DE JAPÓN Y SU LARGO VIAJE HASTA ALCALÁ DE HENARES

 

En la reciente remodelación de la Plaza de los Cuatro Caños y de la avenida de Guadalajara, se ha plantado con notable profusión el llamado bambú sagrado, Nandina domestica. Es una planta discreta, de esas que no buscan protagonismo inmediato: hojas finas, casi filigranas, tallos esbeltos, florecillas blancas tachonadas de gualda, bayas rojas en invierno. Y, sin embargo, como ocurre con algunas especies bien escogidas, basta seguir el hilo de su nombre para que el paisaje urbano se abra a una historia inesperada, que no tiene tanto que ver con la jardinería como con una pequeña isla artificial en Japón y con uno de los llamados apóstoles de Linneo.

Aquella isla era Dejima, un enclave minúsculo en la bahía de Nagasaki donde, durante el periodo de aislamiento japonés, se concentraba toda la presencia europea. Era poco más que un recinto del tamaño de un campo de fútbol, unido a tierra firme por un estrecho paso vigilado, en el que los funcionarios del shogunato controlaban cada movimiento de los extranjeros. Los europeos —casi exclusivamente empleados de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales— no podían internarse libremente en el país, ni relacionarse sin supervisión con la población local. Japón había decidido cerrar sus fronteras, pero no del todo: Dejima era una rendija, una concesión mínima al comercio y al conocimiento exterior, cuidadosamente contenida.


En ese espacio restringido recaló, en 1775, el botánico sueco Carl Peter Thunberg, uno de los discípulos más notables de Carl Linnaeus, esos “apóstoles” que el maestro enviaba por el mundo para recolectar, describir y nombrar plantas siguiendo el nuevo sistema de nomenclatura binomial. Thunberg llegó a Japón como médico de la compañía neerlandesa, porque no había otra forma de entrar en el país: había que hacerse pasar por holandés. Su vida en Dejima estuvo sujeta a las mismas restricciones que la de cualquier europeo, pero supo aprovechar los márgenes del sistema con una mezcla de tenacidad y oportunismo científico.

La ocasión decisiva llegó cuando logró acompañar a la delegación comercial en uno de sus viajes oficiales hasta la corte del caudillo local, el shogun. No podía apartarse de las rutas establecidas ni explorar libremente el territorio, pero incluso así, recorriendo caminos y márgenes de cultivo, encontró materia suficiente para su trabajo botánico. Fue en esos trayectos donde observó repetidamente un arbusto de aspecto ligero, con pequeñas flores y hojas delicadamente divididas, que los guías japoneses conocían por un nombre derivado del chino: “Nandin”, la “planta del sur”. A su regreso a Europa, Thunberg incorporó esa planta a su obra botánica y formalizó su descripción en latín, adoptando ese mismo nombre para el género: Nandina.

El género Nandina resulta singular por una razón poco frecuente: es monoespecífico. Toda su identidad se concentra en una única especie, Nandina domestica, lo que lo convierte en un linaje aislado dentro de la familia Berberidaceae. El epíteto domestica no alude tanto a una domesticación en sentido agrícola como a su presencia habitual en jardines y entornos habitados en Asia oriental. La etimología completa encierra así un doble origen: por un lado, la adopción de un nombre popular japonés; por otro, la latinización propia de la botánica linneana, que convierte esa voz vernácula en categoría científica.

Nandina domestica: Flores (izquierda y bayas (derecha)

Desde el punto de vista morfológico, Nandina domestica es un arbusto perennifolio o semicaducifolio que puede alcanzar hasta tres metros de altura, aunque en jardinería suele mantenerse más bajo. Presenta un porte erecto, poco ramificado, con tallos lisos que recuerdan superficialmente a los del bambú, una semejanza puramente aparente que explica su nombre común pero no implica parentesco alguno. Sus hojas son uno de sus rasgos más distintivos: grandes, alternas y compuestas, dos o tres veces pinnadas, con foliolos elípticos o lanceolados de margen entero. Este grado de división confiere al follaje una textura ligera, casi aérea, que cambia además de color con la edad y la estación: tonos rojizos en los brotes jóvenes o en el envejecimiento, verdes en la madurez.

La floración se organiza en panículas terminales abiertas, compuestas por numerosas flores pequeñas, hermafroditas, de color blanco o ligeramente rosado. Cada flor presenta varios sépalos dispuestos en espiral y seis pétalos que, tras abrirse, se repliegan hacia atrás, acompañados por seis estambres y un único ovario. Contempladas de una en una no son flores llamativas, pero en conjunto aportan una ligereza acorde con el resto de la planta. Tras la floración se desarrollan los frutos, unas bayas globosas de color rojo brillante, de pocos milímetros de diámetro, que pueden persistir durante meses en la planta y que constituyen uno de sus principales atractivos ornamentales.

Estas bayas, sin embargo, introducen un matiz menos evidente: contienen compuestos como el cianuro de hidrógeno y diversos alcaloides, lo que las hace potencialmente tóxicas para algunos animales livianos, aunque en general no representan un riesgo significativo para los humanos en condiciones normales, salvo que alguien sea tan insensato como para zamparse un kilo. Como en tantas otras plantas ornamentales, la belleza convive con una química defensiva que forma parte de su estrategia evolutiva. Al mismo tiempo, las aves consumen estos frutos sin verse afectadas y actúan como dispersoras de las semillas, asegurando la propagación de la especie.

Nandina domestica: Flores (izquierda y bayas (derecha)

La historia de Nandina domestica es, en definitiva, la de un cruce improbable entre aislamiento y circulación. Por un lado, un país cerrado al exterior, donde los extranjeros apenas podían salir de una isla vigilada; por otro, un botánico que, aprovechando los resquicios del sistema, logró observar, recolectar y nombrar una parte de su flora. Que hoy esta planta crezca con naturalidad en una plaza de Alcalá de Henares es el resultado de esa cadena de acontecimientos: de Dejima, de Thunberg, de la red global de corresponsales de Linneo y de la posterior difusión de especies ornamentales por Europa.

Quizá por eso el bambú sagrado tiene algo de paradoja. Su aspecto ligero, casi doméstico, contrasta con la complejidad de la historia que lleva consigo. No es un bambú, no es especialmente sagrado y, sin embargo, encierra en su nombre y en su presencia la memoria de un mundo en el que conocer una planta implicaba atravesar océanos, negociar permisos y observar con atención los márgenes de los caminos. Hoy basta con plantar un ejemplar en una avenida.

Pero el gesto, aunque parezca sencillo, sigue conectando lugares lejanos: una isla japonesa, un botánico sueco y una plaza castellana donde, sin saberlo, crecen los resultados de aquella expedición.