En la reciente remodelación de la
Plaza de los Cuatro Caños y de la avenida de Guadalajara, se ha plantado con
notable profusión el llamado bambú sagrado, Nandina domestica. Es una
planta discreta, de esas que no buscan protagonismo inmediato: hojas finas,
casi filigranas, tallos esbeltos, florecillas blancas tachonadas de gualda, bayas
rojas en invierno. Y, sin embargo, como ocurre con algunas especies bien
escogidas, basta seguir el hilo de su nombre para que el paisaje urbano se abra
a una historia inesperada, que no tiene tanto que ver con la jardinería como
con una
pequeña isla artificial en Japón y con uno
de los llamados apóstoles de Linneo.
Aquella isla era Dejima, un
enclave minúsculo en la bahía de Nagasaki donde, durante el periodo de
aislamiento japonés, se concentraba toda la presencia europea. Era poco más que
un recinto del tamaño de un campo de fútbol, unido a tierra firme por un estrecho
paso vigilado, en el que los funcionarios
del shogunato controlaban cada movimiento de los extranjeros. Los europeos
—casi exclusivamente empleados de la Compañía Neerlandesa de las Indias
Orientales— no podían internarse libremente en el país, ni relacionarse sin
supervisión con la población local. Japón había decidido cerrar sus fronteras,
pero no del todo: Dejima era una rendija, una concesión mínima al comercio y al
conocimiento exterior, cuidadosamente contenida.
En ese espacio restringido recaló, en 1775, el botánico sueco Carl Peter Thunberg, uno de los discípulos más notables de Carl Linnaeus, esos “apóstoles” que el maestro enviaba por el mundo para recolectar, describir y nombrar plantas siguiendo el nuevo sistema de nomenclatura binomial. Thunberg llegó a Japón como médico de la compañía neerlandesa, porque no había otra forma de entrar en el país: había que hacerse pasar por holandés. Su vida en Dejima estuvo sujeta a las mismas restricciones que la de cualquier europeo, pero supo aprovechar los márgenes del sistema con una mezcla de tenacidad y oportunismo científico.
La ocasión decisiva llegó cuando
logró acompañar a la delegación comercial en uno de sus viajes oficiales hasta
la corte del caudillo local, el shogun. No podía apartarse de las rutas
establecidas ni explorar libremente el territorio, pero incluso así,
recorriendo caminos y márgenes de cultivo, encontró materia suficiente para su
trabajo botánico. Fue en esos trayectos donde observó repetidamente un arbusto
de aspecto ligero, con pequeñas flores y hojas delicadamente divididas, que los
guías japoneses conocían por un nombre derivado del chino: “Nandin”, la
“planta del sur”. A su regreso a Europa, Thunberg incorporó esa planta a su
obra botánica y formalizó su descripción en latín, adoptando ese mismo nombre
para el género: Nandina.
El género Nandina resulta
singular por una razón poco frecuente: es monoespecífico. Toda su identidad se
concentra en una única especie, Nandina domestica, lo que lo convierte
en un linaje aislado dentro de la familia Berberidaceae. El epíteto domestica
no alude tanto a una domesticación en sentido agrícola como a su presencia
habitual en jardines y entornos habitados en Asia oriental. La etimología completa
encierra así un doble origen: por un lado, la adopción de un nombre popular
japonés; por otro, la latinización propia de la botánica linneana, que
convierte esa voz vernácula en categoría científica.
Nandina domestica: Flores (izquierda y bayas (derecha)
Desde el punto de vista morfológico, Nandina domestica es un arbusto perennifolio o semicaducifolio que puede alcanzar hasta tres metros de altura, aunque en jardinería suele mantenerse más bajo. Presenta un porte erecto, poco ramificado, con tallos lisos que recuerdan superficialmente a los del bambú, una semejanza puramente aparente que explica su nombre común pero no implica parentesco alguno. Sus hojas son uno de sus rasgos más distintivos: grandes, alternas y compuestas, dos o tres veces pinnadas, con foliolos elípticos o lanceolados de margen entero. Este grado de división confiere al follaje una textura ligera, casi aérea, que cambia además de color con la edad y la estación: tonos rojizos en los brotes jóvenes o en el envejecimiento, verdes en la madurez.
La floración se organiza en
panículas terminales abiertas, compuestas por numerosas flores pequeñas,
hermafroditas, de color blanco o ligeramente rosado. Cada flor presenta varios
sépalos dispuestos en espiral y seis pétalos que, tras abrirse, se repliegan
hacia atrás, acompañados por seis estambres y un único ovario. Contempladas de
una en una no son flores llamativas, pero en conjunto aportan una ligereza
acorde con el resto de la planta. Tras la floración se desarrollan los frutos,
unas bayas globosas de color rojo brillante, de pocos milímetros de diámetro,
que pueden persistir durante meses en la planta y que constituyen uno de sus
principales atractivos ornamentales.
Estas bayas, sin embargo,
introducen un matiz menos evidente: contienen compuestos como el cianuro de
hidrógeno y diversos alcaloides, lo que las hace potencialmente tóxicas para algunos
animales livianos, aunque en general no representan un riesgo significativo
para los humanos en condiciones normales, salvo que alguien sea tan insensato
como para zamparse un kilo. Como en tantas otras plantas ornamentales, la
belleza convive con una química defensiva que forma parte de su estrategia
evolutiva. Al mismo tiempo, las aves consumen estos frutos sin verse afectadas
y actúan como dispersoras de las semillas, asegurando la propagación de la
especie.
Nandina domestica: Flores (izquierda y bayas (derecha)
La historia de Nandina
domestica es, en definitiva, la de un cruce improbable entre aislamiento y
circulación. Por un lado, un país cerrado al exterior, donde los extranjeros
apenas podían salir de una isla vigilada; por otro, un botánico que,
aprovechando los resquicios del sistema, logró observar, recolectar y nombrar
una parte de su flora. Que hoy esta planta crezca con naturalidad en una plaza
de Alcalá de Henares es el resultado de esa cadena de acontecimientos: de
Dejima, de Thunberg, de la red global de corresponsales de Linneo y de la
posterior difusión de especies ornamentales por Europa.
Quizá por eso el bambú sagrado
tiene algo de paradoja. Su aspecto ligero, casi doméstico, contrasta con la
complejidad de la historia que lleva consigo. No es un bambú, no es
especialmente sagrado y, sin embargo, encierra en su nombre y en su presencia la
memoria de un mundo en el que conocer una planta implicaba atravesar océanos,
negociar permisos y observar con atención los márgenes de los caminos. Hoy
basta con plantar un ejemplar en una avenida.
Pero el gesto, aunque parezca
sencillo, sigue conectando lugares lejanos: una isla japonesa, un botánico
sueco y una plaza castellana donde, sin saberlo, crecen los resultados de
aquella expedición.