Hay libros que llegan con el
ruido de una actualidad impostada y otros que lo hacen como una puerta que se
abre hacia atrás, hacia un tiempo donde las palabras todavía tenían peso
específico y el papel era algo más que un soporte: era un campo de batalla
íntimo. Mi muy querido amigo Azaña, cuidadosamente editado por Jesús
Cañete Ochoa, pertenece a esta segunda categoría. No es solo un volumen de
cartas; es un pequeño archivo sentimental de la inteligencia española, una
conversación sostenida durante dos décadas que van de 1918 a 1939, es decir,
desde el final de una guerra europea hasta el derrumbe de un país.
Uno abre el libro y tiene la
sensación de que alguien ha dejado encendida una lámpara en una habitación
antigua. Allí están las voces. No las impostadas de los discursos ni las
pulidas de los artículos, sino las verdaderas, las que se deslizan con confianza
entre amigos. Y en el centro de esa constelación aparece Manuel Azaña, todavía
joven, todavía secretario del Ateneo, todavía sin saber que su destino sería
encarnar una de las tragedias más complejas de la historia española.
Entre todas las cartas, hay una
que ha llamado la atención con la fuerza de una profecía inquietante. Está
fechada en Salamanca, en la víspera de Navidad de 1918, y la firma Miguel de
Unamuno. En ella, con esa mezcla de clarividencia y arrebato que le
caracterizaba, escribe que Cataluña acabará separándose de España y
constituyéndose en un Estado independiente. No lo dice como quien lanza una
hipótesis, sino como quien anuncia una evidencia inevitable. Lo curioso no es
tanto la predicción —que hoy resuena con ecos contemporáneos— como el tono: una
especie de fatalismo histórico, casi bíblico, apoyado en un recorrido por la
decadencia española desde los tiempos de Felipe IV.
Azaña tenía entonces 38 años y
seguramente leyó aquella carta con el interés que se reserva a los maestros,
pero sin sospechar que ese “problema catalán” acabaría siendo uno de los nudos
de su propia vida política. En esas líneas ya se adivina, como en un boceto
apenas esbozado, la diferencia que más tarde los separaría: Unamuno, inclinado
a elevar la cuestión a un plano casi metafísico o internacional; Azaña,
empeñado en devolverla al terreno más ingrato y concreto de la política.
Veinte años después, cuando la
República ya era una experiencia vivida y no una ilusión, el propio Azaña
lamentaría la deriva del nacionalismo catalán con palabras que hoy suenan
ásperas: hablaba de desafección, de abusos, de fracasos. No estaba solo en ese
diagnóstico. En aquellas décadas, la cuestión territorial no era un asunto
marginal ni un capricho ideológico, sino una preocupación compartida por
intelectuales y políticos de muy distinto signo. Desde posiciones diversas,
todos parecían intuir que España era una realidad difícil de sostener y aún más
difícil de reformar.
El libro, sin embargo, no es un
tratado sobre el problema catalán, aunque ese tema lo atraviese como un hilo
persistente. Es, sobre todo, una galería de retratos en movimiento.
Valle-Inclán, con su teatralidad de genio excéntrico; Victoria Kent, firme y lúcida;
Juan Ramón Jiménez, siempre a medio camino entre la poesía y la economía
doméstica; Antonio Machado, que en una carta de 1922 adjunta un poema y
agradece con ironía las cincuenta pesetas que le pagan, como si el dinero fuera
una anécdota y no una necesidad.
Hay algo profundamente humano en
esos intercambios. Los grandes nombres se vuelven de repente cercanos, casi
vulnerables. Hablan de conferencias que no pueden impartir, de colaboraciones
periodísticas, de pequeñas miserias económicas, de proyectos que esperan ver la
luz. Y en medio de todo eso, Azaña aparece como un eje discreto, un
interlocutor constante, alguien que escucha y responde, que teje una red de
complicidades intelectuales sin saber que algún día esa red se convertirá en
una carga.
A medida que avanzan los años,
las cartas cambian de tono. La literatura va cediendo terreno a la política,
como si el país mismo obligara a sus escritores a abandonar la metáfora para
entrar en la realidad. A partir de 1930, la correspondencia refleja el vértigo
de la historia: la llegada de la República, las tensiones internas, las
elecciones, las crisis, la guerra. Ya no se trata solo de ideas, sino de
decisiones. Ya no se escribe desde la tranquilidad del gabinete, sino desde la
urgencia de los acontecimientos.
Y luego llega el silencio del
exilio, que no es un silencio completo, sino una forma distinta de hablar. Una
de las cartas más conmovedoras es la que envía Santiago Casares Quiroga desde
Francia en diciembre de 1939. La guerra civil ha terminado, pero otra guerra
acaba de empezar en Europa. Casares describe su vida en Bretaña con una mezcla
de melancolía y extraña serenidad: el mar abierto, las rocas, el viento, las
gaviotas. Dice que ha recuperado el apetito, que ha engordado, que tiene un
aspecto saludable, casi juvenil. Uno no sabe si leer esas líneas como un
consuelo o como una forma elegante de ocultar el desarraigo.
Hay en esa carta una imagen que
resume todo el libro: un hombre que ha sido varias veces ministro y presidente
del Gobierno que vio estallar el golpe de Estado de 1936 que acabó con su
carrera, conviviendo con las gaviotas en un rincón del mundo. La historia, que
suele presentarse como una sucesión de hechos grandiosos, aparece aquí reducida
a su dimensión más íntima: la de quienes la vivieron y la padecieron.
También está la decisión de no
marcharse a México, donde tantos exiliados encontraron refugio, sino quedarse
en Europa, a las puertas de otra catástrofe. Una decisión que, según cuenta el
editor, tuvo que ver con la voluntad de su hija, María Casares, que acabaría
convirtiéndose en una gran actriz del cine francés. Es un detalle menor, casi
anecdótico, pero introduce una nota de futuro en medio de tanta ruina, como si
la vida se empeñara en abrirse camino incluso en las circunstancias más
adversas.
El mérito de esta edición no está
solo en la selección de las cartas, muchas de ellas inéditas, sino en la
capacidad de devolverlas a su contexto sin asfixiarlas con erudición. Cada
documento ha sido analizado por especialistas (el propio Cañete edita la carta
de Antonio Machado) que aportan claves sin interferir en la lectura, como si
supieran que lo importante no es lo que se dice sobre las cartas, sino lo que
las cartas dicen por sí mismas.
Detrás de este trabajo hay
también una pequeña historia de archivos y rescates: documentos que pasaron de
manos privadas a instituciones públicas, que durmieron durante años en carpetas
olvidadas y que ahora reaparecen para recordarnos que la memoria no es un lujo,
sino una necesidad.
Al cerrar el libro, uno tiene la
impresión de haber asistido a una conversación interrumpida. No porque falten
palabras, sino porque sabemos cómo termina la historia. Azaña morirá en el
exilio, lejos de ese país que intentó comprender y gobernar. Muchos de sus
corresponsales correrán una suerte similar o peor. Y sin embargo, en esas
cartas no hay solo tragedia. Hay también inteligencia, ironía, afecto,
discrepancia. Hay vida.
Quizá por eso este libro importa.
Porque nos recuerda que la historia no es una abstracción, sino una suma de
voces concretas, de cartas escritas a mano, de pensamientos que buscan a otro
pensamiento. Y porque, en medio del ruido contemporáneo, leer esas palabras es
como escuchar, por un momento, el latido de un tiempo en el que escribir una
carta era una forma de estar y de vivir en el mundo.