David Attenborough ha cumplido
hoy, 8 de mayo, cien años.
Pocas personas han conseguido
algo tan difícil como convertirse en una voz universalmente reconocible sin
haber cantado jamás una canción. Basta escuchar un susurro grave diciendo “y
aquí, escondido entre las hojas…” para que medio planeta imagine inmediatamente
a David Attenborough inclinado sobre una selva tropical, mirando con infinita
paciencia a un insecto diminuto que probablemente nadie había observado antes
con tanta atención.
No deja de ser asombroso pensar
que Attenborough nació en 1926, cuando la televisión apenas era un experimento
y el planeta parecía inagotable. Creció en Leicester, en una casa donde los
fósiles, las piedras raras y los animales encontrados por el campo tenían casi
tanto valor como los muebles. De niño coleccionaba ammonites y salamandras con
la misma seriedad con la que otros niños coleccionaban cromos. Hay personas que
descubren tarde su vocación; Attenborough parecía venir ya fabricado de serie
como naturalista.
Durante la Segunda Guerra Mundial
sirvió en la Marina británica, aunque el gran giro de su vida llegó después,
cuando entró en la BBC a comienzos de los años cincuenta. Curiosamente, al
principio no parecía destinado a convertirse en una celebridad. Tenía aspecto
tímido, hablaba con un tono educadísimo y transmitía la impresión de un
profesor amable que jamás levantaría la voz ni siquiera ante un rinoceronte
enfadado. Pero precisamente ahí estaba el secreto: Attenborough no imponía la
naturaleza al espectador; lo invitaba a maravillarse con ella.
Su primera gran aventura fue Zoo
Quest, una serie en la que recorría países remotos buscando animales para
zoológicos británicos. Vista hoy, aquella idea resulta un poco incómoda, pero
en los años cincuenta era considerada casi científica. Lo importante es que
aquellas expediciones convirtieron la televisión en una ventana al mundo
salvaje. Para muchos europeos, la primera jirafa, el primer gorila o el primer
dragón de Komodo que vieron en su vida apareció acompañado por la voz tranquila
de Attenborough.
Con el tiempo, además, hizo algo
aún más extraordinario: ayudó a inventar la televisión moderna. No solo
presentó documentales; también dirigió la BBC Two y apostó por la televisión en
color cuando todavía había quien pensaba que aquello era una extravagancia
innecesaria. Se cuenta incluso que apoyó el cambio de las pelotas blancas de
tenis por las amarillas para que se vieran mejor en pantalla. Es posible que
millones de aficionados al tenis deban sus discusiones deportivas a un
naturalista obsesionado con la calidad de imagen.
Pero el gran monumento de su
carrera llegó en 1979 con Life on Earth. Aquella serie cambió las reglas
del género documental. Hasta entonces los programas de naturaleza eran, en
esencia, animales interesantes filmados desde lejos. Attenborough convirtió el
planeta entero en una narración épica. La evolución dejó de parecer un capítulo
aburrido de un libro escolar y empezó a sentirse como una aventura gigantesca
en la que todos participábamos.
Además, tenía un don especial
para transmitir asombro sin teatralidad. Otros narradores parecen anunciar
constantemente el fin del mundo o el descubrimiento más increíble de la
historia. Attenborough, en cambio, conseguía maravillar diciendo las cosas casi
en voz baja. Podía describir un escarabajo pelotero con el mismo respeto
solemne que un historiador usaría para hablar de Napoleón.
Claro que la escena que quedó
grabada para siempre en la memoria colectiva fue aquella en la que un grupo de
gorilas de montaña empezó a jugar a su alrededor en Ruanda. Attenborough
intentaba mantener la compostura profesional mientras un pequeño gorila le
tiraba del pelo y otro se acomodaba sobre él como si fuese un sofá británico
particularmente cómodo. Aquello resumía perfectamente su relación con los
animales: no parecía un presentador visitando la naturaleza, sino un invitado
al que la naturaleza había aceptado.
Con los años, el tono de sus
documentales fue cambiando. El joven explorador entusiasta acabó convirtiéndose
en una especie de conciencia moral del planeta. Attenborough empezó a hablar
cada vez más del deterioro ambiental, del cambio climático y de la desaparición
de especies. Lo hacía sin estridencias, que probablemente era la forma más
eficaz posible. Cuando una persona que lleva setenta años enseñándote la
belleza del mundo te dice que estamos destruyéndolo, uno tiende a escuchar.
Y, aun así, nunca cayó del todo
en el pesimismo. Quizá porque pertenece a una generación que vio guerras
mundiales, hambrunas y destrucción masiva, pero también enormes avances
científicos y sociales. Sus documentales más recientes mantienen todavía una cierta
confianza en que los seres humanos pueden arreglar parte del desastre que han
causado. Es un optimismo cansado, a veces melancólico, pero genuino.
Resulta curioso pensar que
Attenborough ha trabajado con tecnologías que van desde cámaras enormes en
blanco y negro hasta drones y filmaciones en 4K capaces de mostrar el pestañeo
de una araña submarina. Él mismo ha dicho alguna vez que la tecnología ha
permitido contar historias naturales que antes eran literalmente imposibles de
filmar. Durante su vida profesional, el documental de naturaleza pasó de
parecer una conferencia ilustrada a convertirse en cine épico.
También hay algo profundamente
británico en él: la cortesía extrema, la pasión por caminar bajo la lluvia y
cierta capacidad para entusiasmarse contemplando musgo húmedo durante veinte
minutos. Pero al mismo tiempo consiguió trascender completamente su país. En
cualquier rincón del mundo, desde Madrid hasta Melbourne, la gente reconoce su
voz como si perteneciera a un pariente lejano especialmente sabio.
Y quizá ahí esté la clave de su
popularidad. Attenborough nunca pareció hablar sobre la naturaleza, sino desde
dentro de ella. Como si fuera un representante diplomático de los bosques, los
océanos y los insectos rarísimos que viven debajo de piedras africanas.
A los cien años sigue trabajando y apareciendo en nuevos proyectos. Lo cual resulta casi insultante para el resto de la humanidad, que a veces necesita una siesta después de regar dos macetas.
En un siglo lleno de políticos estridentes, celebridades pasajeras y expertos gritones, David Attenborough ha terminado convertido en algo mucho más raro: una figura prácticamente unánime. Un anciano educado que habla despacio de pájaros y océanos… y al que el mundo entero escucha en silencio.