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domingo, 7 de junio de 2026

LAS MADRESELVAS DEL DOCTOR LONITZER

 

Lonicera japonica

Hay plantas que parecen haber sido diseñadas por un jardinero romántico. Trepan por muros imposibles, se encaraman a los árboles, perfuman el aire de las noches de verano y atraen a las polillas como si fueran faroles encendidos. Las madreselvas, agrupadas en el género Lonicera, pertenecen a esa distinguida categoría de vegetales que parecen más interesados en la poesía que en la botánica. Sin embargo, detrás de su apariencia sentimental se esconde una historia evolutiva notable.

El nombre Lonicera fue acuñado por Linneo en 1753 para honrar al médico y botánico alemán Adam Lonitzer (1528-1586), latinizado como Lonicerus, autor de uno de los herbarios más influyentes del Renacimiento. Como suele ocurrir en botánica, el homenaje sobrevivió al homenajeado y hoy millones de jardineros conocen el nombre de Lonitzer sin sospechar que en Fráncfort, en el siglo XVI, existió un médico protestante con ese apellido.

Una familia de trepadoras

El género comprende unas doscientas especies distribuidas principalmente por las regiones templadas del hemisferio norte. Algunas son arbustos erguidos, pero cuando pensamos en una madreselva solemos imaginar su forma más característica: una liana leñosa que se enrolla sobre cualquier soporte disponible.

Las hojas son uno de los rasgos más fáciles de reconocer. Aparecen siempre opuestas, es decir, nacen enfrentadas dos a dos en cada nudo del tallo. Son simples, enteras y generalmente ovaladas. En varias especies las hojas superiores llegan incluso a soldarse alrededor del tallo formando una especie de disco verde que parece atravesado por la rama.

La tendencia a producir tallos volubles es una de las señas de identidad del género. La planta no invierte recursos en construir un tronco robusto; prefiere utilizar la arquitectura ajena. Allí donde encuentra un arbusto, una alambrada o un árbol, comienza a retorcerse y ascender. Es una estrategia extraordinariamente económica: otros pagan la factura estructural y la madreselva disfruta de la luz.

Flores diseñadas para visitantes especializados

Las flores constituyen la verdadera obra maestra del género. Cada flor es hermafrodita y completa, con cáliz, corola, androceo y gineceo plenamente desarrollados. Sin embargo, no presentan la simetría radial de una jara o una rosa. Son zigomorfas, es decir, poseen una única línea de simetría. El tubo corolino se prolonga en un estrecho embudo que termina en dos labios desiguales.

La corola está formada por cinco pétalos soldados. Del tubo sobresalen habitualmente los cinco estambres, a menudo muy visibles, cargados de polen. El gineceo deriva de tres carpelos soldados, aunque externamente suele apreciarse como una estructura única coronada por un largo estilo.

Pero el detalle más interesante se encuentra en el fondo de ese tubo floral. Allí, ocultos a varios centímetros de la entrada, se localizan los nectarios. El néctar está tan profundamente escondido que pocos insectos pueden alcanzarlo. Esto no es un accidente. Es una invitación selectiva. Las madreselvas pertenecen al grupo de plantas que muestran un marcado síndrome de lepidopterofilia, es decir, adaptación a la polinización por mariposas y polillas.

Imagine una noche cálida de junio. El jardín parece dormido. Entonces las flores de madreselva comienzan a liberar fragancias dulces, intensas y complejas. No lo hacen por capricho. Las polillas nocturnas están despertando. Sus largas espiritrompas pueden llegar al fondo del tubo corolino para alcanzar el néctar. Mientras lo hacen, los estambres y el estigma rozan la cabeza o el tórax del insecto. La recompensa es una bebida azucarada; el precio, transportar polen de una flor a otra.

Por eso tantas especies presentan tubos corolinos largos, nectarios profundos, flores claras, visibles en la penumbra y perfumes intensos emitidos al atardecer o durante la noche. Esa es una combinaciónque lleva millones de años funcionando con excelentes resultados.

Bayas atractivas y peligrosas

Tras la fecundación, el ovario se transforma en una baya carnosa. Dependiendo de la especie puede ser roja, anaranjada, negra o azulada. Las aves son las principales dispersoras. Para un mirlo o una curruca, una baya roja brillante equivale a un cartel luminoso que dice "comida gratis". Las semillas sobreviven al tránsito digestivo y aparecen depositadas lejos de la planta madre.

Para los seres humanos, sin embargo, la historia es distinta. La mayoría de las especies de Lonicera producen frutos que contienen compuestos irritantes y saponinas. La ingestión de cantidades apreciables puede provocar náuseas, vómitos, diarreas y dolor abdominal. Las intoxicaciones graves son raras, pero las bayas no deben considerarse comestibles.

Existen algunas excepciones célebres, como Lonicera caerulea (la madreselva azul), cultivada por sus frutos comestibles en Asia y el norte de Europa. Sin embargo, la regla general para las madreselvas ornamentales sigue siendo sencilla: admirarlas sí; comerlas no.

Las reinas de los jardines

Las cuatro especies de Lonicera más cultivadas en jardinería

Pocas plantas trepadoras han conquistado tantos jardines europeos. Entre las especies más cultivadas destacan Lonicera periclymenum, la clásica madreselva de los bosques atlánticos, extraordinariamente perfumada; L. japonica, vigorosa y semiperenne, aunque invasora en numerosos países; L. caprifolium, de grandes flores fragantes; L. etrusca, muy apreciada en jardinería mediterránea, y L. nitida, utilizada más como seto compacto que como trepadora.

Muchas de ellas pueden cubrir una pérgola en pocos años y perfumar un jardín entero durante las noches estivales.

Las madreselvas ibéricas

Las especies nativas de la Península Ibérica y Baleares pueden identificarse con una clave simplificada:

1a. Arbustos trepadores, con tallos volubles; corola claramente bilabiada, con tubo largo: 2

1b. Arbustos no trepadores; flores siempre por pares; corola campanulada o bilabiada, pero con tubo corto: 7

Trepadoras

2a. Flores dispuestas simplemente por pares en las axilas foliares: 3

2b. Flores agrupadas en inflorescencias condensadas terminales: 4

3a. Envés de las hojas densamente tomentoso-blanquecino; flores de 24–28 mm: L. biflora.

3b. Envés glabro o casi glabro; flores mayores, de 32–35 mm (naturalizada, no nativa): L. japonica.

4a. Inflorescencias no pedunculadas; hojas persistentes: 5

4b. Inflorescencias claramente pedunculadas; hojas caedizas: 6

5a. Estilo peloso; estambres poco sobresalientes: L. implexa.

5b. Estilo sin pelos; estambres muy sobresalientes: L. splendida.

6a. Hojas próximas a la inflorescencia soldadas por la base (connatas), generalmente obtusas: L. etrusca.

6b. Hojas próximas a las flores libres, agudas, no connatas: L. periclymenum.

Arbustos no trepadores

7a. Corola casi actinomorfa, campanulada; hojas prácticamente sésiles: L. pyrenaica.

7b. Corola claramente zigomorfa y bilabiada; hojas pecioladas: 8

8a. Flores prácticamente sin pedúnculo; fruto amarillo-anaranjado en la madurez: L. arborea.

8b. Flores sostenidas por pedúnculos bien desarrollados; fruto rojo o negro: 9

9a. Corola pequeña (7–9 mm); bayas negras: L. nigra.

9b. Corola mayor de 9 mm; bayas rojas o rojo-purpúreas: 10

10a. Pedúnculos largos, normalmente superiores a 25 mm; anteras de más de 3 mm; frutos vecinos frecuentemente soldados formando una estructura única: L. alpigena.

10b. Pedúnculos generalmente inferiores a 20 mm; anteras menores de 3 mm; frutos soldados solo por la base: L. xylosteum.

Seis especies de Lonicera nativas de la Península ibérica

Al final, las madreselvas son una demostración de que la evolución también puede producir elegancia. Sus hojas opuestas obedecen a una rigurosa geometría; sus flores son sofisticadas máquinas de polinización; sus perfumes son mensajes químicos enviados a la oscuridad. Y mientras las polillas revolotean alrededor de ellas en las noches de verano, el viejo Adam Lonitzer continúa recibiendo, sin saberlo, uno de los homenajes botánicos más fragantes del mundo.

Las otras cuatro especies de Lonicera nativas de la Península ibérica