| Lonicera japonica |
Hay plantas que parecen haber
sido diseñadas por un jardinero romántico. Trepan por muros imposibles, se
encaraman a los árboles, perfuman el aire de las noches de verano y atraen a
las polillas como si fueran faroles encendidos. Las madreselvas, agrupadas en
el género Lonicera, pertenecen a esa distinguida categoría de vegetales
que parecen más interesados en la poesía que en la botánica. Sin embargo,
detrás de su apariencia sentimental se esconde una historia evolutiva notable.
El nombre Lonicera fue
acuñado por Linneo en 1753 para honrar al médico y botánico alemán Adam
Lonitzer (1528-1586), latinizado como Lonicerus, autor de uno de los herbarios
más influyentes del Renacimiento. Como suele ocurrir en botánica, el homenaje
sobrevivió al homenajeado y hoy millones de jardineros conocen el nombre de Lonitzer
sin sospechar que en Fráncfort, en el siglo XVI, existió un médico protestante
con ese apellido.
Una familia de trepadoras
El género comprende unas
doscientas especies distribuidas principalmente por las regiones templadas del
hemisferio norte. Algunas son arbustos erguidos, pero cuando pensamos en una
madreselva solemos imaginar su forma más característica: una liana leñosa que
se enrolla sobre cualquier soporte disponible.
Las hojas son uno de los rasgos
más fáciles de reconocer. Aparecen siempre opuestas, es decir, nacen
enfrentadas dos a dos en cada nudo del tallo. Son simples, enteras y
generalmente ovaladas. En varias especies las hojas superiores llegan incluso a
soldarse alrededor del tallo formando una especie de disco verde que parece
atravesado por la rama.
La tendencia a producir tallos
volubles es una de las señas de identidad del género. La planta no invierte
recursos en construir un tronco robusto; prefiere utilizar la arquitectura
ajena. Allí donde encuentra un arbusto, una alambrada o un árbol, comienza a
retorcerse y ascender. Es una estrategia extraordinariamente económica: otros
pagan la factura estructural y la madreselva disfruta de la luz.
Flores diseñadas para
visitantes especializados
Las flores constituyen la
verdadera obra maestra del género. Cada flor es hermafrodita y completa, con
cáliz, corola, androceo y gineceo plenamente desarrollados. Sin embargo, no
presentan la simetría radial de una jara o una rosa. Son zigomorfas, es decir,
poseen una única línea de simetría. El tubo corolino se prolonga en un estrecho
embudo que termina en dos labios desiguales.
La corola está formada por cinco
pétalos soldados. Del tubo sobresalen habitualmente los cinco estambres, a
menudo muy visibles, cargados de polen. El gineceo deriva de tres carpelos
soldados, aunque externamente suele apreciarse como una estructura única
coronada por un largo estilo.
Pero el detalle más interesante
se encuentra en el fondo de ese tubo floral. Allí, ocultos a varios centímetros
de la entrada, se localizan los nectarios. El néctar está tan profundamente
escondido que pocos insectos pueden alcanzarlo. Esto no es un accidente. Es una
invitación selectiva. Las madreselvas pertenecen al grupo de plantas que
muestran un marcado síndrome de lepidopterofilia, es decir, adaptación a la
polinización por mariposas y polillas.
Imagine una noche cálida de
junio. El jardín parece dormido. Entonces las flores de madreselva comienzan a
liberar fragancias dulces, intensas y complejas. No lo hacen por capricho. Las
polillas nocturnas están despertando. Sus largas espiritrompas pueden llegar al
fondo del tubo corolino para alcanzar el néctar. Mientras lo hacen, los
estambres y el estigma rozan la cabeza o el tórax del insecto. La recompensa es
una bebida azucarada; el precio, transportar polen de una flor a otra.
Por eso tantas especies presentan tubos corolinos largos, nectarios profundos, flores claras, visibles en la penumbra y perfumes intensos emitidos al atardecer o durante la noche. Esa es una combinaciónque lleva millones de años funcionando con excelentes resultados.
Bayas atractivas y peligrosas
Tras la fecundación, el ovario se
transforma en una baya carnosa. Dependiendo de la especie puede ser roja,
anaranjada, negra o azulada. Las aves son las principales dispersoras. Para un
mirlo o una curruca, una baya roja brillante equivale a un cartel luminoso que
dice "comida gratis". Las semillas sobreviven al tránsito digestivo y
aparecen depositadas lejos de la planta madre.
Para los seres humanos, sin
embargo, la historia es distinta. La mayoría de las especies de Lonicera
producen frutos que contienen compuestos irritantes y saponinas. La ingestión
de cantidades apreciables puede provocar náuseas, vómitos, diarreas y dolor
abdominal. Las intoxicaciones graves son raras, pero las bayas no deben
considerarse comestibles.
Existen algunas excepciones
célebres, como Lonicera caerulea (la madreselva azul), cultivada por sus
frutos comestibles en Asia y el norte de Europa. Sin embargo, la regla general
para las madreselvas ornamentales sigue siendo sencilla: admirarlas sí;
comerlas no.
Las reinas de los jardines
| Las cuatro especies de Lonicera más cultivadas en jardinería |
Pocas plantas trepadoras han
conquistado tantos jardines europeos. Entre las especies más cultivadas
destacan Lonicera periclymenum, la clásica madreselva de los bosques
atlánticos, extraordinariamente perfumada; L. japonica, vigorosa y
semiperenne, aunque invasora en numerosos países; L. caprifolium, de
grandes flores fragantes; L. etrusca, muy apreciada en jardinería
mediterránea, y L. nitida, utilizada más como seto compacto que como
trepadora.
Muchas de ellas pueden cubrir una
pérgola en pocos años y perfumar un jardín entero durante las noches estivales.
Las madreselvas ibéricas
Las especies nativas de la
Península Ibérica y Baleares pueden identificarse con una clave simplificada:
1a. Arbustos trepadores, con tallos volubles; corola claramente bilabiada, con tubo largo: 2
1b. Arbustos no trepadores; flores siempre por pares; corola campanulada o bilabiada, pero con tubo corto: 7
Trepadoras
2a. Flores dispuestas simplemente por pares en las axilas
foliares: 3
2b. Flores agrupadas en
inflorescencias condensadas terminales: 4
3a. Envés de las hojas densamente tomentoso-blanquecino; flores
de 24–28 mm: L. biflora.
3b. Envés glabro o casi
glabro; flores mayores, de 32–35 mm (naturalizada, no nativa): L. japonica.
4a. Inflorescencias no pedunculadas; hojas persistentes: 5
4b. Inflorescencias
claramente pedunculadas; hojas caedizas: 6
5a. Estilo peloso; estambres poco sobresalientes: L.
implexa.
5b. Estilo sin pelos;
estambres muy sobresalientes: L. splendida.
6a. Hojas próximas a la inflorescencia soldadas por la base
(connatas), generalmente obtusas: L. etrusca.
6b. Hojas próximas a las
flores libres, agudas, no connatas: L. periclymenum.
Arbustos no trepadores
7a. Corola casi actinomorfa, campanulada; hojas prácticamente
sésiles: L. pyrenaica.
7b. Corola claramente
zigomorfa y bilabiada; hojas pecioladas: 8
8a. Flores prácticamente sin pedúnculo; fruto
amarillo-anaranjado en la madurez: L. arborea.
8b. Flores sostenidas por
pedúnculos bien desarrollados; fruto rojo o negro: 9
9a. Corola pequeña (7–9 mm); bayas negras: L. nigra.
9b. Corola mayor de 9 mm;
bayas rojas o rojo-purpúreas: 10
10a. Pedúnculos largos, normalmente superiores a 25 mm; anteras
de más de 3 mm; frutos vecinos frecuentemente soldados formando una estructura
única: L. alpigena.
10b. Pedúnculos
generalmente inferiores a 20 mm; anteras menores de 3 mm; frutos soldados solo
por la base: L. xylosteum.
| Seis especies de Lonicera nativas de la Península ibérica |
Al final, las madreselvas son una demostración de que la evolución también puede producir elegancia. Sus hojas opuestas obedecen a una rigurosa geometría; sus flores son sofisticadas máquinas de polinización; sus perfumes son mensajes químicos enviados a la oscuridad. Y mientras las polillas revolotean alrededor de ellas en las noches de verano, el viejo Adam Lonitzer continúa recibiendo, sin saberlo, uno de los homenajes botánicos más fragantes del mundo.
| Las otras cuatro especies de Lonicera nativas de la Península ibérica |