Hay historias científicas que
sobreviven mucho tiempo después de haber dejado de ser del todo ciertas. Una de
ellas es la de la fecundación humana. Casi todos hemos crecido con la misma
imagen: millones de espermatozoides se lanzan a una carrera desesperada hacia
un óvulo inmóvil. Solo el más rápido, el más fuerte o el más resistente alcanza
la meta y consigue fecundarlo. El óvulo, mientras tanto, permanece quieto,
esperando al vencedor como una princesa encerrada en una torre.
Yo mismo recurrí hace años a esa
metáfora en un artículo
sobre la extraordinaria odisea de los espermatozoides. Era una forma
sencilla y eficaz de explicar un proceso enormemente complejo. Pero la ciencia
tiene la saludable costumbre de corregir sus propias simplificaciones. Hoy
sabemos que aquella carrera existe, sí, pero que está muy lejos de ser una
competición atlética. En realidad, la fecundación se parece mucho más a una
conversación. Una conversación química en la que participan el aparato reproductor
femenino, el óvulo y los propios espermatozoides.
La diferencia es importante.
Porque en una carrera basta con correr más deprisa. En una conversación, en
cambio, hay que entenderse.
La primera sorpresa es que los
millones de espermatozoides que salen en cada eyaculación jamás tuvieron
posibilidades reales de llegar al óvulo. La inmensa mayoría queda eliminada
casi desde el principio. El ambiente
ácido de la vagina destruye una gran cantidad de ellos. Después aparece el
cuello del útero, cuya mucosidad constituye mucho más que una simple puerta de
entrada.
Durante la mayor parte del ciclo
menstrual ese moco es espeso y prácticamente infranqueable. Solo alrededor de
la ovulación cambia de estructura. Se vuelve mucho más fluido y organiza una
especie de red microscópica de canales orientados que facilitan el paso de los
espermatozoides más móviles. No es un peaje abierto a cualquiera. Es un filtro
biológico extraordinariamente sofisticado. Los espermatozoides lentos, deformes
o con movimientos erráticos tienen muchas menos probabilidades de atravesarlo.
La selección continúa en el
útero. Durante años se pensó que este órgano desempeñaba un papel casi pasivo,
una simple sala de tránsito hacia las trompas de Falopio. Hoy sabemos que sus contracciones ayudan a
transportar los espermatozoides y que las células del
sistema inmunitario presentes en el aparato reproductor femenino eliminan
muchos de ellos. Solo una pequeña fracción consigue alcanzar las trompas.
Los espermatozoides todavía no
están preparados, porque abandonan
los testículos incapaces de fecundar. Una vez en el aparato reproductor
femenino, los espermatozoides deben experimentar una serie de cambios
bioquímicos y fisiológicos, conocidos
en conjunto como capacitación. Dicho de otra manera, el propio aparato
reproductor femenino termina de "ponerlos a punto". Durante ese
proceso cambia la composición de su membrana, aumenta la entrada de calcio y el
movimiento de la cola se vuelve mucho más vigoroso y caótico, un patrón
denominado hiperactivación. Solo entonces adquieren la capacidad de atravesar
las envolturas que rodean al óvulo.
Resulta curioso. El espermatozoide suele presentarse como el héroe activo de esta historia, cuando en realidad necesita que el organismo femenino complete su entrenamiento antes de poder desempeñar su función. Mientras tanto, el óvulo tampoco permanece esperando.
Solemos decir que "el óvulo atrae a los espermatozoides", pero eso no es del todo exacto. Según el conocimiento actual, quien desempeña el papel principal es el complejo cúmulo-ovocito, formado por el ovocito y el cúmulo oóforo que lo envuelve. Las células del cúmulo secretan buena parte de los quimioatrayentes —especialmente progesterona— y crean un microambiente que selecciona, guía y prepara a los espermatozoides para la fecundación. El óvulo participa activamente en ese diálogo, pero no actúa en solitario.
En 2020, un grupo de
investigadores estudió el líquido folicular que rodea al óvulo de distintas
mujeres y analizó cómo respondían a él los espermatozoides de diferentes
hombres. El resultado fue
sorprendente. Algunos líquidos foliculares atraían con mayor intensidad el
esperma de determinados individuos, mientras que otros resultaban más
atractivos para espermatozoides distintos.
No significa que el óvulo
"elija" conscientemente un padre, como a veces proclaman titulares
demasiado entusiastas. La naturaleza no toma decisiones deliberadas. Pero sí
sugiere que existe una compatibilidad bioquímica entre gametos que va mucho más
allá del simple azar. Los biólogos evolutivos denominan a este fenómeno «elección
críptica femenina». La expresión puede sonar novelesca, pero describe una
idea sencilla: parte de la selección reproductiva puede producirse después del
apareamiento mediante mecanismos fisiológicos invisibles para nosotros.
En otras palabras, no basta con
llegar hasta el óvulo. También hay que resultar químicamente compatible con él.
La conversación continúa incluso en el instante decisivo.
Cuando un espermatozoide consigue
fusionarse con la membrana del óvulo, este responde de manera fulminante. Miles
de diminutos gránulos situados bajo su superficie liberan enzimas que modifican
la zona pelúcida, la envoltura que lo rodea. En cuestión de segundos
desaparecen los puntos de unión que permitían el acceso a otros
espermatozoides. La puerta se cierra.
No hay ninguna guerra ni una
decapitación química de los competidores, como a veces se afirma en las redes
sociales. Simplemente, el óvulo cambia sus cerraduras. Los demás
espermatozoides continúan vivos durante un tiempo, pero ya no pueden entrar. Es
un mecanismo elegantísimo. Si dos espermatozoides penetraran en el mismo óvulo,
el embrión recibiría un número incorrecto de cromosomas y el desarrollo sería
inviable. El bloqueo de la
polispermia es, probablemente, uno de los sistemas de seguridad más rápidos
y eficaces de toda la biología.
Todo esto obliga también a
revisar una vieja discusión sobre el lenguaje de la ciencia. Durante buena
parte del siglo XX era habitual encontrar descripciones en las que el
espermatozoide aparecía como un conquistador que perforaba las defensas del
óvulo, mientras este desempeñaba un papel casi decorativo. Aquellas metáforas
reflejaban tanto las limitaciones del conocimiento como la forma de contar la
biología de la época.
Las investigaciones actuales
dibujan un panorama muy distinto. El aparato reproductor femenino no constituye
el escenario donde se desarrolla la acción: forma parte de la acción.
Selecciona, modifica, orienta, protege y condiciona. El óvulo tampoco es un
premio inmóvil al final de una carrera, sino una célula extraordinariamente
activa que intercambia señales químicas con los espermatozoides y desencadena
respuestas decisivas en el momento de la fecundación.
Quizá la metáfora deportiva nunca
fue la adecuada. Imaginemos, en cambio, una orquesta. Los espermatozoides ponen
el movimiento. El aparato reproductor femenino marca el ritmo, filtra quién
puede seguir tocando y afina a los intérpretes. El óvulo introduce las últimas
notas, reconoce las señales adecuadas y, cuando la partitura está completa,
cierra el concierto para que nadie más pueda incorporarse.
Durante décadas nos fascinó la
épica de una carrera con millones de participantes y un único vencedor. Era una
buena historia. Pero la naturaleza rara vez elige el camino más simple. La
fecundación no es el triunfo del espermatozoide más veloz ni el capricho de un
óvulo todopoderoso. Es el resultado de un diálogo molecular extraordinariamente
complejo, en el que cada participante escucha, responde y modifica el
comportamiento de los demás.
Y, como ocurre con las mejores
conversaciones, el desenlace depende mucho menos de quién habla más alto que de
que todos sean capaces de entender el mismo lenguaje.