| Imagen generada con IA |
¿Cómo empieza
una guerra? Si alguien formulara esa pregunta, la mayoría responderíamos sin
dudar: con tanques cruzando fronteras, aviones bombardeando aeropuertos y
soldados avanzando entre el humo. Es la imagen que nos legó el siglo XX y que
todavía domina nuestra imaginación. Creemos reconocer una guerra cuando oímos
el estruendo de la artillería o vemos ondear una bandera sobre un territorio
recién conquistado. Sin embargo, esa imagen empieza a quedarse vieja.
Las guerras del
siglo XXI ya no siempre anuncian su llegada con el ruido de los motores. A
veces comienzan con un apagón provocado por un ciberataque. Otras, con una
campaña de desinformación cuidadosamente diseñada para dividir a una sociedad.
En ocasiones, con barcos pesqueros que aparecen donde nunca habían faenado, con
guardacostas que hostigan embarcaciones extranjeras o con miles de personas
caminando hacia una frontera sin que nadie parezca dispuesto a detenerlas.
No es una
licencia periodística. Es una realidad que desde hace años estudian estrategas
y analistas militares, y a la que han dado un nombre tan poco evocador como
preciso: estrategia de zona gris.
El concepto
describe el conjunto de acciones mediante las cuales un Estado intenta
modificar una situación política, territorial o estratégica sin llegar a
desencadenar una guerra abierta. La clave consiste en mantenerse siempre por
debajo del umbral que justificaría una respuesta militar. En lugar de invadir,
presiona. En lugar de disparar, desgasta. En vez de presentar batalla, obliga
al adversario a enfrentarse a una sucesión de crisis cuya naturaleza resulta
deliberadamente ambigua.
Es una forma de
ejercer el poder mucho más sofisticada que la guerra convencional. Si un
ejército cruza una frontera, el derecho internacional y la comunidad
internacional saben cómo interpretar lo ocurrido. Pero ¿qué sucede cuando lo
que cruza la frontera no son soldados, sino miles de civiles? ¿O cuando la
presión se ejerce mediante campañas de desinformación, sabotajes informáticos o
la utilización política de los flujos migratorios? La respuesta deja de ser
evidente. Y precisamente ahí reside la eficacia de estas estrategias.
No se trata de
una teoría nacida en las aulas. Rusia recurrió a este tipo de tácticas antes de
la anexión de Crimea. China las emplea desde hace años en el mar de China
Meridional mediante una combinación de guardacostas, embarcaciones civiles y la
construcción gradual de islas artificiales. Ninguno de esos episodios comenzó
con una declaración formal de guerra, pero todos alteraron el equilibrio
político sobre el terreno.
Sin embargo,
los españoles conocimos una de las primeras grandes operaciones de este tipo
mucho antes de que existiera el propio concepto: se llamó Marcha Verde.
En noviembre de
1975, mientras Francisco Franco agonizaba y España atravesaba uno de los
momentos más delicados de su historia reciente, el rey Hasán II movilizó a unos
350.000 civiles marroquíes hacia el Sáhara Occidental. Aquella inmensa columna
humana no pretendía derrotar al Ejército español en el campo de batalla.
Pretendía colocarlo ante un dilema imposible.
España disponía
entonces de fuerzas suficientes para impedir el avance. Lo que no tenía era
margen político para ordenar que se disparara contra una multitud formada por
hombres, mujeres y niños. Hasán II comprendió que el verdadero escenario del
conflicto no era el desierto sahariano, sino la percepción internacional y las
dudas del Gobierno español.
Cinco décadas
después, la Marcha Verde sigue estudiándose como uno de los primeros ejemplos
de lo que hoy llamamos estrategia de zona gris: explotar la vulnerabilidad
política del adversario antes que su debilidad militar. No se trata de destruir
al enemigo, sino de convencerlo de que resistir tendrá un coste mayor que
ceder. Cuando un Estado percibe que cualquier respuesta contundente puede
volverse en su contra, la iniciativa cambia de manos.
Basta
contemplar desde esa perspectiva lo ocurrido recientemente en Ceuta para que el
episodio adquiera un significado distinto. Más de cincuenta mil personas
atravesaron la frontera en apenas unas horas, desbordando la capacidad de
respuesta de una ciudad de poco más de ochenta mil habitantes. La tragedia dejó
decenas de muertos y convirtió una crisis migratoria en un problema de
dimensión nacional y europea.
No sabemos con
certeza qué decisiones se tomaron a uno y otro lado de la frontera ni cuál fue
el grado de coordinación o de pasividad de las autoridades durante aquellas
horas. Esa tarea corresponde a los investigadores y a los responsables
políticos. Pero existe una cuestión previa que merece ser planteada.
Las estrategias
de zona gris no necesitan demostrar de manera inequívoca la responsabilidad de
un Estado para resultar eficaces. Les basta con generar incertidumbre, obligar
al adversario a reaccionar con urgencia y transmitir la sensación de que una
situación semejante puede repetirse en cualquier momento.
Y esa es,
precisamente, la pregunta que debería inquietarnos: ¿estamos contemplando
episodios aislados o asistimos, sin querer reconocerlo, a una forma
completamente distinta de ejercer la presión entre Estados?
Si la respuesta
a esa pregunta fuera afirmativa, la conclusión dejaría de ser exclusivamente
marroquí para convertirse en un problema español. Las estrategias de zona gris
no triunfan porque quien las emplea sea extraordinariamente poderoso, sino
porque saben detectar y explotar las vulnerabilidades del adversario. Su
objetivo no consiste en conquistar un territorio de un solo golpe, sino en
modificar poco a poco la relación de fuerzas hasta que el coste de mantener el
statu quo resulte cada vez mayor.
Durante décadas
hemos preparado nuestras Fuerzas Armadas para responder a amenazas
convencionales. Disponemos de excelentes militares, modernos sistemas de armas
y una sólida integración en la OTAN. Sin embargo, un flujo masivo de
inmigrantes no se detiene con carros de combate, una campaña de desinformación
no se combate con fragatas y un ciberataque no se responde con cazabombarderos.
Las amenazas han cambiado y los instrumentos de defensa también deben hacerlo.
La primera
consecuencia afecta a la inteligencia. Resulta difícil aceptar que una
concentración tan extraordinaria de personas pudiera producirse en las
inmediaciones de una de las fronteras más sensibles de Europa sin que
existieran indicios suficientes para prever lo que se avecinaba. Si esos
indicios no existieron, el problema es grave. Si existieron y no fueron
correctamente interpretados, también lo es. En cualquiera de los dos casos, un
Estado moderno no puede permitirse ignorar qué ocurre al otro lado de una
frontera cuyo control afecta directamente a su seguridad.
La segunda
enseñanza concierne a Europa. Cada vez que estalla una crisis fronteriza
reaparecen las mismas recetas: reforzar Frontex, incrementar la vigilancia o
acelerar los procedimientos administrativos. Todo ello puede ayudar a gestionar
una emergencia migratoria, pero difícilmente resolverá una estrategia concebida
para utilizar esa misma emergencia como instrumento de presión política.
Confundir ambos planos equivale a tratar los síntomas sin afrontar la
enfermedad.
Existe, además,
un aspecto del que apenas se habla y que probablemente sea el más importante.
Las estrategias de zona gris no buscan únicamente tensar una frontera. También
pretenden desgastar al país que las sufre. Cada crisis consume recursos, obliga
a improvisar, alimenta el enfrentamiento político y proyecta hacia el exterior
la imagen de un Estado permanentemente a la defensiva. En ese escenario, el
tiempo juega siempre a favor de quien ejerce la presión.
Eso explica por
qué la fortaleza de un país no depende únicamente de su capacidad militar.
Depende también de la credibilidad de sus instituciones, de la eficacia de sus
servicios de inteligencia, de la calidad de su diplomacia y, sobre todo, de su
capacidad para ofrecer una respuesta coherente cuando se ponen a prueba sus
intereses fundamentales. Las estrategias de zona gris prosperan allí donde
encuentran incertidumbre, vacilación o división.
España y
Marruecos están condenados a entenderse. La geografía no admite alternativas.
Compartimos el Estrecho, una intensa relación económica y una de las fronteras
más sensibles del continente. La cooperación seguirá siendo imprescindible,
tanto en materia migratoria como en la lucha contra el terrorismo o el crimen
organizado. Precisamente por eso, esa cooperación solo puede asentarse sobre un
principio elemental de las relaciones internacionales: el respeto mutuo exige
también una percepción mutua de firmeza. La amistad entre Estados nunca puede
confundirse con la renuncia a defender los propios intereses.
Puede que esa
sea la principal lección de cuanto ha ocurrido en Ceuta. Durante generaciones
aprendimos a reconocer el comienzo de una guerra cuando aparecían los primeros
tanques. Hoy ese criterio ha dejado de servir. Las nuevas formas de
confrontación no buscan victorias fulminantes ni conquistas espectaculares.
Avanzan lentamente, desgastan al adversario, explotan sus dudas y esperan.
Las rocas no
desaparecen porque una sola ola golpee con fuerza. Desaparecen porque miles de
olas, una tras otra, terminan modificando aquello que parecía inmutable. Las
estrategias de zona gris funcionan exactamente igual. No producen el estruendo
de las guerras convencionales. Trabajan en silencio, con paciencia y a largo
plazo.
Quizá el mayor peligro no sea sufrir una de esas olas, sino seguir esperando el ruido de los tanques mientras la guerra ya ha empezado.