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sábado, 1 de agosto de 2026

CUANDO LAS GUERRAS DEJAN DE EMPEZAR CON LOS TANQUES

 

Imagen generada con IA

¿Cómo empieza una guerra? Si alguien formulara esa pregunta, la mayoría responderíamos sin dudar: con tanques cruzando fronteras, aviones bombardeando aeropuertos y soldados avanzando entre el humo. Es la imagen que nos legó el siglo XX y que todavía domina nuestra imaginación. Creemos reconocer una guerra cuando oímos el estruendo de la artillería o vemos ondear una bandera sobre un territorio recién conquistado. Sin embargo, esa imagen empieza a quedarse vieja.

Las guerras del siglo XXI ya no siempre anuncian su llegada con el ruido de los motores. A veces comienzan con un apagón provocado por un ciberataque. Otras, con una campaña de desinformación cuidadosamente diseñada para dividir a una sociedad. En ocasiones, con barcos pesqueros que aparecen donde nunca habían faenado, con guardacostas que hostigan embarcaciones extranjeras o con miles de personas caminando hacia una frontera sin que nadie parezca dispuesto a detenerlas.

No es una licencia periodística. Es una realidad que desde hace años estudian estrategas y analistas militares, y a la que han dado un nombre tan poco evocador como preciso: estrategia de zona gris.

El concepto describe el conjunto de acciones mediante las cuales un Estado intenta modificar una situación política, territorial o estratégica sin llegar a desencadenar una guerra abierta. La clave consiste en mantenerse siempre por debajo del umbral que justificaría una respuesta militar. En lugar de invadir, presiona. En lugar de disparar, desgasta. En vez de presentar batalla, obliga al adversario a enfrentarse a una sucesión de crisis cuya naturaleza resulta deliberadamente ambigua.

Es una forma de ejercer el poder mucho más sofisticada que la guerra convencional. Si un ejército cruza una frontera, el derecho internacional y la comunidad internacional saben cómo interpretar lo ocurrido. Pero ¿qué sucede cuando lo que cruza la frontera no son soldados, sino miles de civiles? ¿O cuando la presión se ejerce mediante campañas de desinformación, sabotajes informáticos o la utilización política de los flujos migratorios? La respuesta deja de ser evidente. Y precisamente ahí reside la eficacia de estas estrategias.

No se trata de una teoría nacida en las aulas. Rusia recurrió a este tipo de tácticas antes de la anexión de Crimea. China las emplea desde hace años en el mar de China Meridional mediante una combinación de guardacostas, embarcaciones civiles y la construcción gradual de islas artificiales. Ninguno de esos episodios comenzó con una declaración formal de guerra, pero todos alteraron el equilibrio político sobre el terreno.

Sin embargo, los españoles conocimos una de las primeras grandes operaciones de este tipo mucho antes de que existiera el propio concepto: se llamó Marcha Verde.

En noviembre de 1975, mientras Francisco Franco agonizaba y España atravesaba uno de los momentos más delicados de su historia reciente, el rey Hasán II movilizó a unos 350.000 civiles marroquíes hacia el Sáhara Occidental. Aquella inmensa columna humana no pretendía derrotar al Ejército español en el campo de batalla. Pretendía colocarlo ante un dilema imposible.

España disponía entonces de fuerzas suficientes para impedir el avance. Lo que no tenía era margen político para ordenar que se disparara contra una multitud formada por hombres, mujeres y niños. Hasán II comprendió que el verdadero escenario del conflicto no era el desierto sahariano, sino la percepción internacional y las dudas del Gobierno español.

Cinco décadas después, la Marcha Verde sigue estudiándose como uno de los primeros ejemplos de lo que hoy llamamos estrategia de zona gris: explotar la vulnerabilidad política del adversario antes que su debilidad militar. No se trata de destruir al enemigo, sino de convencerlo de que resistir tendrá un coste mayor que ceder. Cuando un Estado percibe que cualquier respuesta contundente puede volverse en su contra, la iniciativa cambia de manos.

Basta contemplar desde esa perspectiva lo ocurrido recientemente en Ceuta para que el episodio adquiera un significado distinto. Más de cincuenta mil personas atravesaron la frontera en apenas unas horas, desbordando la capacidad de respuesta de una ciudad de poco más de ochenta mil habitantes. La tragedia dejó decenas de muertos y convirtió una crisis migratoria en un problema de dimensión nacional y europea.

No sabemos con certeza qué decisiones se tomaron a uno y otro lado de la frontera ni cuál fue el grado de coordinación o de pasividad de las autoridades durante aquellas horas. Esa tarea corresponde a los investigadores y a los responsables políticos. Pero existe una cuestión previa que merece ser planteada.

Las estrategias de zona gris no necesitan demostrar de manera inequívoca la responsabilidad de un Estado para resultar eficaces. Les basta con generar incertidumbre, obligar al adversario a reaccionar con urgencia y transmitir la sensación de que una situación semejante puede repetirse en cualquier momento.

Y esa es, precisamente, la pregunta que debería inquietarnos: ¿estamos contemplando episodios aislados o asistimos, sin querer reconocerlo, a una forma completamente distinta de ejercer la presión entre Estados?

Si la respuesta a esa pregunta fuera afirmativa, la conclusión dejaría de ser exclusivamente marroquí para convertirse en un problema español. Las estrategias de zona gris no triunfan porque quien las emplea sea extraordinariamente poderoso, sino porque saben detectar y explotar las vulnerabilidades del adversario. Su objetivo no consiste en conquistar un territorio de un solo golpe, sino en modificar poco a poco la relación de fuerzas hasta que el coste de mantener el statu quo resulte cada vez mayor.

Durante décadas hemos preparado nuestras Fuerzas Armadas para responder a amenazas convencionales. Disponemos de excelentes militares, modernos sistemas de armas y una sólida integración en la OTAN. Sin embargo, un flujo masivo de inmigrantes no se detiene con carros de combate, una campaña de desinformación no se combate con fragatas y un ciberataque no se responde con cazabombarderos. Las amenazas han cambiado y los instrumentos de defensa también deben hacerlo.

La primera consecuencia afecta a la inteligencia. Resulta difícil aceptar que una concentración tan extraordinaria de personas pudiera producirse en las inmediaciones de una de las fronteras más sensibles de Europa sin que existieran indicios suficientes para prever lo que se avecinaba. Si esos indicios no existieron, el problema es grave. Si existieron y no fueron correctamente interpretados, también lo es. En cualquiera de los dos casos, un Estado moderno no puede permitirse ignorar qué ocurre al otro lado de una frontera cuyo control afecta directamente a su seguridad.

La segunda enseñanza concierne a Europa. Cada vez que estalla una crisis fronteriza reaparecen las mismas recetas: reforzar Frontex, incrementar la vigilancia o acelerar los procedimientos administrativos. Todo ello puede ayudar a gestionar una emergencia migratoria, pero difícilmente resolverá una estrategia concebida para utilizar esa misma emergencia como instrumento de presión política. Confundir ambos planos equivale a tratar los síntomas sin afrontar la enfermedad.

Existe, además, un aspecto del que apenas se habla y que probablemente sea el más importante. Las estrategias de zona gris no buscan únicamente tensar una frontera. También pretenden desgastar al país que las sufre. Cada crisis consume recursos, obliga a improvisar, alimenta el enfrentamiento político y proyecta hacia el exterior la imagen de un Estado permanentemente a la defensiva. En ese escenario, el tiempo juega siempre a favor de quien ejerce la presión.

Eso explica por qué la fortaleza de un país no depende únicamente de su capacidad militar. Depende también de la credibilidad de sus instituciones, de la eficacia de sus servicios de inteligencia, de la calidad de su diplomacia y, sobre todo, de su capacidad para ofrecer una respuesta coherente cuando se ponen a prueba sus intereses fundamentales. Las estrategias de zona gris prosperan allí donde encuentran incertidumbre, vacilación o división.

España y Marruecos están condenados a entenderse. La geografía no admite alternativas. Compartimos el Estrecho, una intensa relación económica y una de las fronteras más sensibles del continente. La cooperación seguirá siendo imprescindible, tanto en materia migratoria como en la lucha contra el terrorismo o el crimen organizado. Precisamente por eso, esa cooperación solo puede asentarse sobre un principio elemental de las relaciones internacionales: el respeto mutuo exige también una percepción mutua de firmeza. La amistad entre Estados nunca puede confundirse con la renuncia a defender los propios intereses.

Puede que esa sea la principal lección de cuanto ha ocurrido en Ceuta. Durante generaciones aprendimos a reconocer el comienzo de una guerra cuando aparecían los primeros tanques. Hoy ese criterio ha dejado de servir. Las nuevas formas de confrontación no buscan victorias fulminantes ni conquistas espectaculares. Avanzan lentamente, desgastan al adversario, explotan sus dudas y esperan.

Las rocas no desaparecen porque una sola ola golpee con fuerza. Desaparecen porque miles de olas, una tras otra, terminan modificando aquello que parecía inmutable. Las estrategias de zona gris funcionan exactamente igual. No producen el estruendo de las guerras convencionales. Trabajan en silencio, con paciencia y a largo plazo.

Quizá el mayor peligro no sea sufrir una de esas olas, sino seguir esperando el ruido de los tanques mientras la guerra ya ha empezado.