Pocas funciones biológicas han
sufrido una persecución social tan implacable como las ventosidades. Bostezar
en público puede parecer descortés, estornudar obliga apenas a pedir disculpas
y toser suele despertar compasión. Sin embargo, basta con que alguien deje
escapar un pedo en un ascensor para que el ambiente se llene de vergüenza,
miradas evasivas y sospechosos silencios. Y eso resulta paradójico, porque
todos los seres humanos, sin excepción, producimos gases intestinales. Es una
consecuencia inevitable de estar vivos.
Quizá convenga empezar aclarando
los términos. En medicina, una ventosidad es simplemente la expulsión de gases
intestinales por el ano. La flatulencia, en sentido estricto, hace referencia a
la presencia o acumulación excesiva de esos gases en el aparato digestivo,
aunque en el lenguaje cotidiano ambas palabras se utilizan como sinónimos. El
viejo y castizo pedo, por su parte, tiene la virtud de ser perfectamente
comprendido sin necesidad de explicación alguna.
Francisco de Quevedo, que parecía
incapaz de encontrar un asunto indigno de convertirse en literatura, dedicó
varios poemas a las ventosidades. En uno de los más conocidos, atribuido
tradicionalmente a su pluma, comienza con un verso inolvidable: «Pedo es el
clarín del culo». Solo Quevedo era capaz de convertir una función fisiológica
en una maniobra militar. El pedo no era para él una simple emanación, sino el
toque de trompeta que anunciaba la batalla. Nadie escapaba a su humor
escatológico porque, al fin y al cabo, hasta los más poderosos compartían esa
humilde condición.
Lo cierto es que la preocupación
por las ventosidades es mucho más antigua que la literatura del Siglo de Oro.
Hace casi dos mil quinientos años, Hipócrates, considerado el padre de la
medicina, pensaba que los gases retenidos alteraban el equilibrio del organismo
y eran responsables de diversos trastornos. Para facilitar su expulsión
recomendaba plantas como el hinojo, el anís o el cilantro. Hoy sabemos que
aquellas plantas son carminativas, es decir, favorecen la expulsión de los
gases al relajar la musculatura del aparato digestivo.
La idea de que un pedo es poco
más que aire maloliente tampoco es del todo correcta. Cada día producimos entre
medio litro y dos litros de gases intestinales y los expulsamos, por término
medio, entre diez y veinte veces. Lo sorprendente es que casi todo ese volumen
carece de olor. Está formado principalmente por nitrógeno, dióxido de carbono e
hidrógeno y, en algunas personas, pequeñas cantidades de metano.
Los verdaderos culpables de la
mala fama de las ventosidades son unas pocas moléculas sulfuradas —como el
sulfuro de hidrógeno, el metanotiol o el dimetilsulfuro— presentes en
cantidades ínfimas pero suficientes para que nuestro olfato las detecte de inmediato.
Buena parte de esos gases son, además, un producto inevitable del trabajo de
la microbiota intestinal, el inmenso ejército de bacterias que fermenta los
restos de alimentos que nosotros no podemos digerir. En cierto modo, las
ventosidades son el precio que pagamos por disfrutar de un intestino sano.
Aun así, durante mucho tiempo el
problema no fue la biología, sino la etiqueta. Según una antigua tradición,
probablemente apócrifa pero demasiado buena para no ser contada, el emperador
Claudio supo de un senador que sufrió intensos dolores por reprimir sus gases
durante un banquete. Tan preocupado quedó que llegó a considerar la posibilidad
de promulgar un edicto autorizando a los comensales a aliviar discretamente la
presión intestinal sin temor a ofender a sus anfitriones. No sabemos si la
historia ocurrió realmente, pero sí revela que, hace casi dos mil años, los
romanos ya debatían el mismo dilema que seguimos afrontando hoy: cómo conciliar
una necesidad fisiológica con las buenas maneras.
Durante siglos el principal
enemigo de las ventosidades no fue el olor, sino el decoro. Sin embargo, la
Ilustración encontró una forma muy distinta de abordar el problema. En 1781,
Benjamin Franklin escribió uno de los ensayos más extravagantes de toda su
producción. Lo tituló Fart Proudly («Tírate pedos con orgullo») y en él
lamentaba que la ciencia hubiera sido capaz de producir perfumes deliciosos sin
encontrar todavía una manera de conseguir que las ventosidades olieran igual de
bien.
Franklin proponía, no sin ironía,
que los investigadores descubrieran «alguna droga saludable, mezclable con
nuestros alimentos o salsas, que hiciera las descargas naturales del viento no
solo inocuas, sino tan agradables como los perfumes». Si la química era capaz
de transformar sustancias nauseabundas en aromas delicados, ¿por qué no podía
hacer exactamente lo contrario? La propuesta era humorística, pero encerraba
una intuición notable: el problema no era producir menos gases, sino eliminar
el olor. No deja de resultar admirable que uno de los padres fundadores de
Estados Unidos dedicara parte de su talento científico a un asunto que seguimos
discutiendo, dos siglos y medio después, en los ascensores.
Hubo que esperar casi cien años
para que alguien encontrara una solución aparentemente razonable. A finales del
siglo XVIII, el químico germano-ruso Johann Tobias Lowitz descubrió que el
carbón vegetal tratado adecuadamente poseía una extraordinaria capacidad para
retener las sustancias responsables del color, el sabor y el olor de muchos
líquidos. Aquello revolucionó procesos como la purificación del agua y el
refinado del azúcar y, con el tiempo, dio origen al carbón activado moderno.
No es difícil comprender por qué
los médicos pensaron que aquel material podía servir también para combatir las
ventosidades. El carbón activado posee una estructura extraordinariamente
porosa capaz de retener muchas de las moléculas responsables del mal olor.
Sobre el papel parecía el remedio perfecto.
En la práctica, sin embargo, el
resultado fue bastante menos brillante. Administrado por vía oral, el carbón
activado apenas conseguía reducir el olor de las ventosidades, producía
estreñimiento, teñía las heces de negro e interfería con la absorción de algunos
medicamentos. El supuesto remedio terminaba siendo casi tan molesto como la
enfermedad.
Alguien tuvo una idea mucho más
ingeniosa. Si el carbón no funcionaba demasiado bien antes de que los gases
abandonaran el organismo, ¿por qué no colocarlo justamente en el punto de
salida? Así nació uno de los inventos más insólitos de la historia reciente. En
1997, el estadounidense Chester Weimer patentó una ropa interior dotada de un
filtro reemplazable de carbón activado que obligaba a los gases a atravesarlo
antes de escapar al exterior. La inspiración no surgió en un laboratorio, sino
en el salón de su propia casa. Su esposa, enferma de Crohn, sufría frecuentes
ventosidades de olor especialmente intenso y Weimer decidió fabricar una
solución doméstica que terminó convirtiéndose en una patente.
El invento llamó tanto la
atención que en 2001 recibió el Premio Ig Nobel de Biología, esos peculiares
galardones que distinguen investigaciones que, según su lema, «primero hacen
reír y luego hacen pensar». Es difícil imaginar un invento más apropiado para
un Ig Nobel. Sin embargo, detrás de la sonrisa había un problema médico muy
real para miles de personas.
Vanvera del Museo de las Máquinas Sexuales de Praga.
Mucho antes de que Weimer
registrara su patente ya circulaba la historia de un curioso artefacto conocido
como vanvera, del que todavía hoy puede contemplarse un llamativo ejemplar en
el Museo de las Máquinas Sexuales de Praga. Aunque muchos historiadores dudan
de que llegara a utilizarse realmente y algunos consideran que podría tratarse
de una recreación moderna inspirada en antiguas descripciones, la idea resulta
irresistible: una especie de embudo de cuero unido a una bolsa con hierbas
aromáticas destinada a amortiguar el sonido y perfumar discretamente las
ventosidades.
Sea auténtica o no la historia de
la vanvera, resulta reconfortante comprobar que, desde Hipócrates hasta
Benjamin Franklin, desde un emperador romano hasta un inventor premiado con un
Ig Nobel, la humanidad lleva casi dos mil quinientos años intentando resolver
exactamente el mismo problema. No sabemos si algún día conseguiremos cumplir el
deseo de Franklin y expulsar ventosidades con aroma de perfume. Mientras tanto,
quizá lo más sensato sea aceptar que pocas funciones biológicas han inspirado
tanta inventiva para ocultar algo que, inevitablemente, nos iguala a todos.