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domingo, 2 de agosto de 2026

VENTOSIDADES. LLAMÉMOSLES VENTOSIDADES

 

Pocas funciones biológicas han sufrido una persecución social tan implacable como las ventosidades. Bostezar en público puede parecer descortés, estornudar obliga apenas a pedir disculpas y toser suele despertar compasión. Sin embargo, basta con que alguien deje escapar un pedo en un ascensor para que el ambiente se llene de vergüenza, miradas evasivas y sospechosos silencios. Y eso resulta paradójico, porque todos los seres humanos, sin excepción, producimos gases intestinales. Es una consecuencia inevitable de estar vivos.

Quizá convenga empezar aclarando los términos. En medicina, una ventosidad es simplemente la expulsión de gases intestinales por el ano. La flatulencia, en sentido estricto, hace referencia a la presencia o acumulación excesiva de esos gases en el aparato digestivo, aunque en el lenguaje cotidiano ambas palabras se utilizan como sinónimos. El viejo y castizo pedo, por su parte, tiene la virtud de ser perfectamente comprendido sin necesidad de explicación alguna.

Francisco de Quevedo, que parecía incapaz de encontrar un asunto indigno de convertirse en literatura, dedicó varios poemas a las ventosidades. En uno de los más conocidos, atribuido tradicionalmente a su pluma, comienza con un verso inolvidable: «Pedo es el clarín del culo». Solo Quevedo era capaz de convertir una función fisiológica en una maniobra militar. El pedo no era para él una simple emanación, sino el toque de trompeta que anunciaba la batalla. Nadie escapaba a su humor escatológico porque, al fin y al cabo, hasta los más poderosos compartían esa humilde condición.

Lo cierto es que la preocupación por las ventosidades es mucho más antigua que la literatura del Siglo de Oro. Hace casi dos mil quinientos años, Hipócrates, considerado el padre de la medicina, pensaba que los gases retenidos alteraban el equilibrio del organismo y eran responsables de diversos trastornos. Para facilitar su expulsión recomendaba plantas como el hinojo, el anís o el cilantro. Hoy sabemos que aquellas plantas son carminativas, es decir, favorecen la expulsión de los gases al relajar la musculatura del aparato digestivo.

La idea de que un pedo es poco más que aire maloliente tampoco es del todo correcta. Cada día producimos entre medio litro y dos litros de gases intestinales y los expulsamos, por término medio, entre diez y veinte veces. Lo sorprendente es que casi todo ese volumen carece de olor. Está formado principalmente por nitrógeno, dióxido de carbono e hidrógeno y, en algunas personas, pequeñas cantidades de metano.

Los verdaderos culpables de la mala fama de las ventosidades son unas pocas moléculas sulfuradas —como el sulfuro de hidrógeno, el metanotiol o el dimetilsulfuro— presentes en cantidades ínfimas pero suficientes para que nuestro olfato las detecte de inmediato. Buena parte de esos gases son, además, un producto inevitable del trabajo de la microbiota intestinal, el inmenso ejército de bacterias que fermenta los restos de alimentos que nosotros no podemos digerir. En cierto modo, las ventosidades son el precio que pagamos por disfrutar de un intestino sano.

Aun así, durante mucho tiempo el problema no fue la biología, sino la etiqueta. Según una antigua tradición, probablemente apócrifa pero demasiado buena para no ser contada, el emperador Claudio supo de un senador que sufrió intensos dolores por reprimir sus gases durante un banquete. Tan preocupado quedó que llegó a considerar la posibilidad de promulgar un edicto autorizando a los comensales a aliviar discretamente la presión intestinal sin temor a ofender a sus anfitriones. No sabemos si la historia ocurrió realmente, pero sí revela que, hace casi dos mil años, los romanos ya debatían el mismo dilema que seguimos afrontando hoy: cómo conciliar una necesidad fisiológica con las buenas maneras.

Durante siglos el principal enemigo de las ventosidades no fue el olor, sino el decoro. Sin embargo, la Ilustración encontró una forma muy distinta de abordar el problema. En 1781, Benjamin Franklin escribió uno de los ensayos más extravagantes de toda su producción. Lo tituló Fart Proudly («Tírate pedos con orgullo») y en él lamentaba que la ciencia hubiera sido capaz de producir perfumes deliciosos sin encontrar todavía una manera de conseguir que las ventosidades olieran igual de bien.

Franklin proponía, no sin ironía, que los investigadores descubrieran «alguna droga saludable, mezclable con nuestros alimentos o salsas, que hiciera las descargas naturales del viento no solo inocuas, sino tan agradables como los perfumes». Si la química era capaz de transformar sustancias nauseabundas en aromas delicados, ¿por qué no podía hacer exactamente lo contrario? La propuesta era humorística, pero encerraba una intuición notable: el problema no era producir menos gases, sino eliminar el olor. No deja de resultar admirable que uno de los padres fundadores de Estados Unidos dedicara parte de su talento científico a un asunto que seguimos discutiendo, dos siglos y medio después, en los ascensores.

Hubo que esperar casi cien años para que alguien encontrara una solución aparentemente razonable. A finales del siglo XVIII, el químico germano-ruso Johann Tobias Lowitz descubrió que el carbón vegetal tratado adecuadamente poseía una extraordinaria capacidad para retener las sustancias responsables del color, el sabor y el olor de muchos líquidos. Aquello revolucionó procesos como la purificación del agua y el refinado del azúcar y, con el tiempo, dio origen al carbón activado moderno.

No es difícil comprender por qué los médicos pensaron que aquel material podía servir también para combatir las ventosidades. El carbón activado posee una estructura extraordinariamente porosa capaz de retener muchas de las moléculas responsables del mal olor. Sobre el papel parecía el remedio perfecto.

En la práctica, sin embargo, el resultado fue bastante menos brillante. Administrado por vía oral, el carbón activado apenas conseguía reducir el olor de las ventosidades, producía estreñimiento, teñía las heces de negro e interfería con la absorción de algunos medicamentos. El supuesto remedio terminaba siendo casi tan molesto como la enfermedad.

Alguien tuvo una idea mucho más ingeniosa. Si el carbón no funcionaba demasiado bien antes de que los gases abandonaran el organismo, ¿por qué no colocarlo justamente en el punto de salida? Así nació uno de los inventos más insólitos de la historia reciente. En 1997, el estadounidense Chester Weimer patentó una ropa interior dotada de un filtro reemplazable de carbón activado que obligaba a los gases a atravesarlo antes de escapar al exterior. La inspiración no surgió en un laboratorio, sino en el salón de su propia casa. Su esposa, enferma de Crohn, sufría frecuentes ventosidades de olor especialmente intenso y Weimer decidió fabricar una solución doméstica que terminó convirtiéndose en una patente.

El invento llamó tanto la atención que en 2001 recibió el Premio Ig Nobel de Biología, esos peculiares galardones que distinguen investigaciones que, según su lema, «primero hacen reír y luego hacen pensar». Es difícil imaginar un invento más apropiado para un Ig Nobel. Sin embargo, detrás de la sonrisa había un problema médico muy real para miles de personas.

Vanvera del Museo de las Máquinas Sexuales de Praga.

Mucho antes de que Weimer registrara su patente ya circulaba la historia de un curioso artefacto conocido como vanvera, del que todavía hoy puede contemplarse un llamativo ejemplar en el Museo de las Máquinas Sexuales de Praga. Aunque muchos historiadores dudan de que llegara a utilizarse realmente y algunos consideran que podría tratarse de una recreación moderna inspirada en antiguas descripciones, la idea resulta irresistible: una especie de embudo de cuero unido a una bolsa con hierbas aromáticas destinada a amortiguar el sonido y perfumar discretamente las ventosidades.

Sea auténtica o no la historia de la vanvera, resulta reconfortante comprobar que, desde Hipócrates hasta Benjamin Franklin, desde un emperador romano hasta un inventor premiado con un Ig Nobel, la humanidad lleva casi dos mil quinientos años intentando resolver exactamente el mismo problema. No sabemos si algún día conseguiremos cumplir el deseo de Franklin y expulsar ventosidades con aroma de perfume. Mientras tanto, quizá lo más sensato sea aceptar que pocas funciones biológicas han inspirado tanta inventiva para ocultar algo que, inevitablemente, nos iguala a todos.