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viernes, 4 de septiembre de 2026

BIOCHARGER: LA “CAFETERA” QUE SIRVE FRECUENCIAS

 

Durante siglos, la medicina ha cometido el error de resultar demasiado complicada. Para tratar una enfermedad había que averiguar qué la causaba, estudiar durante años, experimentar con animales, organizar ensayos clínicos y soportar después a una legión de revisores empeñados en preguntar si el remedio funcionaba de verdad. De hacer caso a quienes han patentado un propio del profesor Bacterio, todo ese engorro puede evitarse hoy gracias al BioCharger NG, un aparato que cuesta 17 990 dólares en Estados Unidos y que, después de añadir transporte, aduana e IVA, puede ponerse en España por unos 20 000 euros. Parece una lámpara diseñada por Nikola Tesla durante una noche de insomnio y promete mejorar la salud mientras el paciente permanece sentado sin hacer absolutamente nada.

La pasividad forma parte esencial del tratamiento. No hay que correr, levantar pesas, comer verdura ni renunciar al coñac de después de cenar. Basta con acomodarse a una distancia de entre uno y metro y medio del aparato y dejarse bañar durante quince minutos por una mezcla de luz, sonido, campos eléctricos y electromagnéticos. El organismo, que hasta ese momento llevaba funcionando de manera lamentable por culpa de la evolución, la edad y nuestros hábitos, recibe una especie de arranque con pinzas. Las células recuperan el entusiasmo, siempre que no hayamos olvidado pagar los gastos de envío.

El BioCharger NG se vende como una «plataforma de optimización de la salud». El nombre está bien elegido. Si lo llamaran aparato médico, alguien podría cometer la grosería de exigir pruebas médicas. Una plataforma de optimización, en cambio, pertenece a ese territorio nebuloso en el que no se curan enfermedades, sino que se favorece la vitalidad, se promueve el equilibrio y se apoya el bienestar general. Son expresiones tranquilizadoras porque pueden significar cualquier cosa y, por tanto, resulta muy difícil demostrar que no significan nada.

Ese prodigio americano ha llegado también a España. El fabricante afirmaba ya en 2016 haber vendido unidades en nuestro país y algunos establecimientos ofrecen hoy sesiones frente al aparato. Entre ellos figura BioSpa Madrid, instalado en la calle Velázquez, a pocos minutos del parque del Retiro, donde BioCharger comparte espacio con tanques de flotación, saunas de infrarrojos y baños de hielo. No he encontrado constancia de que esté autorizado por la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios para diagnosticar, prevenir o tratar enfermedad alguna. Se presenta como instrumento de bienestar, ese territorio afortunado donde una máquina puede influir en las células, el sueño y la recuperación siempre que nadie pronuncie la palabra medicina.

El fabricante asegura que BioCharger reúne cuatro «energías naturales»: campos electromagnéticos pulsados, voltaje, luz y frecuencias con sus correspondientes armónicos. Que las cuatro sean naturales no deja de ser una afirmación curiosa. También son naturales los rayos, la radiación ultravioleta y que un hipopótamo nos parta por la mitad, sin que nadie los considere recomendables para optimizar la salud. BioCharger produce fenómenos físicos reales: emite luz, genera sonidos y crea campos eléctricos y magnéticos. Una tostadora también produce calor, luz y campos electromagnéticos, aunque sus fabricantes han tenido la modestia de limitar sus indicaciones al tratamiento del pan de molde.

Cada una de esas formas de energía posee aplicaciones médicas. Determinados campos electromagnéticos se utilizan para favorecer la consolidación de algunas fracturas; la luz interviene en tratamientos dermatológicos y alteraciones del ritmo circadiano; los impulsos eléctricos estimulan nervios y músculos. El truco consiste en colocarlo todo dentro del mismo saco y dar a entender que un aparato que combina esas tecnologías hereda automáticamente sus beneficios. Es como reunir en una caja un bisturí, un termómetro, un desfibrilador y una linterna y anunciar que hemos inventado el hospital portátil.

En medicina, sin embargo, la energía no obra por inspiración. Importan la intensidad, la longitud de onda, la frecuencia, la duración y el tejido sobre el que se aplica. Una lámpara y un láser quirúrgico producen luz, pero nadie aceptaría que le extirparan la vesícula con una lámpara de sobremesa. BioCharger borra esas diferencias y presenta sus emisiones como si el cuerpo reconociera intuitivamente lo que necesita. Al parecer, las células son muy listas para recibir frecuencias curativas, aunque no lo bastante para reparar por sí solas una rodilla.

La descripción técnica del aparato asegura que el voltaje vuelve más permeable la membrana celular, abre canales para hacer llegar nutrientes y hormonas al núcleo y permite que la célula «se desintoxique». La frase contiene suficientes términos auténticos para parecer científica. Las membranas poseen canales y los pulsos eléctricos intensos pueden abrir poros transitorios mediante un fenómeno llamado electroporación. Pero de ahí no se deduce que sentarse frente a una bola luminosa introduzca nutrientes en el núcleo ni ayude a expulsar unas toxinas que, como de costumbre, nadie se molesta en identificar.

El refinamiento supremo son sus más de 1 400 «recetas energéticas». El usuario selecciona un programa y el aparato combina frecuencias, pulsos y luces para alcanzar el objetivo deseado. Nuestro organismo queda convertido en una radio antigua: si algo no funciona es porque estamos mal sintonizados. Solo hay que mover el dial hasta encontrar la frecuencia de la energía, el sueño o la claridad mental. Es extraño que nadie hubiese reparado antes en que la artritis podía deberse a que la rodilla estaba captando Radio Nacional en lugar de Los 40 Principales.

Para respaldar el invento, la empresa ofrece un imponente compendio de investigaciones. Aparecen estudios sobre campos electromagnéticos, fotobiomodulación, estimulación eléctrica, cultivos celulares y animales de laboratorio. El lector poco atento puede concluir que BioCharger ha sido sometido a una montaña de ensayos. Pero los artículos citados estudian otras máquinas, otras intensidades y otras aplicaciones. Uno analiza la isquemia de las patas traseras de ratas diabéticas; otro, la curación ósea en animales. Las ratas no fueron sentadas alrededor de un BioCharger para que eligieran una receta de bienestar.

El procedimiento tiene una larga tradición comercial: se demuestra que cierto campo magnético produce un efecto en unas condiciones determinadas y se da por probado que cualquier aparato que genere magnetismo producirá el mismo resultado. Sería como defender las propiedades medicinales de una cocina de inducción porque existen estudios científicos sobre el hierro.

Tampoco las patentes solucionan el problema. Una patente certifica que se ha registrado una invención, no que la invención haga lo que promete. Se puede patentar una ratonera que toque el himno nacional al cerrarse; la oficina de patentes no está obligada a comprobar si los ratones se vuelven patriotas. Y cumplir las normas estadounidenses sobre interferencias electromagnéticas no significa que el aparato rejuvenezca las células.

La historia alcanzó su momento más glorioso durante la pandemia. En abril de 2020, el cocinero australiano Pete Evans aseguró que el aparato disponía de una receta relacionada con el «Wuhan Coronavirus». La Administración de Productos Terapéuticos de Australia respondió con sanciones por valor de 25 200 dólares australianos. La Administración señaló que la afirmación carecía de fundamento y recordó que también se anunciaba para recuperar fuerza y claridad mental, acelerar la recuperación muscular y reducir la rigidez articular. En 2021, la empresa de Evans recibió nuevas sanciones por publicitar varios productos terapéuticos no inscritos en el registro australiano, entre ellos BioCharger. El aparato no curó el coronavirus, pero demostró una notable capacidad para adelgazar cuentas bancarias.

Sería injusto afirmar que una sesión no puede hacer sentir mejor a nadie. Quince minutos sentado, relajado y rodeado de luces y sonidos pueden producir una sensación agradable. La ceremonia, el precio y la confianza del terapeuta refuerzan las expectativas. El efecto placebo puede modificar la percepción del dolor, el cansancio o el sueño. Lo que no demuestra es que las células hayan absorbido energía vital ni que una frecuencia determinada haya reparado un órgano.

El propio fabricante desaconseja el uso a embarazadas y personas con placas metálicas cerca del cerebro, y establece precauciones para quienes llevan marcapasos, desfibriladores, bombas de insulina u otros implantes electrónicos. También advierte sobre las luces intermitentes en personas con epilepsia fotosensible o migrañas provocadas por la luz. Resulta llamativo que unas energías presentadas como naturales y armonizadoras obliguen a mantenerse a prudente distancia si uno lleva un dispositivo cardíaco.

BioCharger es, en suma, una vistosa combinación de lámpara de plasma, generador electromagnético y ordenador dispensador de frecuencias. Puede proporcionar una experiencia relajante y hasta entretenida, pero no existen ensayos clínicos rigurosos que demuestren que el aparato completo ofrezca los numerosos beneficios insinuados por su publicidad. Su componente mejor documentado es el precio: 17 990 dólares producen un efecto intenso, inmediato y perfectamente medible sobre el patrimonio del paciente. Para recuperarse, por desgracia, todavía no se conoce ninguna frecuencia.