La pasividad forma parte esencial
del tratamiento. No hay que correr, levantar pesas, comer verdura ni renunciar
al coñac de después de cenar. Basta con acomodarse a una distancia de entre uno
y metro y medio del aparato y dejarse bañar durante quince minutos por una
mezcla de luz, sonido, campos eléctricos y electromagnéticos. El organismo, que
hasta ese momento llevaba funcionando de manera lamentable por culpa de la
evolución, la edad y nuestros hábitos, recibe una especie de arranque con
pinzas. Las células recuperan el entusiasmo, siempre que no hayamos olvidado
pagar los gastos de envío.
El BioCharger NG se vende como
una «plataforma de optimización de la salud». El nombre está bien elegido. Si
lo llamaran aparato médico, alguien podría cometer la grosería de exigir
pruebas médicas. Una plataforma de optimización, en cambio, pertenece a ese
territorio nebuloso en el que no se curan enfermedades, sino que se favorece la
vitalidad, se promueve el equilibrio y se apoya el bienestar general. Son
expresiones tranquilizadoras porque pueden significar cualquier cosa y, por
tanto, resulta muy difícil demostrar que no significan nada.
Ese
prodigio americano ha llegado también a España. El fabricante afirmaba ya
en 2016 haber vendido unidades en nuestro país y algunos establecimientos
ofrecen hoy sesiones frente al aparato. Entre ellos figura BioSpa Madrid,
instalado en la calle Velázquez, a pocos minutos del parque del Retiro, donde BioCharger
comparte espacio con tanques de flotación, saunas de infrarrojos y baños de
hielo. No he encontrado constancia de que esté autorizado por la Agencia
Española de Medicamentos y Productos Sanitarios para diagnosticar, prevenir o
tratar enfermedad alguna. Se presenta como instrumento de bienestar, ese
territorio afortunado donde una máquina puede influir en las células, el sueño
y la recuperación siempre que nadie pronuncie la palabra medicina.
El fabricante asegura que
BioCharger reúne cuatro «energías naturales»: campos electromagnéticos
pulsados, voltaje, luz y frecuencias con sus correspondientes armónicos. Que
las cuatro sean naturales no deja de ser una afirmación curiosa. También son
naturales los rayos, la radiación ultravioleta y que un hipopótamo nos parta
por la mitad, sin que nadie los considere recomendables para optimizar la
salud. BioCharger produce fenómenos físicos reales: emite luz, genera sonidos y
crea campos eléctricos y magnéticos. Una tostadora también produce calor, luz y
campos electromagnéticos, aunque sus fabricantes han tenido la modestia de
limitar sus indicaciones al tratamiento del pan de molde.
Cada una de esas formas de
energía posee aplicaciones médicas. Determinados campos electromagnéticos se
utilizan para favorecer la consolidación de algunas fracturas; la luz
interviene en tratamientos dermatológicos y alteraciones del ritmo circadiano;
los impulsos eléctricos estimulan nervios y músculos. El truco consiste en
colocarlo todo dentro del mismo saco y dar a entender que un aparato que
combina esas tecnologías hereda automáticamente sus beneficios. Es como reunir
en una caja un bisturí, un termómetro, un desfibrilador y una linterna y
anunciar que hemos inventado el hospital portátil.
En medicina, sin embargo, la
energía no obra por inspiración. Importan la intensidad, la longitud de onda,
la frecuencia, la duración y el tejido sobre el que se aplica. Una lámpara y un
láser quirúrgico producen luz, pero nadie aceptaría que le extirparan la
vesícula con una lámpara de sobremesa. BioCharger borra esas diferencias y
presenta sus emisiones como si el cuerpo reconociera intuitivamente lo que
necesita. Al parecer, las células son muy listas para recibir frecuencias
curativas, aunque no lo bastante para reparar por sí solas una rodilla.
La descripción técnica del
aparato asegura que el voltaje vuelve más permeable la membrana celular, abre
canales para hacer llegar nutrientes y hormonas al núcleo y permite que la
célula «se desintoxique». La frase contiene suficientes términos auténticos
para parecer científica. Las membranas poseen canales y los pulsos eléctricos
intensos pueden abrir poros transitorios mediante un fenómeno llamado
electroporación. Pero de ahí no se deduce que sentarse frente a una bola
luminosa introduzca nutrientes en el núcleo ni ayude a expulsar unas toxinas
que, como de costumbre, nadie se molesta en identificar.
El refinamiento supremo son sus
más de 1 400 «recetas energéticas». El usuario selecciona un programa y el
aparato combina frecuencias, pulsos y luces para alcanzar el objetivo deseado.
Nuestro organismo queda convertido en una radio antigua: si algo no funciona es
porque estamos mal sintonizados. Solo hay que mover el dial hasta encontrar la
frecuencia de la energía, el sueño o la claridad mental. Es extraño que nadie
hubiese reparado antes en que la artritis podía deberse a que la rodilla estaba
captando Radio Nacional en lugar de Los 40 Principales.
Para respaldar el invento, la
empresa ofrece un imponente compendio de investigaciones. Aparecen estudios
sobre campos electromagnéticos, fotobiomodulación, estimulación eléctrica,
cultivos celulares y animales de laboratorio. El lector poco atento puede
concluir que BioCharger ha sido sometido a una montaña de ensayos. Pero los
artículos citados estudian otras máquinas, otras intensidades y otras
aplicaciones. Uno analiza la isquemia de las patas traseras de ratas
diabéticas; otro, la curación ósea en animales. Las ratas no fueron sentadas
alrededor de un BioCharger para que eligieran una receta de bienestar.
El procedimiento tiene una larga
tradición comercial: se demuestra que cierto campo magnético produce un efecto
en unas condiciones determinadas y se da por probado que cualquier aparato que
genere magnetismo producirá el mismo resultado. Sería como defender las
propiedades medicinales de una cocina de inducción porque existen estudios
científicos sobre el hierro.
Tampoco las patentes solucionan
el problema. Una patente certifica que se ha registrado una invención, no que
la invención haga lo que promete. Se puede patentar una ratonera que toque el
himno nacional al cerrarse; la oficina de patentes no está obligada a comprobar
si los ratones se vuelven patriotas. Y cumplir las normas estadounidenses sobre
interferencias electromagnéticas no significa que el aparato rejuvenezca las
células.
La historia alcanzó su momento
más glorioso durante la pandemia. En abril de 2020, el cocinero australiano
Pete Evans aseguró que el aparato disponía de una receta relacionada con el
«Wuhan Coronavirus». La Administración de Productos Terapéuticos de Australia
respondió con sanciones
por valor de 25 200 dólares australianos. La Administración señaló que la
afirmación carecía de fundamento y recordó que también se anunciaba para
recuperar fuerza y claridad mental, acelerar la recuperación muscular y reducir
la rigidez articular. En 2021, la empresa de Evans recibió nuevas sanciones por
publicitar varios productos terapéuticos no inscritos en el registro
australiano, entre ellos BioCharger. El aparato no curó el coronavirus, pero
demostró una notable capacidad para adelgazar cuentas bancarias.
Sería injusto afirmar que una
sesión no puede hacer sentir mejor a nadie. Quince minutos sentado, relajado y
rodeado de luces y sonidos pueden producir una sensación agradable. La
ceremonia, el precio y la confianza del terapeuta refuerzan las expectativas.
El efecto placebo puede modificar la percepción del dolor, el cansancio o el
sueño. Lo que no demuestra es que las células hayan absorbido energía vital ni
que una frecuencia determinada haya reparado un órgano.
El propio fabricante desaconseja
el uso a embarazadas y personas con placas metálicas cerca del cerebro, y
establece precauciones para quienes llevan marcapasos, desfibriladores, bombas
de insulina u otros implantes electrónicos. También advierte sobre las luces
intermitentes en personas con epilepsia fotosensible o migrañas provocadas por
la luz. Resulta llamativo que unas energías presentadas como naturales y
armonizadoras obliguen a mantenerse a prudente distancia si uno lleva un
dispositivo cardíaco.
BioCharger es, en suma, una vistosa combinación de lámpara de plasma, generador electromagnético y ordenador dispensador de frecuencias. Puede proporcionar una experiencia relajante y hasta entretenida, pero no existen ensayos clínicos rigurosos que demuestren que el aparato completo ofrezca los numerosos beneficios insinuados por su publicidad. Su componente mejor documentado es el precio: 17 990 dólares producen un efecto intenso, inmediato y perfectamente medible sobre el patrimonio del paciente. Para recuperarse, por desgracia, todavía no se conoce ninguna frecuencia.