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| Lymantria dispar. 1, restos de la nidada depositados en el suelo de un parque de Camarma de Esteruelas. 2, Larva u oruga. 3, hembras depositando los huevos sobre el tronco de un árbol. |
Mi corresponsal fotográfica
Constanza Riaño tiene la saludable costumbre de caminar mirando al suelo.
Gracias a eso me envía de vez en cuando fotografías de cosas que la mayoría
pisaríamos sin concederles el menor pensamiento. Hace unos días encontró en un
paseo urbano de Camarma de Esteruelas, Madrid, algo que parecía un pequeño
montón de lana rubia abandonado sobre la grava.
La fotografía era
desconcertante. Una masa de fibras finísimas, de color pajizo, recorrida por
pequeños huecos redondeados. Mi primera impresión fue equivocada: aquello
recordaba a los restos fibrosos de las fanerógamas marinas que el oleaje
deposita en las playas mediterráneas. Había un inconveniente bastante serio
para esa explicación: Camarma de Esteruelas se encuentra a unos cuantos cientos kilómetros del mar.
La solución estaba mucho más
cerca. Aquello tenía todas las trazas de ser restos de las puestas de
Lymantria dispar, una mariposa nocturna conocida tradicionalmente en España
como lagarta peluda, uno de los defoliadores más espectaculares de nuestros
bosques.
La historia comienza con una
pareja bastante desigual. El macho es una mariposa pardusca, ligera, con
grandes antenas plumosas que funcionan como detectores químicos
extraordinariamente sensibles. La hembra europea es bastante mayor, de color
blanquecino y abdomen voluminoso. Tiene alas, pero prácticamente ha renunciado
a utilizarlas. Mientras el macho revolotea buscando hembras, ella permanece
cerca del lugar donde emergió de la crisálida y se dedica al asunto
verdaderamente importante: reproducirse.
Para encontrarlas, los
machos cuentan con uno de los sistemas de telecomunicaciones más antiguos del
planeta. Las hembras liberan una feromona sexual, el “disparlure”, y las
antenas plumosas de los machos detectan cantidades minúsculas de esa sustancia.
La química consigue así lo que a nosotros nos exige teléfonos, satélites y
aplicaciones de mensajería: informar a un individuo de que otro individuo
interesante se encuentra en alguna parte.
Después del apareamiento, la
hembra deposita varios centenares de huevos formando una masa compacta sobre
troncos, ramas, piedras, paredes, postes, mobiliario urbano y casi cualquier
superficie suficientemente tranquila. Y entonces hace algo que explica la
fotografía de Constanza: se arranca pelos y escamas de su propio abdomen y con
ellos cubre los huevos.
El resultado es una especie
de parche de fieltro, beige o amarillento, que protege la puesta de la
intemperie y contribuye a aislarla durante el invierno. Una hembra puede dejar
varios centenares de huevos bajo aquella manta confeccionada con su propio cuerpo.
Después muere. La siguiente generación queda esperando dentro.
Los huevos pasan así los
meses fríos. Cuando llega la primavera y comienzan a brotar los árboles, nacen
unas orugas diminutas. La sincronización es fundamental: para una oruga recién
salida del huevo, una hoja joven de roble es algo parecido a encontrarse
delante de un bufé recién inaugurado.
Las larvas jóvenes poseen
largos pelos y pueden dispersarse ayudadas por el viento. Producen pequeños
hilos de seda y quedan suspendidas de ellos hasta que una corriente de aire las
transporta. Es una versión modesta del ballooning utilizado por algunas arañas.
De ese modo, un animal incapaz de volar puede recorrer distancias apreciables
antes de comenzar siquiera a comer.
Y comer es precisamente lo
que hace después. Lymantria dispar es extraordinariamente polífaga. Sus
orugas pueden alimentarse de centenares de especies de plantas leñosas, aunque
muestran especial predilección por los robles y otras fagáceas. En la península
ibérica, los encinares y alcornocales proporcionan algunos de sus escenarios
favoritos. También pueden atacar otros árboles y arbustos cuando las
poblaciones alcanzan densidades elevadas.
Una oruga madura resulta
difícil de confundir. Es grande, peluda y presenta en el dorso una sucesión muy
característica de tubérculos: cinco pares azules seguidos de seis pares
rojizos. Esa combinación ha servido durante generaciones como una especie de documento
de identidad del animal.
La mayor parte del tiempo la
presencia de la especie pasa relativamente inadvertida. Hay orugas, pájaros que
se las comen, parasitoides que las atacan, enfermedades que las diezman y
árboles que pierden algunas hojas sin mayores consecuencias. Pero L. dispar
posee una peculiaridad que la ha convertido en una de las plagas forestales
mejor estudiadas del mundo: sus poblaciones experimentan explosiones
periódicas.
Durante varios años puede
parecer escasa. Luego, por una combinación de abundancia de alimento,
supervivencia larvaria, clima y dinámica de sus enemigos naturales, la
población aumenta espectacularmente. Entonces aparecen millones de orugas y el
bosque empieza a quedarse sin hojas.
El espectáculo puede ser
inquietante. Encinas y alcornoques que unas semanas antes estaban cubiertos de
follaje aparecen desnudos en plena primavera. Las orugas cuelgan de hilos,
recorren troncos, cruzan caminos y llegan a jardines y viviendas. Bajo los árboles
se acumulan sus excrementos hasta producir una especie de lluvia menuda y
continua que cualquiera que haya paseado bajo una infestación intensa recuerda
perfectamente.
Sin embargo, defoliación no
significa necesariamente muerte. Un árbol sano suele ser capaz de producir una
nueva generación de hojas después del ataque. El problema aparece cuando las
defoliaciones intensas se repiten, coinciden con sequía u otros factores de
estrés o afectan a árboles previamente debilitados. Entonces el coste
fisiológico puede ser considerable.
La especie tiene además una
historia humana extraordinaria. Es originaria de Eurasia y el norte de África,
pero en 1869 el naturalista francés Étienne Léopold Trouvelot, instalado en
Massachusetts, criaba ejemplares europeos con la intención de estudiar posibles
alternativas al gusano de seda. Algunos escaparon. Fue uno de esos pequeños
accidentes domésticos cuyos efectos terminan figurando en los libros de
historia natural.
Las mariposas encontraron Norteamérica
muy de su gusto. Sin los mismos equilibrios ecológicos que limitaban sus
poblaciones en Europa, comenzaron a extenderse y L. dispar terminó
convirtiéndose en una de las plagas forestales más importantes del continente.
Desde entonces se han gastado enormes cantidades de dinero intentando
contenerla.
El caso resulta
especialmente instructivo porque muestra que las palabras «plaga» y «especie»
no son sinónimas. En Europa, L. dispar forma parte de los ecosistemas
desde hace muchísimo tiempo y participa en una compleja red de depredadores,
parasitoides y microorganismos. En Norteamérica es una especie introducida
capaz de alterar ecosistemas que no evolucionaron con ella. El mismo insecto
puede ser un componente natural del bosque en un continente y un invasor en
otro.
También explica por qué los
entomólogos prestan tanta atención a algo aparentemente tan insignificante como
aquellas masas lanosas. Contar puestas permite estimar la población que
aparecerá en la primavera siguiente. Cada parche beige adherido a un tronco
contiene potencialmente centenares de futuras orugas. Un árbol cubierto de
ellos puede ser el anuncio anticipado de una explosión demográfica.
Eso nos devuelve a Camarma. La
masa fotografiada por Constanza parece estar formada por restos desprendidos y
acumulados de cubiertas de puestas, más que por un único plastón intacto. El
color, la textura fibrosa y las cavidades son compatibles con material
procedente de masas de huevos ya eclosionadas, aunque una fotografía por sí
sola no permite una identificación absolutamente concluyente. Encontrarlo en un
paseo urbano tampoco resulta extraño: las hembras no son demasiado exigentes a
la hora de elegir dónde depositar sus huevos y pueden hacerlo sobre árboles,
piedras, tapias, postes y otras estructuras humanas.
Hay algo un tanto desproporcionado
en todo esto. Una persona sale a pasear por Camarma, encuentra en el suelo algo
parecido a un mechón de lana y hace una fotografía. Detrás de aquel pequeño
desecho puede esconderse una historia que incluye feromonas capaces de guiar
mariposas en la oscuridad, orugas que viajan suspendidas de hilos de seda,
bosques enteros que pierden las hojas y un entomólogo del siglo XIX que dejó
escapar accidentalmente unas cuantas mariposas en Massachusetts.
La naturaleza tiene la inquietante costumbre de no respetar nuestras escalas. A veces basta mirar hacia arriba para descubrirla. Otras veces, como sabe bien mi corresponsal fotográfica, hay que mirar al suelo.

