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miércoles, 7 de octubre de 2026

LA MARIPOSA QUE CUELGA SU ABRIGO EN LOS ÁRBOLES

 

Lymantria dispar. 1, restos de la nidada depositados en el suelo de un parque de Camarma de Esteruelas. 2, Larva u oruga. 3, hembras depositando los huevos sobre el tronco de un árbol.

Mi corresponsal fotográfica Constanza Riaño tiene la saludable costumbre de caminar mirando al suelo. Gracias a eso me envía de vez en cuando fotografías de cosas que la mayoría pisaríamos sin concederles el menor pensamiento. Hace unos días encontró en un paseo urbano de Camarma de Esteruelas, Madrid, algo que parecía un pequeño montón de lana rubia abandonado sobre la grava.

La fotografía era desconcertante. Una masa de fibras finísimas, de color pajizo, recorrida por pequeños huecos redondeados. Mi primera impresión fue equivocada: aquello recordaba a los restos fibrosos de las fanerógamas marinas que el oleaje deposita en las playas mediterráneas. Había un inconveniente bastante serio para esa explicación: Camarma de Esteruelas se encuentra a unos cuantos cientos kilómetros del mar.

La solución estaba mucho más cerca. Aquello tenía todas las trazas de ser restos de las puestas de Lymantria dispar, una mariposa nocturna conocida tradicionalmente en España como lagarta peluda, uno de los defoliadores más espectaculares de nuestros bosques.

La historia comienza con una pareja bastante desigual. El macho es una mariposa pardusca, ligera, con grandes antenas plumosas que funcionan como detectores químicos extraordinariamente sensibles. La hembra europea es bastante mayor, de color blanquecino y abdomen voluminoso. Tiene alas, pero prácticamente ha renunciado a utilizarlas. Mientras el macho revolotea buscando hembras, ella permanece cerca del lugar donde emergió de la crisálida y se dedica al asunto verdaderamente importante: reproducirse.

Para encontrarlas, los machos cuentan con uno de los sistemas de telecomunicaciones más antiguos del planeta. Las hembras liberan una feromona sexual, el “disparlure”, y las antenas plumosas de los machos detectan cantidades minúsculas de esa sustancia. La química consigue así lo que a nosotros nos exige teléfonos, satélites y aplicaciones de mensajería: informar a un individuo de que otro individuo interesante se encuentra en alguna parte.

Después del apareamiento, la hembra deposita varios centenares de huevos formando una masa compacta sobre troncos, ramas, piedras, paredes, postes, mobiliario urbano y casi cualquier superficie suficientemente tranquila. Y entonces hace algo que explica la fotografía de Constanza: se arranca pelos y escamas de su propio abdomen y con ellos cubre los huevos.

El resultado es una especie de parche de fieltro, beige o amarillento, que protege la puesta de la intemperie y contribuye a aislarla durante el invierno. Una hembra puede dejar varios centenares de huevos bajo aquella manta confeccionada con su propio cuerpo. Después muere. La siguiente generación queda esperando dentro.

Los huevos pasan así los meses fríos. Cuando llega la primavera y comienzan a brotar los árboles, nacen unas orugas diminutas. La sincronización es fundamental: para una oruga recién salida del huevo, una hoja joven de roble es algo parecido a encontrarse delante de un bufé recién inaugurado.

Las larvas jóvenes poseen largos pelos y pueden dispersarse ayudadas por el viento. Producen pequeños hilos de seda y quedan suspendidas de ellos hasta que una corriente de aire las transporta. Es una versión modesta del ballooning utilizado por algunas arañas. De ese modo, un animal incapaz de volar puede recorrer distancias apreciables antes de comenzar siquiera a comer.

Y comer es precisamente lo que hace después. Lymantria dispar es extraordinariamente polífaga. Sus orugas pueden alimentarse de centenares de especies de plantas leñosas, aunque muestran especial predilección por los robles y otras fagáceas. En la península ibérica, los encinares y alcornocales proporcionan algunos de sus escenarios favoritos. También pueden atacar otros árboles y arbustos cuando las poblaciones alcanzan densidades elevadas.

Una oruga madura resulta difícil de confundir. Es grande, peluda y presenta en el dorso una sucesión muy característica de tubérculos: cinco pares azules seguidos de seis pares rojizos. Esa combinación ha servido durante generaciones como una especie de documento de identidad del animal.

La mayor parte del tiempo la presencia de la especie pasa relativamente inadvertida. Hay orugas, pájaros que se las comen, parasitoides que las atacan, enfermedades que las diezman y árboles que pierden algunas hojas sin mayores consecuencias. Pero L. dispar posee una peculiaridad que la ha convertido en una de las plagas forestales mejor estudiadas del mundo: sus poblaciones experimentan explosiones periódicas.

Durante varios años puede parecer escasa. Luego, por una combinación de abundancia de alimento, supervivencia larvaria, clima y dinámica de sus enemigos naturales, la población aumenta espectacularmente. Entonces aparecen millones de orugas y el bosque empieza a quedarse sin hojas.

El espectáculo puede ser inquietante. Encinas y alcornoques que unas semanas antes estaban cubiertos de follaje aparecen desnudos en plena primavera. Las orugas cuelgan de hilos, recorren troncos, cruzan caminos y llegan a jardines y viviendas. Bajo los árboles se acumulan sus excrementos hasta producir una especie de lluvia menuda y continua que cualquiera que haya paseado bajo una infestación intensa recuerda perfectamente.

Sin embargo, defoliación no significa necesariamente muerte. Un árbol sano suele ser capaz de producir una nueva generación de hojas después del ataque. El problema aparece cuando las defoliaciones intensas se repiten, coinciden con sequía u otros factores de estrés o afectan a árboles previamente debilitados. Entonces el coste fisiológico puede ser considerable.

La especie tiene además una historia humana extraordinaria. Es originaria de Eurasia y el norte de África, pero en 1869 el naturalista francés Étienne Léopold Trouvelot, instalado en Massachusetts, criaba ejemplares europeos con la intención de estudiar posibles alternativas al gusano de seda. Algunos escaparon. Fue uno de esos pequeños accidentes domésticos cuyos efectos terminan figurando en los libros de historia natural.

Las mariposas encontraron Norteamérica muy de su gusto. Sin los mismos equilibrios ecológicos que limitaban sus poblaciones en Europa, comenzaron a extenderse y L. dispar terminó convirtiéndose en una de las plagas forestales más importantes del continente. Desde entonces se han gastado enormes cantidades de dinero intentando contenerla.

El caso resulta especialmente instructivo porque muestra que las palabras «plaga» y «especie» no son sinónimas. En Europa, L. dispar forma parte de los ecosistemas desde hace muchísimo tiempo y participa en una compleja red de depredadores, parasitoides y microorganismos. En Norteamérica es una especie introducida capaz de alterar ecosistemas que no evolucionaron con ella. El mismo insecto puede ser un componente natural del bosque en un continente y un invasor en otro.

También explica por qué los entomólogos prestan tanta atención a algo aparentemente tan insignificante como aquellas masas lanosas. Contar puestas permite estimar la población que aparecerá en la primavera siguiente. Cada parche beige adherido a un tronco contiene potencialmente centenares de futuras orugas. Un árbol cubierto de ellos puede ser el anuncio anticipado de una explosión demográfica.

Eso nos devuelve a Camarma. La masa fotografiada por Constanza parece estar formada por restos desprendidos y acumulados de cubiertas de puestas, más que por un único plastón intacto. El color, la textura fibrosa y las cavidades son compatibles con material procedente de masas de huevos ya eclosionadas, aunque una fotografía por sí sola no permite una identificación absolutamente concluyente. Encontrarlo en un paseo urbano tampoco resulta extraño: las hembras no son demasiado exigentes a la hora de elegir dónde depositar sus huevos y pueden hacerlo sobre árboles, piedras, tapias, postes y otras estructuras humanas.

Hay algo un tanto desproporcionado en todo esto. Una persona sale a pasear por Camarma, encuentra en el suelo algo parecido a un mechón de lana y hace una fotografía. Detrás de aquel pequeño desecho puede esconderse una historia que incluye feromonas capaces de guiar mariposas en la oscuridad, orugas que viajan suspendidas de hilos de seda, bosques enteros que pierden las hojas y un entomólogo del siglo XIX que dejó escapar accidentalmente unas cuantas mariposas en Massachusetts.

La naturaleza tiene la inquietante costumbre de no respetar nuestras escalas. A veces basta mirar hacia arriba para descubrirla. Otras veces, como sabe bien mi corresponsal fotográfica, hay que mirar al suelo.