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miércoles, 7 de octubre de 2026

POR QUÉ EL GOLFO DE LEÓN FABRICA BORRASCAS EN CATALUÑA

 

Estos días ha llovido en Cataluña como sabe provocarlo el Mediterráneo cuando se enfada: no necesariamente durante mucho tiempo, sino con una intensidad capaz de convertir una calle en un arroyo y un arroyo en algo bastante más serio. Los registros dan una idea de lo ocurrido. El 6 de octubre se recogieron 83,6 litros por metro cuadrado en Aldover, 72,3 en Tarragona y casi 60 en Cambrils y Viladecans. El día 7, algunas estaciones acumulaban ya más de 300 litros desde que comenzó el mes.

Para entender por qué ocurren episodios así conviene levantar la vista del mapa de Cataluña y mirar un poco más al norte. Allí, entre las costas catalanas y francesas, los Pirineos, el Macizo Central y los Alpes delimitan un escenario meteorológico en cuyo centro se encuentra el golfo de León. No es un rincón cualquiera del Mediterráneo. Forma parte de una de las regiones de Europa donde con mayor facilidad nacen y se desarrollan borrascas. Los meteorólogos llaman ciclogénesis precisamente a eso: al nacimiento o desarrollo de una zona de bajas presiones.

La culpa, si puede hablarse de culpa en meteorología, la tiene una combinación extraordinaria de geografía y atmósfera. La historia suele comenzar muy arriba, a varios kilómetros sobre nuestras cabezas. Allí circulan grandes corrientes de aire de oeste a este. De vez en cuando una de ellas se ondula y forma una especie de lengua que desciende hacia el sur transportando aire frío. Los meteorólogos llaman vaguada a esa incursión: imaginemos un valle de aire frío abierto en las capas altas de la atmósfera.

Los vientos altos del Oeste que constituyen la circulación atmosférica tienden a formar ondas que, a modo de meandros, dirigen los vientos alternativamente hacia el Ecuador y hacia los polos Esas ondas permanecen aproximadamente estacionarias. Las corrientes de aire acelerado que impulsan a los vientos altos del Oeste son conocidas como corrientes de chorro o corrientes de convección. Si disminuye la velocidad de la corriente de chorro y se acentúan las ondas-meandro, el flujo del aire adquiere dirección meridiana, con profundas vaguadas que corresponden a entradas de aire frío hacia el sur, y crestas, cuñas o senos que son penetraciones de aire cálido hacia el norte. 

Cuando una de esas lenguas alcanza el Mediterráneo occidental, empieza a complicarse el tiempo. Debajo encuentra un mar relativamente cálido y una atmósfera mucho más templada. Ese contraste favorece el desarrollo de una depresión, una zona donde la presión atmosférica es menor que a su alrededor y hacia la que converge el aire. En términos corrientes, una borrasca.

Pero si todo dependiera de eso, el golfo de León no tendría nada de especial. Lo que lo convierte en un lugar privilegiado para fabricar borrascas son las montañas. Al oeste están los Pirineos; al norte, el Macizo Central; al noreste se levanta el formidable arco de los Alpes. Las masas de aire no atraviesan esas cordilleras como si tal cosa: se frenan, se desvían o se aceleran cuando encuentran un paso. La atmósfera es un fluido y, como el agua de un río, cambia de velocidad y dirección cuando tropieza con obstáculos.

El valle del Ródano actúa como un embudo que canaliza el aire hacia el Mediterráneo y contribuye a acelerarlo, en un fenómeno que recuerda al efecto Venturi: como ocurre con el agua cuando comprimimos con los dedos una manguera, cuando un fluido atraviesa un paso estrecho aumenta su velocidad. El aire frío del norte se encauza por el valle, se acelera y desemboca sobre el golfo de León. Es el mistral. Más hacia el oeste ocurre algo parecido entre el Macizo Central y los Pirineos: allí se canaliza la tramontana.

Mistral y tramontana no deben confundirse con los vientos húmedos responsables directos de los grandes aguaceros catalanes. Suelen ser fríos y secos. Su importancia reside en que forman parte de una maquinaria atmosférica mucho mayor.

Los Alpes desempeñan en ella un papel particularmente importante. Cuando una masa de aire encuentra semejante cordillera, parte del flujo tiene que rodearla y al otro lado puede producirse una caída de presión y formarse una borrasca. Es lo que se denomina ciclogénesis a sotavento: una manera un poco solemne de decir que una cordillera puede contribuir a que nazca una depresión al otro lado. Por eso el vecino golfo de Génova es todavía más famoso como fábrica de borrascas. León y Génova son, en realidad, dos piezas de una misma maquinaria atmosférica.

Y entonces entra en escena el mar.

A comienzos del otoño el Mediterráneo conserva buena parte del calor acumulado durante el verano. Este año resulta especialmente visible. El 2 de octubre, frente a L'Estartit, el agua superficial estaba a 21,9 °C, 1,5 grados por encima de la media de 1998-2022. A veinte metros de profundidad la anomalía alcanzaba los 2,3 grados.

Un mar caliente no fabrica por sí solo una tormenta, del mismo modo que un depósito lleno de gasolina no hace arrancar un automóvil. Pero proporciona combustible. Cuanto más caliente está el agua, mayor puede ser la evaporación y mayor la cantidad de vapor disponible en la atmósfera. Cuando una depresión establece vientos de levante o sureste hacia Cataluña, llega a la costa aire marítimo cargado de humedad. Esa es una de las claves de los grandes temporales mediterráneos: aire frío arriba y aire cálido y húmedo abajo.

El aire cálido, menos denso, tiende a ascender. Si contiene mucho vapor de agua y encuentra encima aire considerablemente más frío, puede elevarse con gran rapidez. Los meteorólogos llaman convección a ese movimiento vertical. El nombre parece complicado; el fenómeno no lo es. Es, aproximadamente, lo que vemos sobre una cazuela cuando el aire calentado asciende, aunque la atmósfera funciona a una escala gigantesca y de manera bastante más compleja.

Mientras asciende, el aire se enfría. El vapor se condensa y aparecen las nubes. Si el ascenso es suficientemente vigoroso, crecen kilómetros hacia arriba hasta convertirse en enormes cumulonimbos, las torres nubosas que producen tormentas, rayos y aguaceros.

Hay todavía un último actor: Cataluña no es una mesa de billar. Muy cerca del mar se levantan las cordilleras Litoral y Prelitoral y, más al norte, los Pirineos. El aire húmedo que llega desde el Mediterráneo encuentra esas montañas y se ve obligado a subir. El relieve exprime, por así decirlo, una atmósfera que ya viene cargada de agua.

A veces una tormenta descarga y se desplaza, pero detrás nace otra alimentada por el mismo flujo continuo de aire húmedo. Después otra. Y otra. Son tormentas que se regeneran. Para quien se encuentra debajo, es como si la tormenta permaneciera inmóvil. Así pueden acumularse cantidades enormes de agua en pocas horas y sobre una franja relativamente pequeña.

Conviene no caer en dos simplificaciones habituales. La primera consiste en atribuirlo todo a una «DANA». Una DANA —una depresión aislada en niveles altos— es solo una de las configuraciones capaces de proporcionar aire frío e inestabilidad; puede haber grandes temporales mediterráneos sin una DANA propiamente dicha. La segunda consiste en decir que las tormentas se producen porque el Mediterráneo está muy caliente. Tampoco es exactamente así.

Para cocinar un gran temporal tienen que coincidir varios ingredientes: una perturbación que ponga en marcha el mecanismo, una circulación de vientos adecuada, abundante humedad, un mar capaz de suministrarla y un relieve que fuerce el ascenso del aire. Y, para producir las mayores inundaciones, ayuda que las tormentas se regeneren una y otra vez sobre el mismo territorio.

Eso explica una aparente paradoja. Mistral y tramontana pueden barrer el golfo de León con aire frío y seco mientras, no demasiado lejos, otra parte de la circulación de la borrasca impulsa hacia Cataluña aire templado y saturado de humedad. Una depresión es una enorme rueda atmosférica y los vientos cambian según dónde nos encontremos respecto a su centro.

El Mediterráneo noroccidental reúne todos esos ingredientes en muy poco espacio: un mar encerrado entre continentes, grandes cordilleras casi al borde del agua, corredores que canalizan el viento, aire frío que puede descender desde Europa y, al final del verano, una enorme masa de agua que todavía conserva el calor acumulado durante meses.

Las lluvias de estos días son una buena ocasión para recordarlo. Miramos el cielo sobre Barcelona, Tarragona o Girona y parece que todo sucede allí arriba. Pero una tormenta mediterránea tiene una geografía mucho más extensa. Para comprenderla hay que seguir el aire hasta Francia, remontar el valle del Ródano, mirar los Pirineos y los Alpes y volver finalmente los ojos hacia esa superficie azul que durante todo el verano ha estado almacenando calor.

En los mapas escolares, el golfo de León parece simplemente una concavidad de la costa francesa. En los mapas del tiempo es otra cosa. Es uno de esos lugares donde la geografía mete la mano en la atmósfera y la obliga a cambiar de rumbo. Y algunas tardes de otoño, cuando todas las piezas encajan, lo que allí empieza como un movimiento invisible del aire termina cayendo sobre nuestras cabezas convertido en agua.