Estos días ha llovido en Cataluña
como sabe provocarlo el Mediterráneo cuando se enfada: no necesariamente
durante mucho tiempo, sino con una intensidad capaz de convertir una calle en
un arroyo y un arroyo en algo bastante más serio. Los registros dan una idea de
lo ocurrido. El 6 de octubre se recogieron 83,6 litros por metro cuadrado en
Aldover, 72,3 en Tarragona y casi 60 en Cambrils y Viladecans. El día 7,
algunas estaciones acumulaban ya más de 300 litros desde que comenzó el mes.
Para entender por qué ocurren
episodios así conviene levantar la vista del mapa de Cataluña y mirar un poco
más al norte. Allí, entre las costas catalanas y francesas, los Pirineos, el
Macizo Central y los Alpes delimitan un escenario meteorológico en cuyo centro
se encuentra el golfo de León. No es un rincón cualquiera del Mediterráneo.
Forma parte de una de las regiones de Europa donde con mayor facilidad nacen y
se desarrollan borrascas. Los meteorólogos llaman ciclogénesis precisamente a
eso: al nacimiento o desarrollo de una zona de bajas presiones.
La culpa, si puede hablarse de
culpa en meteorología, la tiene una combinación extraordinaria de geografía y
atmósfera. La historia suele comenzar muy arriba, a varios kilómetros sobre
nuestras cabezas. Allí circulan grandes corrientes de aire de oeste a este. De
vez en cuando una de ellas se ondula y forma una especie de lengua que
desciende hacia el sur transportando aire frío. Los meteorólogos llaman vaguada
a esa incursión: imaginemos un valle de aire frío abierto en las capas altas de
la atmósfera.
Cuando una de esas lenguas alcanza el Mediterráneo occidental, empieza a complicarse el tiempo. Debajo encuentra un mar relativamente cálido y una atmósfera mucho más templada. Ese contraste favorece el desarrollo de una depresión, una zona donde la presión atmosférica es menor que a su alrededor y hacia la que converge el aire. En términos corrientes, una borrasca.
Pero si todo dependiera de eso,
el golfo de León no tendría nada de especial. Lo que lo convierte en un lugar
privilegiado para fabricar borrascas son las montañas. Al oeste están los
Pirineos; al norte, el Macizo Central; al noreste se levanta el formidable arco
de los Alpes. Las masas de aire no atraviesan esas cordilleras como si tal
cosa: se frenan, se desvían o se aceleran cuando encuentran un paso. La
atmósfera es un fluido y, como el agua de un río, cambia de velocidad y
dirección cuando tropieza con obstáculos.
El valle del Ródano actúa como un
embudo que canaliza el aire hacia el Mediterráneo y contribuye a acelerarlo, en
un fenómeno que recuerda al efecto Venturi: como ocurre con el agua cuando
comprimimos con los dedos una manguera, cuando un fluido atraviesa un paso
estrecho aumenta su velocidad. El aire frío del norte se encauza por el valle,
se acelera y desemboca sobre el golfo de León. Es el mistral. Más hacia el
oeste ocurre algo parecido entre el Macizo Central y los Pirineos: allí se
canaliza la tramontana.
Mistral y tramontana no deben
confundirse con los vientos húmedos responsables directos de los grandes
aguaceros catalanes. Suelen ser fríos y secos. Su importancia reside en que
forman parte de una maquinaria atmosférica mucho mayor.
Los Alpes desempeñan en ella un
papel particularmente importante. Cuando una masa de aire encuentra semejante
cordillera, parte del flujo tiene que rodearla y al otro lado puede producirse
una caída de presión y formarse una borrasca. Es lo que se denomina
ciclogénesis a sotavento: una manera un poco solemne de decir que una
cordillera puede contribuir a que nazca una depresión al otro lado. Por eso el
vecino golfo de Génova es todavía más famoso como fábrica de borrascas. León y
Génova son, en realidad, dos piezas de una misma maquinaria atmosférica.
Y entonces entra en escena el
mar.
A comienzos del otoño el
Mediterráneo conserva buena parte del calor acumulado durante el verano. Este
año resulta especialmente visible. El 2 de octubre, frente a L'Estartit, el
agua superficial estaba a 21,9 °C, 1,5 grados por encima de la media de 1998-2022.
A veinte metros de profundidad la anomalía alcanzaba los 2,3 grados.
Un mar caliente no fabrica por sí
solo una tormenta, del mismo modo que un depósito lleno de gasolina no hace
arrancar un automóvil. Pero proporciona combustible. Cuanto más caliente está
el agua, mayor puede ser la evaporación y mayor la cantidad de vapor disponible
en la atmósfera. Cuando una depresión establece vientos de levante o sureste
hacia Cataluña, llega a la costa aire marítimo cargado de humedad. Esa es una
de las claves de los grandes temporales mediterráneos: aire frío arriba y aire
cálido y húmedo abajo.
El aire cálido, menos denso,
tiende a ascender. Si contiene mucho vapor de agua y encuentra encima aire
considerablemente más frío, puede elevarse con gran rapidez. Los meteorólogos
llaman convección a ese movimiento vertical. El nombre parece complicado; el
fenómeno no lo es. Es, aproximadamente, lo que vemos sobre una cazuela cuando
el aire calentado asciende, aunque la atmósfera funciona a una escala
gigantesca y de manera bastante más compleja.
Mientras asciende, el aire se
enfría. El vapor se condensa y aparecen las nubes. Si el ascenso es
suficientemente vigoroso, crecen kilómetros hacia arriba hasta convertirse en
enormes cumulonimbos, las torres nubosas que producen tormentas, rayos y aguaceros.
Hay todavía un último actor:
Cataluña no es una mesa de billar. Muy cerca del mar se levantan las
cordilleras Litoral y Prelitoral y, más al norte, los Pirineos. El aire húmedo
que llega desde el Mediterráneo encuentra esas montañas y se ve obligado a subir.
El relieve exprime, por así decirlo, una atmósfera que ya viene cargada de
agua.
A veces una tormenta descarga y
se desplaza, pero detrás nace otra alimentada por el mismo flujo continuo de
aire húmedo. Después otra. Y otra. Son tormentas que se regeneran. Para quien
se encuentra debajo, es como si la tormenta permaneciera inmóvil. Así pueden
acumularse cantidades enormes de agua en pocas horas y sobre una franja
relativamente pequeña.
Conviene no caer en dos
simplificaciones habituales. La
primera consiste en atribuirlo todo a una «DANA». Una DANA —una depresión
aislada en niveles altos— es solo una de las configuraciones capaces de
proporcionar aire frío e inestabilidad; puede haber grandes temporales
mediterráneos sin una DANA propiamente dicha. La segunda consiste en decir que
las tormentas se producen porque el Mediterráneo está muy caliente. Tampoco es
exactamente así.
Para cocinar un gran temporal
tienen que coincidir varios ingredientes: una perturbación que ponga en marcha
el mecanismo, una circulación de vientos adecuada, abundante humedad, un mar
capaz de suministrarla y un relieve que fuerce el ascenso del aire. Y, para
producir las mayores inundaciones, ayuda que las tormentas se regeneren una y
otra vez sobre el mismo territorio.
Eso explica una aparente
paradoja. Mistral y tramontana pueden barrer el golfo de León con aire frío y
seco mientras, no demasiado lejos, otra parte de la circulación de la borrasca
impulsa hacia Cataluña aire templado y saturado de humedad. Una depresión es
una enorme rueda atmosférica y los vientos cambian según dónde nos encontremos
respecto a su centro.
El Mediterráneo noroccidental
reúne todos esos ingredientes en muy poco espacio: un mar encerrado entre
continentes, grandes cordilleras casi al borde del agua, corredores que
canalizan el viento, aire frío que puede descender desde Europa y, al final del
verano, una enorme masa de agua que todavía conserva el calor acumulado durante
meses.
Las lluvias de estos días son una
buena ocasión para recordarlo. Miramos el cielo sobre Barcelona, Tarragona o
Girona y parece que todo sucede allí arriba. Pero una tormenta mediterránea
tiene una geografía mucho más extensa. Para comprenderla hay que seguir el aire
hasta Francia, remontar el valle del Ródano, mirar los Pirineos y los Alpes y
volver finalmente los ojos hacia esa superficie azul que durante todo el verano
ha estado almacenando calor.
En los mapas escolares, el golfo
de León parece simplemente una concavidad de la costa francesa. En los mapas
del tiempo es otra cosa. Es uno de esos lugares donde la geografía mete la mano
en la atmósfera y la obliga a cambiar de rumbo. Y algunas tardes de otoño,
cuando todas las piezas encajan, lo que allí empieza como un movimiento
invisible del aire termina cayendo sobre nuestras cabezas convertido en agua.

